Antes de entrar en el Evangelio de
hoy conviene mirar alrededor. Vivimos en una sociedad que, aparentemente, lo
tiene casi todo. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de consumir, viajar,
comunicarnos o entretenernos. Sin embargo, basta escuchar un poco a las
personas para descubrir otra realidad: crecen la ansiedad, la soledad, el
cansancio interior y la sensación de que, después de tanto esfuerzo, algo
esencial sigue faltando.
Tenemos muchas cosas. Pero
seguimos teniendo hambre.
No hablo del hambre de pan, aunque
tampoco podemos olvidar que demasiados millones de personas siguen
padeciéndola. Hablo de esa otra hambre que todos conocemos: hambre de ser
queridos de verdad, de encontrar un sentido por el que merezca la pena vivir,
de una paz duradera que no dependa de las circunstancias, de una felicidad que
no se compre ni se agote.
Precisamente ahí es donde comienza
el Evangelio de hoy.
Jesús contempla a la multitud y
siente compasión. El evangelista utiliza una palabra muy fuerte: habla de
una compasión que nace de las entrañas. Dios no mira el sufrimiento humano
desde lejos. No permanece indiferente. Hace suyo nuestro dolor. Conoce nuestras
preguntas, nuestros miedos y nuestras búsquedas mejor que nosotros mismos.
Pero entonces ocurre algo
sorprendente.
Los discípulos proponen la
solución que probablemente también nosotros habríamos propuesto: «Despide a
la gente; que cada uno vaya a comprarse comida.»
Es una solución sensata. También
muy moderna.
Que cada uno resuelva sus
problemas. Que cada uno se salve como pueda.
Que nadie cargue con los demás.
¿No es éste, en el fondo, uno de
los mensajes más repetidos de nuestra cultura? Nos educan para competir antes
que para compartir; para proteger lo nuestro antes que para preguntarnos quién
se va a quedar sin pan; para construir una felicidad privada mientras el
sufrimiento ajeno acaba siendo una noticia más que dura apenas unos segundos en
la pantalla.
Jesús rompe completamente esa
lógica.
«Dadles vosotros de comer.»
No les pide un milagro. Les pide
que dejen de desentenderse.
Y ellos responden con una objeción
que también nos resulta muy familiar:
«Aquí no tenemos más que cinco
panes y dos peces.»
Es verdad. Es muy poco.

