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sábado, 3 de noviembre de 2018

DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)




Primera Lectura: Dt 6, 2-6
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: Heb 7, 23-28
Evangelio: Mc 12, 28-34

Somos ciegos y mendigos. Podemos pasar el tiempo en los márgenes de la historia resignándonos o lamentándonos, como Bartimeo, gritando nuestro dolor, sin consuelo. “Pierdes el tiempo”, nos dice el mundo que nos rodea. En cambio, el Nazareno oye nuestro grito y nos manda a llamar. Sanados en lo profundo, iluminamos nuestra vida oscura, seguimos a Jesús por el camino y les decimos a los otros mendigos: “Ánimo, levántate, el Señor te llama”.

Esta es la Iglesia: un pueblo de ex ciegos, pero aún mendigantes, que se regocijan cuando comunican a cada persona el rostro compasivo de Dios.

¡Y cuánta luz necesitamos, una y otra vez, para comprender en profundidad la estupenda página del evangelio de hoy!

Catecismo
¿Qué es lo más importante de la vida y de la fe? La pregunta del escriba es, después de todo, la única pregunta real que merece la pena formular y responder, la única.

La pregunta, para nuestro entusiasta amigo, se trataba de desenredarse de una densa red de prohibiciones y trampas, más de seiscientas, que el piadoso israelita estaba llamado a vivir cada día. Para Jesús, se convierte en una oportunidad de ir a lo esencial, de enviarnos, a él y a nosotros, a superar el síndrome de la respuesta correcta para arribar – finalmente -, al significado de la vida para mí.

¿Para qué vale la pena vivir? Esta pregunta que todos llevamos en nuestros corazones, tarde o temprano, necesita una respuesta.

Como Bartimeo, ciego, también nosotros pedimos una respuesta, y no encontramos el significado dentro de nosotros mismos, necesitamos que alguien nos la dé.


Ese es el punto de partida de toda búsqueda, de toda vida: buscar, preguntar, admitir con absoluta sencillez que somos frágiles y que, en realidad, no encontramos en nosotros mismos ninguna razón para vivir.

El escriba estaba más interesado en hacer una exhibición de cultura que en preguntar; en él la Palabra se había secado y se había convertido en una búsqueda de aprobación, no en una pregunta inquietante.

Rabbí, ¿qué…?
¿Qué es lo primero, rabino?
Aunque las personas nos invitan a callarnos, a resignarnos, a no hacer ruido, como Bartimeo, cada vez clamamos con más fuerza, y pedimos piedad y luz. El Señor pasa y nos llama, nos invita a levantarnos, a abandonar el manto, a no escuchar a los demasiados falsos profetas de nuestros días amargos que nos invitan a no hacernos ilusiones, a disfrutar, mientras podamos.

Para Jesús, el Maestro, ¿cuál es el significado de la vida? Jesús sonríe, benevolente, y explica: “déjate amar, ama y ama”.

Déjate amar
Sobre todo, déjate ser amado por Dios.
Pero, ¿puede el amor ser un mandamiento? ¿Se puede mandar amar a Dios? Es absurdo, ¿no es cierto? ¡Una contradicción! El amor es elección, es libertad, es un sentimiento.

Puedo respetar, temer, pero no amar, si soy forzado.
Hay una verdad sencilla, un imperativo antes de cualquier otro mandamiento, un mandamiento que subyace a todas las Escrituras: déjate amar.

Dios nos ama Dios, ¿cuándo lo entenderemos? Nos ama sin condiciones, sin posesividad, sin fragilidad.

Él no nos ama porque lo merecemos (¿qué clase de amor es el que establece condiciones?); no nos ama porque seamos buenos, sino que al amarnos nos hace buenos.

Tal vez, alguno de los que me escucháis, tengáis el corazón endurecido, encerrado en una jaula de dolor, y no podáis ver este amor porque el coraje y la ira de no haber sido amados ha intoxicado vuestro corazón y vuestra mente. Confiad, amigos, dejaos llevar. Lo que estoy diciendo es verdad, no estoy bromeando.

Dios ama seriamente, realmente quiere el bien para cada uno de nosotros. De verdad: Jesús murió para afirmar esta certeza, lo creyó y murió por ello.

Ámate
La segunda condición para vivir es amarte a ti mismo.
Cuando Jesús dice aquello de amar a su prójimo como a nosotros mismos, nos obliga a mirar la relación que tenemos con nuestro propio interior, con nuestra intimidad.

Ámate, quiere decir acepta lo que eres, tus límites, tus partes oscuras.
Un falso cristianismo nos impide gozar de nosotros mismos, viendo en esta actitud un acto de egoísmo. El egoísmo es no aceptar la propia limitación, querer acaparar en vez de hacer de la vida un regalo. El egoísta aparenta, se esfuerza por vender una imagen de sí mismo que le impide entrar en sí mismo y gozar por ello.

Y tú, hermano/a ¿te amas? ¿Te perdonas? ¿Estás convencido de que lo que tú eres puede llegar a ser una obra maestra? Es verdad que aprender a amar lleva toda una vida, la vida entera.

Pero, de verdad, que se puede conseguir. Ver cómo Dios nos ve, no como el enano de nuestros temores ni como el gigante de nuestros sueños, sino como una persona en quien Dios ha pensado y a la que ha amado desde toda la eternidad.

Entonces, y sólo entonces, puedo amar por el amor que he recibido, y eso transfigura mi corazón, entonces puedo vivir profundamente reconciliado con los hermanos.

Ama
Finalmente, el Maestro nos dice: ama.
Ama a Dios porque te descubres tiernamente amado, ámalo porque te enamoras de él, ámalo como puedas, pero todo, completamente. Sabemos que no hay amor puro, que no hay gesto total; nuestro amor es a menudo limitado, frágil, y pesado.

Pero paciencia: tú ama todo lo que seas capaz, como puedas, ama sin miedo.
Aquí está el secreto, amigos. Descubrir que somos amados, que somos dignos de ser amado, que somos capaces de amar en nuestro camino un poco tosco y frágil. Dios nos hace capaces de amar, de ser luz y paz, de ser señal y regalo para los demás, de darnos, de contrastar la lógica de este mundo.

Ciertamente que es difícil, porque uno tiene la impresión de nadar contra la corriente. Pero en el río solo los peces muertos siguen la corriente. Pero el amor de Dios nos acompaña.