Traducir

Buscar este blog

sábado, 28 de enero de 2017

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12


Bienaventurados nosotros
Parece que el Mahatma Gandhi consideraba el sermón del monte de Mateo como la página más iluminadora de la literatura mundial. Una página que ha inspirado a muchas personas, en la historia, y que, con razón, es considerada como la Carta Constitucional del Reino de Dios. Un discurso que Jesús pronuncia a la orilla del lago de Tiberiades, al norte de Palestina, en Galilea, no lejos de la casa familiar de Nazaret y de Cafarnaúm. Un discurso en el que Mateo trata de sintetizar gran parte de la doctrina del nazareno, proponiéndolo como un nuevo Moisés que desde la montaña (en realidad una pequeña colina) entrega las “nuevas” tablas de la Ley. Un discurso que comienza con las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar, un texto bastante repetido, pero, desgraciadamente, poco conocido incluso por los cristianos y aún menos entendido.
Son ocho afirmaciones que son como latigazos, ocho afirmaciones que, si las tomáramos en serio, pondrían del revés nuestras perspectivas y descabalgarían nuestras pocas certezas. ¡Tal vez por eso las tenemos prácticamente ignoradas!

Bienaventurados los desgraciados
Jesús indica apodícticamente en qué consiste la felicidad, el sentido de la vida y la plena realización. ¡Por fin ya era hora!
Pero una primera lectura nos deja descolocados con lo que allí señala Mateo. Jesús parece que exalta la pobreza, el llanto, la resignación y la persecución.
¿Cómo es posible? ¿Confirma Jesús la terrible impresión que dan muchos cristianos de ser almas dolientes, tristes y lloronas? ¿Valora Jesús la idea de que la vida es una concatenación de desgracias y el cristianismo algo doloroso y crucificante? ¿Volvemos al cliché del cristianismo como una religión que exalta el sufrimiento como instrumento de expiación?
No, en absoluto, estad tranquilos. Lo que de verdad Jesús propone es una auténtica revolución interior. Nos describe, más que cualquier otra página del Evangelio, cuál es la profunda identidad del cristiano.

Bienaventurados
-          Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Es decir, bienaventurados los que son conscientes de su pobreza interior, del límite que llevan impreso en el corazón y que, por tanto, buscan el sentido de la vida y lo buscan en otro lugar, más allá de la rutina cotidiana. Y también bienaventurados los que viven con un corazón sencillo, esencial, transparente. Bienaventurados porque, aunque no se den cuenta, están dejando que Dios reine en ellos.
-          Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que, incluso estando en pleno sufrimiento, saben volver la mirada más allá del horizonte, hacia el Dios que hace compañía, que “con-sola”, que está con quien está solo. Bienaventurado el que sabe que la vida está insertada en un gran proyecto y que, aunque alguna vicisitud individual humana puede ser envilecedora y puede ser derrotada, sin embargo, el gran proyecto de Dios avanza sin detenerse. Bienaventurado quien descubre que la vida es preciosa a los ojos de Dios y que ninguna persona, jamás, está sola y abandonada, porque “cada cabello de nuestra cabeza está contado” (Mt 10, 30) y “nuestras lágrimas recogidas” (Sal 56, 9) porque el Dios de Jesús protege a “los gorriones que se venden por dos céntimos” (Lc 12, 6). El sufrimiento, por tanto, no es la palabra definitiva de la vida.

sábado, 21 de enero de 2017

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 8,23b - 9,3
Salmo responsorial: Salmo 26
Segunda lectura: 1 Cor 1,10 -13.17
Evangelio: Mt 4,12-23

Los comienzos de la predicación de Jesús están unidos con un acontecimiento dramático: la detención de Juan Bautista. Jesús vuelve sobre sus pasos, pero decide no ir ya a Nazaret, la pequeña aldea que lo ha visto crecer. Jesús ha cambiado, el bautismo le ha dado mayor conciencia de su misión.
Se traslada a Cafarnaúm, la pequeña ciudad del mar de Tiberiades, situada en el confín de dos regiones, una ciudad importante, con guarnición romana, con sinagoga, con recaudadores de impuestos. Una ciudad que se va a convertir en el corazón del apostolado del Señor en Galilea.
No siempre los acontecimientos negativos son tales. A veces los momentos difíciles nos abren perspectivas que nunca nos habríamos imaginado, tanto en la historia de la Iglesia, como en la historia personal de cada uno de nosotros.
Dios escribe recto con reglones torcidos. Jesús, forzado a volver a Galilea, tendrá la oportunidad de iniciar su predicación desde los confines, desde las periferias, desde los últimos, desde los perdedores. Desde los territorios de Zabulón y Neftalí, las dos primeras tribus de Israel en caer bajo la dominación asiria, muchos siglos antes.

