¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!
Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.
Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.
Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.
Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.
Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.
Pero al amanecer… María viene corriendo.
Y ahí empieza todo.
Sepulcros
El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.
Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.
Y sin embargo… ahí. Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.
Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.
Y ahí… ocurre lo imposible.
¡Jesús ha resucitado!
Superar el dolor
Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.


