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sábado, 10 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hech 10, 34-38
Evangelio: Mt 3, 13-17


Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de Navidad.
Y lo cerramos de una manera muy significativa: no con un gesto espectacular, sino con una palabra que lo dice todo.

Bien-amados sin méritos

Mientras Jesús sale del Jordán, se oye una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». No es una frase piadosa. Es la revelación más profunda de quién es Jesús… y también de quiénes somos nosotros.

Jesús no comienza su misión haciendo milagros, ni predicando, ni organizando nada. Comienza escuchando que es Hijo, y que es amado. Antes de hacer nada. Antes de demostrar nada.

Y aquí conviene detenerse un momento. Porque nosotros solemos pensar justo al revés.

Estamos educados en la lógica del mérito. Nos quieren si cumplimos. Nos valoran si respondemos. Nos reconocen si damos la talla.

Desde pequeños aprendemos que hay que ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos profesionales, buenos religiosos, buenos curas, buenos creyentes… Y poco a poco se nos va metiendo dentro la idea —casi sin darnos cuenta— de que también Dios nos querrá así: si nos portamos bien, si no fallamos demasiado, si hacemos lo que toca.

Por eso, cuando alguien nos critica o nos corrige, algo se rompe por dentro.
Nos defendemos, nos justificamos… o al contrario, nos hundimos y pensamos: “quizá no valgo tanto”.

Y entonces aparece una fe cansada. Una fe que mendiga aprobación.
Una fe que vive pendiente de la imagen, del juicio ajeno, incluso del propio juicio.

Pues bien, el Bautismo de Jesús rompe esta lógica desde la raíz.

lunes, 5 de enero de 2026

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2,1-12


El miedo llamó a la puerta de nuestra vida. La fe fue a abrir… y no había nadie. La verdad es que comenzamos el año con el corazón cargado.
Inquietos. A la defensiva. Con la sensación de que el mundo se nos vuelve menos habitable, más duro, más frágil.

Hay guerras que no son tan lejanas. Hay violencias que ya no nos sorprenden. Y hay un cansancio interior que no se arregla con buenos propósitos.

En este clima, celebrar la Epifanía no es un adorno piadoso.
Es una provocación.

Porque hoy el Evangelio nos habla de personas que, en medio de la oscuridad, se atrevieron a ponerse en camino. No porque lo tuvieran claro, sino porque el deseo de verdad era más fuerte que el miedo.

Hoy celebramos la fiesta del deseo que no se rinde. Del deseo profundo de plenitud que habita el corazón humano y que, a veces, nos inquieta más de lo que nos consuela. Ese deseo es el que mueve a los Magos. No la seguridad. No la certeza, sino el deseo.

Magos

Los Magos no eran reyes ni magos de cuento. Eran buscadores. Personas de otra cultura, de otra fe, atentos a los signos, capaces de leer el cielo y de dejarse interpelar por él. Vieron una estrella… y se movieron.

Eso ya los distingue de Herodes y de los sabios de Jerusalén. Unos saben mucho, pero no se mueven. Otros saben poco, pero caminan.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: Jesús es reconocido por quienes lo buscan, e ignorado por quienes creen tenerlo todo claro.

sábado, 3 de enero de 2026

DOMINGO 2º DE NAVIDAD (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 24, 1-2.8-12
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: Ef 1,3-6.15-18
Evangelio: Jn 1, 1-18

Durante el tiempo de Navidad, en apenas tres semanas, celebramos fiestas casi a un ritmo vertiginoso. Dos por semana. Para los curas —con vísperas incluidas— hasta cuatro. Es fácil perderse, más aún si se mezclan los desplazamientos y las vacaciones, cuando se pueden hacer.

El segundo domingo de Navidad suele llegar con cierto cansancio. Las pilas están bajas, el colesterol alto y el ánimo, para algunos, un poco saturado. Incluso la liturgia parece acusar ese desgaste. Uno podría preguntarse con sinceridad: ¿queda todavía algo por decir?

Pues sí. Y no poco. Hoy la liturgia apunta más alto, invita a volar a mayor altura.

Venimos a la Eucaristía y nos encontramos con textos de gran densidad: el poema sapiencial del Eclesiástico, el gran himno de la carta a los Efesios y, sobre todo, el prólogo del evangelio de san Juan. Teología en estado puro. Palabras que no buscan provocar emociones fáciles, sino abrir hondura, si sabemos escucharlas con calma.

Juan escribe su prólogo al final de su evangelio, como un resumen meditado de toda su predicación. Y allí aparece una frase que condensa el misterio de la Navidad, lejos de cualquier versión edulcorada:
«La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron».

Es una frase fuerte. Clara. Desconcertante.

La Navidad no es solo motivo de celebración; es también una llamada a la conversión. Porque la humanidad no ha acogido fácilmente la venida de Dios. «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». Son pocos los que se abren a ese acontecimiento: María y José, los pastores, los magos, Simeón y Ana. Poco más.

