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sábado, 7 de noviembre de 2026

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sab 6, 12-16
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda Lectura: 1 Tes 4, 13-17
Evangelio: Mt 25, 1-13

Hemos leído muchas veces noticias que anuncian, con absoluta seguridad y supuestas pruebas bíblicas, que el fin del mundo llegará tal día de tal mes. Algunos incluso ponen fecha y hora a la última venida del Señor. Recuerdo que una vidente anunció que el mundo terminaría el 21 de diciembre de 2012. Y aquí seguimos.

Puede parecer una anécdota, pero revela algo curioso: siempre hay alguien empeñado en saber cuándo llegará el final, aunque Jesús haya dicho repetidamente que nadie conoce el día ni la hora.

Pero quizá la pregunta importante no sea cuándo terminará el mundo, sino cómo estamos viviendo mientras esperamos al Señor.

En estas últimas semanas del año litúrgico, la Palabra de Dios nos invita precisamente a mirar más allá de lo inmediato. La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de nuestros difuntos nos han ayudado a descubrir que no estamos hechos para vivir simplemente al día, sino para vivir con esperanza. También la experiencia de nuestra fragilidad nos recuerda que no podemos poner nuestra confianza definitiva en nada que no sea Dios.

Hoy Jesús nos habla de una boda y de diez muchachas que esperan la llegada del novio. Cinco son prudentes y cinco necias. Todas tienen lámparas; todas esperan; todas se quedan dormidas porque el novio tarda en llegar. Pero no todas están preparadas cuando llega.

Una fe adormecida

Hay algo desconcertante en esta parábola. Las muchachas prudentes parecen bastante egoístas: no quieren compartir su aceite. El novio llega tardísimo, en plena noche. Y, para colmo, también las prudentes se quedan dormidas. ¿En qué consiste entonces su prudencia?

La clave no está en que unas sean perfectas y otras no, ni en que unas permanezcan despiertas y otras se duerman. Todas se duermen. La diferencia está en que unas han previsto que la espera puede ser larga y han preparado lo necesario para mantener encendida su lámpara.

Mateo dirige esta parábola a una comunidad cristiana que estaba esperando la llegada inmediata del Señor. Pero el tiempo pasaba y algunos comenzaban a desanimarse. Otros habían dejado incluso de trabajar, convencidos de que el final estaba a la vuelta de la esquina. Pablo tuvo que recordarles que la esperanza cristiana no significa abandonar las responsabilidades de cada día.

domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


Primera Lectura: Is. 25,6-10
Salmo Responsorial: Salmo22
Segunda Lectura: 1Tes 4,12-17
Evangelio: Lc  24, 13-35

En el año 998, el abad Odilón de Cluny estableció que todos los monasterios bajo su jurisdiHace más de mil años, el abad Odilón de Cluny estableció que el 2 de noviembre se conmemorara a los fieles difuntos en su abadía. Más tarde, la Iglesia adoptó esta celebración justo después de la fiesta de Todos los Santos, recordándonos que la muerte no es el final, sino un paso hacia la plenitud. La alegría de los santos nos ayuda a entender que la muerte no es una derrota, sino un encuentro con Dios, que nos espera con amor.

¿Cómo enfrentarnos a la muerte?

El 2 de noviembre, muchos recordamos imágenes de cementerios llenos de flores, familias reunidas en silencio y un ambiente de recogimiento. Sin embargo, esta tradición se desvanece en una sociedad que prefiere ignorar la muerte, aunque muchas veces siga siendo la causante de ella. Para los jóvenes, los rituales fúnebres pueden parecer lejanos o incluso innecesarios. Pero cuando la muerte toca nuestra puerta —cuando perdemos a un padre, una madre, un esposo o un hijo—, nos damos cuenta de que no podemos evitarla.

Hoy, tendemos a esconder la muerte. La evitamos en las conversaciones, la disfrazamos con tradiciones como Halloween o la consumimos como un espectáculo en las noticias. Pero cuando llega a nuestra vida, nos deja sin palabras. ¿Cómo reaccionar ante el dolor de perder a alguien a quien queremos? ¿Cómo llenar el vacío que deja? Pues con: La esperanza cristiana.

