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sábado, 8 de agosto de 2026

DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 1 Re 19, 9a.11.13a
Salmo Responsorial: Salmo 84
Segunda Lectura: Rom 9, 1-5
Evangelio: Mt14, 22-33

Hay momentos en los que la fe parece avanzar con facilidad. Todo resulta luminoso. Orar nace espontáneamente; el Evangelio nos habla al corazón; sentimos que Dios está cerca. Pero también llegan otros momentos en los que parece esconderse. La oración se vuelve árida, aparecen las dudas, la vida se complica y nos preguntamos, quizá en silencio: «¿Dónde está Dios?»

Las lecturas de este domingo responden precisamente a esa pregunta. Y lo hacen de una manera sorprendente. Nos dicen que Dios está presente, pero casi nunca donde nosotros esperamos encontrarlo.

El profeta Elías estaba atravesando una profunda crisis. Había defendido con pasión la fe de Israel. Había creído que una gran victoria sobre los profetas de Baal devolvería al pueblo al Dios verdadero. Sin embargo, todo acaba peor de lo que imaginaba. La violencia ha engendrado más violencia, y ahora él huye, cansado y desanimado, hasta desear la muerte.

Entonces Dios lo conduce al monte Horeb, el lugar de la Alianza. Allí Elías espera una manifestación grandiosa. Primero llega un huracán; después un terremoto; luego un fuego. Pero Dios no está en ninguno de ellos. Finalmente se escucha el murmullo de una brisa suave. O, como traducen algunos, «la voz de un silencio tenue». Allí estaba Dios.

Qué actual resulta esta escena.

Vivimos rodeados de ruido. Todo parece necesitar espectáculo, titulares, confrontación, emociones fuertes. También la religión corre ese riesgo cuando busca impresionar más que transformar a las personas. Pensamos que Dios tendrá que manifestarse en acontecimientos extraordinarios, cuando, en realidad, suele esperarnos en el silencio del corazón, en la oración perseverante, en la escucha de la Palabra, en un gesto de amor discreto, en una conciencia que se deja iluminar.

Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo no sea que Dios haya dejado de hablar, sino que nosotros hemos perdido la capacidad de escuchar.

El Evangelio continúa esa misma enseñanza.

Los discípulos atraviesan el lago de noche. El viento es contrario. La barca es zarandeada por las olas. Es una imagen que representa a la Iglesia, pero también a cada uno de nosotros. Hay épocas en las que sentimos que todo se tambalea: una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar, el fracaso de un proyecto, la incertidumbre ante el futuro. Pensábamos que la fe nos evitaría estas tormentas, y descubrimos que también el creyente navega con viento en contra.

sábado, 1 de agosto de 2026

DOMINGO 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 55, 1-3

Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 35.37-39
Evangelio: Mt 14,13-21

Antes de entrar en el Evangelio de hoy conviene mirar alrededor. Vivimos en una sociedad que, aparentemente, lo tiene casi todo. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de consumir, viajar, comunicarnos o entretenernos. Sin embargo, basta escuchar un poco a las personas para descubrir otra realidad: crecen la ansiedad, la soledad, el cansancio interior y la sensación de que, después de tanto esfuerzo, algo esencial sigue faltando.

Tenemos muchas cosas. Pero seguimos teniendo hambre.

No hablo del hambre de pan, aunque tampoco podemos olvidar que demasiados millones de personas siguen padeciéndola. Hablo de esa otra hambre que todos conocemos: hambre de ser queridos de verdad, de encontrar un sentido por el que merezca la pena vivir, de una paz duradera que no dependa de las circunstancias, de una felicidad que no se compre ni se agote.

Precisamente ahí es donde comienza el Evangelio de hoy.

Jesús contempla a la multitud y siente compasión. El evangelista utiliza una palabra muy fuerte: habla de una compasión que nace de las entrañas. Dios no mira el sufrimiento humano desde lejos. No permanece indiferente. Hace suyo nuestro dolor. Conoce nuestras preguntas, nuestros miedos y nuestras búsquedas mejor que nosotros mismos.

Pero entonces ocurre algo sorprendente.

Los discípulos proponen la solución que probablemente también nosotros habríamos propuesto: «Despide a la gente; que cada uno vaya a comprarse comida.»

Es una solución sensata. También muy moderna.

Que cada uno resuelva sus problemas. Que cada uno se salve como pueda.
Que nadie cargue con los demás.

¿No es éste, en el fondo, uno de los mensajes más repetidos de nuestra cultura? Nos educan para competir antes que para compartir; para proteger lo nuestro antes que para preguntarnos quién se va a quedar sin pan; para construir una felicidad privada mientras el sufrimiento ajeno acaba siendo una noticia más que dura apenas unos segundos en la pantalla.

