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viernes, 28 de agosto de 2026

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27


¿Seguimos a Jesús o queremos que Jesús siga nuestro camino

¡Pobre Pedro! Hace apenas unos momentos ha confesado que Jesús es el Mesías, el Cristo. Y Jesús le ha dicho que es una piedra fundamental, una piedra viva sobre la que se puede construir.

Pero ahora Pedro se convierte en piedra de tropiezo.

¿Por qué? Porque Pedro ha entendido que Jesús es el Mesías, pero todavía no ha entendido qué clase de Mesías es Jesús.

Pedro esperaba un Mesías poderoso, glorioso, capaz de devolver a Israel su antigua grandeza. Y Jesús habla de sufrimiento, de rechazo y de muerte. Pedro no puede aceptarlo. Lo lleva aparte y, en el fondo, le viene a decir: «Eso no puede ser. Cambia de camino. Así no se hacen las cosas».

Y aquí Pedro se parece mucho a nosotros.

Porque también nosotros, muchas veces, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios. Tenemos nuestros proyectos, nuestras expectativas, nuestra manera de entender lo que debería suceder. Y cuando Dios no coincide con ellas, nos desconcertamos.

Queremos seguir a Jesús, sí, pero quizá preferiríamos que Jesús siguiera nuestro camino.

Por eso la respuesta de Jesús a Pedro es tan dura: «¡Ponte detrás de mí!». No es solamente una reprimenda. Es casi una definición del discípulo: ponte detrás de mí. No vayas por delante de mí. Sígueme.

La primera lectura nos presenta a Jeremías en una situación parecida. Está cansado, decepcionado. Él quería anunciar la palabra de Dios y se encuentra con el rechazo, con la incomprensión, incluso con la hostilidad. Piensa en abandonar.

Pero hay algo dentro de él que no le deja. La palabra de Dios es para él como un fuego ardiente. Puede resistirse, puede protestar, puede sentirse vencido... pero no puede apagar ese fuego.

También nosotros conocemos esos momentos. Momentos en que seguir a Jesús no resulta fácil. Momentos en que uno se pregunta si merece la pena. Y quizá ahí aparece la pregunta fundamental: ¿seguimos todavía detrás de Jesús?

sábado, 22 de agosto de 2026

DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Primera Lectura: Is 22, 19-23
Salmo Responsorial: Salmo 137
Segunda Lectura: Rom 11, 35-36
Evangelio: Mt 16, 13-20

 El Evangelio de hoy nos pone delante una pregunta que no podemos esquivar.

Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas son variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas.

Pero Jesús no se queda ahí. Da un paso más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Ya no pregunta qué dice la gente. Pregunta qué decimos nosotros.

Y, en el fondo, pregunta algo todavía más personal: «¿Quién soy yo para ti?»

Esta pregunta se nos hace hoy a cada uno. No hace un montón de años, ni cuando hicimos la primera comunión, ni cuando aprendimos el catecismo. La pregunta se nos hace hoy.

Podemos saber muchas cosas sobre Jesús y, sin embargo, mantenerlo a cierta distancia. Podemos conocer el Evangelio, rezar mucho, venir a misa, hablar de la Iglesia… y no haber respondido verdaderamente a esta pregunta crucial.

Jesús no nos invita hoy a una discusión teórica sobre el cristianismo. Nos lleva al encuentro personal con Él: «¿Quién soy yo para ti?».

sábado, 15 de agosto de 2026

DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 56, 1.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Rom 11, 13-15.29-32
Evangelio: Mt 15, 21-28

Hay evangelios que nos resultan cómodos porque confirman lo que ya pensamos. Y hay otros que nos incomodan. El de hoy pertenece claramente a los segundos.

Una mujer cananea, extranjera, se acerca a Jesús. No pertenece al pueblo de Israel. Y, además, viene de uno de los pueblos históricamente enemigos de Israel.

Pero tiene una hija enferma. Y por eso grita:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».

Y aquí empieza lo desconcertante. Jesús no le responde. Los discípulos incluso le piden que la atienda para que deje de molestar.

Entonces Jesús dice:

«No he sido enviado más que a las ovejas descarriadas de Israel».

Y cuando ella insiste, llega la frase que nos deja perplejos:

«No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

Es una escena extraña. Casi nos gustaría pasar rápidamente por encima de ella.

Pero la mujer no se marcha. No se indigna. Pero sigue allí.

«Tienes razón, Señor; también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Y entonces Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe». Y cura a su hija.

Lo sorprendente es que la gran fe, en este relato, no está dentro de las fronteras de Israel. Está fuera.

La que reconoce a Jesús es una extranjera. La que insiste es una extranjera. La que confía es una extranjera.