Carta Encíclica del Sumo Pontífice
Benedicto XVI
sobre el amor cristiano
25 de diciembre de 2005
I N D I C E
Introducción
[1]
LA UNIDAD DEL AMOR EN LA CREACIÓN Y EN LA HISTORIA DE LA
SALVACIÓN
Un problema de lenguaje [2]
«Eros» y «agapé», diferencia y unidad [3-8]
La novedad de la fe bíblica [9-11]
Jesucristo, el amor de Dios encarnado [12-15]
Amor a Dios y amor al prójimo [16-18]
SEGUNDA PARTE
CARITAS, EL EJERCICIO DEL AMOR
POR PARTE DE LA IGLESIA
COMO «COMUNIDAD DE AMOR»
La caridad de la Iglesia como manifestación del amor
trinitario [19]
La caridad como tarea de la Iglesia [20-25]
Justicia y caridad [26-29]
Las múltiples estructuras de servicio caritativo en el
contexto social actual [30]
El perfil específico de la actividad caritativa de la
Iglesia [31]
Los responsables de la acción caritativa de la Iglesia
[32-39]
Conclusión
[40-42]
INTRODUCCIÓN
1. «Dios es amor, y quien permanece en
el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de
la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de
la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen
del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece,
por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros
hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él».
Hemos creído en el
amor de Dios: así puede expresar el cristiano la
opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión
ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las
siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único,
para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf. 3, 16). La fe cristiana,
poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de
Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el
israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio
que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: «Escucha, Israel:
El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón,
con toda el alma, con todas las fuerzas» (6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un
único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al
prójimo, contenido en el Libro del Levítico: «Amarás a tu prójimo como a
ti mismo» (19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos
ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un
«mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro
encuentro.
En un mundo en el cual a veces se
relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del
odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado
muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual
Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. Quedan así
delineadas las dos grandes partes de esta Carta, íntimamente relacionadas entre
sí. La primera tendrá un carácter más especulativo, puesto que en ella quisiera
precisar —al comienzo de mi pontificado— algunos puntos esenciales sobre el
amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez,
la relación intrínseca de dicho amor con la realidad del amor humano. La
segunda parte tendrá una índole más concreta, pues tratará de cómo cumplir de
manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo. El argumento es sumamente
amplio; sin embargo, el propósito de la Encíclica no es ofrecer un tratado
exhaustivo. Mi deseo es insistir sobre algunos elementos fundamentales, para
suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana
al amor divino.