Jesús rompe completamente esa lógica.

«Dadles vosotros de comer.»

No les pide un milagro. Les pide que dejen de desentenderse.

Y ellos responden con una objeción que también nos resulta muy familiar:

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»

Es verdad. Es muy poco.

sábado, 25 de julio de 2026

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: 1 Re 3, 5. 7-12
Salmo Responsorial: Salmo 118
Segunda Lectura: Rom 8, 28-30
Evangelio: Mt 13, 44-52
  

Las tres parábolas que acabamos de escuchar parecen muy sencillas. Hablan de un tesoro escondido, de una perla de gran valor y de una red que recoge toda clase de peces. Pero, en realidad, todas nos hacen la misma pregunta: ¿qué es lo que de verdad merece nuestra vida?

Porque todos buscamos un tesoro. Nadie vive sin él. Todos entregamos nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestras ilusiones a aquello que creemos que nos hará felices.

El problema no es buscar. El problema es buscarlo donde no está.

Vivimos rodeados de voces que nos prometen la felicidad. Unas veces nos dicen que llegará cuando tengamos más dinero; otras, cuando alcancemos el éxito, el reconocimiento o una imagen social perfecta. Cambian las modas, pero el mensaje es siempre el mismo: "todavía te falta algo". Y así podemos pasarnos la vida persiguiendo espejismos.

Jesús, en cambio, nos sorprende con una afirmación desarmante. El Reino de Dios es como un tesoro escondido. Quien lo encuentra descubre algo tan valioso que todo lo demás pasa a un segundo plano. No vende cuanto tiene porque sea un héroe del sacrificio, sino porque ha encontrado algo infinitamente mejor.

Ese fue el caso de Mateo, el evangelista. Cuando Jesús pasó junto a su mesa de recaudador de impuestos, parecía que ya lo tenía todo: dinero, seguridad, influencia. Sin embargo, bastó una mirada y una invitación para que comprendiera que aquello que consideraba una fortuna era, en realidad, demasiado poco para humano corazón. Descubrió el verdadero tesoro y toda su vida cambió de dirección.

Algo parecido encontramos en la primera lectura. Salomón acaba de comenzar su reinado. Es joven y tiene por delante una tarea inmensa. Dios le ofrece pedir lo que quiera. Podría haber elegido riqueza, poder o una larga vida. Sin embargo, pide un corazón sabio para gobernar a su pueblo.

Es una petición admirable porque ha comprendido que la mayor riqueza no consiste en poseer muchas cosas, sino en saber distinguir lo importante de lo secundario. La sabiduría es la capacidad de reconocer dónde está el verdadero tesoro.

sábado, 18 de julio de 2026

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Todos hemos sentido alguna vez la misma pregunta: si el Evangelio lleva dos mil años anunciado, ¿por qué el mundo sigue estando tan lleno de violencia, injusticia y mentira? ¿Ha servido realmente de algo tanta semilla sembrada?

Jesús no esquiva esa pregunta. Al contrario, responde con una parábola desconcertante. El campo es bueno, la semilla es buena, pero también crece la cizaña. Y ambas conviven.

Lo primero que nos recuerda el Señor es algo que fácilmente olvidamos: Dios no ha creado un mundo malo. El libro de la Sabiduría lo afirma con serenidad. La creación lleva la huella de un Dios justo y bueno. A pesar de todo lo que vemos cada día, el bien es más profundo que el mal. El hombre está hecho para amar, aunque esto tantas veces se desfigure. La belleza, la bondad y la verdad siguen brotando silenciosamente en medio de tanta oscuridad.

Quizá el problema es que el mal hace mucho ruido y el bien casi siempre trabaja en silencio.

Vivimos en una cultura fascinada por el conflicto. Las malas noticias ocupan las portadas; el insulto viaja más deprisa que la reconciliación; las redes sociales nos empujan continuamente a elegir bando, a clasificar a las personas entre buenos y malos, a cancelar al que piensa distinto. Nos acostumbramos a mirar el mundo desde la sospecha. Y casi sin darnos cuenta acabamos creyendo que eliminar al adversario resolverá los problemas.

 Cizaña

La parábola proclamada dice exactamente lo contrario.

Cuando los criados proponen arrancar inmediatamente la cizaña, el dueño del campo responde: «No. Esperad.»

No porque el mal le resulte indiferente. Tampoco porque todo dé igual. Sino porque conoce mejor que nosotros el corazón humano. Sabe que quien pretende extirpar el mal con demasiada seguridad acaba, muchas veces, destruyendo también el trigo.

