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sábado, 15 de julio de 2023

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

En el corazón del verano hablamos de la Palabra de Dios. Palabra que llena, que sacude, que convierte, que reanima, que impacta, que consuela. Palabra que penetra como una espada de doble filo en las profundidades de nosotros mismos, hasta los abismos del corazón, para juzgar e iluminar, para desvelarnos el verdadero rostro de Dios y para desvelarnos a nosotros mismos lo que somos.

La Palabra que escuchamos cada domingo, y que intentamos convertir en nuestra luz y nuestro empeño de cada día. Palabra solemnemente recobrada para el pueblo de Dios después del Concilio Vaticano II pero que, desafortunadamente, todavía hoy es muy desconocida para la mayoría de los creyentes, incluso los cristianos.

Es muy desalentador ver así a muchas personas que ignoran los evangelios y siguen, sin embargo, la profecía del último adivino de turno, o incluso del teólogo de moda; entristece escuchar muchas prédicas que hablan de todo, menos de comentar la Palabra solemnemente se ha proclamado unos instantes anteriores; inquieta ver cómo se apunta a la Iglesia por sus impopulares posiciones éticas y no se alude nunca a ella cuando, fiel al mandato recibido por el Señor, proclama la Buena Noticia a todas las gentes.

Al principio del verano, la Palabra que hemos escuchado reflexiona sobre ella misma para recordarnos que Dios no se cansa de nosotros, que la eficacia de sus palabras no está determinada por nuestra capacidad de repetirlas, sino de acogerlas en el corazón y en la vida.

Una Palabra eficaz

Isaías, el tercer Isaías, habla al desmoralizado pueblo de Israel que estaba desterrado en Babilonia. Habían pasado ya muchas décadas desde que el profeta Ezequiel había hecho promesas de retorno, pero ya nadie pensaba en serio que se pudiera volver a Jerusalén.

La profecía, entonces, se alza con firmeza: la lluvia y la nieve fecundan la tierra y sólo vuelven al cielo después de haber cumplido su misión. Así será Palabra de Dios.

Ciertamente, los tiempos de Dios no son los nuestros, pero la eficacia de sus promesas es indiscutible.

Isaías también nos invita a nosotros, exiliados del Reino de Dios, a no desanimarnos en estos tiempos difíciles, sino a perseverar en la lectura y en la meditación frecuente y aún diaria de la Biblia.

Tal vez la Palabra que estudiamos y escuchamos, que profundizamos y oramos, no nos dice nada en el momento de oírla. Pero, creedme, lo he experimentado cientos de veces: una Palabra acogida en el corazón vuelve a la mente cuando menos lo esperamos.

La Palabra de Dios es eficaz, pero si no la conocemos, si la ignoramos, o si la dejamos al lado y al mismo nivel de otras muchas – demasiadas - palabras humanas, no podrá fecundar nuestro corazón ni dar el fruto que deseamos.

El sembrador

La parábola del sembrador es una de las pocas explicadas directamente por el Señor. Jesús habla de ello en un momento no fácil de su misión, en el que tiene la triste impresión de que sus palabras están siendo tergiversadas y distorsionadas. Es una parábola de trazos oscuros y problemáticos. Tal parece que la eficacia de su predicación esté siendo neutralizada por las diversiones, por las preocupaciones de la vida, y por las maniobras del adversario.

Pero lo más asombroso es que, a pesar de todo, el sembrador lanza la semilla con abundancia. También en las piedras y entre las zarzas. Esa era la técnica que se empleaba para sembrar en la época: primero se lanzaba la semilla a voleo y después se mezclaba con los terrones mediante el arado.

Pero lo que subraya esta estampa campesina es el optimismo de Dios que sigue sembrando su Palabra en este mundo, ahogado con tantas palabras, que relega la Palabra de Dios al testimonio aburrido de una religiosidad arcaica y popular, reducida a palabras inútiles, que hacen sonreír por su desconcertante ingenuidad.

Y no es así, la Palabra no es para nada ingenua, sino que sigue iluminando nuestras vidas, aunque haya caído entre piedras. Como las florecillas y hasta los arbustos que, no se sabe cómo, agarran entre las grietas de los peñascos de nuestros montes.

Resultados

¡Cuánta razón tiene Jesús cuando dice que, a menudo, el enemigo se lleva la Palabra por delante! ¿Un ejemplo sencillo?

¿Qué evangelio hemos leído domingo pasado? Ni idea… Lo hemos olvidado ya.

¡Hace falta insistencia y constancia para acordarse de la Palabra, además de un calendario litúrgico o de algún truco de discípulo experto…!

Tiene razón Jesús cuando dice que, a menudo, la Palabra tiene que vérselas con las preocupaciones y las ansiedades de la vida. ¡Cuántas personas se sorprenden cuando, tratando de iluminar sus opciones con las palabras del Señor, contestan, ingenuamente, que la vida es otra cosa!

Pero, a pesar de todo y gracias a Dios, la semilla de la Palabra sigue produciendo fruto, y fruto abundante.

Produce fruto en quién, leyendo la parábola, se ha reconocido como un terreno duro y pedregoso.

Produce fruto en quién, con dolor, tiene que admitir que, demasiado a menudo, la Palabra escuchada le ha sido robada o ahogada por las preocupaciones de la vida. Porque, precisamente, su dolor manifiesta el deseo que tiene de custodiar la Palabra y de hacerla crecer.

Ese deseo profundo de acoger la Palabra de Dios es el terreno bueno donde la semilla puede dar su fruto.

¡Qué no se apague ese profundo deseo en nuestro corazón, para que siempre la Palabra oriente nuestras vidas!

 

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