Galilea de los gentiles
En el año 733 A. de C. estas dos tribus de Zabulón y Neftalí fueron brutalmente agregadas al imperio asirio. Abandonadas a su suerte, conocieron a lo largo de los siglos diversas vicisitudes, pero una cosa fue constante a lo largo del tiempo: Galilea se convirtió en el lugar de la promiscuidad, del mestizaje, de la fe mezclada y aproximativa... del más o menos... o del “todo vale”. Los galileos eran mirados con desprecio por los puros e impecables de Jerusalén, nada bueno podía venir de aquellas ciudades contaminadas y paganas.
En tiempo de Jesús, de aquellos territorios salió el movimiento extremista de los zelotas, hasta el punto que “galileo” era sinónimo de  “terrorista.” Pues bien, exactamente desde aquel lugar es desde donde Jesús emprende su predicación.
Dios siempre es así, prefiere a los díscolos frente a los buenos chicos, invita a los primeros de la clase a salir fuera y ensuciarse las manos; obliga a quien lo sigue a marchar hacia las inseguras fronteras de la historia, antes que encerrarse en los recintos seguros de las falsas certezas de la fe.
Dios es así, quiere el riesgo, quiere ensuciarse las manos, sale a anunciar el Reino allí donde nadie lo espera... ni lo desea.
En esto es en lo que puede y debe convertirse la comunidad cristiana, en ser capaz de salir de las iglesias para devolver a Dios al pueblo, para compartir con él el camino de salvación.
En esto podemos y debemos convertirnos nosotros, a imitación del Maestro de Nazaret, nosotros que vivimos en la ciudad, en lugares en los que el cristianismo ha quedado reducido a unos leves trazos culturales; nosotros que vivimos entre personas que creen creer, que viven lejanas de Dios, incluso deseando conocer su sentido, sin saberlo.
Así nos encontramos muchas veces nosotros, un poco mestizos, bastardos, frágiles, porque somos hijos de este tiempo: discípulos de Cristo, sí, pero más en el deseo que en la coherencia de vida.

Convertíos
A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su Palabra ardiente.
“Convertíos que el Reino de Dios está cerca.”
Sí, así escribe Mateo en el evangelio que hemos escuchado: es el Reino el que se acerca, es Dios quien toma la iniciativa, el primer paso es suyo. A nosotros se nos pide únicamente acogerlo, reorientar la mirada, calentar el corazón (eso es convertirse). Dios no empieza con alguna reprimenda moral, con algún sensato discurso orientado a suscitar un arrepentimiento y un cambio de conducta. Él, en primer lugar, se ofrece, se entrega, se arriesga.

sábado, 14 de enero de 2017

ANUARIO S.J. 2017 - EL ÁNGEL DE LOS NIÑOS

Niños del orfanato Nyumbani


Su nombre es Ángel D’Agostino pero todos lo llaman D’Ag,
un hombre lleno de energía, cansado de tantos funerales
y aburrido de ver a su alrededor un sentimiento de resignación. Todos parecían convencidos de que no había remedio para aquel destino de muerte.