La historia está llena de ejemplos. También los cristianos hemos caído alguna vez en esa tentación. Convencidos de poseer toda la verdad, hemos confundido la defensa del Evangelio con la condena de las personas. Hemos querido construir el Reino separando cuanto antes a los puros de los impuros. Pero Jesús nunca hizo eso.

Porque la frontera entre el bien y el mal no pasa primero entre unos y otros. Pasa por el corazón de cada persona.

Ahí está la gran enseñanza de esta parábola.

sábado, 11 de julio de 2026

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

Vivimos rodeados de palabras. Nunca la humanidad había producido tantas. Noticias, tertulias, mensajes, vídeos, opiniones, publicidad... Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, miles de palabras pasan por nuestra cabeza. Muchas entretienen, algunas indignan, otras tranquilizan por un momento. Pero pocas, muy pocas, cambian realmente la vida.

Y, sin embargo, en medio de ese inmenso ruido sigue resonando una Palabra distinta: la Palabra de Dios.

No grita para imponerse. No compite por captar nuestra atención. No busca hacerse viral. Simplemente espera encontrar un corazón dispuesto a escuchar.

Eso es lo que nos recuerdan hoy las lecturas.

Una Palabra eficaz

El profeta Isaías habla a un pueblo derrotado, cansado de esperar. Todo parecía indicar que las promesas de Dios habían fracasado. Pero el profeta responde con una imagen preciosa: igual que la lluvia no cae inútilmente sobre la tierra, tampoco la Palabra de Dios vuelve a Él sin antes haber dado fruto.

Los tiempos de Dios no son los nuestros. Nosotros buscamos resultados inmediatos; Dios trabaja con la paciencia de quien sabe hacer crecer la vida desde dentro.

Quizá todos hemos experimentado alguna vez que una frase del Evangelio, escuchada casi sin prestar atención, vuelve meses o años después en el momento preciso. Entonces comprendemos que aquella semilla nunca estuvo perdida. Había permanecido silenciosamente en nuestro interior, esperando su hora.

La Palabra de Dios tiene esa fuerza.

Pero el Evangelio añade una pregunta incómoda. Si la semilla es buena, ¿por qué da tan poco fruto?

 El sembrador

Jesús no culpa al sembrador. Tampoco a la semilla. Nos invita a mirar el terreno.

Y aquí la parábola deja de hablar de agricultura para hablar de nosotros.

sábado, 4 de julio de 2026

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30

Después de las grandes solemnidades de la Pascua, Pentecostés, la Trinidad y el Corpus, volvemos al llamado tiempo ordinario. Pero el Evangelio nunca es ordinario. Hoy Mateo nos regala una de las páginas más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Jesús nos dirige unas palabras que parecen escritas para nuestro tiempo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.»

Lo primero que sorprende es que Jesús no se dirige a los fuertes, a los triunfadores ni a quienes creen tener la vida resuelta. Se dirige a los cansados.

Y quizá esa sea la palabra que mejor describe a muchas personas hoy. Vivimos más cómodamente que otras generaciones, disponemos de recursos impensables hace unas décadas, pero, al mismo tiempo, nunca habíamos vivido tan acelerados, tan exigidos y, en el fondo, tan cansados.

No es sólo el cansancio del trabajo. Es el cansancio de tener que demostrar continuamente que valemos. Hay que producir, competir, consumir, estar siempre disponibles, cuidar la imagen, estar a la moda, acumular experiencias, obtener resultados. Parece que una persona sólo merece reconocimiento si consigue destacar.

Sin darnos cuenta, esa lógica termina invadiéndolo todo. También nuestras relaciones, nuestra vida familiar e incluso nuestra vida espiritual. Corremos el riesgo de medirnos siempre por lo que hacemos y nunca por lo que somos.

Es la gran mentira de nuestra cultura: hacernos creer que el valor de una persona depende de su rendimiento.

Frente a esa manera de entender la vida, Jesús proclama algo profundamente revolucionario.

sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42

Hace una semana escuchábamos a Jesús invitándonos a vivir sin miedo. Dios cuida de los gorriones y cuida también de nosotros. Por eso el discípulo no puede esconder su fe ni vivir un cristianismo de puertas adentro. Estamos llamados a seguir a Cristo con confianza y a dar testimonio de Él con nuestra vida.

Pero hoy el Evangelio nos coloca ante unas palabras que, a primera vista, resultan difíciles. Jesús afirma que quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a Él, no es digno de Él. Y nos preguntamos: ¿cómo puede decir esto quien nos ha revelado un Dios tan cercano, tan humano y tan lleno de amor y ternura?

La clasificación del amor

Para entender estas palabras hay que recordar algo fundamental: cuando Jesús habla de Dios no lo hace desde el deber, sino desde el amor.

