El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.
Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.
Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.
Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.
Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién
está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.
Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.
Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.
Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.
Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”
Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”
A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.
Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”
Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.