Una gran peste golpeó África en los años ochenta del siglo pasado. El SIDA exterminó a los adultos. Luego empezó también a llevarse a los pequeños.
En Nairobi, el Padre D’Ag, un jesuita con bello y acogedor rostro, de barba blanca, asiste a aquella mortandad con angustia en el corazón. Su nombre es Ángel D’Agostino pero todos lo llaman D’Ag, un hombre lleno de energía, cansado de tantos funerales y aburrido de ver a su alrededor un sentimiento de resignación.
Todos parecían convencidos de que no había remedio para aquel destino de muerte. “Yo en cambio – aseguraba el Padre D’Ag - creo que podré salvar a muchos pequeños inocentes.”
Corría el año 1992.  En las calles de Nairobi, el Padre D’Agostino buscaba un local, una pequeña estancia como base para hacer brotar un gran sueño. El sueño de cuidar a los niños enfermos y, en el caso de que fuesen incurables, al menos darles un sitio decoroso dónde morir. En el barrio de Westlands encontró un humilde local e hizo de él un refugio para los tres primeros huerfanitos. Los tres habían perdido a sus padres, muertos de SIDA, y también ellos llevaban dentro el virus mortal. Pero ahora ya tienen una casa, mejor “una casa acogedora”, Nyumbani, como se dice en lengua suajili.
El Padre D’Ag necesitaba dinero para ofrecer asistencia. Sabía dónde llamar y cómo tocar el corazón de los bienhechores. Era una persona que no estaba nunca quieta, parecía que siempre estaba despierto pensando cómo ser útil. La gente del lugar lo miraba casi con sorpresa, porque todo lo que hacía, no lo hacía para sacar algún provecho personal, lo hacía por los demás. Los benefactores lo entienden. Y uno de ellos, un banquero, extiende un buen cheque de 700 mil dólares como regalo de Navidad. El Padre D’Ag interpreta esto como una señal de que, si hay buena voluntad, luego “Dios proveerá.”
Y el Señor provee hasta el punto de llegar otra buena noticia, la donación de un terreno de 4 hectáreas. Pero el Padre D’Ag tal vez no se imaginaba que hacer bien comportaba correr riesgos y tener vocación para la lucha. De repente pareció que todo se derrumbaba. Como él mismo contaba, “fuimos víctimas de una estafa bien orquestada.” El terreno se perdió, adueñándose de él los más aprovechados. Pero en la dificultad el jesuita demostró de qué pasta estaba hecho. Ingente por su fuerza de ánimo y por su inteligencia, movilizó sus conocimientos por medio mundo y su activismo fue premiado. Afluyeron los fondos necesarios para volver a empezar y, en un par de años, fue posible dejar el modesto local de Westlands e inaugurar una sede más confortable en el barrio de Karen. Mes a mes va creciendo el número de los niños acogidos; de los 3 iniciales se pasa a 40, después a 57, para luego dar el salto a 73.  Cuando se llega a los 106, el Padre D’Ag dice que es el momento de dar otro paso importante. Nyumbani tiene que dotarse de un laboratorio diagnóstico.
P. D'Agostino con niños del orfanato
El jesuita vuela a Washington y apela una vez más al buen corazón de sus amigos. Consigue lo que quiere y logra montar un laboratorio de análisis con los más modernos instrumentos tecnológicos.
Los Estados Unidos eran el país de origen del Padre D’Ag. Había nacido en la capital de Rhode Island, Providence, el 26 enero de 1926, siendo hijo de los emigrantes italianos Luis y Julia De Agostino. De niño padeció de asma. No pudo practicar actividades deportivas y empleó su tiempo concentrándose en el estudio. Obtuvo dos licenciaturas, en Química y en Filosofía.
Siguió estudiando. Se inscribió a la facultad de Medicina y consiguió una doble especialización, en Cirugía y en Urología. Así, cuando llegó el momento de cumplir el servicio militar, fue destinado naturalmente, con el grado de capitán, al centro médico de una base de aviación en Washington. Pero no tenía espíritu militar. En cambio sentía crecer la llamada religiosa. Decidió realizar los cursos nocturnos de latín que los jesuitas tenían en la universidad de Georgetown. Su mente estaba ávida por saber. Estudió Teología, y se especializó en ciencias psiquiátricas. Hasta que el 11 de junio de 1966, con treinta años, fue ordenado sacerdote por el cardenal Lawrence Shehan. Había entrado en la Compañía de Jesús el 14 de agosto de 1955.
Durante algunos años se dedicó a la enseñanza. Fundó un centro de Religión y Psiquiatría en Washington. Luego, su vida sufre un cambio radical.

ANUARIO S.J. 2017 - CARLOS MARÍA MARTINI: LA HERENCIA DE UN ESTILO

Cardenal Carlos María Martini S.J.