Por eso, en la tradición cristiana oriental no se oculta el drama. En los iconos de la Natividad, el Niño aparece envuelto como en un sudario, recostado casi en una tumba. Desde el principio, este Niño es signo de contradicción. Belén está unido al Calvario. San Ignacio lo expresa con crudeza en los Ejercicios: contemplar al Señor “nacido en suma pobreza y, al cabo de tantos trabajos de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz”.

Incluso la mirra de los magos ─ un perfume que se usaba para embalsamar los cadáveres ─ apunta ya a la muerte. Menos sentimentalismo y más verdad. Menos dulzura superficial y más compromiso.

Hemos escuchado también en el evangelio una afirmación decisiva: «A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS (1 de enero)


Primera Lectura: Num 6, 22-27
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio: Lc 2, 16 -21


La Navidad es un misterio que puede colmar nuestras más hondas aspiraciones o quedarse en una mera celebración pasajera que nos deja un sabor amargo. Todo depende de nuestra disposición ante este don supremo. El Señor, en su infinita misericordia, nos ofrece una oportunidad excepcional con el regalo más preciado: su propio Hijo. ¿Cómo respondemos nosotros ante tal muestra de amor? En el Evangelio de hoy, encontramos tres respuestas distintas a esta manifestación divina.

Primero están los pastores, que acogen con sencillez el mensaje angélico y reconocen en el Niño a su Salvador. Ellos aprecian el don de Dios, como nosotros, reunidos hoy para celebrar la Eucaristía en esta mañana de Año Nuevo. Sabemos que el Salvador ha llegado y que tenemos que ponernos a su servicio. Sin embargo, ¡cuán frágil es nuestra fe! Pronto nos dejamos vencer por la impaciencia ante un conductor que va despacio o nos irritamos con la joven madre que va con prisa del trabajo a casa.

El segundo grupo lo forman aquellos que, al igual que los pastores, comparten lo que han presenciado. Se maravillan, sí, pero su asombro es superficial. El Evangelio nos habla de muchos que se admiraban de los milagros del Señor, mas no todos perseveraron en su seguimiento. Su fe es como la de quienes celebran las festividades sin profundidad. Reconocen el regalo del tiempo que Dios nos concede para celebrar los acontecimientos, pero se olvidan del objetivo, que es conocer, amar y servir a Dios, como Ignacio de Loyola nos recuerda en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales.

En el tercer grupo encontramos solo a una persona: María, la Madre de Dios, que comprende plenamente el misterio que se desarrolla ante sus ojos. Ella "guardaba todas estas cosas en su corazón". Es el modelo perfecto del cristiano que no solo escucha la Palabra, sino que la medita para vivirla. A través de la Encarnación que María hizo posible, Dios, haciéndose hombre, santifica cada fragmento de nuestra existencia: desde un trapo para fregar el suelo hasta la mano grasienta de un mecánico, o el esfuerzo repetitivo de un obrero en la fábrica.

sábado, 27 de diciembre de 2025

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo A)

Primera Lectura: Eclo 3,2-6.12-14
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Col 3,12-21
Evangelio: Mt 2, 13-15

Fiesta de la familia, proclama la liturgia. Fiesta de la familia concreta, objetiva, real de la que cada uno proviene o que cada uno ha formado o desea formar. En estos tiempos, esta fiesta chirría y nos hace pensar: es casi una provocación que sobrevuela por encima de nuestros líos políticos y sociales al respecto, que infunde vigor y energía a nuestra cotidianidad, que da densidad a nuestra Navidad, socialmente tan aguada.

Nos guste o no, la familia está y permanece en el corazón de nuestro recorrido vital, de nuestra educación. A menudo es causa de mucho sufrimiento, de alguna desilusión y, gracias a Dios, también causa de inmensa alegría.

Es hermoso que Dios haya querido experimentar la vivencia familiar.

Da que pensar que, para hacerlo, haya elegido una familia tan desdichada y complicada.

Asombra que la Iglesia se obstine en proponer esta familia como modelo, en la que la pareja vive en la abstinencia, el hijo es la presencia del Verbo de Dios, y los esposos se ven obligados a escapar a causa de la imprevista notoriedad del recién nacido...

Pero no es en esta diversidad en lo que queremos seguir a María y José, sino en su concreción de pareja que ve su propia vida trastocada por la acción de Dios y el delirio de los hombres; en su capacidad de ponerse en juego, en serio, sin chantajes, sin angustias, para formar parte de un proyecto más grande, el que Dios tiene sobre el mundo.

Dura realidad

Todos tenemos sueños, deseos: algunos instintivos, infantiles; otros profundos y adultos. María y José, por su parte, tuvieron el proyecto de estar juntos, de crear una familia: un buen trabajo de honesto artesano para el carpintero, una vida dedicada a la organización cotidiana por parte de la bella María. Después, Dios tuvo necesidad de ellos, y su vida se trastocó.