Muchas personas han vivido la religión como una obligación, como una colección de normas o como una serie de ritos repetidos mecánicamente. Pero el Dios de Jesús es otra cosa. Jesús nos habla de un Dios que quiere entrar en el corazón humano y llenar nuestra vida de sentido y de alegría.

Por eso sitúa a Dios en el lenguaje del amor. Nos dice que la fe no consiste simplemente en cumplir, sino en enamorarse. Descubrir a Dios es descubrir una presencia capaz de iluminar la existencia entera.

Jesús no nos pide que amemos menos a las personas que forman parte de nuestra vida. Nos pide que aprendamos a amarlas mejor. Porque cuando Dios ocupa el centro, el amor deja de ser posesión para convertirse en entrega; deja de buscarse a sí mismo para buscar el bien del otro.

sábado, 20 de junio de 2026

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


Jesús habla hoy a gente que tiene miedo. No a héroes. A gente como nosotros.

"No temáis." Lo repite tres veces en este pasaje. Y eso ya dice algo. Cuando alguien repite tres veces lo mismo, es porque sabe que no vas a obedecer a la primera.

 Lo que Jeremías sabía

Jeremías lo sabía desde antes. Escuchamos hoy que sus propios amigos le tienden trampas. Que espían sus pasos. Que quieren denunciarlo.

Y él, en medio de eso, no calla. No se esconde. Dice: "El Señor está conmigo como un guerrero poderoso."

No dice que no tiene miedo. Dice que confía en Dios a pesar del miedo. Eso es distinto.

 Dios y los gorriones

Jesús pone un ejemplo que parece menor: los gorriones. "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Pues ninguno cae en tierra sin que lo sepa vuestro Padre."

Un gorrión vale medio cuartillo. Es el animal más barato del mercado. Y aun así, cuenta para Dios.

Luego viene la frase que cambia de escala: "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." Es una exageración deliberada. Nadie cuenta cabellos. Nadie. Pero Dios, sí.

¿Qué nos dice esto? Que no hay nada en tu vida, por pequeño o por vergonzoso que parezca, que esté fuera del cuidado de Dios. Nada.

 Megáfonos en los tejados

"Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en plena luz; lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados."

sábado, 13 de junio de 2026

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Andaban como ovejas sin pastor

Primera Lectura: Ex 19, 2-6a
Salmo Responsorial:  Sal 99
Segunda Lectura: Rom 5, 6-11
Evangelio: Mt 9, 36 - 10, 8

 

La conversión nace de la misericordia. Así le ocurrió a Mateo. No cambió porque fuera mejor que los demás, sino porque se sintió mirado, acogido y llamado por Jesús. La fe comienza muchas veces ahí: cuando descubrimos que Dios nos ama antes de que hayamos arreglado nuestra vida.

Los contemporáneos de Jesús quedaron desconcertados. Aquel maestro parecía sentirse más cómodo entre pecadores que entre los satisfechos de sí mismos. Entraba en las casas de los publicanos, compartía mesa con ellos y les devolvía una dignidad que muchos les negaban. Así es el rostro de Dios que revela Jesús: no el de quien selecciona a los mejores, sino el de quien sale al encuentro de los heridos.

En alas de águila

La primera lectura nos recuerda un momento decisivo de la historia de Israel. Dios dice a su pueblo: «Os llevé sobre alas de águila». Antes de pedir nada, Dios recuerda lo que ha hecho por ellos. Antes de la ley está la gracia. Antes de la respuesta humana está siempre la iniciativa de Dios.

También nosotros podríamos recorrer nuestra propia historia y descubrir momentos en los que el Señor nos sostuvo, nos levantó o nos condujo cuando apenas éramos conscientes de ello.

San Pablo lo expresa con una claridad desarmante: «Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros». Éste es el escándalo del Evangelio. Vivimos en una cultura donde casi todo hay que ganarlo, demostrarlo o merecerlo. El valor de las personas suele medirse por el éxito, la productividad o la imagen que proyectan. Sin embargo, Dios no funciona así. Dios no nos ama porque seamos valiosos; somos valiosos porque Dios nos ama.

La salvación no es un premio para los perfectos. Es un regalo para quienes se dejan encontrar.

La compasión de Jesús

El Evangelio nos presenta a Jesús contemplando a la multitud. Y lo que siente no es irritación, ni desprecio, ni juicio. Siente compasión.

Jesús ve personas cansadas, desorientadas, heridas, «como ovejas sin pastor». Podríamos decir que sigue viendo lo mismo hoy.

sábado, 30 de mayo de 2026

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev

Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18


A menudo llevamos dentro una imagen equivocada de Dios.

