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sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.

Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.

Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.

Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.

Pero al amanecer… María viene corriendo.

Y ahí empieza todo.

Sepulcros

El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.

Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.

Y sin embargo… ahí.  Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.

Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.

Y ahí… ocurre lo imposible.

¡Jesús ha resucitado!

Superar el dolor

Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.

María Magdalena está todavía en la oscuridad. Ve la piedra quitada… y no entra. Corre… pero interpreta mal: “Se han llevado el cuerpo”.

Va… pero no entiende. Siente… pero no reconoce.

Y cuando después entre, seguirá llorando… incluso delante del Resucitado.

Es duro decirlo, pero es verdad: el dolor puede cerrarnos.

Hay dolores que nos abren… y hay dolores que nos encierran.

Hay lágrimas que purifican —las de Pedro, las de la pecadora, las de Jesús— y hay lágrimas que nos dejan atrapados en lo que hemos perdido.

Y salir de ahí… cuesta.

La fe en el Resucitado empieza cuando uno no se queda instalado en el dolor.

No es negarlo. No es hacer como si no pasara nada. Pero sí es no quedarse a vivir ahí.

La alegría cristiana no es ingenua… es una tristeza atravesada.

 Carreras

Entonces llegan Pedro y el otro discípulo. Y corren. Corren los dos.

Es una escena muy humana. Uno llega antes. El otro entra primero.
Uno intuye. El otro necesita ver más.

Y se esperan.

Esto, creo, es muy importante: la fe no se vive en solitario.

Cada uno tiene su ritmo. Su historia. Sus resistencias.

La Iglesia no es un grupo de perfectos. Es una comunidad de gente distinta… que corre hacia el mismo misterio.

Y que —cuando lo hace bien— sabe esperarse.

 Discípulos inverosímiles

Pedro y el discípulo amado. Autoridad y carisma. Estructura y creatividad.

No compiten. No se anulan. Se necesitan.

Cuando esto se rompe… la Iglesia se deforma. Cuando la autoridad se endurece, ahoga. Cuando el carisma va por libre, se disuelve.

Pero cuando se escuchan… cuando se respetan… entonces aparece algo muy bello: una Iglesia viva.

Imperfecta, sí. Pero viva.

 Los signos

¿Y qué ven dentro? Nada espectacular. Unos lienzos. Un sepulcro vacío.

Y sin embargo… eso basta.

El discípulo amado ve… y cree. No ve a Jesús. No oye su voz. No tiene pruebas. Ve un signo… y da el salto.

Y aquí hay algo clave para nosotros: nosotros también vivimos de signos.

No vemos al Resucitado directamente. Pero hay señales.

En la Eucaristía. En la Palabra. En gestos de amor que no encajan del todo con este mundo.

Son pequeñas pistas… que, si uno quiere, abren camino.

Al final, la Pascua no es una evidencia.

Es una invitación.

A salir del encierro. A no quedarnos atrapados en el dolor. A correr… cada uno a su manera. A leer los signos que nos hablan de Cristo Resucitado.

Y a arriesgarnos a creer.

Aunque no lo veamos todo claro. Aunque todavía quede oscuridad.

Porque —y esto es lo decisivo— el sepulcro está vacío.

Y la vida… ha vencido.

¡Feliz Pascua!, hermanos, porque Cristo resucitó.

 

 

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