Durante la Nochebuena estuvimos invadidos por el clima de ternura y consuelo que se respira en Navidad. Es bonito y justo que sea así, es bonito imaginar a los ángeles de rodillas con el arpa y a los pastores delante del pesebre. Pero a la mañana siguiente ya no quedaba ni rastro de los ángeles.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

NATIVIDAD DEL SEÑOR (A)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Luz y tinieblas

Otra vez la Navidad. Otra vez nos encontramos reunidos para celebrarla.

Una fiesta que querríamos llena de luz, como corresponde, como Dios quiere que sea. Y, sin embargo, también una fiesta que corre el riesgo de quedarse vacía: una Navidad sin el festejado, reducida a emociones dulzonas o a un gran escaparate donde todo se compra y se vende.

Hay quienes llegan a estos días cargados de angustia. Personas para las que la Navidad es casi una maldición que hay que pasar cuanto antes, y a las que no parece alcanzar ningún ángel que las invite a ir hasta aquel establo.

Y, aun así, pese a todo, la luz de Dios se abre paso. Invade los rincones más oscuros, aquieta la ansiedad y transforma el corazón de quienes se dejan sorprender, desarmar y conmover.

Porque, pensándolo bien, ¿quién podría haber inventado algo así?
¿Quién podría haber hecho creíble la noticia más increíble de todas?

La Navidad tiene que ser verdadera. Solo Dios podría realizar semejante despropósito. Solo Dios podría imaginar algo tan desconcertante.

Un Dios que se hace hombre. Que se hace cercano y accesible. Que se hace carne y sangre, ternura y calor, fragilidad y compasión.

Un Dios con sentimientos. Que conoce el cansancio y la emoción, el hambre y la sed, el frío y el calor.

Desde ahora ya no hay frontera entre lo humano y lo divino. El Señor está aquí. Con nosotros.

¿Y por qué? Por qué lo ha hecho? ¿Qué sentido tiene que Dios abandone su perfección para conocer nuestra miseria?

La respuesta es sencilla y desarmante: «Para vosotros ha nacido un Salvador».

Son los pastores —los últimos, los descartados, los perdedores del tiempo de Jesús— quienes reciben esta explicación. A ellos se les confía el corazón del misterio.

Dios se ha hecho hombre porque nos quiere. Y cuanto más frágiles y torpes somos, cuanto más hemos conocido la miseria y la desesperación, más nos quiere. No por nuestros méritos, sino según nuestras necesidades.

Dios se ha hecho hombre para salvarnos, para conducirnos a la plenitud de la vida. Para responder a ese anhelo profundo e indestructible que Él mismo ha sembrado en nuestro corazón, una voz interior que ni el caos en el que a veces sobrevivimos consigue acallar.

Dios se ha hecho hombre para decirnos que nuestro barro está amasado con una chispa divina. Que, desde ahora y para siempre, lo humano y lo divino conviven en un mismo cuerpo: el cuerpo de un recién nacido.

martes, 23 de diciembre de 2025

MISA VESPERTINA EN LA VIGILIA DE NAVIDAD (24 de diciembre)


Primera Lectura: Is 62,1-5
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Hech13, 16-17.22-25
Evangelio: Mt 1, 1-25

Navidad, fiesta de la alianza amorosa

Acabamos de escuchar en la lectura del profeta Isaías que Jerusalén, la ciudad destruida y prostituida por sus enemigos, desterrada y solitaria, infiel y pecadora, es, a pesar de todo, invitada por Dios a unirse a él en una alianza de amor, como una novia virgen y joven.

Esta es una de las más bellas imágenes de lo que es Navidad, día en el que brilla desbordante el apasionado amor de Dios hacia los hombres; el total y absoluto amor, más fuerte que la misma infidelidad.

Hoy se nos dice que no es cierto que Dios castigue nuestro pecado y desprecie nuestra pequeñez. El Dios de Jesús no conoce el resentimiento ni la venganza. Todo él vibra como un novio en la noche de bodas. Y en esta Vigilia de Navidad, la novia es la humanidad; mujer de cuyo seno brota y surge el bello fruto de la libertad, de la paz, de la justicia y de la alegría.

El esposo divino hoy invita a su mujer humana a vivir amando, a amar gozando, a gozar entregándose. Y nosotros lo intuimos bastante bien al considerar este día como una de nuestras fiestas populares más grandes y más bulliciosas, además de ser la más íntima y más familiar del año. Es la noche de bodas de Dios y la humanidad.