Quienes han perdido a un ser querido saben que la muerte no puede ignorarse. La forma en que enfrentemos este misterio dará sentido a nuestra vida. Los cristianos no vemos la muerte como un final, sino como un paso hacia la vida eterna. Confiamos en Cristo resucitado y acompañamos a nuestros difuntos con oraciones, sabiendo que están en las manos de Dios.

sábado, 31 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Hoy celebramos una fiesta extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.

¡Qué hermoso es llegar a ser santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.

Dios cree en nosotros más de lo que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para hacerlas realidad.

Santo es quien descubre esa llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor transforme su vida.

La santidad no es una conquista reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos reviste de su vida y nos hace semejantes a él.

Por eso, no necesitamos hacer cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor extraordinario.

Ser santo puede significar cuidar con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor que no busca recompensa.

Los santos no son personas perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros, conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y encontraron la fuerza para volver a empezar.

Por eso, saquemos a los santos de las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor misionero.

Pero no olvidemos algo esencial: los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir a Jesús como ellos lo siguieron.

Las Bienaventuranzas nos muestran el camino de esa santidad.

Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.

sábado, 24 de octubre de 2026

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.

Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

Hay personas que ven la religión como un conjunto interminable de normas, prohibiciones y obligaciones. Como si ser cristiano consistiera, sobre todo, en saber qué está permitido y qué está prohibido, qué se puede hacer y qué no.

Algo parecido sucedía en tiempos de Jesús. A los diez mandamientos se habían añadido numerosas normas y prescripciones que hacían muy difícil conocer y cumplir todas las exigencias de la Ley. Y, en medio de aquella maraña de 613 preceptos, surgía una pregunta decisiva: ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es lo que Dios espera de nosotros?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Jesús responde sin rodeos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Dos mandamientos, pero una sola manera de vivir la fe: amar a Dios y amar a los demás. Todo lo demás tiene que encontrar aquí su sentido.

Amar a Dios con toda la vida

Jesús comienza recordando la oración que todo judío piadoso conocía: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Y, desde esa fe, proclama que estamos llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Amar a Dios con todo el corazón significa poner en ese amor lo mejor de nosotros mismos. No se trata de esperar a tener un carácter perfecto, de sentir siempre entusiasmo religioso o de convertirnos en personas sin defectos. Se trata de amar desde lo que somos, con nuestras posibilidades y limitaciones, procurando que nuestra vida sea cada vez más coherente con el Evangelio.

Amar a Dios con toda el alma significa no vivir una fe fragmentada, reservada para determinados momentos. No podemos dejar a Dios en un rincón y acordarnos de él solamente cuando tenemos problemas o necesitamos su ayuda. Dios tiene que ver con nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

Y amar a Dios con toda la mente significa también pensar nuestra fe, profundizar en ella y buscar razones para creer. La fe cristiana no es solamente una emoción o un sentimiento: es una manera de comprender la vida y de comprometerse con ella.

Pero hay algo todavía más fundamental: antes de que nosotros podamos amar a Dios, necesitamos descubrir que él nos ama. Nuestro amor no nace de una obligación, sino de una experiencia recibida. Solo quien se sabe querido puede aprender a amar de verdad.

Por eso, el primer paso no consiste en preguntarnos cuánto amamos a Dios, sino si nos dejamos alcanzar por su amor y si permitimos que transforme nuestra vida.

sábado, 17 de octubre de 2026

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 45, 1.4-6
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda Lectura: 1Tes 1, 1-5
Evangelio: Mt 22, 15-21


¿A quién pertenece nuestra vida?

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pocas frases de Jesús se han citado tanto y quizá pocas se han manipulado tanto para justificar intereses muy alejados del Evangelio.

Se ha utilizado para defender la autonomía del poder político, para reivindicar el lugar de la Iglesia en la sociedad e incluso para justificar los intereses de quienes ejercen el poder.

Pero ¿qué quiso decir Jesús? ¿Está repartiendo el mundo entre dos autoridades, cada una con sus competencias? ¿O está planteando una cuestión mucho más radical?

El Evangelio de hoy nos invita a escuchar sus palabras sin domesticarlas y sin utilizarlas para tranquilizar nuestra conciencia.