No siempre lo decimos, pero aparece enseguida cuando la vida se complica: pensamos en un Dios lejano, exigente, imprevisible. Un Dios que calla mientras el mundo sufre. Y entonces nacen preguntas muy humanas: ¿por qué tanto dolor?, ¿por qué tanta injusticia?, ¿dónde está Dios?

La verdad es que muchas personas no rechazan al verdadero Dios. Rechazan una caricatura de Dios. Y quizá nosotros mismos, a veces, seguimos creyendo más en un dios severo y controlador que en el Dios que Jesús anuncia.

Por eso esta fiesta de la Trinidad es importante. No celebra una teoría complicada sobre Dios. Celebra una revelación: cómo es realmente Dios.

Y lo primero que descubrimos en la Biblia es algo sorprendente. Cuando Dios se presenta a Moisés no lo hace mostrando poder, sino misericordia. Se define como compasivo, paciente, rico en amor y fidelidad.

Eso ya rompe muchos de nuestros esquemas.

Porque nosotros solemos admirar la fuerza, el éxito, la eficacia. Dios, en cambio, pone en el centro la ternura y la fidelidad.

Y quizá necesitamos escuchar esto hoy más que nunca.

Vivimos en una sociedad cansada. Muy conectada, pero muy sola. Una sociedad donde cuesta confiar y donde muchas personas viven permanentemente defendiéndose. Hay miedo a no valer, a no dar la talla, a quedarse atrás.

Y poco a poco trasladamos esa lógica también a Dios. Pensamos que Dios nos quiere cuando respondemos, cuando somos buenos, cuando hacemos las cosas bien.

Pero el Evangelio de hoy dice exactamente lo contrario: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”.

No dice: “Tanto premió Dios al mundo”. Dice: “Tanto amó”.

Dios, ante todo, ama. Ama gratuitamente. Ama incluso este mundo frágil y contradictorio que tantas veces nosotros despreciamos o condenamos.

Y eso cambia completamente la fe cristiana.

Porque Jesús no vino a aumentar el miedo religioso. Vino a enseñarnos el rostro verdadero de Dios.

sábado, 14 de febrero de 2026

DOMINGO 6º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Eclo 15, 16-21
Salmo Responsorial: Sal 118
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 6-10
Evangelio: Mt 5, 17-37

 


“Ni una sola coma…”

Si no dejamos que la página de las bienaventuranzas nos ilumine, dé sabor a nuestra vida y nos convierta en una ciudad puesta en lo alto del monte, visible…
¿para qué sirve entonces llamarnos cristianos?

Hoy Jesús continúa su gran discurso. Y lo hace aclarando algo esencial.
Él no es un anarquista que venga a abolir las normas. Pero tampoco es un bonachón que diga que todo da igual, como si el amor fuera solo seguir el propio deseo y Dios tuviera que adaptarse a nuestros apetitos.

Jesús no viene a tirar la Ley por la ventana. Viene a llevarla a su origen, a su verdad más honda. A colocarla en el corazón.

Porque el gran riesgo de toda fe —también de la nuestra— es acomodarse, bajar el listón, vivir por inercia. La fe vivida por costumbre puede parecer correcta, incluso respetable… pero no genera discípulos. Genera tradición sin vida.

En un mundo que avanza deprisa, la fe corre el peligro de parecer atada al pasado, refugiada en una nostalgia tranquilizadora. Y Jesús no llama a eso. Llama a dar fruto.

La palabra Torá solemos traducirla como “ley”. Pero su raíz hebrea describe el vuelo de una flecha. La Ley no es un peso que aplasta, sino una dirección. Una indicación dada por Dios para que el ser humano alcance la vida.

Por eso Jesús dice algo tan radical: no se puede cambiar ni una coma.
No porque Dios sea puntilloso, sino porque tocar una coma es desviar la flecha.
Y desviar la flecha es perder el camino.

A partir de ahí, Jesús se atreve a algo inaudito. Repite una y otra vez: “pero yo os digo”. Y con esas palabras se coloca en una autoridad que nadie se había atribuido jamás. Relee la Ley y la devuelve a su verdad.

sábado, 7 de febrero de 2026

DOMINGO 5º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 58, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 111
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 1-5
Evangelio: Mt 5, 13-16

Al escuchar el Evangelio de hoy, es muy probable que más de uno haya pensado que la página de las bienaventuranzas que proclamamos el domingo pasado es, sinceramente, algo para locos. Y si lo habéis pensado, tenéis toda la razón. Las palabras de Jesús chirrían en nuestros oídos, especialmente en estos tiempos donde parece triunfar exactamente todo lo contrario a lo que ellas proclaman. Vivimos en un momento de incertidumbre, donde muchos barruntamos lo peor y nos asaltan las dudas.

