Traducir

Buscar este blog

sábado, 2 de mayo de 2026

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12


“No tengáis miedo”, dice Jesús.

Y no lo dice de cualquier manera. Usa una palabra que evoca ese miedo que te entra cuando estás en medio de una tormenta, sin control, con la sensación de que el barco no responde.

Y, la verdad, no nos cuesta mucho entenderlo.

Hay momentos en la vida —y también ahora en nuestro mundo— en que todo parece un poco así: tensión, incertidumbre, fragilidad. Lo económico, lo social, la pérdida de referencias… incluso la Iglesia, que a veces da la impresión de haberse quedado sin voz o sin peso en la sociedad.

Como si algo se estuviera acabando.

Ahí, justo ahí, es donde Jesús insiste: No tengáis miedo. Confiad. Porque hay un lugar preparado para vosotros en la casa del Padre.

No es una evasión. No es una promesa para desentendernos del presente. Es una forma de situarnos en medio de lo que vivimos sin quedar atrapados.

Estas palabras, además, no son cualquier cosa. Son como el testamento de Jesús en la última cena. Lo que quiere dejar claro antes de irse.

Y entonces aparece la pregunta.

 ¿Cómo?

Tomás lo dice sin rodeos: “Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?

Es una buena pregunta. Muy honesta. Porque, en el fondo, también nosotros estamos un poco ahí.

Y Jesús responde con algo que no es una teoría, ni un sistema: es un camino.

De hecho, al principio, a los cristianos se les llamaba eso: los del camino.

Y quizá aquí hay una primera sacudida. Porque hoy muchas veces entendemos la fe más como un lugar que como un camino. Como algo cerrado, estable, protegido… casi un refugio seguro. A veces incluso un bunker.

Un conjunto de ideas, de normas, de seguridades.

Pero Jesús no va por ahí.

Seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza… no encaja bien con una fe cómoda, fija, ya resuelta de una vez para siempre.

Ser cristiano, al contrario, es estar en marcha. Con todo lo que eso tiene de inseguridad… y también de vida.

sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Eso lo decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.

Lo han visto, sí. Lo han abrazado. Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.

Ahí están: Pedro y Juan corriendo sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea recta.

Y quizá eso nos tranquiliza un poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.

Pero hay algo decisivo: el Señor sale al encuentro. Siempre.

No espera a que estemos bien. Nos alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos, aunque nosotros no lo tengamos nada claro.

 ¿Para quién soy importante?

Si uno se para un poco… la pregunta aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?

No importante “porque sirvo para algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.

Todos necesitamos eso. Alguien que nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que el mundo va en otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.

Y al final, casi sin darnos cuenta, acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.

Por eso tanta prisa. Tanta apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.

A veces incluso caminos oscuros… como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho y terminan vaciándolo todo.

En medio de eso, la Iglesia dice algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.

Pero claro… o eso es verdad, o todo lo demás se tambalea.

 El buen Pastor

Hoy Jesús usa una imagen muy sencilla: pastor.

Pero no uno cualquiera. No alguien que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que no confunde a unas ovejas con otras.

Y eso lo cambia todo.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.