Una pregunta envenenada

Los fariseos y los herodianos se acercan a Jesús con una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».

Pero no buscan la verdad. Quieren tenderle una trampa. Si Jesús rechaza pagar el impuesto, podrá ser denunciado ante las autoridades romanas. Si lo acepta, perderá credibilidad ante un pueblo que sufre la dominación extranjera y la carga de los tributos.

Lo significativo es que sus adversarios, a pesar de sus diferencias, se ponen de acuerdo para desacreditarlo. Cuando hay intereses que defender y alguien que incomoda, las diferencias pueden quedar en segundo plano.

También hoy ocurre. Personas y grupos que discrepan profundamente se alían cuando está en juego conservar sus privilegios o silenciar una voz incómoda.

Jesús no se deja encerrar en esa alternativa. No es servidor del poder ni demagogo que busca ganarse al pueblo a cualquier precio. Es un hombre libre porque su fidelidad está puesta en Dios.

No entregar al César lo que es de Dios

Jesús pide una moneda y pregunta de quién es la imagen que lleva. «Del César», le responden. Entonces pronuncia aquellas palabras: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

La primera parte parece sencilla: hay obligaciones ciudadanas que debemos cumplir. Pero Jesús añade algo decisivo: hay que dar a Dios lo que le pertenece.

Para Israel, Dios es el Señor de toda la creación. ¿Qué queda, entonces, fuera de Dios? ¿Qué puede reclamar el César que no esté ya bajo la soberanía de Dios?

La moneda lleva la imagen del emperador. Pero cada persona posee una dignidad que ningún gobernante ni sistema económico puede otorgarle o arrebatársela a su antojo. Todos somos criaturas de Dios, llamados a vivir en libertad y fraternidad.

Por eso, las palabras de Jesús no justifican que la religión se desentienda de la sociedad, ni que los poderes políticos puedan actuar sin límites. Tampoco autorizan a la Iglesia a apropiarse del poder temporal. Nos llaman a ser ciudadanos responsables, a cumplir nuestros deberes y a trabajar por el bien común. Pero también nos recuerdan que ninguna autoridad humana es absoluta y que ninguna obediencia puede exigirnos traicionar nuestra conciencia o colaborar con la injusticia.

Aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

sábado, 10 de octubre de 2026

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

                  Hay una frase del Papa Benedicto XVI que, escuchada en su momento, sorprendió mucho. Decía que “los agnósticos que buscan sinceramente a Dios, las personas que sufren por sus pecados y desean tener un corazón limpio, pueden estar más cerca del Reino de Dios que los creyentes rutinarios, aquellos que ven en la Iglesia solamente el boato, las costumbres y las apariencias, sin que su corazón sea tocado por la fe.”

Es una afirmación fuerte. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a tomarla en serio.

Jesús habla de un banquete de bodas. Y no es una imagen casual. Para la gente de su tiempo, una boda era la gran fiesta, el momento extraordinario en medio de una vida muchas veces dura y llena de necesidades. Ser invitado a un banquete de bodas significaba participar en una alegría que no se podía comparar con nada.

Y Jesús nos dice: así es el Reino de Dios.

Dios no nos invita a una obligación aburrida, ni a cumplir una serie de prácticas para ganarnos el cielo. Dios nos invita a una fiesta. Nos invita a compartir su vida, su alegría, su amor.

Y aquí comienza la pregunta incómoda: ¿a qué hemos reducido nosotros nuestra fe?

Porque podemos convertir el cristianismo en una costumbre. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones, cumplir con determinadas obligaciones y, sin embargo, vivir interiormente lejos del Evangelio.

Podemos saber muchas cosas de Dios y no haber experimentado nunca que Dios nos ama. Podemos defender la Iglesia y no parecernos demasiado a Jesucristo. Podemos hablar mucho de moral y tener muy poco corazón.

Y entonces ocurre algo terrible: el Evangelio pierde su frescura y se convierte en una ideología religiosa. La fe deja de ser una buena noticia y se transforma en una carga.

sábado, 3 de octubre de 2026

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 5, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo79
Segunda Lectura: Flp 4, 6-9
Evangelio: Mt 21, 33-43

Hoy, de nuevo, la viña. No es extraño. Estamos en tiempo de vendimias, cuando se recoge el fruto de tantos meses de trabajo y se descubre, finalmente, si la cosecha ha respondido a las esperanzas del viñador.