¿Tendremos que resignarnos ante la situación y simplemente olvidar las bienaventuranzas? ¿Estamos llamados a ser como esos cristianos que dejan su fe encerrada en un cajón para sacarla a pasear solo el domingo, mientras el resto de la semana viven bajo la ley del "sálvese quien pueda"? ¿Tiene verdaderamente sentido guardar en el corazón estas palabras y tratar de orientar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios?

Son preguntas espinosas, ciertamente. Pero no son nuevas. Los primeros cristianos también se las hacían cuando se enfrentaban a las dificultades de cada día, a las incomprensiones de sus comunidades y al peso de una sociedad agresiva y decadente. Tal como nos sucede hoy a nosotros.

Jesús y las bienaventuranzas

Jesús no nos pide algo que Él mismo no haya hecho antes: Él vive las bienaventuranzas que proclama. Al hacerlo, nos desvela el verdadero rostro de Dios —un Dios que está muy lejos de nuestros miedos— y nos muestra el rostro de una persona que está en el polo opuesto de lo que el mundo suele valorar.

Lo más impresionante es que, ante nuestra perplejidad, Jesús, en vez de bajar el listón, lo levanta. No busca apaños ni pone sordina a su mensaje; apunta más alto todavía y nos lanza un desafío directo: "¿Si la sal pierde su sabor, con qué la salaremos?".

 Sabores

La fe no es un adorno, es lo que aliña nuestra vida. El Evangelio es esa pizca de sal que da sabor a todo lo demás. Quien ha experimentado la belleza de Dios sabe que su vida cambia al ser iluminado por la Palabra. Empezamos a vernos a nosotros mismos y a los demás de manera diferente. Poseemos una clave de lectura nueva para la historia: el mundo ya no es una sucesión de hechos violentos e inexplicables, sino la manifestación del gran proyecto de amor que Dios tiene para la humanidad. Y eso, hermanos, le da un sabor nuevo a la existencia.

sábado, 31 de enero de 2026

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12

Bienaventurados nosotros

El Mahatma Gandhi decía que el Sermón del Monte es una de las páginas más luminosas de la literatura universal. Y no le faltaba razón. En pocas líneas, Jesús traza lo que podríamos llamar la Carta Constitucional del Reino de Dios.

Mateo nos lo presenta como un nuevo Moisés que, desde la montaña, entrega no unas tablas de piedra, sino una manera nueva de vivir. Y comienza, de forma provocadora, con las Bienaventuranzas. Un texto muy conocido, muy repetido… y, la verdad, poco comprendido.

Porque son ocho afirmaciones que nos descolocan. Ocho frases que, si las tomáramos en serio, pondrían patas arriba muchas de nuestras seguridades. Tal vez por eso las domesticamos a nuestro gusto. O las ignoramos.

Pero antes de llegar al monte, la liturgia nos ha hecho escuchar a Sofonías. Y eso no es casual.

El resto humilde

El profeta anuncia algo desconcertante: Dios no va a apoyarse en los poderosos, ni en los autosuficientes, ni en los que se creen fuertes. Dice: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Esto no es un elogio de la miseria. Es una afirmación teológica muy seria.
Para Sofonías, el futuro de Dios pasa por un resto pequeño, sin arrogancia, sin engaño, sin falsa seguridad. Personas que no tienen donde apoyarse salvo en el Señor.

Ahí ya están, en germen, las bienaventuranzas. Antes de que Jesús las proclame, Dios ya ha elegido el camino de los pequeños.

¿Bienaventurados los desgraciados?

Jesús se atreve a decir dónde está la felicidad, el sentido de la vida, la realización verdadera. Y lo hace de un modo desconcertante.

Habla de pobreza, de llanto, de mansedumbre, de persecución. Y uno se pregunta: ¿Está Jesús exaltando el sufrimiento? ¿Está diciendo que la vida cristiana es triste y resignada? ¿Vuelve el tópico de una religión que glorifica el dolor?

No. En absoluto.

sábado, 24 de enero de 2026

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 8,23b - 9,3
Salmo responsorial: Salmo 26
Segunda lectura: 1 Cor 1,10 -13.17
Evangelio: Mt 4,12-23

Los comienzos de la predicación de Jesús están marcados por un hecho doloroso: la detención de Juan Bautista. Algo se cierra. Y, a la vez, algo nuevo empieza.

Jesús vuelve a Galilea, pero ya no regresa a Nazaret. Se instala en Cafarnaúm, una ciudad de frontera, con presencia romana, comercio, mezcla cultural y religiosa. No es un detalle geográfico sin más. Es una decisión teológica. Jesús empieza desde ahí.