Los cristianos, tan acostumbrados a llamar Padre a Dios, hemos olvidado ese otro nombre con que la Biblia lo invoca: ESPOSO. Dos esposos son dos seres que se unen en una empresa común: amarse y gozar, crecer y hacer crecer. La figura del "padre" siempre nos deja la impresión de autoridad, de severidad, de poder y, desgraciadamente, hasta de castigo. No así la de "esposo": nuestro Dios se nos acerca seduciéndonos, sin gritos ni amenazas, enamorado de la raza humana, atrapado por nuestra condición humana. Tanto se enamora que se vuelca totalmente y se hace "hijo" de la tierra, se hace hombre: es Jesús, el Hijo de Dios.

sábado, 11 de enero de 2025

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hech 10, 34-38
Evangelio: Lc 3, 15-16.21-22


El sol cae a plomo en el desierto de Judea. Entre las cañas que bordean el Jordán, se dibuja un paisaje agreste, casi lunar. Juan el Bautista, alzando su mirada, contempla a cientos de almas que aguardan su turno. Como nos relata el evangelista Lucas, algunos rezan fervorosamente, otros conversan en susurros, y hay quienes derraman lágrimas silenciosas. Todos están en espera.

Juan está exhausto por el desierto y el sol inclemente, por el viento cortante del norte, la luz cegadora y los ayunos... todo ello ha dejado huella en su cuerpo. Siente que su misión está llegando a su fin.

Recordemos que hacía tres siglos que la voz de los profetas se había apagado. La fe se había tornado árida y rígida, dominada por preceptos inflexibles e intransigencia. La gente peregrinaba desde la lejana Jerusalén: abandonaban el templo en busca de un testigo creíble. Algo que no nos resulta ajeno en nuestros días.

Y es entonces, mientras observa la fila de penitentes, cuando Juan divisa a Jesús aproximándose, y siente un pálpito en su interior.

Pecadores

Nuestro Salvador Jesús elige caminar junto a los pecadores, hacerse uno con los penitentes. No necesita perdón, pues no hay ninguna sombra en su corazón, pero no hace de ello un privilegio. Él, que es la luz misma, acepta compartir nuestras tinieblas para iluminarlas con su presencia divina.

Las aguas del Jordán no lavarán pecado alguno en Él, pues no los tiene, pero su presencia santificará esas aguas para siempre.

A diferencia de la predicación ardiente del Bautista, Jesús no viene a castigar con fuego, sino a ser solidario con los pecadores, a buscar la oveja descarriada.

En la primera lectura, el profeta Isaías, desde su destierro en Babilonia tras la caída de Jerusalén, consolaba a su pueblo abatido anunciando la venida del Señor. Como nos recuerda Jeremías en otro lugar, la gloria de Dios abandonó el templo destruido para acompañar a su pueblo en el cautiverio. Jesús es verdaderamente el Dios-con-nosotros, sin apaños ni reservas. Emmanuel.

Hace apenas unos días contemplábamos al Niño Jesús en brazos de María, adorado por los magos. Hoy lo encontramos ya como un hombre adulto, decidido y solidario. Hoy comienza la vida pública de Dios entre nosotros.

En oración

Tras su bautismo, Jesús se retira a orar. Es en la intimidad de la oración donde podemos comprender verdaderamente el significado de los sacramentos que recibimos. Es en la oración donde Jesús experimenta la presencia del Padre. Los cielos se abren, y el Espíritu Santo desciende como una paloma apacible:  son símbolos que revelan la profunda realidad espiritual de lo que está sucediendo.

Jesús descubre que es el Hijo amado, que agrada al Padre, que Dios se complace en Él.

sábado, 4 de enero de 2025

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)




Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2,1-12

Queridos hermanos: estamos llamados en nuestras frágiles vidas a ver y experimentar la bendición y la sonrisa que Dios nos dirige. Pero sólo podemos hacerlo cuando tenemos el coraje de hacer como María de Nazaret, creando ese espacio de silencio interior donde podemos encontrarnos verdaderamente con el Señor. Es en ese recogimiento donde todo se vuelve posible.

¡Qué misterio tan grande! Dios se hizo hombre, se hizo mirada tierna, sonrisa acogedora. Dios mismo se ha hecho accesible, presente entre nosotros, permitiendo que lo conozcamos, que lo sostengamos en nuestros brazos, como María.

Esta presencia divina lo transforma todo. Como aquellos pastores, despreciados por la sociedad, podemos regresar a nuestras tareas cotidianas con una mirada nueva, porque hemos contemplado la humanidad de Dios. Ahora podemos ver ángeles que suben y bajan en nuestra vida diaria, y anhelar sinceramente la gloria para aquellos a quienes Dios ama, los constructores de la paz.

Esta gloria resplandece en la noche como una estrella en el firmamento. Una luz que orienta, que guía... pero que solo pueden seguirla aquellos que tienen el valor de mirar hacia lo alto.

