Traducir

Buscar este blog

jueves, 2 de abril de 2026

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15


Hermanos, esta tarde comenzamos el Triduo Pascual, los días más sagrados del año. Y lo hacemos entrando en una escena muy concreta: una mesa, unos amigos, una noche.

Jesús se sienta con los suyos… y, antes de entregarse en la cruz, se entrega de otro modo: en el pan partido y en el vino compartido.

Es la noche de la Eucaristía. Y es también la noche del servicio.

 

El último acto

El evangelio nos da la clave desde el principio: “Los amó hasta el extremo”.

Jesús sabe lo que va a pasar. Y no da un gran discurso. Hace algo mucho más desconcertante: se levanta, se ciñe una toalla… y se arrodilla. Lava los pies.

Un gesto que lo dice todo. Porque hay momentos en los que las palabras ya no alcanzan.

Y después viene el pan, el vino, el “haced esto en memoria mía”.
No es un símbolo bonito. Es su vida entregada, anticipada, hecha sacramento.

Jesús elige quedarse de un modo pequeño, frágil, incluso escandaloso.
Tan escandaloso que Blas Pascal,  siglos después, dirá: si Dios se ha hecho hombre, ¿por qué no podría hacerse pan?

Y, sin embargo, lo más desconcertante quizá sea otra cosa: que sigue entregándose… incluso cuando no le entendemos.

 

Se acabó

Jesús sabe que el tiempo se le termina.

Ha hablado, ha curado, ha buscado a todos. Pero hay algo que no puede forzar: nuestra libertad.

Dios no se impone. Propone.

Y mientras tanto ─ esto es muy humano ─ los discípulos discuten sobre quién es el más importante.

Y Jesús, en lugar de corregirles con dureza… se pone a lavarles los pies.

Ante la ambición, Dios responde con un delantal.

Es una escena casi incómoda. Porque deja en evidencia lo lejos que estamos de su modo de amar.

Y, en el fondo, Jesús está solo. No abandonado todavía… pero incomprendido. Y aun así, se entrega.

 

La cena que repetimos

Aquella cena es esta. No es un recuerdo lejano. Es la misma entrega que se hace presente aquí, ahora.

Cada Eucaristía nos coloca en esa mesa.

Es verdad que muchas veces llegamos distraídos, cansados, a medias.
Pero Él sigue ahí.

Sigue partiéndose. Sigue diciendo: “esto es mi cuerpo… haced esto en memoria mía”.

Y eso no es una orden fría. Es casi una súplica: no me olvidéis.
Volved. Dejaos encontrar.

En el pan. En el servicio. En los gestos pequeños que nadie ve.

Hermanos, vivamos esta tarde despacio. Sin prisa. Con el corazón abierto.

Porque el Señor vuelve a arrodillarse ante nosotros. Vuelve a entregarse.

Y quizá lo único honesto que podemos decir es:

Señor, ten piedad de nosotros. Porque entendemos poco… pero necesitamos mucho tu amor. Que así sea.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario