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sábado, 24 de diciembre de 2016

NATIVIDAD DEL SEÑOR (A)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Luz y tinieblas

Otra vez la Navidad. Otra vez aquí todos reunidos para celebrarla.
Llenos de luz, como debería ser, como Dios quiere que sea. Y también llenos de nada, como corre el riesgo de convertirse una fiesta sin festejado, buena sólo para suscitar dulzonas emociones y una forma de vender productos de todo tipo.
Llenos de angustia como los muchos que viven la Navidad como una maldición que acabar cuanto antes y que no son alcanzados por ningún ángel que los conduzca a visitar aquel establo.
Sin embargo, en todo ello, la luz de Dios invade todos los rincones, calma todo y convierte el corazón de quien se deja asombrar, sorprender, aturdir y conmover.
¿Quién podría, jamás, haber inventado un absurdo semejante?
¿Quién jamás podría haber hecho creer la más increíble de las noticias?
Debe ser verdadera la Navidad, porque sólo Dios podía semejante cosa. Debe ser verdadera, porque es algo de locos imaginar una cosa semejante.
La noticia de un Dios que se hace hombre. Qué se hace accesible y topadizo, que se hace carne y sangre, ternura y calor, fragilidad y compasión.
Una persona con sentimientos, que siente cansancio, emociones, hambre y sed, calor y frío.
Ahora ya no hay una un confín que separa lo humano y lo divino. Ahora Él, el Señor, está aquí.

¿Por qué?
¿Por qué lo ha hecho? ¿Qué sentido tiene? ¿Para qué Dios tendría que abandonar su perfección para venir a conocer nuestra miseria?
La respuesta es: Para vosotros ha nacido un Salvador.
Son los pastores, los últimos, los perdedores, los derrotados del tiempo de Jesús son los que tienen el honor de ser dignos de la explicación del ángel.
Dios se ha hecho hombre porque nos quiere. Y cuanto más frágiles y torpes somos, cuanto más hemos conocido la miseria y la desesperación, como los pastores, más nos quiere el Señor. No en virtud de nuestros méritos, sino en proporción a nuestras necesidades.
Dios se ha hecho hombre para salvarnos, para conducirnos a salvación que es la plenitud de la vida. Para llevar a cabo aquel anhelo inquebrantable que él ha puesto en lo hondo de nuestro corazón. Una voz íntima, absoluta, que ni el caos desbordante, en el que a duras penas sobrevivimos, logra callar.
Dios se ha hecho hombre para decir a cada persona que nuestro barro está amasado con la chispa divina. Qué, desde ahora y para siempre, lo humano y lo l divino conviven en un mismo cuerpo. En el cuerpo de un recién nacido.

sábado, 17 de diciembre de 2016

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 7,10-14
Salmo Responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Rom 1,1-7
Evangelio: Mt 1, 18-24

Acoge la Navidad quien tiene despierta dentro de sí la esperanza de ser acogido por Dios. Profetas como Juan nos invitan a prepararnos a acoger a un Dios que abrasa. Como María, nuestra vida puede convertirse en la puerta de entrada de Dios en el mundo.
No, no estamos aquí para simular que Jesús nace. El Señor ha nacido, ha muerto y ha resucitado. Lo proclamamos Dios y Señor de la Historia. Aunque, como a Juan el Profeta, podemos estar atravesados por la duda más desoladora: ¿eres de verdad tú, Señor, o tenemos que esperar a otro?
Éste es el desafío del Adviento, de este adviento hoy: hacer espacio en nosotros para que la luz de Dios pueda resplandecer con toda su fuerza.
Como le pasó a José, el más desdichado de los santos.

José, el novio desdichado
Lo que os voy a decir puede parecer irreverente, lo sé, pero veréis. En resumidas cuentas, José es un pobre hombre al que Dios le ha soplado la chica. Y hoy, en el último domingo de Adviento, nos viene propuesto como modelo.
Muchos de vosotros, durante esta semana, os habéis podido identificar con Juan, el profeta dubitativo: si “el hombre más grande nacido de mujer” ha tenido dudas, también puede ser que yo las tenga.
Hoy la liturgia se atreve a ir más allá: el patrono de la Iglesia, el padre de Jesús, el novio de María ha sido un hombre que tuvo que cambiar radicalmente su vida, una persona que se encontró con apuros hasta el cuello. Y no salió de ellos jamás.
No está dicho que el encuentro con Dios te allane la vida al son de angelitos danzantes. Y si no, preguntádselo a José.

domingo, 11 de diciembre de 2016

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo A)

“Alegraos, siempre en el Señor; os lo repito, estad alegres.
El Señor está cerca." (Flp 4, 4-5)


Primera Lectura: Is 35,1-6a. 8a. 10
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