Estrellas

Cómo hicieron aquellos extraños personajes, los sabios de Oriente. La Escritura los llama simplemente magos, y aunque tradicionalmente los conocemos como Reyes Magos, eran en realidad buscadores de la verdad. No eran adivinos ni astrólogos que predicen por diversión el futuro por unas monedas, sino hombres de ciencia y sabiduría, que anhelaban una comprensión más profunda de la realidad.

Aquellos magos levantaron la vista y se atrevieron a ir más allá, siguiendo su intuición y movidos por un deseo ardiente. Desear en latín – desiderare - , está relacionado con lo sideral, con las estrellas.

Siendo personas de recursos, emprendieron un largo viaje para confirmar sus teorías. Perseveraron en su búsqueda, porque la verdad sólo se alcanza después de atravesar desiertos y pruebas.

viernes, 3 de enero de 2025

DOMINGO 2º DE NAVIDAD (Ciclo C)


 Primera Lectura: Eclo 23, 1-2.8-12
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: Ef 1, 3-6.15-18
Evangelio: Jn 1, 1-18

En este día, el evangelista Juan nos invita a volar alto hacia las alturas del misterio divino. Juan, tocado profundamente por el Espíritu Santo, como sucede a quienes depositan su confianza plena en el Señor, contempla con mirada misericordiosa a quienes nos dejamos arrastrar por una Navidad superficial y consumista. Porque, siendo sinceros, el conocimiento de la fe del cristiano medio en España es bastante decepcionante.

Y es necesario reconocerlo con humildad: muchas veces nos conformamos con un conocimiento básico de nuestra fe, con aquellas nociones elementales del catecismo y algunas frases sueltas de las homilías dominicales. Ante esto no hemos de sorprendernos del proselitismo de nuestros hermanos musulmanes, budistas o de otras creencias?

        El discípulo amado, en su vuelo teológico, condensa en dieciocho versículos toda la profundidad del misterio de la Encarnación. Aborda las grandes preguntas de la existencia: ¿por qué existe Dios?, ¿quién es Jesús?, ¿quiénes somos nosotros, hacia dónde vamos?, ¿cómo termina el libro de la historia?

Lo hace con una perspectiva universal, con aliento cósmico, trascendiendo las limitaciones terrenales. ¿No es esto una invitación para nosotros? Cuando nos sentimos atrapados en la estrechez de nuestra existencia, ¿no será porque permanecemos encerrados en nosotros mismos, incapaces de elevar nuestra mirada al Creador?

Esta dimensión cósmica nos habla de trascendencia, de interioridad profunda, de comprensión del sentido último de la realidad. Juan nos revela a un Dios eterno, plenitud de todo ser, por quien todas las cosas fueron hechas y un fragmento de su gloria está presente en todas ellas.

¡Qué maravillosa revelación! Esta verdad fundamental resuena en toda auténtica búsqueda espiritual de la humanidad: Dios existe y está presente. Sin embargo, ¡cuántas veces nuestra miopía espiritual nos impide contemplar su presencia! Ante la magnificencia de la creación, frecuentemente nos quedamos en la superficie, corriendo el riesgo de idolatrar lo creado. Y no es así. Toda la realidad es como un dedo gigante que apunta hacia el Creador, como las pistas a seguir en un inmenso juego en el que nuestro Dios nos invita a trascender lo material.

Juan nos enseña que en Dios está la vida, y esta vida es la luz de los hombres. Fuera de Él solo hay muerte y tinieblas. Vivir no es meramente existir; es descubrir nuestra existencia como don en la presencia del Señor, comprender el designio divino que da sentido a nuestra vida. Porque la vida no es nuestra, es regalada, y por lo tanto hay que acogerla y respetarla como algo que se nos es dado y que no se nos debe.

Entonces resplandece la luz. ¡Cuánto necesitamos esta luz en nuestras tinieblas! Si reconociéramos humildemente nuestra condición de mendigos espirituales, nos convertiríamos en auténticos buscadores de Dios.

sábado, 28 de diciembre de 2024

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo C)


Primera Lectura: Eclo 3,2-6.12-14
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Col 3, 12-21
Evangelio: Lc 2, 42-52


Hoy la liturgia nos presenta la Fiesta de la Familia. No de una familia idealizada, sino de la familia real y concreta - la que cada uno de nosotros tiene, ha formado o anhela formar. En estos tiempos convulsos, esta celebración puede parecer casi provocadora, elevándose por encima de nuestras controversias sociales y políticas, pero precisamente por ello infunde nueva vida a nuestra cotidianidad y da densidad a esta Navidad que el mundo ha vaciado tanto de contenido.

Queramos reconocerlo o no, la familia permanece en el centro de nuestra existencia. Es el núcleo vital de nuestra educación, y aunque a veces sea fuente de dolor y desilusiones, por la gracia de Dios también nos trae inmensas alegrías.