El 31 de agosto de 2012 el cardenal Martini
concluyó su intenso camino terrenal.
En junio de 2013 se constituyó una Fundación,
con la implicación de la familia Martini
y de la archidiócesis de Milán.
El 30 de agosto se dio la ocasión de visitar al Papa Francisco
para presentarle la nueva Fundación.


El 31 de agosto de 2012 el Cardenal Martini concluyó su intenso camino terrenal. Una de las voluntades expresadas en su testamento fue dejar en herencia sus escritos a la Provincia de Italia. Recibir semejante patrimonio - lo entendimos  enseguida - no significaba sólo custodiar los muchos libros e intervenciones que el Cardenal había ido produciendo, sino sobre todo promover el espíritu de todo ello.
Antes de nada, he aquí una breve presentación del Cardenal Martini para quién no lo conociera. Nacido en Turín el 15 febrero de 1927 e ingresado en el noviciado en 1944, el padre Carlos María fue profesor y luego Rector del Pontificio Instituto Bíblico hasta 1978, cuando pasa a la dirección de la Pontificia Universidad Gregoriana. Al finales de 1979 fue nombrado por Papa Juan Pablo II Arzobispo de Milán, en dónde, durante veintidós años se dedicó a una intensa actividad pastoral. Las iniciativas de mayor resonancia fueron la Escuela de la Palabra, veladas de formación bíblica de la oración, en las que participaban centenares de jóvenes en Catedral, y la Cátedra de los no creyentes, ciclos de encuentros en los que Martini daba espacio a la voz de no creyentes, con los que entraba después en un serio diálogo.
En el 2002, alcanzado el límite de edad, deja la Diócesis de Milán y se retira durante largos períodos a su amada Jerusalén, donde continúa con los estudios bíblicos sobre los antiguos manuscritos griegos del Nuevo Testamento. En abril de 2008, agravándose el proceso de su enfermedad de Parkinson, se retiró a la comunidad de Gallarate, una de las enfermerías de la Provincia de Italia. Desde 1958 hasta hoy se pueden contar unas quinientas publicaciones con su nombre, traducidas a numerosas lenguas, referentes a la investigación bíblico-exegética y a las intervenciones durante su actividad pastoral (cartas, homilías, discursos), entre las que se encuentran numerosos cursos de Ejercicios Espirituales.
Recibir la herencia del P. Martini ha sido para nosotros un momento de intensa emoción y profunda gratitud por la confianza que este gesto expresa. Buscando el modo más apto de asumir esta gran responsabilidad, en el junio de 2013 constituimos una Fundación (www.fondazionecarlomariamartini.it), con la implicación de la familia Martini y de la archidiócesis de Milán.  El 30 de agosto del año siguiente, en la víspera del primer aniversario de la muerte del Cardenal, tuvimos la ocasión de visitar al Papa Francisco para presentarle la nueva Fundación. Acogiéndonos con su habitual benevolencia, nos indicó con sencillez y precisión las coordenadas en las que desarrollar nuestra tarea: “La memoria de los padres es un acto de justicia. Y Martini ha sido un padre para toda la Iglesia.” El Papa además subrayó la capacidad del Cardenal para asumir posiciones proféticas sin dividir la comunidad, más bien, alimentando la comunión. Bergoglio y Martini se encontraron en 1974, en la 32ª Congregación General, un momento marcado por fuertes tensiones en la Compañía a propósito de la relación entre el servicio de la fe y la promoción de la justicia. Francisco nos recordó cómo el P. Martini había desarrollado un papel determinante al recoger y llevar adelante la novedad presente en el discurso que se estaba elaborando entonces sobre la justicia, mostrando al mismo tiempo su raíz evangélica e interpretando su sentido a la luz de la Palabra de Dios. Así contribuyó de modo determinante a recomponer fracturas que habrían podido llegar a ser explosivas: un difícil equilibrio, buscado por Martini con tenacidad y sabiduría.
La Fundación ha nacido no sólo para mantener la memoria de un ilustre personaje, sino para mantener vivo el espíritu que animó su actividad evangelizadora;  caracterizado por la atención a los interrogantes que atañen a las personas y a la sociedad de hoy, y por el empeño en enseñar la fecundidad y en reavivar el deseo de una profunda escucha de la Palabra de Dios.
El Cardenal Martini visita al P. General Arrupe
Los proyectos de la Fundación se desarrollan sobre tres frentes principales. El primero es el archivo. En él se recogerán los documentos de Martini, incluidos también los pertenecientes al tiempo de su ministerio como arzobispo. Además estarán los materiales realizados sobre de él y que aún siguen produciéndose. Entre éstos señalamos los testimonios, recogidos en forma de vídeo, de ilustres personajes de la cultura y el mundo eclesial, de amigos y colaboradores, ya que deseamos dar a conocer la persona del P. Martini a través del recuerdo viviente de los que han compartido con él aspectos importantes de su existencia. El archivo tendrá su sede en el “Centro San Fedele”, de los jesuitas en Milán, una localización simbólica además de práctica, en el corazón de la ciudad en la que Martini fue arzobispo durante 22 años, y a pocos pasos de la Catedral, dónde él está enterrado. El archivo estará en todo caso disponible de modo digital en el sitio de Internet.