A veces los acontecimientos negativos, los fracasos o los cortes bruscos de la vida, no son solo pérdidas. Abren caminos que nunca habríamos elegido. En la historia de la Iglesia y en nuestra propia historia personal ocurre una y otra vez. Dios escribe recto con renglones torcidos. No es una frase piadosa. Es una experiencia real.

Galilea de los gentiles

Mateo lo subraya citando a Isaías: Zabulón y Neftalí, Galilea de los gentiles. Territorios despreciados, marcados por el mestizaje, por una fe considerada impura, poco fiable. Desde Jerusalén se los miraba por encima del hombro. Nada bueno podía salir de allí.

Pues bien, exactamente desde ahí empieza Jesús a anunciar el Reino.

Dios suele actuar así. Prefiere los márgenes al centro, las fronteras a los espacios seguros. No se instala donde todo está claro y ordenado, sino donde la vida es confusa, mezclada, frágil. Donde las personas viven con preguntas abiertas, con fe a medias, con deseos que no siempre saben formular.

Y, si somos sinceros, ahí estamos también nosotros muchas veces. Un poco galileos. Creyentes, sí, pero más en el deseo que en la coherencia. Hijos de nuestro tiempo, con fe mezclada, con dudas, con búsquedas reales. No desde la perfección, sino desde la necesidad.

A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su primera palabra:
«Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca».

sábado, 17 de enero de 2026

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

"Éste es el el Cordero de Dios..."
Primera Lectura: Is 49, 3.5-6
Salmo Responsorial:   Salmo 39
Segunda Lectura: 1 Cor 1,1-3
Evangelio: Jn 1, 29-34
  

El Evangelio de hoy tiene algo de escena coral, casi un pequeño “baile de Juanes”. Está Juan, el evangelista, que nos narra el episodio, y está Juan Bautista, el testigo directo, el que habla desde lo que ha visto y experimentado a orillas del Jordán. Y lo que confiesa no es poco: aquel hombre que se acerca, Jesús, el hijo de José, el de Nazaret, es nada menos que el Hijo de Dios. El esperado. El inaudito.

No somos cristianos por una sensibilidad religiosa especial ni por algunas devociones que nos reconfortan. Somos cristianos porque creemos que un carpintero de Nazaret es la presencia misma de Dios en la historia. Jesús no es solo una buena persona ni un profeta lúcido e incomprendido: es el rostro visible de Dios, su Palabra hecha carne.

Y Juan va aún más lejos. Dice que ve a Jesús venir hacia él. No es un detalle secundario. En el origen de la fe no está la búsqueda humana, sino un Dios que toma la iniciativa, que se pone en camino, que sale al encuentro. Y Juan añade una palabra desconcertante: “Este es el Cordero de Dios”.

Cordero

El cordero es el animal indefenso, el que no se resiste, el que carga con lo que no le pertenece. Juan intuye, quizá sin comprenderlo del todo, que en Jesús se unen la mansedumbre y la decisión, la fuerza y la entrega confiada. Y ante ese misterio, Juan —la voz potente del desierto— se queda casi sin voz.

Porque, en el fondo, Juan se equivoca en su expectativa inicial. Él esperaba un Mesías que separara, que juzgara, que prendiera fuego a la paja y talara los árboles estériles. Pero el que llega no arrasa, sino que cava alrededor del árbol y lo cuida con paciencia. El asombro de Juan es también el nuestro. Nuestro Dios no suele parecerse al que imaginamos. Y cuando se nos revela de verdad, nos descoloca.

Espíritu

El asombro crece todavía más cuando Juan confiesa algo decisivo: ha visto al Espíritu descender y permanecer sobre Jesús. No es un momento pasajero. El Espíritu habita en Él. Todo en Jesús está lleno de interioridad, de una profundidad que se transparenta en sus gestos, en su manera de estar, incluso antes de pronunciar palabra alguna.

sábado, 22 de noviembre de 2025

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (Ciclo C)

Primera lectura: 2 Sam 5, 1-3
Salmo Responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Col 1, 12-20
Evangelio: Lc 23, 35-43



Este es el último domingo del año litúrgico; el próximo domingo comenzamos ya con la celebración del Adviento. Pero hoy celebramos la verdadera locura del cristianismo que, si se tomara en serio, nos haría ponernos de rodillas a todos para adorar la infinita grandeza de Dios.