¡Qué maravilloso misterio que Dios mismo haya querido vivir la experiencia familiar! Y aún más, qué significativo es que eligiera una familia tan complicada y llena de dificultades. Algunos podrían sorprenderse de que la Iglesia proponga como modelo esta familia tan peculiar - con una pareja que vive en castidad, un hijo que es el Verbo Encarnado, y unos padres que deben huir por la notoriedad de aquel recién nacido.

Pero no es en estas circunstancias extraordinarias donde queremos imitar a María y José, sino en su fidelidad como pareja cuyas vidas fueron transformadas por la acción de Dios y las circunstancias humanas. En su capacidad de entregarse completamente, sin condiciones ni angustias, a un plan divino que los sobrepasaba.

Contemplemos a María estrechando contra su pecho al Niño Jesús, sintiendo su calor y su fragancia. Veamos a José, más sereno ahora después del agitado nacimiento lejos del hogar. Después de aquella noche extraordinaria llena de señales divinas, el joven carpintero mira el futuro con renovada confianza. Ya han presentado al Niño en el Templo, como mandaba la Ley, donde el anciano Simeón lo tomó en sus brazos y profetizó sobre Él. Tras el doloroso exilio en Egipto, la Sagrada Familia regresa a Nazaret, donde Jesús crece.

Y es en Jerusalén donde, como nos narra el Evangelio de hoy, el adolescente Jesús se separa de sus padres para dialogar con los doctores de la Ley. ¡Qué consuelo para los padres de hoy ver que hasta María y José experimentaron las dificultades de la adolescencia!

Dura realidad

Podríamos llenar páginas enteras narrando las vicisitudes de la familia de Nazaret. Pero a veces, envueltos en la emoción navideña, corremos el riesgo de olvidar el peso real que María y José, como toda familia, tuvieron que sobrellevar.

martes, 24 de diciembre de 2024

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (C)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Contemplación

En esta santa Navidad, permitidme compartir una contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Señor.

Ved conmigo a ese Niño en Belén, que llora y gime, hipa y grita como cualquier cachorro humano recién nacido. Sus diminutas manos cerradas, su rostro arrugado buscando el calor maternal. Como todos los bebés, entreabre sus ojitos para luego volver al sueño.

Contemplad a María, nuestra Madre, en su dulce inexperiencia, mojando su dedo meñique en leche de cabra para alimentar a su pequeño. El frío del desierto se cuela en Belén mientras ella, con amor maternal, arropa al Niño desnudo. Y ahí está su esposo José, sentado sobre la paja, agotado también por el viaje y las emociones vividas.

Como nos enseña San Ignacio en la Contemplación del Nacimiento de sus Ejercicios Espirituales, os invito a contemplar las personas: a nuestra Señora, a José y al niño Jesús, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia…

En estos tiempos difíciles que vivimos, cuando el mundo parece sumido en crisis y temores, me sitúo sin molestar en un rincón del establo, en silencio orante. Y pienso en las dificultades que afrontaron María y José, aquella joven pareja. Y sin embargo, ahí mismo está Dios.

¡Qué misterio tan grande, hermanos! Veinte siglos después seguimos maravillándonos: Dios está aquí, en un pesebre. ¡Qué diferente de la espantosa imagen que nos habíamos forjado! Dios es así: un niño indefenso, divinamente frágil, vulnerable por elección propia. Un recién nacido que despierta ternura infinita, que dan ganas de cogerlo en brazos y acariciarlo.

Aquí está Dios… y también el hombre…

MISA DEL GALLO EN LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 9,1-3.5-6
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: Tit2,11-14
Evangelio: Lc 2,1-14


Pastores

En esta Noche Santa contemplamos el misterio del Emmanuel, Dios-con-nosotros. Pero Su presencia no siempre corresponde a nuestras expectativas... Aunque dos milenios de tradición navideña nos hayan familiarizado con este prodigio.

Si hemos perseverado en el camino del Adviento, por breve que haya sido, quizás nuestros corazones se conmuevan al contemplar a esa joven Madre que estrecha contra su pecho al Niño Dios.

La Encarnación del Verbo aconteció en un momento preciso de la historia, en aquella pequeña aldea de Judea que las Escrituras nos señalan: Belén. Este acontecimiento histórico, del cual somos herederos y testigos, marcó el inicio de nuestra salvación. Y nosotros, sus discípulos, proclamamos con fe que el Señor Jesús volverá en la plenitud de los tiempos para dar sentido pleno a nuestra existencia temporal.

Pero esta noche, amados hermanos, Cristo desea nacer de nuevo en cada uno de nuestros corazones, invitándonos a renacer con Él a una vida nueva. Solo necesitamos el valor de abrirle las puertas de nuestra alma.

Es cierto que vivimos tiempos difíciles: las crisis que nos agobian, el clima sociopolítico, las crisis humanitarias, la guerra y los enfrentamientos de todo tipo, el vacío existencial que caracteriza nuestra época, todo ello podría desalentarnos. Nuestra propia patria, sumida en divisiones y amarguras, especialmente por la responsabilidad de quienes deberían guiarla para bien, no facilita la esperanza.