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

"Éste es el el Cordero de Dios..."
Primera Lectura: Is 49, 3.5-6
Salmo Responsorial:   Salmo 39
Segunda Lectura: 1 Cor 1,1-3
Evangelio: Jn 1, 29-34
  
Hoy tenemos un baile de “juanes” en el Evangelio: por una parte, el evangelista narrador y, por otra, el bautista, que cuenta su descubrimiento en el Jordán. Allí descubre que Jesús, el hijo de José, el de Nazaret, es el Hijo de Dios. El esperado. El inaudito.
No somos cristianos para que nuestra devoción nos haga fervorosas cosquillas. Somos cristianos porque creemos que un carpintero de Nazaret es la presencia misma del Altísimo. Jesús no es simplemente una buena persona, un profeta incomprendido, es el sello de Dios, su rostro ostensible y manifiesto.
Pero los dos Juanes se atreven a más. Juan evangelista nos dice que el Bautista ve venir a Jesús hacia él. Dios toma siempre la iniciativa, es él siempre el que se aparece.
Y, además, afirma: él es el cordero de Dios.

Cordero
El cordero, un animal al que se le mata sin un quejido. El cordero, parecido al macho cabrío que el día de Kippur, o de la Expiación, era cargado con todos los pecados del pueblo y luego dejado libre en el desierto.
Juan ya ve, en aquel hombre que se le acerca, la determinación y la mansedumbre, la fuerza y la resignación. Juan, la voz que grita en el desierto, queda sin palabras.
Pero el Bautista se equivocó. El Mesías no venía para echar la paja en el fuego inextinguible, no hubo ninguna hacha lista para derribar ningún árbol. El Mesías, aquel Mesías, zaparía y abonaría el árbol, en espera de un improbable cambio.
El asombro del Bautista es el nuestro, su reflexión es la nuestra: ¡nuestro Dios es siempre así de inesperado, siempre tan diferente de cómo lo imaginamos!

Espíritu
El asombro crece y se extiende. Ahora Juan Bautista está seguro de lo que, mirando, ha visto: el Espíritu baja con abundancia sobre Jesús y lo habita. Los gestos que Jesús hace están llenos de interioridad, densos de espiritualidad, transparentan sobre sus vestidos la profundidad que lo habita.
No es la apariencia sino la esencia lo que asombra al Bautista. Jesús está repleto de Espíritu, aun antes de que pronuncie una sola palabra.
Mejor aún: Jesús es el único capaz de dar espíritu en abundancia. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.

sábado, 7 de enero de 2017

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hch 10, 34-38
Evangelio: Mt 3, 13-17


En este domingo del Bautismo de Jesús cerramos el ciclo litúrgico de la Navidad. Ambas fiestas, la de Reyes y la del Bautismo, nos hablan de la manifestación de Cristo Jesús al mundo. La de los Reyes es la manifestación universal a la gente y a todos los pueblos de la tierra. La fiesta del Bautismo concierne más a la manifestación pública de la misión de Jesús y también la nuestra como bautizados en Cristo.

