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sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Eso lo decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.

Lo han visto, sí. Lo han abrazado. Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.

Ahí están: Pedro y Juan corriendo sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea recta.

Y quizá eso nos tranquiliza un poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.

Pero hay algo decisivo: el Señor sale al encuentro. Siempre.

No espera a que estemos bien. Nos alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos, aunque nosotros no lo tengamos nada claro.

 ¿Para quién soy importante?

Si uno se para un poco… la pregunta aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?

No importante “porque sirvo para algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.

Todos necesitamos eso. Alguien que nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que el mundo va en otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.

Y al final, casi sin darnos cuenta, acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.

Por eso tanta prisa. Tanta apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.

A veces incluso caminos oscuros… como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho y terminan vaciándolo todo.

En medio de eso, la Iglesia dice algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.

Pero claro… o eso es verdad, o todo lo demás se tambalea.

 El buen Pastor

Hoy Jesús usa una imagen muy sencilla: pastor.

Pero no uno cualquiera. No alguien que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que no confunde a unas ovejas con otras.

Y eso lo cambia todo.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.

sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

 

Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.

Un regalo, en realidad.

Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.

La noticia que todo lo cambia

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.

Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.

El sepulcro estaba vacío.

Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.

Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.

Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.

Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.

Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.

Heridas

Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.

Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.

Y Tomás responde con frialdad: no creo.

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.

Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.

Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.

Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.

Pero al amanecer… María viene corriendo.

Y ahí empieza todo.

Sepulcros

El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.

Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.

Y sin embargo… ahí.  Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.

Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.

Y ahí… ocurre lo imposible.

¡Jesús ha resucitado!

Superar el dolor

Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo A)


Pregón Pacual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
(Gn 1,1-31; 2,1-2Ex 14,15 - 15,1Is 55, 1-11Ez 36, 16-28)
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

 
    

Seguimos buscando al crucificado. Y, si somos sinceros, muchas veces lo buscamos donde no está.

Pensamos —quizá sin decirlo— que Dios quiere quedarse quieto, conservado, bien guardado. Como si la fe fuera embalsamar lo que un día nos conmovió.

Una fe de sepulcro: ordenada, respetuosa… y sin vida.

Eso hacen también las mujeres. Van al sepulcro con amor, sí… pero también con resignación. Quieren cuidar un cadáver. Quieren devolver dignidad a lo que ya consideran perdido.

Y, sin embargo, están completamente equivocadas.

El Señor no está ahí. Ha resucitado.

Huir del sepulcro

Tienen que salir de allí. No quedarse velando la muerte, sino ponerse en camino hacia la vida.

Porque Jesús no ha vuelto simplemente a respirar. No ha sido reanimado.

Ha resucitado.

Y eso —la verdad— no lo entendemos del todo. Nunca ha pasado algo así.

Lázaro volvió… pero volvió para morir otra vez. Jesús no.

Está vivo para siempre.

Y eso lo cambia todo, aunque a veces no lo notemos. Cambia la mirada, cambia el sentido, cambia incluso el dolor.

Porque ya no seguimos a un recuerdo. Seguimos a un Viviente.

viernes, 3 de abril de 2026

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 52, 13 - 53,12
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9
Pasión de N.S.J.C.: Jn 18,1 - 19,42

La Palabra que acabamos de proclamar habla por sí misma. Poco se puede añadir.

Ante nosotros está el Hijo del Hombre humillado. El choque entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y la vida.

Todo está ahí. El sentido de la historia… y también el de nuestra propia vida.

Casi dan ganas de callar. De dejar que hable el Misterio.

Y, sin embargo, hay algo que no podemos evitar: poner rostro a esta Pasión. Los rostros de los crucificados de la historia. Ahí sigue muriendo hoy el Siervo de Yahveh.

No se trata de hacer un análisis del mundo, ni de lanzar un discurso contra el mal. Se trata de mirar al Crucificado… y reconocerlo.

Reconocer que en tantos descartados, humillados, heridos, es el mismo Cristo quien sufre. Ellos son hoy su rostro.

Vivimos en un mundo atravesado por una verdadera cultura de muerte: una cultura que trivializa la vida humana cuando es frágil o indefensa; que recurre con facilidad a la violencia, al terrorismo o a la guerra para resolver los conflictos. Un mundo donde millones de personas quedan atrapadas en la pobreza, en el olvido, en la desesperanza.

Eso también es cruz. Eso también es Viernes Santo.

jueves, 2 de abril de 2026

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15


Hermanos, esta tarde comenzamos el Triduo Pascual, los días más sagrados del año. Y lo hacemos entrando en una escena muy concreta: una mesa, unos amigos, una noche.

Jesús se sienta con los suyos… y, antes de entregarse en la cruz, se entrega de otro modo: en el pan partido y en el vino compartido.

Es la noche de la Eucaristía. Y es también la noche del servicio.

 

El último acto

El evangelio nos da la clave desde el principio: “Los amó hasta el extremo”.

Jesús sabe lo que va a pasar. Y no da un gran discurso. Hace algo mucho más desconcertante: se levanta, se ciñe una toalla… y se arrodilla. Lava los pies.

Un gesto que lo dice todo. Porque hay momentos en los que las palabras ya no alcanzan.

Y después viene el pan, el vino, el “haced esto en memoria mía”.
No es un símbolo bonito. Es su vida entregada, anticipada, hecha sacramento.

Jesús elige quedarse de un modo pequeño, frágil, incluso escandaloso.
Tan escandaloso que Blas Pascal,  siglos después, dirá: si Dios se ha hecho hombre, ¿por qué no podría hacerse pan?

Y, sin embargo, lo más desconcertante quizá sea otra cosa: que sigue entregándose… incluso cuando no le entendemos.

 

Se acabó

Jesús sabe que el tiempo se le termina.

Ha hablado, ha curado, ha buscado a todos. Pero hay algo que no puede forzar: nuestra libertad.