Y precisamente la viña es la imagen que hoy nos ofrece la Palabra de Dios.

Isaías canta la historia de un propietario que ama apasionadamente su viña: la prepara, la limpia, la protege, hace todo lo necesario para que dé fruto. Pero, cuando llega el momento de la cosecha, encuentra solamente uvas agrias.

Jesús retoma esa imagen en una parábola todavía más dramática.

La viña representa el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos. Representa también nuestra vida, la Iglesia, la humanidad entera.

Dios es el dueño, pero nosotros somos los trabajadores a quienes ha confiado su viña.

Y aquí aparece una primera cuestión importante: todo lo que somos y tenemos es un don que hemos recibido.

La vida no nos pertenece absolutamente. Tampoco el mundo. No somos propietarios de la creación, de los demás, ni siquiera de nuestra propia existencia. Somos administradores del don recibido. Se nos ha confiado una viña para cuidarla y hacerla fructificar.

El problema comienza cuando el administrador olvida que es administrador y empieza a comportarse como propietario. Entonces aparecen la codicia, el egoísmo, la violencia, la autosuficiencia. Queremos poseerlo todo y terminamos creyendo que todo nos pertenece.

Los viñadores de la parábola reciben a los enviados del propietario y los rechazan con palos y piedras. Finalmente llega el hijo... Y lo matan.

sábado, 26 de septiembre de 2026

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32

                            

El domingo pasado quedamos descolocados ante la parábola de los trabajadores de la viña y aquella manera de actuar del dueño que, a primera vista, nos parecía injusta.

También hoy la Palabra de Dios vuelve a descolocarnos. Ezequiel nos invita a abandonar nuestra manera habitual de juzgar y a entrar en la lógica de Dios. Y Jesús, en el Evangelio, nos presenta dos hijos: uno que dice «sí» a su padre, pero no va; y otro que dice «no», pero después se arrepiente y va.

La pregunta es sencilla, pero incómoda: ¿qué quiere Dios de nosotros: nuestras palabras o nuestra vida?

Caretas

En estos días de septiembre, en muchos lugares se celebra la vendimia. Recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban lentamente hacia la bodega.

La imagen de la viña aparece muchas veces en la Biblia para hablar de la relación de Dios con su pueblo. Que el Señor nos llame a trabajar en su viña significa que quiere contar con nosotros, que desea una relación viva y cercana con cada uno.

El primer hijo de la parábola responde inmediatamente: «Sí, padre». Y, sin embargo, no va. Es una respuesta correcta, pero vacía. Una palabra sin vida. Una apariencia de obediencia que no llega al corazón.

Y aquí aparece una palabra que resulta incómoda: hipocresía.

También nuestra fe puede convertirse fácilmente en eso: exterioridad, costumbre, rituales, prácticas religiosas, palabras correctas… pero sin verdadera conversión del corazón.

Podemos incluso estar muy cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener nuestro corazón lejos de Él.

Dios no necesita nuestras apariencias. Dios busca la verdad de nuestra vida.

Pecadores

Por eso resulta sorprendente el segundo hijo. Su primera respuesta es un «no»: «No quiero». Desde luego, no es una respuesta ejemplar. Pero después recapacita y va.

sábado, 19 de septiembre de 2026

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

La lógica desconcertante de la gracia

La parábola de hoy nos incomoda porque pone en cuestión algo que tenemos muy arraigado: nuestra manera de entender la justicia.

Un propietario sale a contratar trabajadores para su viña. A unos los llama de madrugada; a otros, más tarde; y a otros, cuando apenas queda una hora de trabajo. Al terminar la jornada, comienza a pagar por los últimos y da a todos un denario, el salario necesario para vivir.

Los que habían trabajado desde primera hora protestan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado como a nosotros».

Podemos comprender su indignación. Han trabajado más y esperan recibir más.

Pero hay algo significativo en su protesta. Cuando reciben el denario que habían pactado, no dicen: «Danos más a nosotros». Lo que exigen es que a los otros se les dé menos.

