Traducir

Buscar este blog

sábado, 21 de marzo de 2026

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Ez 37, 12-14
Salmo Responsorial: Salmo 129
Segunda Lectura: Rom 8, 8-11



Es espléndido nuestro Dios. Lo hemos ido descubriendo domingo tras domingo: un Dios que sacia, que ilumina, que devuelve vida.

Y la Cuaresma… la verdad… no es otra cosa que volver a eso esencial. Quitar ruido. Quitar prisa. Dejar que lo que llevamos dentro —a veces tan enterrado— vuelva a respirar. Convertirnos, sí, pero en algo muy concreto: volver a la vida.

Y hoy el Evangelio nos coloca ante una escena que no se puede esquivar. No es una idea. Es una historia. Una casa. Un duelo. Una muerte.

Betania

Todo sucede en Betania. Un lugar pequeño, casi insignificante. Pero para Jesús era otra cosa: era casa, amistad y descanso.

Y esto es importante… porque aquí no estamos ante un milagro más. Estamos ante algo que toca a Jesús por dentro. No es un desconocido. Es Lázaro. Su amigo.

Y sin embargo… cuando enferma, Jesús no está. Y cuando le avisan, no se apresura. Llega tarde. Esto nos desconcierta. Porque se parece demasiado a lo que vivimos nosotros.

Cuando la enfermedad entra en casa. Cuando la muerte aparece. Cuando algo se rompe… y Dios no parece llegar a tiempo.

Ahí, muchas veces, algo se tambalea por dentro: la fe, la confianza… incluso la imagen que teníamos de Dios.

Marta y María

Marta sale al encuentro. María también. Las dos dicen lo mismo:
“Señor, si hubieras estado aquí…” No es un reproche agresivo.

Es algo más hondo. Es dolor que confía. No entienden… pero no rompen la relación.

Y esto, creo, es muy real. La fe no es entenderlo todo. Es seguir saliendo al encuentro, incluso cuando no encaja nada.

Lloran. Y con ellas, todo el pueblo. Y entonces ocurre algo que a veces pasamos demasiado rápido.

El Dios que llora

Jesús se conmueve. Se estremece. Llora. Dios llora.

Y esto… si lo pensamos bien… lo cambia todo.

Porque uno podría imaginar un Dios que lo arregla todo desde fuera. Que evita el sufrimiento. Que interviene a tiempo. Pero el Dios de Jesús no va por ahí.

Se mete dentro. Mira el dolor de frente. Se deja afectar. Aprende —por decirlo así— lo que es perder a alguien querido.

No elimina el sufrimiento. Lo comparte.

Y aquí hay una tensión que no se resuelve fácilmente. La verdad… yo mismo no sé qué preferiríamos: un Dios que nos quite el dolor… o un Dios que lo sufra con nosotros.

Pero el Evangelio es claro: éste es el Dios que tenemos. El que llora. El que no se distancia.

Una vida por la vida

Y entonces Jesús da un paso más.

La resurrección de Lázaro no es sólo un gesto de compasión. Es una decisión. Porque a partir de aquí, todo se precipita. Dar vida a Lázaro le va a costar la suya.

Es como un intercambio silencioso: tu vida… por la mía.

Y esto ya no es sólo la historia de Lázaro. Es la nuestra.

Cada uno tiene sus tumbas. Algunas muy visibles. Otras más discretas:
cansancio, miedos, pecados repetidos, heridas que no cerramos, formas de vivir un poco apagadas…

Y ahí entra Jesús. No desde fuera, sino desde dentro.

“Sal afuera”

Y entonces llega la palabra final. Directa. Sin rodeos: “Lázaro, sal afuera.”

No es sólo para él. Es para nosotros.

Sal de lo que te encierra. Sal de lo que te enfría. Sal de esa manera de vivir donde ya casi no hay vida.

A veces uno se acostumbra… y se queda ahí, como en una tumba cómoda.
Pero el Evangelio no deja mucho margen: hay que salir.

No solos. No por esfuerzo propio. Sino dejándonos llamar.

Quizá, al final, eso es la Cuaresma. Escuchar esa voz… y atreverse a dar un paso.

Aunque sea pequeño. Aunque no lo tengamos claro del todo. Pero salir.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario