Jesús sube montado en un pollino por la ladera que lleva a Jerusalén. Una ciudad en tensión. Una ciudad que espera.
La gente lo reconoce. Corren los
niños, agitan ramas, alguien grita:
«¡Hosanna!», que significa: «¡sálvanos ya!».
Es una escena casi contradictoria. Porque entra como rey… pero no impone. Entra como salvador… pero desarmado. Entra en la ciudad… que matará a los profetas. Y, aun así, entra.
Habituados
Quizá el problema es que nosotros ya conocemos demasiado bien esta historia. Sabemos cómo empieza… y cómo termina. Sabemos lo que viene después: la traición, el juicio, la cruz.
Y, sin darnos cuenta, nos volvemos espectadores tranquilos. Como quien ve una película ya conocida. Nos hemos acostumbrado.
* Nos hemos acostumbrado a oír que Dios nos salva… sin sentir que lo necesitamos.
* Nos hemos acostumbrado a hablar del pecado… mirando más el de los otros que el propio.
* Nos hemos acostumbrado incluso a la cruz… y eso es peligroso.
Porque cuando todo suena familiar… deja ya de tocarnos.
Y, sin embargo, lo que hoy comienza no tiene nada de rutinario. Es, en cierto modo, el momento más arriesgado de toda la historia.