Y aquí Jesús toca una fibra muy profunda de nuestro corazón. Porque también nosotros podemos caer en esa lógica: no nos basta con recibir lo que necesitamos; necesitamos compararnos con los otros. Queremos saber quién merece más, quién merece menos, quién ha hecho méritos y quién no.

Y Jesús responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

sábado, 12 de septiembre de 2026

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 27,30 - 28,9
Salmo Responsorial: Salmo102
Segunda Lectura: Rom 14,7-9
Evangelio: Mt 18, 21-35

Perdonar es una debilidad, dice el mundo violento que nos rodea.

Nos han enseñado que hay que ser fuertes, defenderse, no dejarse pisar, devolver cada golpe. Y cuando alguien nos hace daño, parece casi una ingenuidad decir: «Hay que perdonar».

Pero tomemos las cosas en serio: el perdón es algo muy serio.

Lo sabe quien ha sido herido. Lo sabe también quien ha hecho el daño. Lo sabemos todos cuando alguna vez hemos tenido que decir: «Perdóname», o cuando hemos tenido que decidir si abrimos o no la puerta a quien nos ha herido.

El domingo pasado escuchábamos a Jesús hablarnos de la corrección y de la reconciliación dentro de la comunidad. Hoy Pedro va todavía más lejos y plantea una pregunta que también nosotros podemos hacernos:

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Pedro cree que está siendo generoso. Siete veces es mucho.

Pero Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir: no lleves la cuenta.

Y aquí comienza la verdadera dificultad del Evangelio. Porque perdonar una vez puede ser posible. Dos veces, también. Pero ¿siempre? ¿Incluso cuando el otro reincide? ¿Incluso cuando no reconoce el daño que ha hecho? ¿Incluso cuando no cambia?

La respuesta de Jesús parece una locura si la miramos solamente desde nuestra lógica. Por eso nos cuenta la parábola.

Un hombre tiene con su señor una deuda gigantesca, sencillamente impagable. (6.000 millones de euros, según los valores de hoy). Y, sin embargo, cuando se encuentra ante él, el señor no solamente le concede tiempo: le perdona toda la deuda. Todo.

Después, ese mismo hombre sale y encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor (unos 6.000 €). Y, en lugar de hacer con él lo que han hecho con él, lo agarra y le exige que pague.

Ahí está la contradicción que Jesús quiere poner delante de nuestros ojos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Hay palabras del Evangelio que nos resultan especialmente incómodas. Una de ellas es la que escuchamos hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas».

Porque nosotros sabemos hacer muchas cosas con los errores de los demás: comentarlos, criticarlos, juzgarlos, contarlos a otros… Lo que nos cuesta mucho más es hacer lo que Jesús pide: acercarnos al hermano y hablar con él desde el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos cuando alguien que tenemos cerca se equivoca, nos hace daño o está tomando un camino que le hace mal?

La primera lectura utiliza una imagen muy fuerte. Dios dice al profeta Ezequiel: «Te he puesto de atalaya». El profeta tiene que advertir al que está en peligro. No puede mirar hacia otro lado.

Y aquí aparece algo importante: amar no significa dejar que cada uno haga lo que quiera sin que nadie se preocupe por él.

Vivimos en una cultura que identifica con frecuencia la libertad con la ausencia de límites y el respeto con no intervenir nunca en la vida de los demás. «Es su problema», decimos. «Que haga lo que quiera». Y es verdad que nadie tiene derecho a controlar la conciencia del otro. Pero el Evangelio nos recuerda que la indiferencia tampoco es amor.

Si veo que una persona a la que quiero está destruyéndose, ¿puedo decir simplemente: «No es asunto mío»?

La Biblia nos invita también a comprender de otra manera el pecado. No es simplemente hacer algo que está prohibido. El pecado es aquello que hace daño, destruye, deshumaniza; es utilizar mal la libertad que Dios nos ha dado, dañando nuestra propia vida o la vida de los demás.

El egoísmo, la avaricia, la mentira, la calumnia, la violencia verbal, la explotación, el desprecio, la indiferencia ante quien sufre… pueden presentarse como simples opciones personales. Pero no son inocentes. Porque van construyendo un mundo en el que terminamos haciéndonos daño unos a otros.

