La lógica
desconcertante de la gracia
La parábola de hoy nos incomoda
porque pone en cuestión algo que tenemos muy arraigado: nuestra manera de
entender la justicia.
Un propietario sale a contratar
trabajadores para su viña. A unos los llama de madrugada; a otros, más tarde; y
a otros, cuando apenas queda una hora de trabajo. Al terminar la jornada,
comienza a pagar por los últimos y da a todos un denario, el salario necesario
para vivir.
Los que habían trabajado desde
primera hora protestan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has
tratado como a nosotros».
Podemos comprender su indignación.
Han trabajado más y esperan recibir más.
Pero hay algo significativo en su
protesta. Cuando reciben el denario que habían pactado, no dicen: «Danos más
a nosotros». Lo que exigen es que a los otros se les dé menos.
Y aquí Jesús toca una fibra muy
profunda de nuestro corazón. Porque también nosotros podemos caer en esa
lógica: no nos basta con recibir lo que necesitamos; necesitamos compararnos
con los otros. Queremos saber quién merece más, quién merece menos, quién ha
hecho méritos y quién no.
Y Jesús responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»
La calculadora de los méritos
La parábola cuestiona también una
determinada imagen de Dios: la de un Dios que lleva una contabilidad exacta de
nuestros méritos y pecados y que un día nos pagará según lo que hayamos
merecido. Es una imagen muy extendida, incluso entre personas religiosas.
«Dios me quiere porque me porto
bien». «Dios me premiará porque he cumplido». «Yo he hecho más; por tanto,
merezco más».
Pero el Dios de Jesús no funciona
así.
Esto no significa que la justicia
no sea importante. Lo es, y mucho. No podemos utilizar esta parábola para
justificar salarios injustos, explotación o desigualdad. Pero Jesús nos
recuerda que la justicia no agota la lógica de Dios.
Además del mérito está la gracia. Además
de lo que conseguimos, está lo que recibimos. Además de lo que hacemos por
Dios, está lo que Dios hace gratuitamente por nosotros.
El Reino de Dios no es un salario
que conquistamos con nuestros méritos. Es un regalo que recibimos.
Y esto cambia nuestra manera de
vivir la fe. Porque si todo depende de nuestros méritos, nuestra relación con
Dios se convierte fácilmente en una contabilidad: cuánto he rezado, cuánto he
trabajado, cuánto he cumplido... y, al mismo tiempo, miro a ver cuánto han
hecho los demás.
El Evangelio nos anuncia algo mucho
más liberador: Dios no nos ama porque nosotros seamos buenos; su amor es el
que nos hace capaces de ser buenos.
Los que llegan
a última hora
Hay algo especialmente conmovedor
en esos hombres de la parábola que permanecen todo el día en la plaza sin que
nadie los haya contratado.
Cuando queda apenas una hora, el
dueño los llama.
No parece que realmente los
necesite. Una hora de trabajo apenas cambiará el resultado de la vendimia.
Pero los necesita a ellos. No
quiere que terminen el día abandonados, sin trabajo y sin dignidad. Les ofrece
la posibilidad de participar, de sentirse necesarios. Y al final les da lo
necesario para vivir.
Esto debería hacernos pensar.
Porque quizá nosotros nos sentimos
muchas veces como trabajadores de primera hora: tenemos una larga historia
cristiana, años de fidelidad, de esfuerzo y de servicio. Y podemos terminar
pensando que todo eso nos da derechos sobre Dios y sobre los demás.
Pero, en realidad, todos somos
trabajadores de la última hora.
Todo lo que somos lo hemos
recibido: la fe, las personas que nos han ayudado, las oportunidades que hemos
tenido, incluso nuestra capacidad de responder a Dios.
Por eso, cuando dejamos de utilizar
la calculadora, empezamos a comprender la gracia.
Convertirse a la bondad
Isaías nos recuerda en la primera
lectura: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis
caminos».
Ese es precisamente el problema de
los trabajadores de la primera hora: no comprenden la lógica del propietario
porque siguen pensando con la lógica del cálculo. También nosotros necesitamos
convertirnos de una fe basada en los méritos a una fe basada en la confianza.
No se trata de dejar de hacer el
bien, sino de hacer el bien sin convertirlo en una factura que presentamos a
Dios o a los demás.
El verdadero discípulo no mira con
resentimiento al que llega tarde, al último. Se alegra de que también él haya
encontrado un lugar en la viña.
Y esto tiene consecuencias
concretas: cuando acogemos al que llega de fuera, al emigrante, cuando damos
una nueva oportunidad al que se ha equivocado, cuando dejamos de etiquetar a
una persona por su pasado, cuando no medimos su valor por lo que produce o por
lo que puede devolvernos.
También el perdón exige
abandonar la calculadora. Perdonar no significa negar la injusticia, sino
impedir que el mal recibido termine gobernando nuestro corazón.
Pidamos al Señor que nos libere de
una fe estrecha, basada en méritos y derechos. Que nos enseñe a alegrarnos del
bien que reciben los demás. Que nos haga vivir la vida desde la gratuidad y el
perdón.
Porque cuando dejamos de usar la
calculadora en nuestras relaciones, con Dios y con los demás, empezamos a
descubrir qué significa realmente ser discípulos de Cristo.
El Reino de Dios no se compra ni se
merece. El Reino de Dios es gracia. Es don. Es amor gratuito.

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