Jesús habla hoy a gente que tiene miedo. No a
héroes. A gente como nosotros.
"No temáis." Lo repite tres veces en este pasaje. Y eso
ya dice algo. Cuando alguien repite tres veces lo mismo, es porque sabe que no
vas a obedecer a la primera.
Lo que Jeremías sabía
Jeremías lo sabía desde antes. Escuchamos hoy
que sus propios amigos le tienden trampas. Que espían sus pasos. Que quieren
denunciarlo.
Y él, en medio de eso, no calla. No se
esconde. Dice: "El Señor está conmigo como un guerrero poderoso."
No dice que no tiene miedo. Dice que confía en
Dios a pesar del miedo. Eso es distinto.
Dios y los gorriones
Jesús pone un ejemplo que parece menor: los
gorriones. "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Pues ninguno cae
en tierra sin que lo sepa vuestro Padre."
Un gorrión vale medio cuartillo. Es el animal
más barato del mercado. Y aun así, cuenta para Dios.
Luego viene la frase que cambia de escala: "Hasta
los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." Es una
exageración deliberada. Nadie cuenta cabellos. Nadie. Pero Dios, sí.
¿Qué nos dice esto? Que no hay nada en tu
vida, por pequeño o por vergonzoso que parezca, que esté fuera del cuidado de
Dios. Nada.
Megáfonos en los tejados
"Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en plena luz; lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados."
Jesús habla de tejados. De plazas. De plena
luz. No de sacristías. No de pequeños grupos de iniciados. Habla de la calle. Y
cuando esto lo vemos en la visita a España del Papa León, entusiasma a unos y
otros. A todos.
Pero aquí tenemos que ser honestos. Porque a
muchos de nosotros nos pasa lo contrario: somos cristianos con muchos
paréntesis. Creemos, sí, pero con reservas. Con objeciones estratégicas. Para
no dar mala impresión ante el mundo moderno, tolerante, progresista, que sin
embargo solo tolera a los que piensan como él.
Y no estoy hablando de imponer nada a nadie.
Estoy hablando de algo más simple y más difícil: de no avergonzarse de ser
cristiano.
El riesgo en nuestra España de hoy no es tanto
el fundamentalismo religioso como el riesgo de la insignificancia social. Una
fe que se queda encerrada en el templo, que no contagia la vida real, que no
toca la economía, las decisiones, las familias. Esa fe se convierte en
folklore.
¿Cuánto te cuesta?
Ser testigo tiene un coste. Jesús no lo
oculta. Habla de los que matan el cuerpo. Habla de miedo. Y luego pide que lo
reconozcamos a Él ante los hombres.
Pienso en los coptos que iban en
peregrinación a un monasterio y los mataron simplemente porque eran cristianos.
Pienso en los veinticinco millones de mártires del siglo XX. Eso es el coste
máximo.
Pero también hay costes menores, y no por eso
más fáciles: la mirada de sospecha en el trabajo cuando alguien sabe que eres
cristiano. El chiste fácil. La decisión honesta que has tomado y que nadie
aplaude. El mantener una postura firme cuando todos te piden que cedas.
Hazte esta pregunta: ¿cuánto te cuesta a ti
ser cristiano? ¿Nada? Mala señal.
San Pablo lo dice de otro modo en la segunda
lectura. Habla de la gracia que desborda y que supera el pecado. La gracia de
Cristo es mayor que cualquier cosa que tengamos que pagar por ser sus testigos.
No tenemos que ser perfectos para anunciar el
Evangelio. Somos la comunidad de los perdonados, no de los perfectos. Eso es
precisamente lo que hace creíble el mensaje: que gente como nosotros, con
nuestros miedos y nuestras contradicciones, haya encontrado algo tan real que
no puede callarse.
"No temáis." Lo dijo Jeremías. Lo dice Jesús. Y lo dice
hoy a nosotros. No temáis y vivid la fe en vuestra vida. Que así sea.

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