A nueve meses de la Navidad, la liturgia abre hoy como un paréntesis luminoso en medio de la Cuaresma. Y no es un paréntesis decorativo. Es como si se nos permitiera asomarnos al origen de todo lo que estamos a punto de celebrar.
Porque el que va a ser entregado en la cruz… es el mismo que hoy comienza su camino en el seno de María. El que muere como grano de trigo… es el que ahora acepta nacer. El Dios incomprendido… decide, por fin, explicarse desde dentro.
Hoy volvemos a ese diálogo tan sencillo y tan desconcertante: el encuentro entre el ángel Gabriel y María.
Y, si uno lo piensa despacio, todo ocurre en un lugar absolutamente irrelevante. Nazaret. Un rincón perdido. Sin prestigio, sin historia, sin importancia.
Y la protagonista… una adolescente. Sin poder, sin influencia, sin reconocimiento. Ahí sucede lo decisivo.
Esto, la verdad, descoloca. Porque nosotros seguimos pensando que lo importante pasa en los grandes escenarios, en lo visible, en lo que cuenta.
Pero Dios… no. Dios no piensa así.
Dios, cansado de ser malinterpretado, decide venir a contarse a sí mismo. Y lo hace de una manera que rompe todos nuestros esquemas. Porque el ser humano, cuando imagina a Dios, tiende a deformarlo como un Dios lejano, exigente, al que hay que calmar, convencer o incluso temer.