Podemos celebrar un montón de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones. Por eso necesitamos preparamos en la celebración de este breve tiempo de Adviento.
Estamos aquí, en este domingo, para ser arrancados del torbellino de la cotidianidad, para hacer como María y vivir en la escucha, para reconocer a los muchos profetas que están a nuestro alrededor y nos señalan a Cristo.
La fingida Navidad que se recorre en nuestras fiestas muestra su vaciedad: las iluminaciones adornan la ciudad, los escaparates se llenan de seductores (y a menudo inasequibles) regalos, el Niño Jesús está ya definitivamente olvidado en nombre de una equivocada visión de lo que significa el respeto a las otras creencias.
No es raro encontrar, en las revistas de estas fechas, páginas que explican los símbolos de la Navidad: la razón de la fecha, el árbol, los regalos. ¡Pero casi nunca se menciona a Jesús, el de Nazaret, que es precisamente el que nace!
En contrapartida, el ambiente está pesado. La crisis continúa, a pesar de los buenos deseos, y sigue sin ofrecer perspectivas fiables; las jugadas políticas y diplomáticas siguen llenas de palabras mientras hermanos nuestros que quieren alcanzar “la tierra prometida del desarrollo”, siguen muriendo en el Mediterráneo, o acuchillados por las “concertinas” en las alambradas del norte de África; el escenario político es inquietante, la mayor parte de la gente hace pactos familiares pidiendo que no se hagan regalos para no tener que corresponderlos y así no tener que tirar por la ventana la preciosa paga extra.
¿Después de dos mil años de nacimientos, no tenéis la impresión de que poco o nada ha cambiado? Dios ha venido, vale, ¿y qué…?



domingo, 4 de diciembre de 2016

DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 11, 1-10
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Rom 15, 4-9
Evangelio: Mt 3, 1-12


Profetas y profecías
Todavía tenemos necesidad de profetas, y numerosos profetas habitan en nuestras ciudades grises. Personas con apariencia normal y que hasta saben hablar en nombre de Dios, saben leer el presente a la luz de la fe. Porque el profeta no predice el futuro (ese es el adivino) sino que nos ayuda a entender el presente. ¡Y sólo Dios sabe cuántos profetas necesitamos para lograr descubrir un recorrido de fe en la pesada vida cotidiana!
En las lecturas de hoy nos encontramos con dos profetas. Dos gigantes de la fe, dos pilares de la espiritualidad, dos servidores de la Palabra. Juan, el rudo, e Isaías, el seductor. Así de diferentes son en su modo de profetizar, así son de auténticos y actuales.
- Isaías habla a un pueblo que tiene que vérselas con sus agresivos vecinos:  egipcios, asirios y, muy pronto, aparecerán los babilonios en la escena internacional del momento. Un pueblo asustado por lo que está ocurriendo, por los grandes proyectos de los poderosos, un pueblo pequeño que se siente como tiestos de barro entre macetas de hierro.
En esa situación Isaías canta, sueña y diseña un mundo sin armas. Un mundo en el que el violento juega con el recién nacido. Un juego en el que los instintos más malvados se hacen servidores de la vida y de la verdad.
¡Qué Isaías más iluso!
- El otro es Juan. Un Juan al que el evangelista Mateo dibuja seco, incisivo e invasivo como el desierto que lo ha consumido. Eficaz y cáustico como sólo los profetas saben ser.
Juan pide conversión, exige acción y solicita decidirse por opciones concretas. Porque el cambio lo debemos realizar aquí y ahora, sin acomodarnos a nuestras pequeñas o grandes convicciones. Tenemos que apurarnos para no ser arrollados, barridos y destrozados.
Pero Dios no sólo está con quien simplemente espera, sino también con quien colabora en la construcción de su Reino. Porque, como dice san Agustín, Dios quiere que lo que es un regalo suyo se convierta en conquista nuestra.

Dos estilos
Son dos estilos de vivir la fe, dos modos de articularla, que sólo son antípodas en apariencia. Isaías espera el Reino de Dios desde lo alto. Juan Bautista se afana en realizarlo desde abajo.
Así de diferentes son los modos de vivir la fe, de construir la Iglesia y de experimentar la vida interior. Así de diferentes son las sensibilidades de cada uno de nosotros. Hay quien mira para arriba y quien, primero, mira para abajo. Son modos de ser que no se contraponen, sino que se complementan.
Así son muchos de los modos de leer la realidad que estamos viviendo. Algunos confían en el milagro divino, otros invocan fuego y llamas desde el cielo, acciones y pronunciamientos.
Así es la profecía, dulce y amarga, tierna y decidida, de ensueño esperanzado y de perentoria irrupción. Así es nuestra fe.