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sábado, 12 de septiembre de 2026

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 27,30 - 28,9
Salmo Responsorial: Salmo102
Segunda Lectura: Rom 14,7-9
Evangelio: Mt 18, 21-35

Perdonar es una debilidad, dice el mundo violento que nos rodea.

Nos han enseñado que hay que ser fuertes, defenderse, no dejarse pisar, devolver cada golpe. Y cuando alguien nos hace daño, parece casi una ingenuidad decir: «Hay que perdonar».

Pero tomemos las cosas en serio: el perdón es algo muy serio.

Lo sabe quien ha sido herido. Lo sabe también quien ha hecho el daño. Lo sabemos todos cuando alguna vez hemos tenido que decir: «Perdóname», o cuando hemos tenido que decidir si abrimos o no la puerta a quien nos ha herido.

El domingo pasado escuchábamos a Jesús hablarnos de la corrección y de la reconciliación dentro de la comunidad. Hoy Pedro va todavía más lejos y plantea una pregunta que también nosotros podemos hacernos:

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Pedro cree que está siendo generoso. Siete veces es mucho.

Pero Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir: no lleves la cuenta.

Y aquí comienza la verdadera dificultad del Evangelio. Porque perdonar una vez puede ser posible. Dos veces, también. Pero ¿siempre? ¿Incluso cuando el otro reincide? ¿Incluso cuando no reconoce el daño que ha hecho? ¿Incluso cuando no cambia?

La respuesta de Jesús parece una locura si la miramos solamente desde nuestra lógica. Por eso nos cuenta la parábola.

Un hombre tiene con su señor una deuda gigantesca, sencillamente impagable. (6.000 millones de euros, según los valores de hoy). Y, sin embargo, cuando se encuentra ante él, el señor no solamente le concede tiempo: le perdona toda la deuda. Todo.

Después, ese mismo hombre sale y encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor (unos 6.000 €). Y, en lugar de hacer con él lo que han hecho con él, lo agarra y le exige que pague.

Ahí está la contradicción que Jesús quiere poner delante de nuestros ojos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Hay palabras del Evangelio que nos resultan especialmente incómodas. Una de ellas es la que escuchamos hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas».

Porque nosotros sabemos hacer muchas cosas con los errores de los demás: comentarlos, criticarlos, juzgarlos, contarlos a otros… Lo que nos cuesta mucho más es hacer lo que Jesús pide: acercarnos al hermano y hablar con él desde el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos cuando alguien que tenemos cerca se equivoca, nos hace daño o está tomando un camino que le hace mal?

La primera lectura utiliza una imagen muy fuerte. Dios dice al profeta Ezequiel: «Te he puesto de atalaya». El profeta tiene que advertir al que está en peligro. No puede mirar hacia otro lado.

Y aquí aparece algo importante: amar no significa dejar que cada uno haga lo que quiera sin que nadie se preocupe por él.

Vivimos en una cultura que identifica con frecuencia la libertad con la ausencia de límites y el respeto con no intervenir nunca en la vida de los demás. «Es su problema», decimos. «Que haga lo que quiera». Y es verdad que nadie tiene derecho a controlar la conciencia del otro. Pero el Evangelio nos recuerda que la indiferencia tampoco es amor.

Si veo que una persona a la que quiero está destruyéndose, ¿puedo decir simplemente: «No es asunto mío»?

La Biblia nos invita también a comprender de otra manera el pecado. No es simplemente hacer algo que está prohibido. El pecado es aquello que hace daño, destruye, deshumaniza; es utilizar mal la libertad que Dios nos ha dado, dañando nuestra propia vida o la vida de los demás.

El egoísmo, la avaricia, la mentira, la calumnia, la violencia verbal, la explotación, el desprecio, la indiferencia ante quien sufre… pueden presentarse como simples opciones personales. Pero no son inocentes. Porque van construyendo un mundo en el que terminamos haciéndonos daño unos a otros.

Por eso Dios pone al profeta como atalaya: no para condenar, sino para advertir del peligro.

Y junto a esta responsabilidad aparece hoy otra palabra decisiva: el perdón.

viernes, 28 de agosto de 2026

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27


¿Seguimos a Jesús o queremos que Jesús siga nuestro camino

¡Pobre Pedro! Hace apenas unos momentos ha confesado que Jesús es el Mesías, el Cristo. Y Jesús le ha dicho que es una piedra fundamental, una piedra viva sobre la que se puede construir.

Pero ahora Pedro se convierte en piedra de tropiezo.

¿Por qué? Porque Pedro ha entendido que Jesús es el Mesías, pero todavía no ha entendido qué clase de Mesías es Jesús.

Pedro esperaba un Mesías poderoso, glorioso, capaz de devolver a Israel su antigua grandeza. Y Jesús habla de sufrimiento, de rechazo y de muerte. Pedro no puede aceptarlo. Lo lleva aparte y, en el fondo, le viene a decir: «Eso no puede ser. Cambia de camino. Así no se hacen las cosas».

Y aquí Pedro se parece mucho a nosotros.

Porque también nosotros, muchas veces, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios. Tenemos nuestros proyectos, nuestras expectativas, nuestra manera de entender lo que debería suceder. Y cuando Dios no coincide con ellas, nos desconcertamos.

Queremos seguir a Jesús, sí, pero quizá preferiríamos que Jesús siguiera nuestro camino.

Por eso la respuesta de Jesús a Pedro es tan dura: «¡Ponte detrás de mí!». No es solamente una reprimenda. Es casi una definición del discípulo: ponte detrás de mí. No vayas por delante de mí. Sígueme.

La primera lectura nos presenta a Jeremías en una situación parecida. Está cansado, decepcionado. Él quería anunciar la palabra de Dios y se encuentra con el rechazo, con la incomprensión, incluso con la hostilidad. Piensa en abandonar.

Pero hay algo dentro de él que no le deja. La palabra de Dios es para él como un fuego ardiente. Puede resistirse, puede protestar, puede sentirse vencido... pero no puede apagar ese fuego.

También nosotros conocemos esos momentos. Momentos en que seguir a Jesús no resulta fácil. Momentos en que uno se pregunta si merece la pena. Y quizá ahí aparece la pregunta fundamental: ¿seguimos todavía detrás de Jesús?