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sábado, 6 de octubre de 2018

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)



Primera Lectura: Gen 2, 18-24
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Heb 2, 9-11
Evangelio: Mc 10, 2-16


Hoy nos encontramos con una palabra desestabilizadora, una palabra que interrumpe un el flujo de reflexiones de Marcos en torno a la persona de Jesús, y que nos presenta una nueva pregunta.

Ya no es: ¿Quién es Jesús, sino: ¿Qué es el amor?

Es una pregunta intrigante y actual, fuerte y misteriosa, que resuena poderosamente en nuestro mundo que ha perdido las certezas y parece abrumado por una ola de fragilidad y de fango. Las desalentadoras noticias que continúan llenando los noticiarios someten a una dura prueba hasta al cristiano más optimista.

Así es, incluso ahora que nos refugiamos en lo privado, que abandonamos los grandes proyectos sociales y políticos para encerrarnos en el mundo estrecho y protegido de los afectos privados ... También aquí reina una confusión soberana.

Quien tiene una familia, no la quiere, y quien no puede (divorciados, parejas homosexuales) la querría.

Se propone el amor como un refugio seguro, cargado con mil esperanzas y expectativas, lleno de sueños y gratificaciones. Pero la realidad, una vez más, nos pone en crisis: no basta con reiterar e insistir en el enamoramiento, exaltar el amor de fusión para evitar pesadas decepciones.

¿Quién nos puede decir una palabra que no sea banal, que tenga el sabor de la verdad, que indique con autoridad el camino a seguir?
Sólo Dios, el que inventado el amor.

Excesos
La página del Génesis que narra con lenguaje poético la creación de la pareja humana revela, si lo leemos bien, un aspecto preocupante.

La retórica católica ha exaltado la historia de la creación de la mujer. Y no es así: el texto revela uno de los errores más comunes entre los amantes.

El ser humano no es feliz; no es suficiente para él conocer la realidad (este es el significado de dar nombre a los animales). Dios admite su error (¡asombroso!) y decide correr a repararlo. Hará para el ser humano otro de sí mismo, que lo contraponga y complemente (el término hebreo contiene un punto de conflicto). El hombre duerme y Dios crea a la mujer, no de la costilla, como erróneamente se ha traducido, sino que lo divide por la mitad.

El término usado indica el dintel de la puerta: el hermafrodita humano está dividido en dos partes, en dos jambas que sostienen el arquitrabe. Y por esa puerta, el ser humano entra en el reino de Dios.


Pero el hombre se despierta y no admite la diversidad; no admite que la mujer viene de Dios, sino que piensa que la conoce, la llama “ésta” y dice que es un pedazo de sí mismo, en definitiva, una proyección de su ego. ¡Terrible!

¿No es ésta una pintura del amor de fusión tan elogiado por los medios de comunicación y seguida por nuestras frágiles generaciones de adolescentes? ¿Creer que el otro es mi espejo? ¿Exaltar la idea de que, a fin de cuentas, se trata de una sumisión disfrazada? ¿Eliminar la diversidad entre macho y hembra?

La solución a todo este lío la ofrece el redactor del texto: “por eso dejará el hombre a su familia y se convertirán en una sola carne”.

Para construir una relación verdadera, hace falta abandonar la propia idea de familia y unir la carne. Pero, ojo, esto no tiene nada que ver con el sexo: en la antropología bíblica, “carne” es lo que indica la parte débil.

Sólo mediante la combinación de sus fragilidades el ser humano puede llegar a ser pareja, buscando no en nosotros, sino en Otro, el sentido de nuestras vidas. Hombres y mujeres somos compañeros de viaje.

Divorcios sexistas
En tiempos de Jesús, el divorcio era un hecho establecido, incluso atribuido a Moisés, por lo que era intangible. Nadie se hubiera atrevido a cuestionar una norma tan favorable a los varones. La pregunta planteada a Jesús era retórica, todo el mundo esperaba que, por supuesto, Jesús bendeciría esta regla.

La respuesta de Jesús se sitúa en el filo de la navaja: vosotros lo hacéis así, pero Dios no piensa así, Dios cree en el amor único, que cree en la posibilidad de vivir con una persona de por vida. Sin tener que soportarse, sin sentirse en una jaula, sin masacrarse. El objetivo de la vida conyugal no es vivir juntos para siempre, sino amarse para siempre.

La respuesta de Jesús provoca un embarazoso silencio, miradas sonrientes y cómplices: “¿Pero, qué broma es esta?” Los apóstoles toman aparte a Jesús e insisten: “no hablas en serio, ¿verdad?” Mateo, en el pasaje paralelo, deja nota de la desconsolada declaración de los doce: “Entonces es mejor no casarse” (Mt 19, 10).

Sueño de amor
Jesús dice que es posible amarse toda la vida, que Dios ha pensado así la aventura del matrimonio, que, realmente, la fidelidad a un sueño no es una utopía de adolescente, sino la bendición de Dios. Cuando dos jóvenes deciden casarse y nos hablan de fidelidad, no estamos hablando de una norma anacrónica, de una estructura reaccionaria que propone un modelo ya superado: estamos hablando del sueño de Dios.

A partir de aquí, con esfuerzo y tenacidad, los discípulos descubrieron la riqueza del matrimonio cristiano.

Ya antes de Cristo, las personas se encontraban, se enamoraban, vivían juntas y tenían hijos. Hacerlo en el Señor, poner a Jesús en el medio, nos hace comprender cosas extraordinarias, nuevas y desconcertante sobre uno mismo y sobre la pareja. En los últimos años, asistiendo a muchas parejas, orando y viviendo con ellas, he visto como descubrieron y asumieron la novedad del matrimonio en el Señor.

Las fracturas
Es preciosos poder decirles a dos jóvenes que desean casarse en el Señor, tomando el evangelio como modelo, que el matrimonio cristiano es una elección libre, una idea de Dios y no de la Iglesia. Es normal enamorarse, es normal decidir vivir juntos. Hacerlo como Jesús pide es una elección particular: la de poner a Dios en medio de nuestras vidas.

Y eso no es patrimonio de una Iglesia reaccionaria que no sabe abrirse al mundo, sino que es el mismo sueño de Dios. A la luz de esta Palabra, como creyentes, podemos confiarnos íntimamente al Dios que inventó el amor, sabiendo bien que estamos llamados reescribir y revivir el mensaje inalterable de la Creación.

Amémonos tierna y cariñosamente los que creemos en el Amor de Dios.