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domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


Primera Lectura: Is. 25,6-10
Salmo Responsorial: Salmo22
Segunda Lectura: 1Tes 4,12-17
Evangelio: Lc  24, 13-35

En el año 998, el abad Odilón de Cluny estableció que todos los monasterios bajo su jurisdiHace más de mil años, el abad Odilón de Cluny estableció que el 2 de noviembre se conmemorara a los fieles difuntos en su abadía. Más tarde, la Iglesia adoptó esta celebración justo después de la fiesta de Todos los Santos, recordándonos que la muerte no es el final, sino un paso hacia la plenitud. La alegría de los santos nos ayuda a entender que la muerte no es una derrota, sino un encuentro con Dios, que nos espera con amor.

¿Cómo enfrentarnos a la muerte?

El 2 de noviembre, muchos recordamos imágenes de cementerios llenos de flores, familias reunidas en silencio y un ambiente de recogimiento. Sin embargo, esta tradición se desvanece en una sociedad que prefiere ignorar la muerte, aunque muchas veces siga siendo la causante de ella. Para los jóvenes, los rituales fúnebres pueden parecer lejanos o incluso innecesarios. Pero cuando la muerte toca nuestra puerta —cuando perdemos a un padre, una madre, un esposo o un hijo—, nos damos cuenta de que no podemos evitarla.

Hoy, tendemos a esconder la muerte. La evitamos en las conversaciones, la disfrazamos con tradiciones como Halloween o la consumimos como un espectáculo en las noticias. Pero cuando llega a nuestra vida, nos deja sin palabras. ¿Cómo reaccionar ante el dolor de perder a alguien a quien queremos? ¿Cómo llenar el vacío que deja? Pues con: La esperanza cristiana.

Quienes han perdido a un ser querido saben que la muerte no puede ignorarse. La forma en que enfrentemos este misterio dará sentido a nuestra vida. Los cristianos no vemos la muerte como un final, sino como un paso hacia la vida eterna. Confiamos en Cristo resucitado y acompañamos a nuestros difuntos con oraciones, sabiendo que están en las manos de Dios.

sábado, 31 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Hoy celebramos una fiesta extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.

¡Qué hermoso es llegar a ser santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.

Dios cree en nosotros más de lo que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para hacerlas realidad.

Santo es quien descubre esa llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor transforme su vida.

La santidad no es una conquista reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos reviste de su vida y nos hace semejantes a él.

Por eso, no necesitamos hacer cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor extraordinario.

Ser santo puede significar cuidar con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor que no busca recompensa.

Los santos no son personas perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros, conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y encontraron la fuerza para volver a empezar.

Por eso, saquemos a los santos de las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor misionero.

Pero no olvidemos algo esencial: los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir a Jesús como ellos lo siguieron.

Las Bienaventuranzas nos muestran el camino de esa santidad.

Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.

sábado, 24 de octubre de 2026

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.

Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

Hay personas que ven la religión como un conjunto interminable de normas, prohibiciones y obligaciones. Como si ser cristiano consistiera, sobre todo, en saber qué está permitido y qué está prohibido, qué se puede hacer y qué no.

Algo parecido sucedía en tiempos de Jesús. A los diez mandamientos se habían añadido numerosas normas y prescripciones que hacían muy difícil conocer y cumplir todas las exigencias de la Ley. Y, en medio de aquella maraña de 613 preceptos, surgía una pregunta decisiva: ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es lo que Dios espera de nosotros?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Jesús responde sin rodeos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Dos mandamientos, pero una sola manera de vivir la fe: amar a Dios y amar a los demás. Todo lo demás tiene que encontrar aquí su sentido.

Amar a Dios con toda la vida

Jesús comienza recordando la oración que todo judío piadoso conocía: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Y, desde esa fe, proclama que estamos llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Amar a Dios con todo el corazón significa poner en ese amor lo mejor de nosotros mismos. No se trata de esperar a tener un carácter perfecto, de sentir siempre entusiasmo religioso o de convertirnos en personas sin defectos. Se trata de amar desde lo que somos, con nuestras posibilidades y limitaciones, procurando que nuestra vida sea cada vez más coherente con el Evangelio.

Amar a Dios con toda el alma significa no vivir una fe fragmentada, reservada para determinados momentos. No podemos dejar a Dios en un rincón y acordarnos de él solamente cuando tenemos problemas o necesitamos su ayuda. Dios tiene que ver con nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

Y amar a Dios con toda la mente significa también pensar nuestra fe, profundizar en ella y buscar razones para creer. La fe cristiana no es solamente una emoción o un sentimiento: es una manera de comprender la vida y de comprometerse con ella.

Pero hay algo todavía más fundamental: antes de que nosotros podamos amar a Dios, necesitamos descubrir que él nos ama. Nuestro amor no nace de una obligación, sino de una experiencia recibida. Solo quien se sabe querido puede aprender a amar de verdad.

Por eso, el primer paso no consiste en preguntarnos cuánto amamos a Dios, sino si nos dejamos alcanzar por su amor y si permitimos que transforme nuestra vida.