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sábado, 29 de abril de 2023

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Los discípulos lo han visto, lo han encontrado y abrazado; han llorado y reído; están asombrados, perplejos, turbados. Saben que hace falta tiempo para creer. También lo sabemos nosotros.

Pedro y Juan que corren al sepulcro; María Magdalena que no se separa de su dolor; Tomás y su desgarrador sufrimiento ante la duda; los discípulos de Emaús y su esperanza decepcionada. Convertirse al resucitado no es un asunto que se solventa en un par de minutos, no es un recorrido para personas débiles, sino para hombres y mujeres fuertes y tenaces.

El Señor alcanza a los discípulos allí dónde están, en las condiciones en que se encuentran.

Los alcanza y los ayuda a superar cada miedo, cada sufrimiento.

Los alcanza porque los quiere, porque quiere para ellos la plena salvación, porque los ayuda a descubrir a Dios y a descubrirse a ellos mismos creyentes.

Lo hace porque su vida, nuestra vida, es preciosa ante sus ojos. Lo hace porque sabe a dónde llevarlos, a dónde llevarnos.

Preciosos

¿Para quién soy yo realmente importante? ¿Para quién soy yo verdaderamente precioso? Instintivamente buscamos a alguien que esté dispuesto a acogernos, a valorarnos, a querernos profundamente más allá de nuestra inevitable pobreza y limitación.

El mundo a nuestro alrededor es desalentador. Las personas son sólo un número, un consumidor o un problema social. Sólo cuentan para los que producen o consumen y, por eso, muchos luchan para salir del anonimato, cueste lo que cueste. Vivimos en una sociedad llena de llamadas confusas que nos seducen para competir y rivalizar, para tener y aparentar. Llamadas que son felicidades incapaces de llenar el corazón humano.

Corremos detrás de un sueño, como quien corre tras un cuento de hadas, como si se tratara de una bonita fábula. Pero la vida también está hecha de personas que eligen la parte oscura, y la fábula se convierte en un sueño de muerte, como sucede con tantos terroristas o capos de todo tipo, con traficantes y delincuentes. Los ladrones y bandidos de los que nos habla el evangelio de hoy, que se cuelan por tantas falsas puertas de nuestra vida.

Bueno, pues en medio de este desastre, la Iglesia proclama con toda convicción, a pesar de las contradicciones de nuestro tiempo, que cada persona, sea quien sea, es hija de Dios y es preciosa a sus ojos.

El buen Pastor

Ésta es la buena noticia desconcertante. Ésta es la inesperada revelación: yo soy realmente importante para Dios. Tal vez no lo seré para otras personas, tal vez no lo seré para la sociedad, pero sí lo soy para Dios, porque sólo él me quiere gratuitamente, sin ninguna otra razón. “Te quiero porque quiere quererte el corazón, no encuentro otra razón”, como cantaba aquel grupo “Mocedades”: así podría definirse el amor de Dios.

 El Señor no es como los otros que nos quieren casi siempre para sacar algún provecho, como si fueran mercenarios. El Señor nos ama libremente y amándonos nos hace a nosotros capaces de amar. Nos ama gratis, porque sí.

sábado, 22 de abril de 2023

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El evangelio que acabamos de escuchar es una de las piezas más conocidas y más bellas de todo el evangelio.

En la narración de los discípulos de Emaús que vuelven a su casa desmoralizados, escapando de Jerusalén, san Lucas se centra en una reflexión absolutamente ejemplar de la capacidad que, nosotros los humanos, tenemos de complicarnos la vida.

Los discípulos están tristes, y hablan de sus desgracias. Están tristes, y se van realimentando recíprocamente, compitiendo en ver quien está más deprimido, como a veces se hace, entre personas desmoralizadas. Como si hubiera que ganar un premio: ¡premio al desdichado del mes! Su camino es de mutua lamentación, de progresivo hundimiento. Desconcertante.

Es terrible tener alrededor personas que, cuando ven que estás afligido, en vez de animarte, empiezan ellas también a hacer la lista de sus propias desgracias. En vez de confortarnos, a menudo, provocamos el doble de tristeza. 

Compañero de viaje

El caso es que Jesús se acerca y camina con ellos. Pero ellos no se enteran, ¿cómo podrían caer en la cuenta? Están demasiado ocupados en lamerse las heridas.

No levantan la mirada de sí mismos para cruzarse con la mirada del Dios. ¡Están tan llenos de su santo dolor que no se dan cuenta de que ya ha desaparecido la causa de su sufrimiento! Son incapaces de salir de la jaula que ellos mismos se han fabricado. Y Jesús los aborda directamente. ¿Por qué lleváis esa cara?

 Maleducado

Los discípulos se ofenden. ¿De dónde sale este paleto? ¿No se nota bastante lo tristes que estamos? ¿No muestran en la cara suficientemente su desesperación? ¿Cómo se permite este extranjero estúpido interrumpir sus lamentaciones? ¿Es que no sabe cómo está la situación mundial? ¿La guerra, el terrorismo, la crisis económica y política, la explotación de los pueblos pobres, las muertes de los migrantes?

