La Cuaresma no empieza con una idea piadosa. Empieza con una
decisión.
Y si la tomamos en serio, nos desinstala.
El relato del Génesis nos recuerda que somos polvo. Pero no polvo cualquiera: polvo al que Dios ha dado aliento. Vida recibida. No fabricada.
Por eso la conversión no es mejorar un poco el carácter. Es volver a colocarnos en la verdad de lo que somos.
El desierto: lugar de decisiones reales
El Evangelio según san Mateo nos sitúa a Jesús en el desierto. No como evasión, sino como lugar de elección.
Allí Jesús decide qué tipo de Mesías será. Y las tentaciones no son simples faltas morales. Son tres proyectos de vida:
─ Pan fácil: resolverlo todo desde el poder inmediato.
─ Espectáculo religioso: impresionar para convencer.
─ Pacto con el poder: asegurar influencia a cambio de fidelidad rebajada.
Jesús rechaza las tres. Y esa decisión no queda en el aire. Determina cómo tratará a los pobres. Cómo afrontará el conflicto. Cómo se situará ante la autoridad religiosa y política. Cómo asumirá la cruz.
La conversión, entonces, no es un sentimiento. Es una orientación de la vida que afecta: Al uso del dinero. A la manera de ejercer autoridad. A la forma de hablar del otro. A las prioridades reales de nuestra agenda. Al modo de vivir en familia, en comunidad, en la Iglesia.
Si no toca eso, quizá no es conversión. Es emoción pasajera.
Adán y Cristo: dos maneras de estar en el mundo
San Pablo, en la Carta a los Romanos, contrapone a Adán y a
Cristo.
Adán toma todo para sí. Cristo se entrega del todo. Uno se apropia. El otro
confía.
Cada día elegimos a quién nos parecemos más. Y no en abstracto, sino en cosas pequeñas y muy concretas: en cómo respondemos a una crítica, en cómo manejamos un conflicto, en si defendemos la verdad cuando nos complica la vida.
La conversión, hermanos, no es intimismo. Es un cambio de lógica.


