Primera Lectura: Zac 9, 9-10
Después de las grandes solemnidades de la Pascua, Pentecostés, la Trinidad y el Corpus, volvemos al llamado tiempo ordinario. Pero el Evangelio nunca es ordinario. Hoy Mateo nos regala una de las páginas más bellas de todo el Nuevo Testamento.
Jesús nos dirige unas palabras que parecen escritas para
nuestro tiempo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo
os aliviaré.»
Lo primero que sorprende es que Jesús no se dirige a los
fuertes, a los triunfadores ni a quienes creen tener la vida resuelta. Se
dirige a los cansados.
Y quizá esa sea la palabra que mejor describe a muchas
personas hoy. Vivimos más cómodamente que otras generaciones, disponemos de
recursos impensables hace unas décadas, pero, al mismo tiempo, nunca habíamos
vivido tan acelerados, tan exigidos y, en el fondo, tan cansados.
No es sólo el cansancio del trabajo. Es el cansancio de
tener que demostrar continuamente que valemos. Hay que producir, competir,
consumir, estar siempre disponibles, cuidar la imagen, estar a la moda, acumular
experiencias, obtener resultados. Parece que una persona sólo merece
reconocimiento si consigue destacar.
Sin darnos cuenta, esa lógica termina invadiéndolo todo.
También nuestras relaciones, nuestra vida familiar e incluso nuestra vida
espiritual. Corremos el riesgo de medirnos siempre por lo que hacemos y nunca
por lo que somos.
Es la gran mentira de nuestra cultura: hacernos creer
que el valor de una persona depende de su rendimiento.
Frente a esa manera de entender la vida, Jesús proclama algo profundamente revolucionario.
«Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas
a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.»
No está diciendo que la ignorancia sea una virtud ni que
Dios desprecie la inteligencia. Lo que Jesús denuncia es otra cosa: la
autosuficiencia de quien cree que ya lo sabe todo y ya no necesita recibir nada
de nadie.
Los sencillos no son los que saben menos. Son los que
todavía son capaces de dejarse sorprender por Dios.
Por eso la primera lectura presenta al Mesías esperado entrando
en Jerusalén sin caballos de guerra ni carros de combate. Llega humilde,
montado sobre un borrico. Dios no se impone por la fuerza. No necesita exhibir
poder para salvar. Su autoridad nace del amor.
Y esa sigue siendo hoy la lógica del Reino.
Mientras nuestra sociedad admira al que vence, al que
sobresale y al que acumula éxito, Dios sigue mirando donde casi nadie mira: al
corazón de las personas.
No porque idealice la pobreza o el fracaso. El Evangelio no
hace un elogio de la derrota. Dios quiere que toda persona viva con dignidad y
luche contra todo aquello que humilla al ser humano.
Pero tampoco acepta que el éxito sea la medida del valor de
una vida.
Una persona no vale más porque gane más dinero, tenga más
influencia o reciba más aplausos. Tampoco vale menos porque atraviese un
fracaso, una enfermedad o una etapa de oscuridad.
Ante Dios, cada ser humano posee una dignidad que no
necesita ser conquistada porque ha sido recibida como un don.
Ésta es la verdadera liberación que trae Cristo.
Por eso invita a los cansados a acercarse a él. No les
promete una vida sin problemas ni una existencia cómoda. Les ofrece algo mucho
más profundo: vivir libres de la esclavitud de tener que justificarse
continuamente.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.»
La mansedumbre de Jesús no es debilidad. Es la fuerza de
quien ya no necesita imponerse para demostrar quién es. La humildad no consiste
en pensar mal de uno mismo, sino en dejar de vivir obsesionado por uno mismo.
Quizá ahí esté una de las conversiones más urgentes para
nosotros.
Vivimos en una cultura que convierte casi todo en mercancía:
el tiempo, el prestigio, la belleza, el éxito e incluso las personas. El
mercado sabe poner precio a casi todo, pero sigue sin saber el valor de un
ser humano.
Ese valor sólo lo conoce Dios.
Y precisamente porque sabemos cuánto vale cada persona a sus
ojos, los cristianos no podemos desentendernos de las heridas de este mundo. La
fe nunca es una huida de la historia. Al contrario. Quien ha descubierto que
toda persona es amada gratuitamente por Dios no puede aceptar una sociedad que
descarta a los débiles, convierte al pobre en invisible o mide la dignidad por
la utilidad.
Seguir a Cristo es comprometerse con una humanidad más
justa, pero hacerlo desde una libertad nueva: no para demostrar que somos
mejores, sino porque hemos aprendido de Él.
Al final, todos tendremos momentos de cansancio. Todos experimentaremos
límites, fracasos y decepciones. La cuestión no será si hemos vencido más que
los demás, sino desde dónde hemos vivido.
Jesús sigue repitiéndonos hoy la misma invitación:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados.»
No es una invitación a abandonar el mundo, sino a habitarlo
de otra manera. A trabajar, servir, amar y luchar por la justicia sin convertir
el éxito en nuestro dios.
Porque, al final, el descanso que Cristo promete nace de una
certeza que ninguna crisis puede destruir: antes de hacer nada para Dios, ya
somos infinitamente amados por Él.

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