Por eso Dios pone al profeta como atalaya: no para condenar, sino para advertir del peligro.

Y junto a esta responsabilidad aparece hoy otra palabra decisiva: el perdón.

viernes, 28 de agosto de 2026

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27


¿Seguimos a Jesús o queremos que Jesús siga nuestro camino

¡Pobre Pedro! Hace apenas unos momentos ha confesado que Jesús es el Mesías, el Cristo. Y Jesús le ha dicho que es una piedra fundamental, una piedra viva sobre la que se puede construir.

Pero ahora Pedro se convierte en piedra de tropiezo.

¿Por qué? Porque Pedro ha entendido que Jesús es el Mesías, pero todavía no ha entendido qué clase de Mesías es Jesús.

Pedro esperaba un Mesías poderoso, glorioso, capaz de devolver a Israel su antigua grandeza. Y Jesús habla de sufrimiento, de rechazo y de muerte. Pedro no puede aceptarlo. Lo lleva aparte y, en el fondo, le viene a decir: «Eso no puede ser. Cambia de camino. Así no se hacen las cosas».

Y aquí Pedro se parece mucho a nosotros.

Porque también nosotros, muchas veces, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios. Tenemos nuestros proyectos, nuestras expectativas, nuestra manera de entender lo que debería suceder. Y cuando Dios no coincide con ellas, nos desconcertamos.

Queremos seguir a Jesús, sí, pero quizá preferiríamos que Jesús siguiera nuestro camino.

Por eso la respuesta de Jesús a Pedro es tan dura: «¡Ponte detrás de mí!». No es solamente una reprimenda. Es casi una definición del discípulo: ponte detrás de mí. No vayas por delante de mí. Sígueme.

La primera lectura nos presenta a Jeremías en una situación parecida. Está cansado, decepcionado. Él quería anunciar la palabra de Dios y se encuentra con el rechazo, con la incomprensión, incluso con la hostilidad. Piensa en abandonar.

Pero hay algo dentro de él que no le deja. La palabra de Dios es para él como un fuego ardiente. Puede resistirse, puede protestar, puede sentirse vencido... pero no puede apagar ese fuego.

También nosotros conocemos esos momentos. Momentos en que seguir a Jesús no resulta fácil. Momentos en que uno se pregunta si merece la pena. Y quizá ahí aparece la pregunta fundamental: ¿seguimos todavía detrás de Jesús?

sábado, 22 de agosto de 2026

DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Primera Lectura: Is 22, 19-23
Salmo Responsorial: Salmo 137
Segunda Lectura: Rom 11, 35-36
Evangelio: Mt 16, 13-20

 El Evangelio de hoy nos pone delante una pregunta que no podemos esquivar.

Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas son variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas.

Pero Jesús no se queda ahí. Da un paso más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Ya no pregunta qué dice la gente. Pregunta qué decimos nosotros.

Y, en el fondo, pregunta algo todavía más personal: «¿Quién soy yo para ti?»

Esta pregunta se nos hace hoy a cada uno. No hace un montón de años, ni cuando hicimos la primera comunión, ni cuando aprendimos el catecismo. La pregunta se nos hace hoy.

Podemos saber muchas cosas sobre Jesús y, sin embargo, mantenerlo a cierta distancia. Podemos conocer el Evangelio, rezar mucho, venir a misa, hablar de la Iglesia… y no haber respondido verdaderamente a esta pregunta crucial.

Jesús no nos invita hoy a una discusión teórica sobre el cristianismo. Nos lleva al encuentro personal con Él: «¿Quién soy yo para ti?».

sábado, 15 de agosto de 2026

DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 56, 1.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Rom 11, 13-15.29-32
Evangelio: Mt 15, 21-28

Hay evangelios que nos resultan cómodos porque confirman lo que ya pensamos. Y hay otros que nos incomodan. El de hoy pertenece claramente a los segundos.

Una mujer cananea, extranjera, se acerca a Jesús. No pertenece al pueblo de Israel. Y, además, viene de uno de los pueblos históricamente enemigos de Israel.