Bien-amados
El principio de la misión cristiana está enraizado en la conciencia de ser amado por Dios. “Éste es mi hijo bien-amado, en el que me complazco”, así describe Mateo la teofanía que revela la misión y la verdadera identidad de Jesús.  La traducción más literal “bien-amado” que subyace al término griego original es preferible al “predilecto”, que hemos oído en la lectura litúrgica. Jesús es ante todo “bien-querido” y en él Dios se “complace”. El Padre está contento y orgulloso de su propio hijo.
En Cristo, como dice san Pablo, también nosotros somos hijos, también nosotros nos convertimos en coherederos, también nosotros somos bien-amados y en cada uno de nosotros el Padre se complace. Iniciamos el año civil y acabamos el tiempo navideño con esta desconcertante verdad: Dios me quiere, y me quiere bien.
¿No es quizás ésta la última pieza de la maravilla de mosaico que nos ha acompañado las tres semanas de Navidad? Pensamos en un Dios sobre las nubes y lo encontramos en Belén; nos esperamos un Dios abstracto y conceptual, y aquí lo tenemos hecho hombre; esperamos en un Dios al que pedir y he aquí a un niño que nos pide porque lo necesita todo de nosotros; nos esperamos un Dios que sea acogido triunfalmente por la autoridad constituida y por los sabios, y en cambio los que lo reconocen son los habitantes de la periferia de la vida; nos esperamos un Dios evidente y patente, y en cambio viene un niño tímido que nos pide que tengamos las ganas de encontrarlo, como los magos han sabido hacerlo. Y al final, hoy, se presenta la conversión más grande: me espero un Dios rector, severo pero benévolo, al que tengo que demostrar que soy bueno, y en cambio me encuentro con un Dios que, ante todo,  me quiere sin ningún prejuicio.

viernes, 6 de enero de 2017

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2, 1-12

Los Magos que llegan del oriente con sus regalos han señalado verdaderamente la fantasía de los hombres a lo largo de la historia: quizás por aquel no sé qué de exótico que llevan consigo, todo hemos quedado fascinados por estas extrañas figuras de la Navidad y llevamos en el corazón la imagen infantil de las estatuillas que añadíamos el día de Reyes como último toque al belén familiar.
Pero estemos atentos a no reducir los Reyes a una fábula edificante. Hemos de tomar muy en serio la narración de Mateo, que es ante todo una síntesis teológica, un mensaje de fe, sin olvidar por ello los suficientes enganches históricos que en ella se encuentran.

Mosaico bíblico
Para uno quienes conocen bien la Biblia (¡ojalá estuviéramos todos entre ellos¡) salta a la vista enseguida el mosaico de alusiones y referencias bíblicas que componen este texto.
La intención de Mateo está clara. Él, como judío que es, escribe su Evangelio para una comunidad judeocristiana y desea abrirles la mirada: el Mesías ha llegado y él es, realmente, el esperado de las gentes, no solamente el pastor de Israel.
Como cada pequeña comunidad que tiene que sobrevivir entre culturas agresivas, Israel, a lo largo de su misma historia, se encerró como una minoría acorazada, alérgica a lo extranjero, perdiendo el barniz primitivo y olvidándose de que era el pueblo que llevó a todos los pueblos el rostro del Dios misterioso que se mostró a Abraham y a los padres en la fe.
Y, cosa asombrosa, los primeros a acoger al Mesías son obviamente los judíos, pero los olvidados, los pobres: María, José, los pastores. El Dios que viene no es acogido por el potente partido de los saduceos, ni por el Sumo Sacerdote, o por los fariseos, los más devotos de los practicantes.
Y, cosa asombrosa, los extranjeros, los marginados, los que no eran del pueblo, los "perros" sí reconocen el rostro de Dios. Dios quiere revelarse a todos, quiere alcanzar a cada persona, a cada nación. La intención de Mateo, como os decía, es subrayar que Jesús ha venido para ser reconocido por todos los pueblos de la tierra, representados aquí por los misteriosos Magos de oriente.
Pero hay algo más: el gran Leví, el publicano, que llegó a ser evangelista del reino de Dios, logra sacar de su pluma algunos subrayados que os muestro.

Brujos y magos
Los Magos eran astrólogos orientales, probablemente ricos, ya que se podían permitir realizar sus aficiones y pasatiempos y salir de su tierra para seguir el acontecimiento cósmico del nacimiento de una estrella o de una conjunción astral.
 La teoría era sencilla: un acontecimiento sideral tenía que corresponderse con un acontecimiento terrenal. Así su viaje los lleva con naturalidad a buscar un rey en la cercana tierra de Palestina.