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sábado, 20 de junio de 2026

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


Jesús habla hoy a gente que tiene miedo. No a héroes. A gente como nosotros.

"No temáis." Lo repite tres veces en este pasaje. Y eso ya dice algo. Cuando alguien repite tres veces lo mismo, es porque sabe que no vas a obedecer a la primera.

 Lo que Jeremías sabía

Jeremías lo sabía desde antes. Escuchamos hoy que sus propios amigos le tienden trampas. Que espían sus pasos. Que quieren denunciarlo.

Y él, en medio de eso, no calla. No se esconde. Dice: "El Señor está conmigo como un guerrero poderoso."

No dice que no tiene miedo. Dice que confía en Dios a pesar del miedo. Eso es distinto.

 Dios y los gorriones

Jesús pone un ejemplo que parece menor: los gorriones. "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Pues ninguno cae en tierra sin que lo sepa vuestro Padre."

Un gorrión vale medio cuartillo. Es el animal más barato del mercado. Y aun así, cuenta para Dios.

Luego viene la frase que cambia de escala: "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." Es una exageración deliberada. Nadie cuenta cabellos. Nadie. Pero Dios, sí.

¿Qué nos dice esto? Que no hay nada en tu vida, por pequeño o por vergonzoso que parezca, que esté fuera del cuidado de Dios. Nada.

 Megáfonos en los tejados

"Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en plena luz; lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados."

Jesús habla de tejados. De plazas. De plena luz. No de sacristías. No de pequeños grupos de iniciados. Habla de la calle. Y cuando esto lo vemos en la visita a España del Papa León, entusiasma a unos y otros. A todos.

Pero aquí tenemos que ser honestos. Porque a muchos de nosotros nos pasa lo contrario: somos cristianos con muchos paréntesis. Creemos, sí, pero con reservas. Con objeciones estratégicas. Para no dar mala impresión ante el mundo moderno, tolerante, progresista, que sin embargo solo tolera a los que piensan como él.

Y no estoy hablando de imponer nada a nadie. Estoy hablando de algo más simple y más difícil: de no avergonzarse de ser cristiano.

El riesgo en nuestra España de hoy no es tanto el fundamentalismo religioso como el riesgo de la insignificancia social. Una fe que se queda encerrada en el templo, que no contagia la vida real, que no toca la economía, las decisiones, las familias. Esa fe se convierte en folklore.

 ¿Cuánto te cuesta?

Ser testigo tiene un coste. Jesús no lo oculta. Habla de los que matan el cuerpo. Habla de miedo. Y luego pide que lo reconozcamos a Él ante los hombres.

Pienso en los coptos que iban en peregrinación a un monasterio y los mataron simplemente porque eran cristianos. Pienso en los veinticinco millones de mártires del siglo XX. Eso es el coste máximo.

Pero también hay costes menores, y no por eso más fáciles: la mirada de sospecha en el trabajo cuando alguien sabe que eres cristiano. El chiste fácil. La decisión honesta que has tomado y que nadie aplaude. El mantener una postura firme cuando todos te piden que cedas.

Hazte esta pregunta: ¿cuánto te cuesta a ti ser cristiano? ¿Nada? Mala señal.

San Pablo lo dice de otro modo en la segunda lectura. Habla de la gracia que desborda y que supera el pecado. La gracia de Cristo es mayor que cualquier cosa que tengamos que pagar por ser sus testigos.

No tenemos que ser perfectos para anunciar el Evangelio. Somos la comunidad de los perdonados, no de los perfectos. Eso es precisamente lo que hace creíble el mensaje: que gente como nosotros, con nuestros miedos y nuestras contradicciones, haya encontrado algo tan real que no puede callarse.

"No temáis." Lo dijo Jeremías. Lo dice Jesús. Y lo dice hoy a nosotros. No temáis y vivid la fe en vuestra vida. Que así sea.

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