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sábado, 28 de febrero de 2026

DOMINGO 2º DE CUARESMA (Ciclo A)

Primera Lectura: Gen 12,1-4a
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda Lectura: 2 Tim 1,8b-10
Evangelio: Mt 17, 1-9

Apenas hemos comenzado la Cuaresma. Hemos entrado en el desierto, hemos mirado nuestras tentaciones, nuestras fragilidades… y hoy la liturgia nos lleva a un monte alto.

No es una contradicción. Es la pedagogía de Dios.

Primero el desierto, sí. Pero no para quedarnos en la aridez. El desierto es para purificar la mirada. Porque la meta no es la mortificación. La meta es la belleza de la Pascua.

 

Hoy se nos invita a subir al Tabor.

La primera lectura nos habla de Abrahán. “Sal de tu tierra”.
Salir es siempre doloroso. Salir significa romper con seguridades, con costumbres, con una forma de mirar el mundo. Dios no le explica demasiado. Solo le promete una bendición.

Abrahán camina atraído por una promesa. No por una obligación. No por miedo. Por una palabra que le abre horizontes. Eso es la fe: dejar una tierra para ir hacia una belleza que todavía no vemos del todo.

Y en el evangelio, en el monte, Pedro, Santiago y Juan ven algo que no esperaban. Jesús se transfigura. Su rostro brilla. Sus vestidos resplandecen.

Por un instante contemplan quién es Él de verdad.

No es un espectáculo. Es una revelación. Es como si el Padre dijera: “Esto es lo que hay en el fondo. Esta es la verdad última”.

Y añade: “Escuchadlo”. Escuchar a Jesús. Ahí está el centro.

Fealdad

Vivimos en una cultura saturada de imágenes y de ruido. Consumimos sin descanso estímulos, opiniones, mensajes. Lo vemos todo. Lo comentamos todo. Pero escuchamos poco. Muy poco.

Y cuando se pierde la escucha, se empobrece la mirada. Y cuando se empobrece la mirada, aparece el feísmo. No hablo solo de estética. Hablo de algo más profundo.

sábado, 21 de febrero de 2026

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo A)


Primera Lectura: Gen 2, 7-9;  3, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: Rom 5, 12-19
Evangelio: Mt 4, 1-11


La Cuaresma no empieza con una idea piadosa. Empieza con una decisión.
Y si la tomamos en serio, nos desinstala.

El relato del Génesis nos recuerda que somos polvo. Pero no polvo cualquiera: polvo al que Dios ha dado aliento. Vida recibida. No fabricada.

Por eso la conversión no es mejorar un poco el carácter. Es volver a colocarnos en la verdad de lo que somos.

El desierto: lugar de decisiones reales

El Evangelio según san Mateo nos sitúa a Jesús en el desierto. No como evasión, sino como lugar de elección.

Allí Jesús decide qué tipo de Mesías será. Y las tentaciones no son simples faltas morales. Son tres proyectos de vida:

         Pan fácil: resolverlo todo desde el poder inmediato.

         Espectáculo religioso: impresionar para convencer.

         Pacto con el poder: asegurar influencia a cambio de fidelidad rebajada.

Jesús rechaza las tres. Y esa decisión no queda en el aire. Determina cómo tratará a los pobres. Cómo afrontará el conflicto. Cómo se situará ante la autoridad religiosa y política. Cómo asumirá la cruz.

La conversión, entonces, no es un sentimiento. Es una orientación de la vida que afecta: Al uso del dinero. A la manera de ejercer autoridad. A la forma de hablar del otro. A las prioridades reales de nuestra agenda. Al modo de vivir en familia, en comunidad, en la Iglesia.

Si no toca eso, quizá no es conversión. Es emoción pasajera.

Adán y Cristo: dos maneras de estar en el mundo

San Pablo, en la Carta a los Romanos, contrapone a Adán y a Cristo.
Adán toma todo para sí. Cristo se entrega del todo. Uno se apropia. El otro confía.

Cada día elegimos a quién nos parecemos más. Y no en abstracto, sino en cosas pequeñas y muy concretas: en cómo respondemos a una crítica, en cómo manejamos un conflicto, en si defendemos la verdad cuando nos complica la vida.

La conversión, hermanos, no es intimismo. Es un cambio de lógica.

miércoles, 18 de febrero de 2026

MIÉRCOLES DE CENIZA


Primera Lectura: Joel 2, 12-18
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: 2 Cor 5, 20 – 6,2
Evangelio: Mt. 6, 1-6.16-18


Ceniza

Venimos de los carnavales. Días de ruido, de disfraces, de cierta ligereza. Y casi sin transición, la Iglesia nos coloca hoy un gesto sobrio, incómodo incluso: la ceniza. No hay tiempo para maquillajes espirituales. Comienza la Cuaresma.

Tomar en serio este tiempo no significa ponerse tristes ni adoptar una cara de vinagre. Significa algo más exigente: tomar la vida en las manos y mirarla con el Señor, desde su mirada limpia, tierna y verdadera.

La imposición de la ceniza es un gesto fuerte. Nos dice, sin rodeos, quiénes somos: polvo, fragilidad, límite. Todo lo que tanto nos preocupa —éxitos, resultados, reconocimientos— acaba siendo ceniza. No para despreciar la vida, sino para recolocar lo esencial.

Porque lo esencial está en otro lugar. No en lo que se ve, no en lo que se exhibe, sino en la interioridad, en la paz del corazón, en la verdad de lo que somos cuando nadie nos mira. Ahí se juega lo decisivo de nuestra vida.

La ceniza pone orden. En nosotros, al menos. Y quién sabe si también en la sociedad. A veces uno piensa —con una sonrisa— cuánto cambiarían nuestras discusiones políticas o vecinales si antes de empezar nos recordáramos mutuamente que todos somos polvo. Quizá bajaríamos el tono. Quizá escucharíamos más.

La Cuaresma es esto: cuarenta días de oportunidad, de desierto, de entrenamiento interior. Un tiempo para dejar aflorar el alma en medio del ruido cotidiano y preguntarnos con honestidad en qué estamos invirtiendo de verdad nuestra vida.

Interioridad

El Evangelio de hoy es directo, casi incómodo. Jesús no se enfrenta a pecadores públicos y notorios, sino a personas religiosas. Y señala una tentación muy concreta: vivir la fe de cara a la galería.