Hoy
celebramos la fiesta que, más allá de la imagen edulcorada de un improbable Jesús
de cabellos rubios y ojos azules, mostrándonos su corazón, nos vuelve a llamar
a lo esencial del mensaje cristiano: que
Dios es amor y de este amor vivimos nosotros.
Cada
uno de nosotros se hace su idea de Dios, mezclando cosas oídas, convicciones
personales, experiencias vividas más o menos positivas, cierto instinto
religioso, la cultura, el último artículo sensacionalista sobre el Vaticano o
la pederastia, lo que se cuenta sobre supuestos milagros... ¡Si supierais la
cantidad de cosas feas que se oyen decir por ahí de Dios!
Una
cosa que me asombra y a la que no encuentro explicación es por qué a los
humanos nos es tan connatural una visión negativa de Dios, al que vemos como un
Móloc al que rendir cuentas. Un ser perfecto, sí, pero incomprensible, siempre fisgando
lo que hacemos, dispuesto a abandonarnos cuando lo necesitamos, y a castigarnos
en caso de desobediencia a no sé qué cosas. ¿A lo que nos pensamos que es su
voluntad? ¿O a las leyes que creemos que vienen de él? Más aún, según el
parecer de muchos, Dios es textualmente un tipejo al que hay que respetar y
también evitar.
¡Pobre
Dios! No debe ser fácil para Él vérselas con nosotros.
Hemos
de reconocer con honestidad que también nuestro cristianismo ha pintado a Dios
en un modo terrible, como un Dios juez despiadado, al que temer y que es
respetado por temor y no por amor.
Jesús nos desvela, en cambio, el rostro de un Padre que escudriña el horizonte para esperar al hijo que se ha ido, un pastor que busca durante horas a la oveja perdida, el médico que ha venido para curar, el que, incluso pudiendo hacerlo, no juzga. Nos desvela el rostro de un Dios que es amor. Nos conviene escuchar a Jesús y contemplar sus sentimientos para no confundirnos. Hoy quisiera, en concreto subrayar, tres rasgos del amor de Dios, del verdadero amor, manifestado en Jesús.
