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sábado, 1 de julio de 2017

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42


Hemos escuchado en el evangelio del pasado domingo que proclamásemos desde las azoteas que nuestro Dios cuida de los gorriones; que gritásemos con nuestra vida y nuestra esperanza, que el verdadero rostro de Dios es muy diferente de lo que nuestros miedos proyectan en nuestro subconsciente. La apasionada petición de Jesús es una invitación apremiante, un incentivo para hacer como Mateo, dejar todas nuestras presuntas certezas para seguir al Maestro; una amonestación para salir de un cristianismo de sacristía, para superar la demasiado difundida vergüenza de manifestarnos cristianos.

Hoy, en cambio, hemos de armarnos de paciencia para comprender en profundidad uno de los evangelios más difíciles y liberadores de la Biblia.

La clasificación del amor
En una ocasión, un señor, al final de una misa en la que se había leído el Evangelio de hoy, me dijo: “Padre, yo soy muy evangélico: no soporto a mi suegra.” En efecto, lo que Jesús nos pide es asombroso: pide que le amemos, por lo menos, como se ama a la esposa, a un hijo, al padre. En otro punto arduo del Evangelio, Jesús dice: “amar más a Dios” (lo que, en hebreo, lengua retorcida, se dice: “amar menos a los demás”, es decir, odiarlos ...).

Aquí ya no se entiende nada: ¿no nos revela el Evangelio el tierno rostro de un Dios que nos conoce y nos ama en profundamente? ¿Un Dios tan enamorado de la vida que se hace hombre? ¿Cómo puede este Dios que nos ha revelado la belleza absoluta de los sentimientos humanos, la armonía profunda que ha puesto en el corazón de la Creación, cómo puede pedirnos que no experimentemos el amor, la experiencia más hermosa que podemos tener en esta tierra?

Amigos, hemos de entender esta liberadora Palabra.

En primer lugar, Jesús nos dice que lo que tiene que ver con Dios es el orden del amor, no el orden del deber ni de la moral. Cuando él, el Maestro, habla de Dios, siente que su corazón vibra profundamente. El Dios de Jesús no tiene nada que ver con la repetición aburrida y cansada de ritos supersticiosos, ni con un respeto agrio y rígido de unas reglas que busco para justificarme en lo que hago.

Jesús nos desconcierta sacando a Dios del vocabulario de lo sagrado y de la religión, para colocarlo en ese otro contexto, suave y aterciopelado, del amor y del afecto. Jesús dice, sencillamente, que tener una experiencia de Él significa enamorarse.


Él dirá, en efecto, que es capaz de darnos más alegría que la mayor de las alegrías que un ser humano pueda experimentar. Jesús quiere llenar el corazón del discípulo que le busca.

Amémonos, hermanos, busquemos crecer en el difícil arte del amor que nos hace libres y nos hace crecer, del amor que no posee, sino que se entrega, de la mirada que no acapara, sino que estima y respeta. Es en ese amor donde se encuentra la medida del amor con que Dios nos ama.

Si tu experiencia de enamorado, de padre, de madre, o de hijo es hermosa, ¡cuánto más grande puede llegar a ser el encuentro con el Señor!

Cruces
Pero el amor no es fácil. Muchas veces sentimos en nosotros el límite del amor, la fragilidad de la entrega que nos gustaría lograr, pero que es ambigua, dolorosa y crucificante. Aprender a amar cuesta mucho esfuerzo, deshacerse del pequeño dictador que habita en nosotros no es fácil, encontrar un equilibrio que me haga feliz con lo que he descubierto que soy, es un empeño que lleva toda una vida.

La vida es difícil a veces. Jesús nos pide afrontarla tal como viene, sin desesperación, llevando la cruz de la contradicción, siendo pacientes al reconocernos capaces de un crecimiento.

Frecuentemente, se dicen muchos despropósitos sobre la cruz. Permitidme aclarar algunas cosas sencillas.

Dios no nos envía las cruces, ni la cruz nos hace bien. Las cruces nos las da la vida, la falta de salud, los demás, nuestras comeduras de coco; pero no nos las da Dios. Él no piensa que la cruz sea educativa, no digamos estupideces. Es como si un padre dijese: “Ya que el dolor fortalece y ayuda a crecer, le corto un brazo a mi hijo!

Como dice Jesús, podemos hacer de la cruz una oportunidad de crecimiento, una posibilidad de ir a lo esencial. Jesús también tomará una cruz, no como resultado de su elección, ni como consecuencia de sus errores, y la transfigurará. Ser discípulo, como Mateo, significa que el tesoro en el campo que él ha encontrado merece la pena de cualquier esfuerzo por poseerlo y conservarlo.

Jesús dice que encontrarlo a Él es encontrar la experiencia más desconcertante de la vida y que vale la pena dejarlo todo para poseerla. Que “perder” la vida en el Señor no significa tirarla, sino confiarla a la ternura que cura al mundo.

A la caza de profetas
Los profetas caminan hoy entre nosotros disfrazados como trabajadores, con el rostro anónimo de mi colega de la oficina, con el rostro cansado y acabado de una madre de familia. Los profetas a menudo no saben que son profetas y no saben mucha teología. Ellos viven las experiencias de la vida con serenidad y libre sumisión, amando con el amor del que son capaces. Son personas que han dado tanto a la vida, que no se desesperan y viven buscando un sentido a su paso por ella.

Hay muchos profetas alrededor nuestro, sólo queda buscarlos. Pidamos al Espíritu que nos permita leer los corazones, no las marcas de la ropa; que nos ayuda a mirar a los ojos, no a las frases altisonantes y efectistas; que nos haga captar la cantidad de energía que hay en la vida de cada persona, no cuántos caballos tiene el motor de su coche. Y cuando los reconozcamos, démosles un vaso de agua fresca: una sonrisa, un guiño, un apretón de manos, una broma.


Haciendo esto daremos la bienvenida a este Dios que, por ahora, le gusta esconderse detrás de los ojos cansados de las personas auténticas. Que así sea.