Hoy celebramos la realeza de Cristo o, como describe pomposamente la rúbrica del Misal, la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

Las instituciones humanas se tambalean. El domingo pasado, la constatación de las ansiedades y las angustias de nuestro tiempo nos oprimía el corazón a todos, más o menos creyentes; por eso no nos disgustaría un bonito desenlace de la historia, con la llegada de los nuestros, del "séptimo de caballería" como en las películas del oeste de los años sesenta del siglo pasado. ¡Ya era hora! ¡Por fin! ¡Nos faltaba algo así! Cristo Rey...

¿Pero de dónde es rey este Jesús?

 Mirar más allá

Las razones para el desánimo no faltan, y la frágil historia hecha de armas y de violencia sigue dictando su ley. No han cambiado mucho las cosas en estos dos mil años de cristianismo, y el Reino de Dios parece ser un bonito proyecto que se ha quedado sobre el papel, una inspiración espiritual de algún soñador.

La fiesta de hoy, en cambio, es una provocación a nuestra fe tibia, que desafía a nuestra frágil cultura actual, a nuestro cristianismo miope hecho de pequeños proyectos.

Que Cristo es rey quiere decir que Él tendrá la última palabra sobre toda la Historia, sobre cada historia y sobre mi historia personal. Decir que Cristo es rey significa no rendirse a lo que parece una evidente derrota de Dios y del hombre; significa creer que el mundo no se está precipitando en el caos, sino en el abrazo tierno y fecundo del Padre. Decir que Cristo es rey significa crear espacios de presencia del Reino allí donde estemos viviendo nuestra vocación a la vida, crear pequeños espacios que digan, como una publicidad, a los extraviados de corazón: ¡Eh, que Dios os quiere!

Hoy es la fiesta en la que la comunidad cristiana mira hacia adelante, más allá, dentro y fuera de nuestros límites y de nuestros esfuerzos, porque la medida para juzgar si somos Iglesia, o no, es y será siempre la realización, o no, del Reino de Dios.

 Un rey extravagante

La realeza de Jesús es, ciertamente, una majestad que contradice nuestra visión de Dios. Porque este Dios es el más derrotado de todos los derrotados, más frágil que cualquier fragilidad. Un rey sin trono y sin cetro, colgado desnudo en una cruz, un rey que necesita un cartel —INRI— para ser identificado. "Mi reino no es de este mundo".

Este es nuestro Dios: un Dios derrotado.

sábado, 15 de noviembre de 2025

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera lectura: Mal 3, 19-20
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 2 Tes 3, 7-12
Evangelio: Lc 21, 5-19

La finalidad de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar no es describir el futuro, sino darnos como creyentes fuerza y coraje para que podamos vivir con autenticidad el seguimiento de Jesús, en medio de las pruebas y dificultades, reconociendo el valor que tiene el tiempo presente.

Está claro que las cosas no van bien, lo sabemos de sobra. Los acontecimientos del mundo nos inquietan y mucho. La tragedia diaria e imparable de los emigrantes tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, los millares de muertos que buscaban una vida mejor (unos 28.000 en los últimos 8 años); la guerra en Ucrania que es una catástrofe de consecuencias imprevisibles; el inestable alto el fuego en Gaza tras su destrucción; la violencia fanática del extremismo islámico; las olvidadas guerras en África que se eternizan, mientras Europa mira hipócritamente para otra parte; la economía mundial que no termina de activarse sino que empeora cada día; la mala política que hace huir de su entorno a las personas normales y honradas que desean un mundo mejor; un mundo occidental que se jacta de haber recuperado, en nombre de la libertad, cualquier forma de suicidio u homicidio: la muerte dulce, el suicidio asistido, la supresión de enfermos mentales. Una absoluta falta de humanismo que parece llevarnos a la destrucción.

Y no hablemos de las situaciones personales. Cada día, en el acompañamiento personal, en el confesionario, o por correo, me llegan realidades dolorosas, a las que a veces no sé cómo responder, pero que siempre llevo a mi oración de creyente. Confío al Señor a quien ha perdido a sus hijos o hermanos en la flor de la vida, o todavía creciendo; a quien sufre la ansiedad por un hijo con una enfermedad que nadie logra diagnosticar; el desaliento de quien estando perdidamente enamorado ve que ese amor se le escurre entre los dedos hasta dar al traste con su matrimonio, sin poder hacer nada... Vosotros mismos podéis ir añadiendo a la lista otras tantas situaciones personales que, sin duda, conocéis.

 Se acabó el tiempo

En este penúltimo domingo del año litúrgico, el evangelista Lucas se dirige a su comunidad —y a nosotros— hablando de los últimos tiempos, que ya han comenzado con la resurrección de Jesucristo. No nos habla del final del mundo sino de la meta a alcanzar. No nos habla de una explosión destructora del cosmos sino del sentido último de la historia.