Pero tiene una hija enferma. Y por eso grita:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».

Y aquí empieza lo desconcertante. Jesús no le responde. Los discípulos incluso le piden que la atienda para que deje de molestar.

Entonces Jesús dice:

«No he sido enviado más que a las ovejas descarriadas de Israel».

Y cuando ella insiste, llega la frase que nos deja perplejos:

«No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

Es una escena extraña. Casi nos gustaría pasar rápidamente por encima de ella.

Pero la mujer no se marcha. No se indigna. Pero sigue allí.

«Tienes razón, Señor; también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Y entonces Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe». Y cura a su hija.

Lo sorprendente es que la gran fe, en este relato, no está dentro de las fronteras de Israel. Está fuera.

La que reconoce a Jesús es una extranjera. La que insiste es una extranjera. La que confía es una extranjera.

viernes, 14 de agosto de 2026

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (15 de agosto)


Primera Lectura: Ap 11,19; 12,1-6.10
Salmo Responsorial: Salmo 44
Segunda Lectura: 1 Cor 15, 20-27
Evangelio: Lc 1, 39-56

Para nosotros, cristianos, hoy es la fiesta de la Virgen de Agosto: la solemnidad de la Asunción de María. Ella es la primera de los creyentes que ha llegado a la meta, la primera que participa plenamente de la resurrección de Cristo. En realidad, esta también es nuestra fiesta. Porque la Iglesia, al contemplar hoy a María glorificada, nos recuerda cuál es el destino al que todos estamos llamados. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Dios.

Desde muy antiguo, la comunidad cristiana confesó esta fe. Creemos que María de Nazaret, la Madre de Jesús, la primera discípula, la mujer que permaneció fiel al pie de la cruz y oró con la Iglesia naciente en Pentecostés, fue asumida por Dios a la plenitud de la vida.

Y ahí se detiene nuestra palabra. No sabemos cómo sucedió. No necesitamos describir lo que pertenece al misterio de Dios. Nos basta proclamar que quien llevó en su seno al Autor de la vida participa ya plenamente de la vida definitiva que Cristo ha inaugurado para todos.

Sin embargo, esta fiesta puede provocar cierta incomodidad. Y no por el misterio de la Asunción, sino por la imagen de María que, a veces, hemos transmitido.

Era una muchacha sencilla de un pequeño pueblo de Galilea. Una mujer creyente, trabajadora, discreta. A lo largo de los siglos, la hemos rodeado de tanto esplendor que, sin querer, hemos corrido el riesgo de alejarla de nuestra vida. Como si perteneciera más al cielo que a la tierra, más a los altares que a los caminos de la existencia.

Y eso sería una injusticia con María.

Porque Dios nos la regala precisamente como hermana en la fe. Como la primera discípula. Como una mujer que aprendió a confiar sin dejar de recorrer el duro camino de la fe.

El Evangelio de hoy nos ofrece una escena entrañable: la Visitación.

Apenas recibe el anuncio del ángel, María se pone en camino hacia la casa de Isabel.

Podemos imaginar aquel camino hacia la montaña lleno de preguntas. También María tuvo que recorrer el camino de la fe. Quizá el anuncio recibido se mezclaba ahora con el vértigo, con la incertidumbre, con esa pregunta que todos conocemos cuando Dios nos descoloca: «¿Será verdad? ¿Podré fiarme de esta palabra?».

sábado, 8 de agosto de 2026

DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 1 Re 19, 9a.11.13a
Salmo Responsorial: Salmo 84
Segunda Lectura: Rom 9, 1-5
Evangelio: Mt14, 22-33

Hay momentos en los que la fe parece avanzar con facilidad. Todo resulta luminoso. Orar nace espontáneamente; el Evangelio nos habla al corazón; sentimos que Dios está cerca. Pero también llegan otros momentos en los que parece esconderse. La oración se vuelve árida, aparecen las dudas, la vida se complica y nos preguntamos, quizá en silencio: «¿Dónde está Dios?»

Las lecturas de este domingo responden precisamente a esa pregunta. Y lo hacen de una manera sorprendente. Nos dicen que Dios está presente, pero casi nunca donde nosotros esperamos encontrarlo.

