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sábado, 19 de septiembre de 2026

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

La lógica desconcertante de la gracia

La parábola de hoy nos incomoda porque pone en cuestión algo que tenemos muy arraigado: nuestra manera de entender la justicia.

Un propietario sale a contratar trabajadores para su viña. A unos los llama de madrugada; a otros, más tarde; y a otros, cuando apenas queda una hora de trabajo. Al terminar la jornada, comienza a pagar por los últimos y da a todos un denario, el salario necesario para vivir.

Los que habían trabajado desde primera hora protestan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado como a nosotros».

Podemos comprender su indignación. Han trabajado más y esperan recibir más.

Pero hay algo significativo en su protesta. Cuando reciben el denario que habían pactado, no dicen: «Danos más a nosotros». Lo que exigen es que a los otros se les dé menos.

Y aquí Jesús toca una fibra muy profunda de nuestro corazón. Porque también nosotros podemos caer en esa lógica: no nos basta con recibir lo que necesitamos; necesitamos compararnos con los otros. Queremos saber quién merece más, quién merece menos, quién ha hecho méritos y quién no.

Y Jesús responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

 La calculadora de los méritos

La parábola cuestiona también una determinada imagen de Dios: la de un Dios que lleva una contabilidad exacta de nuestros méritos y pecados y que un día nos pagará según lo que hayamos merecido. Es una imagen muy extendida, incluso entre personas religiosas.

«Dios me quiere porque me porto bien». «Dios me premiará porque he cumplido». «Yo he hecho más; por tanto, merezco más».

Pero el Dios de Jesús no funciona así.

Esto no significa que la justicia no sea importante. Lo es, y mucho. No podemos utilizar esta parábola para justificar salarios injustos, explotación o desigualdad. Pero Jesús nos recuerda que la justicia no agota la lógica de Dios.

Además del mérito está la gracia. Además de lo que conseguimos, está lo que recibimos. Además de lo que hacemos por Dios, está lo que Dios hace gratuitamente por nosotros.

El Reino de Dios no es un salario que conquistamos con nuestros méritos. Es un regalo que recibimos.

Y esto cambia nuestra manera de vivir la fe. Porque si todo depende de nuestros méritos, nuestra relación con Dios se convierte fácilmente en una contabilidad: cuánto he rezado, cuánto he trabajado, cuánto he cumplido... y, al mismo tiempo, miro a ver cuánto han hecho los demás.

El Evangelio nos anuncia algo mucho más liberador: Dios no nos ama porque nosotros seamos buenos; su amor es el que nos hace capaces de ser buenos.

 

Los que llegan a última hora

Hay algo especialmente conmovedor en esos hombres de la parábola que permanecen todo el día en la plaza sin que nadie los haya contratado.

Cuando queda apenas una hora, el dueño los llama.

No parece que realmente los necesite. Una hora de trabajo apenas cambiará el resultado de la vendimia.

Pero los necesita a ellos. No quiere que terminen el día abandonados, sin trabajo y sin dignidad. Les ofrece la posibilidad de participar, de sentirse necesarios. Y al final les da lo necesario para vivir.

Esto debería hacernos pensar.

Porque quizá nosotros nos sentimos muchas veces como trabajadores de primera hora: tenemos una larga historia cristiana, años de fidelidad, de esfuerzo y de servicio. Y podemos terminar pensando que todo eso nos da derechos sobre Dios y sobre los demás.

Pero, en realidad, todos somos trabajadores de la última hora.

Todo lo que somos lo hemos recibido: la fe, las personas que nos han ayudado, las oportunidades que hemos tenido, incluso nuestra capacidad de responder a Dios.

Por eso, cuando dejamos de utilizar la calculadora, empezamos a comprender la gracia.

 Convertirse a la bondad

Isaías nos recuerda en la primera lectura: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos».

Ese es precisamente el problema de los trabajadores de la primera hora: no comprenden la lógica del propietario porque siguen pensando con la lógica del cálculo. También nosotros necesitamos convertirnos de una fe basada en los méritos a una fe basada en la confianza.

No se trata de dejar de hacer el bien, sino de hacer el bien sin convertirlo en una factura que presentamos a Dios o a los demás.

El verdadero discípulo no mira con resentimiento al que llega tarde, al último. Se alegra de que también él haya encontrado un lugar en la viña.

Y esto tiene consecuencias concretas: cuando acogemos al que llega de fuera, al emigrante, cuando damos una nueva oportunidad al que se ha equivocado, cuando dejamos de etiquetar a una persona por su pasado, cuando no medimos su valor por lo que produce o por lo que puede devolvernos.

También el perdón exige abandonar la calculadora. Perdonar no significa negar la injusticia, sino impedir que el mal recibido termine gobernando nuestro corazón.

Pidamos al Señor que nos libere de una fe estrecha, basada en méritos y derechos. Que nos enseñe a alegrarnos del bien que reciben los demás. Que nos haga vivir la vida desde la gratuidad y el perdón.

Porque cuando dejamos de usar la calculadora en nuestras relaciones, con Dios y con los demás, empezamos a descubrir qué significa realmente ser discípulos de Cristo.

El Reino de Dios no se compra ni se merece. El Reino de Dios es gracia. Es don. Es amor gratuito.

 

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