¡Qué actualidad cobra el relato evangélico que hemos proclamado esta noche! ¡Cuánto nos parecemos a aquellos pastores que buscaban calor en la gélida noche de Judea! Sus corazones, como los nuestros, estaban marcados por la ira, la resignación, el desencanto – sentimientos propios de quienes han agotado sus fuerzas en la mera supervivencia, muchas veces sin éxito.

sábado, 6 de enero de 2024

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo B)


 
Primera lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda lectura: Hch 10, 34-38
Evangelio: Mc 1, 7-11


Es breve el tiempo de Navidad. Breve pero lleno de emociones y de fuerza, de provocación y de invitación a la conversión para quien quiera acogerlos.

Y hoy cerramos estas dos semanas que hemos pasado acogiendo lo inaudito de Dios, asombrándonos como los pastores, al descubrir que Dios viene intencionadamente para los derrotados; al hacernos preguntas como los Magos, que son unos curiosos de la vida; al meditar como hace María, que va tejiendo su vida alrededor de la Palabra hecha carne.

Hoy, archivamos la Navidad con una última reflexión, densa, inmensa y desestabilizadora.

Al Jesús que habíamos dejado en la cuna reconocido por los Magos, lo encontramos hoy ya adulto, penitente entre los penitentes, haciéndose bautizar en el Jordán por Juan el predicador.

Estaría bien que la Iglesia, antes de volver al tiempo ordinario, celebrara otras dos fiestas: una, la memoria de la huida a Egipto, para recordarnos que Dios fue un inmigrante clandestino, tratado mal por los biempensantes y honorables de todos los tiempos y, otra, la solemnidad de la vida diaria de Nazaret, para detenernos en el umbral del misterio de un Dios que se pasa haciendo taburetes durante treinta años.

En espera de esta improbable reforma litúrgica, nos metemos entre la muchedumbre que baja de Jerusalén para encontrarse con el bautista, con Juan el profeta.

Marcos

Marcos no se alarga en los detalles, como es habitual en él. No habla del nacimiento de Jesús ni tampoco de su infancia. Nos encontramos con Jesús ya adulto, listo para bautizarse. También Juan está descrito con pocos rasgos, sin dejar espacio a las deducciones o a la emoción.

Jesús se pone en fila para el bautismo, aunque no lo necesita. Su corazón no está oscurecido por las tinieblas y, en él, la presencia de Dios es absoluta. Sin embargo, quiere compartir la necesidad íntima de todo ser humano: la liberación y la paz.

Jesús no finge, no acepta ventajas, porque es en todo igual al ser humano. En todo excepto en el pecado porque – tenedlo muy en cuenta – el pecado es la anti-humanidad. Dios no se aprovecha de ser Dios, sino que quiere hacer su experiencia humana sin trucos. Esta cercanía a la humanidad seguirá manifestándose durante toda la vida pública de Jesús.

Después de haber recibido el bautismo, Jesús siente que el Padre le revela su misión y su identidad más profunda. Él es el hijo querido, en el que Dios se complace. Se complace, al verlo solidario con los pecadores. Se complace, al verlo hacerse discípulo.

Amados

Lucas, sin embargo, añade un colorido particular a esta página del evangelio. Después del Bautismo Jesús se pone en oración y, en ella experimenta ser habitado por el Espíritu Santo y todos los presentes oyen la voz del Padre: “Tú eres mi hijo bien amado, en quien me complazco”.

En la oración, que es experiencia interior de Dios, descubrimos que somos bien amados del Padre. En la oración, que es susurro de Dios, descubrimos que Dios está contento y que se complace con nosotros.

Ya desde pequeños se nos invita a ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos curas.  El mundo premia a las personas capaces, a las que triunfan, y en nosotros se ha ido introduciendo la idea de que también Dios nos quiere, por supuesto, pero con algunas condiciones.

Seamos honestos: ¡a veces chantajeamos a los niños manifestándoles aprecio si hacen lo que nosotros queremos! Así la idea final que nos queda en el corazón es que, si nos portamos bien, tendremos como premio la posibilidad de encontrar Dios. (Si no es aquí, en el más allá.)

¡Esto es un fastidio! Toda nuestra vida se vuelve entonces la limosna de un aprecio, de un reconocimiento. Y así muchas personas se van convirtiendo en lo que los demás esperan que sean, no en lo que ellas son de verdad. Más aún, si alguien nos contradice o nos acusa, reaccionamos pensando que en el fondo tiene razón, y nos decimos: “Tienes que rendirte a la evidencia, tú no vales.”