El profeta Elías estaba atravesando una profunda crisis. Había defendido con pasión la fe de Israel. Había creído que una gran victoria sobre los profetas de Baal devolvería al pueblo al Dios verdadero. Sin embargo, todo acaba peor de lo que imaginaba. La violencia ha engendrado más violencia, y ahora él huye, cansado y desanimado, hasta desear la muerte.

Entonces Dios lo conduce al monte Horeb, el lugar de la Alianza. Allí Elías espera una manifestación grandiosa. Primero llega un huracán; después un terremoto; luego un fuego. Pero Dios no está en ninguno de ellos. Finalmente se escucha el murmullo de una brisa suave. O, como traducen algunos, «la voz de un silencio tenue». Allí estaba Dios.

Qué actual resulta esta escena.

Vivimos rodeados de ruido. Todo parece necesitar espectáculo, titulares, confrontación, emociones fuertes. También la religión corre ese riesgo cuando busca impresionar más que transformar a las personas. Pensamos que Dios tendrá que manifestarse en acontecimientos extraordinarios, cuando, en realidad, suele esperarnos en el silencio del corazón, en la oración perseverante, en la escucha de la Palabra, en un gesto de amor discreto, en una conciencia que se deja iluminar.

Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo no sea que Dios haya dejado de hablar, sino que nosotros hemos perdido la capacidad de escuchar.

El Evangelio continúa esa misma enseñanza.

Los discípulos atraviesan el lago de noche. El viento es contrario. La barca es zarandeada por las olas. Es una imagen que representa a la Iglesia, pero también a cada uno de nosotros. Hay épocas en las que sentimos que todo se tambalea: una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar, el fracaso de un proyecto, la incertidumbre ante el futuro. Pensábamos que la fe nos evitaría estas tormentas, y descubrimos que también el creyente navega con viento en contra.

sábado, 1 de agosto de 2026

DOMINGO 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 55, 1-3

Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 35.37-39
Evangelio: Mt 14,13-21

Antes de entrar en el Evangelio de hoy conviene mirar alrededor. Vivimos en una sociedad que, aparentemente, lo tiene casi todo. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de consumir, viajar, comunicarnos o entretenernos. Sin embargo, basta escuchar un poco a las personas para descubrir otra realidad: crecen la ansiedad, la soledad, el cansancio interior y la sensación de que, después de tanto esfuerzo, algo esencial sigue faltando.

Tenemos muchas cosas. Pero seguimos teniendo hambre.

No hablo del hambre de pan, aunque tampoco podemos olvidar que demasiados millones de personas siguen padeciéndola. Hablo de esa otra hambre que todos conocemos: hambre de ser queridos de verdad, de encontrar un sentido por el que merezca la pena vivir, de una paz duradera que no dependa de las circunstancias, de una felicidad que no se compre ni se agote.

Precisamente ahí es donde comienza el Evangelio de hoy.

Jesús contempla a la multitud y siente compasión. El evangelista utiliza una palabra muy fuerte: habla de una compasión que nace de las entrañas. Dios no mira el sufrimiento humano desde lejos. No permanece indiferente. Hace suyo nuestro dolor. Conoce nuestras preguntas, nuestros miedos y nuestras búsquedas mejor que nosotros mismos.

Pero entonces ocurre algo sorprendente.

Los discípulos proponen la solución que probablemente también nosotros habríamos propuesto: «Despide a la gente; que cada uno vaya a comprarse comida.»

Es una solución sensata. También muy moderna.

Que cada uno resuelva sus problemas. Que cada uno se salve como pueda.
Que nadie cargue con los demás.

¿No es éste, en el fondo, uno de los mensajes más repetidos de nuestra cultura? Nos educan para competir antes que para compartir; para proteger lo nuestro antes que para preguntarnos quién se va a quedar sin pan; para construir una felicidad privada mientras el sufrimiento ajeno acaba siendo una noticia más que dura apenas unos segundos en la pantalla.

Jesús rompe completamente esa lógica.

«Dadles vosotros de comer.»

No les pide un milagro. Les pide que dejen de desentenderse.

Y ellos responden con una objeción que también nos resulta muy familiar:

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»

Es verdad. Es muy poco.