Para nosotros, cristianos, hoy es la fiesta de la Virgen de
Agosto: la solemnidad de la Asunción de María. Ella es la primera de los
creyentes que ha llegado a la meta, la primera que participa plenamente de la
resurrección de Cristo. En realidad, esta también es nuestra fiesta. Porque la
Iglesia, al contemplar hoy a María glorificada, nos recuerda cuál es el destino
al que todos estamos llamados. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia
Dios.
Desde muy antiguo, la comunidad cristiana confesó esta fe.
Creemos que María de Nazaret, la Madre de Jesús, la primera discípula, la mujer
que permaneció fiel al pie de la cruz y oró con la Iglesia naciente en
Pentecostés, fue asumida por Dios a la plenitud de la vida.
Y ahí se detiene nuestra palabra. No sabemos cómo sucedió.
No necesitamos describir lo que pertenece al misterio de Dios. Nos basta
proclamar que quien llevó en su seno al Autor de la vida participa ya
plenamente de la vida definitiva que Cristo ha inaugurado para todos.
Sin embargo, esta fiesta puede provocar cierta
incomodidad. Y no por el misterio de la Asunción, sino por la imagen de
María que, a veces, hemos transmitido.
Era una muchacha sencilla de un pequeño pueblo de Galilea.
Una mujer creyente, trabajadora, discreta. A lo largo de los siglos, la hemos
rodeado de tanto esplendor que, sin querer, hemos corrido el riesgo de alejarla
de nuestra vida. Como si perteneciera más al cielo que a la tierra, más a los
altares que a los caminos de la existencia.
Y eso sería una injusticia con María.
Porque Dios nos la regala precisamente como hermana en la
fe. Como la primera discípula. Como una mujer que aprendió a confiar sin dejar
de recorrer el duro camino de la fe.
El Evangelio de hoy nos ofrece una escena entrañable: la
Visitación.
Apenas recibe el anuncio del ángel, María se pone en camino
hacia la casa de Isabel.
Podemos imaginar aquel camino hacia la montaña lleno de preguntas. También María tuvo que recorrer el camino de la fe. Quizá el anuncio recibido se mezclaba ahora con el vértigo, con la incertidumbre, con esa pregunta que todos conocemos cuando Dios nos descoloca: «¿Será verdad? ¿Podré fiarme de esta palabra?».