El primer impulso podría ser entonces el de defendernos, de atacar, de ignorar las críticas, de dar lo máximo, o bien, a veces, nos asalta la desesperación y decimos: no he merecido el amor de nadie, no soy amable para nada.

viernes, 5 de enero de 2024

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero) Ciclo B


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2, 1-12

Los Magos que llegan del oriente con sus regalos han señalado verdaderamente la fantasía humana a lo largo de la historia: quizás por ese no sé qué de exótico que llevan consigo, todos hemos quedado fascinados por estas extrañas figuras de la Navidad y llevamos en el corazón la imagen infantil de las estatuillas que añadíamos el día de Reyes como último toque al belén familiar.

Pero estemos atentos a no reducir los Reyes a una fábula edificante. Hemos de tomar muy en serio la narración de Mateo, que es ante todo una síntesis teológica, un mensaje de fe, sin olvidar por ello los suficientes enganches históricos que en ella se encuentran.

Mosaico bíblico

Para quienes conocen bien la Biblia (¡ojalá estuviéramos todos entre ellos!) salta a la vista enseguida el mosaico de alusiones y referencias bíblicas que componen este texto.

La intención de Mateo está clara. Él, como judío que es, escribe su Evangelio para una comunidad judeocristiana, muy cerrada en sí misma, y desea abrirles la mirada: el Mesías ha llegado y él es realmente el esperado de las gentes, no solamente el pastor de Israel.

Como cada pequeña comunidad que tiene que sobrevivir entre otras culturas agresivas, Israel, a lo largo de su misma historia, se encerró como una minoría acorazada, alérgica a lo extranjero, perdiendo el barniz primitivo, y olvidándose de que él era el pueblo que llevó a otros pueblos el rostro del Dios misterioso que se había manifestado a Abraham y a los padres en la fe.

Y, cosa asombrosa, los primeros en acoger al Mesías son obviamente judíos, pero judíos olvidados, los pobres de Yahveh: María, José y los pastores. El Dios que viene no es acogido por el potente partido de los saduceos, ni por el Sumo Sacerdote, o por los fariseos, que eran los devotos más practicantes.

Y, cosa asombrosa, son los extranjeros, los marginados, los que no eran del pueblo, a los que llamaban “perros” ellos son los que reconocen el rostro de Dios. Dios quiere revelarse a todos, quiere alcanzar a cada persona, a cada nación.

Jesús ha venido para ser reconocido por todos los pueblos de la tierra, representados en el evangelio de Mateo por los misteriosos Magos de oriente. Pero hay algo más: el gran Leví, el publicano que llegó a ser evangelista del reino de Dios, logra sacar de su pluma algunos subrayados que ahora os muestro.

Brujos y magos

Los Magos eran astrólogos orientales, probablemente ricos, ya que se podían permitir sus aficiones, pasatiempos y salir de su tierra para seguir el acontecimiento cósmico del nacimiento de una estrella, o una conjunción astral, o cualquier otro fenómeno astrológico.

martes, 2 de enero de 2024

SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS Titular de la Compañía de Jesús (3 de enero)






Primera Lectura: Eclo 51, 8-14
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Lc 2, 21-24



Hoy la Compañía de Jesús celebra su fiesta titular: la imposición del Nombre de Jesús.

La experiencia fundacional que llevó a Ignacio y sus compañeros a adoptar el nombre de “Compañía de Jesús” se remonta a la visión que San Ignacio tuvo en La Storta, cerca de Roma. En 1538 Ignacio y dos compañeros, Pedro Fabro y Diego Laínez, habían partido de Venecia y se dirigían a Roma para poner a disposición del Papa sus personas y los demás del grupo primero. Unos pocos kilómetros antes se detuvieron a rezar en la capilla de La Storta. En aquel lugar tuvo Ignacio la segunda de sus experiencias místicas más importantes. En ella tuvo Ignacio una visión en la que escuchó a Dios Padre que le decía: “Yo os seré propicio en Roma”.

A la vez le manifestó que le pondría con Su Hijo. No sabía Ignacio qué significaban aquellas palabras, ya que lo mismo podía anunciar persecuciones que favores, pues ambas cosas eran propias de Jesús.

En los últimos escritos del P. Laínez leemos lo siguiente: Me dijo (Ignacio) que Dios Padre había dejado impresas estas palabras en su corazón – ‘Yo os seré propicio en Roma…’ Me pareció que había visto a Cristo con la cruz sobre los hombros, y junto a Él al Padre que Le decía ‘querría que tomases a este hombre como servidor’. Y que por eso Jesús lo tomó por tal y le dijo (a Ignacio) ‘quiero que seas nuestro servidor’. Y por eso, con gran devoción hacia este santísimo nombre, (Ignacio) quiso que la congregación (de estos compañeros) se llamase Compañía de Jesús”.

El Papa Paulo III dio su aprobación formal a la nueva orden religiosa el 27 de septiembre de 1540, con el nombre de Compañía de Jesús.