El domingo pasado contemplábamos a la samaritana junto al pozo: una mujer con una sed infinita de amor y de sentido, que había intentado saciarla de mil maneras sin conseguirlo. Hasta que encontró a Jesús. Entonces todo cambió. Ella, que vivía escondiéndose por miedo al juicio ajeno, se convirtió en testigo y en fuente para quienes antes evitaba. Pasa de pecadora a discípula.
Hoy el evangelio nos propone otra historia igual de asombrosa: la del ciego de nacimiento.
Dios nos ve
Es Jesús quien, yendo de camino, ve al ciego. El hombre no grita, no llama, quizás ni siquiera sabe quién es ese Nazareno que pasa por delante. Su vida entera ha sido un mundo de sombras. Nunca ha visto la luz. ¿Cómo podría desearla?
Y sin embargo, Dios lo ve. Ve su dolor, su soledad, su vergüenza. Una vergüenza que lleva sin haberla merecido, porque la mentalidad de la época interpretaba su ceguera como castigo divino por los pecados de sus padres.
Ciertamente, un Dios que castiga así resulta aterrador. Por desgracia, muchas personas siguen pensando así hoy, y se alejan de Él precisamente cuando más lo necesitan.
Pero Jesús toma un poco de barro, lo pone sobre los ojos del ciego, y el hombre ve. Y después se va, sin esperar aplausos. Lo que quiere demostrar es sencillo y revolucionario: Dios no castiga, Dios sana. Dios no condena, Dios busca.
El camino de la iluminación
Tras la curación se desata un debate feroz. Pero el verdadero protagonista es uno solo: ese hombre que ha recuperado primero la vista, luego el honor y finalmente la fe.