Parece como si permanecer en el dolor nos animase, nos diese identidad, nos definiese. A veces, en un recorrido insano y loco, acabamos cultivando desaforadamente una identidad atormentada. Acabamos cultivando y acrecentando el dolor.

sábado, 15 de abril de 2023

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche (Jn. 20,1), se habían levantado pronto, antes que los otros, y no habían pegado ojo aquella noche. Se sentían impotentes, agitadas, sacudidas en lo más profundo de ellas mismas, porque todo se había desarrollado tan de prisa y de un modo tan dramático, que no sabían qué pensar.

Luego, el sentido femenino de la realidad y de lo concreto les espabiló de sus tinieblas y se organizaron para subir hasta la tumba de Jesús y hacer lo que dos días antes les estaba prohibido, por ser la víspera de la Pascua: lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado el rostro, y ofendido el cuerpo de su Maestro y Señor.

Pero cuando llegaron no encontraron a nadie. Algunos evangelistas hablan de ángeles que las alentaban, que las invitaban a ir más allá, a superar lo que parecía obvio.

Las mujeres abandonaron de prisa el sepulcro y corrieron al encuentro de los doce (Mt. 28, 8) para decirles lo que ha sucedido. Para anunciar que Jesús está vivo.

¡Ha resucitado!

Hemos esperado largamente esta noticia pasada de boca en boca, nos hemos preparado para ello en los cuarenta días cuaresmales. Lo hemos cantado durante la noche pascual y repetido durante los ocho días siguientes. ¡Jesús ha resucitado!

Los cristianos lo creemos con cada fibra de nuestro ser. Si no creemos esto, no creemos nada y nuestra fe será una farsa que no sirve para nada.

Creemos que Jesús está vivo, accesible, y que se le puede encontrar. Creemos que él es alcanzable y que vive en las mil y una señales que nos ha dejado.

No, simplemente, como un desteñido recuerdo sino como una misteriosa presencia viva.

Sin embargo, ¡cómo quisiéramos poder verlo, y conocerlo, y abrazarlo! Tanto como lo deseaban en su corazón las primeras comunidades cristianas, una vez que murieron los apóstoles.

Es entonces cuando Juan, el evangelista, decide contar la historia de uno de los apóstoles, la de Tomás.

Bienaventurado Tomás, no porque haya visto lo que no vemos, sino porque creyó sin ver. Exactamente como nos pasa a nosotros.

Heridas

Jesús, en la tarde de Pascua, se aparece a los suyos. Tomás no estaba con ellos. Cuando vuelve, sus amigos le dan la noticia del encuentro que han tenido, confusos y asombrados, radiantes y llenos de entusiasmo.

domingo, 9 de abril de 2023

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 10, 34a. 37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9

¡Amigos Jesús está vivo, ha resucitado, y está presente para siempre!
Lo hemos acompañado entre los olivos de Getsemaní, cuando nos dormíamos, vencidos por el sueño, sin saber que, junto a nosotros, se estaba dando el choque titánico entre la tiniebla y el amor.
Lo seguimos de lejos, como Pedro, después de la detención en el huerto, aturdidos y asustados viendo tanta violencia sobre un hombre bueno y humilde.
Lo vimos colgado, desfigurado, golpeado, desgarrado, así lo vimos perdonando a sus asesinos hasta el último aliento de vida.
Luego, junto a los demás discípulos, nos hemos cerrado en aquella habitación de la cena. Como si las paredes hubiesen conservado algo de él. Para darnos ánimo, sin tampoco tener derecho a llorar, devorados por el miedo.
Parecía que todo había acabado, de la peor manera, como a menudo ocurre en nuestra vida. Como está ocurriendo con los miles de muertos por el COVID19. Una derrota total, la partida perdida, el final de los sueños. Era demasiado bonito para que fuera verdad.
Y en cambio, al amanecer el día después del sábado de la Pascua, María vino a decirnos de fuésemos a la tumba.
Las mujeres, piadosa y devotamente, habían ido a terminar lo que no habían logrado hacer aquel trágico viernes.
Buscaban a su Maestro, que había sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscaban con desesperación y resignación.
Querían devolver un atisbo de dignidad a aquel hombre al que habían amado y seguido. Que las había querido e instruido.

Ilusas. El Señor ya está  en otro lugar. Ha resucitado. Nuestros queridos difuntos han resucitado con Él.

Huir del sepulcro
Tienen que alejarse del sepulcro, no quedarse allí velándolo. Tienen que ir a otro lugar, allí donde el Señor las espera. El Nazareno ha resucitado. No está  reanimado, ni mucho menos reencarnado, sino espléndidamente resucitado. Tampoco sabíamos bien qué significaba haber resucitado, pues nadie había  resucitado nunca como él. Lázaro volvió a la vida, pero murió, de nuevo.
Jesús no. Jesús está vivo. Espléndido y triunfante. No es una fantasma, ni un ectoplasma. Es exactamente Él y se hace reconocer por las señales de su presencia, come con sus pasmados discípulos, les da ánimos. Vive.
Jesús ha resucitado, tanto si nos damos cuenta de ello como no, tanto si lo creemos más o como si menos. Ha resucitado. Y todo cambia, cada cosa asume una luz diferente.
El Nazareno, entonces, no es sólo un gran hombre, un maestro, un profeta. Es mucho más. Es el Dios vivo.