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sábado, 10 de octubre de 2026

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

                  Hay una frase del Papa Benedicto XVI que, escuchada en su momento, sorprendió mucho. Decía que “los agnósticos que buscan sinceramente a Dios, las personas que sufren por sus pecados y desean tener un corazón limpio, pueden estar más cerca del Reino de Dios que los creyentes rutinarios, aquellos que ven en la Iglesia solamente el boato, las costumbres y las apariencias, sin que su corazón sea tocado por la fe.”

Es una afirmación fuerte. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a tomarla en serio.

Jesús habla de un banquete de bodas. Y no es una imagen casual. Para la gente de su tiempo, una boda era la gran fiesta, el momento extraordinario en medio de una vida muchas veces dura y llena de necesidades. Ser invitado a un banquete de bodas significaba participar en una alegría que no se podía comparar con nada.

Y Jesús nos dice: así es el Reino de Dios.

Dios no nos invita a una obligación aburrida, ni a cumplir una serie de prácticas para ganarnos el cielo. Dios nos invita a una fiesta. Nos invita a compartir su vida, su alegría, su amor.

Y aquí comienza la pregunta incómoda: ¿a qué hemos reducido nosotros nuestra fe?

Porque podemos convertir el cristianismo en una costumbre. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones, cumplir con determinadas obligaciones y, sin embargo, vivir interiormente lejos del Evangelio.

Podemos saber muchas cosas de Dios y no haber experimentado nunca que Dios nos ama. Podemos defender la Iglesia y no parecernos demasiado a Jesucristo. Podemos hablar mucho de moral y tener muy poco corazón.

Y entonces ocurre algo terrible: el Evangelio pierde su frescura y se convierte en una ideología religiosa. La fe deja de ser una buena noticia y se transforma en una carga.

sábado, 3 de octubre de 2026

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 5, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo79
Segunda Lectura: Flp 4, 6-9
Evangelio: Mt 21, 33-43

Hoy, de nuevo, la viña. No es extraño. Estamos en tiempo de vendimias, cuando se recoge el fruto de tantos meses de trabajo y se descubre, finalmente, si la cosecha ha respondido a las esperanzas del viñador.

Y precisamente la viña es la imagen que hoy nos ofrece la Palabra de Dios.

Isaías canta la historia de un propietario que ama apasionadamente su viña: la prepara, la limpia, la protege, hace todo lo necesario para que dé fruto. Pero, cuando llega el momento de la cosecha, encuentra solamente uvas agrias.

Jesús retoma esa imagen en una parábola todavía más dramática.

La viña representa el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos. Representa también nuestra vida, la Iglesia, la humanidad entera.

Dios es el dueño, pero nosotros somos los trabajadores a quienes ha confiado su viña.

Y aquí aparece una primera cuestión importante: todo lo que somos y tenemos es un don que hemos recibido.

La vida no nos pertenece absolutamente. Tampoco el mundo. No somos propietarios de la creación, de los demás, ni siquiera de nuestra propia existencia. Somos administradores del don recibido. Se nos ha confiado una viña para cuidarla y hacerla fructificar.

El problema comienza cuando el administrador olvida que es administrador y empieza a comportarse como propietario. Entonces aparecen la codicia, el egoísmo, la violencia, la autosuficiencia. Queremos poseerlo todo y terminamos creyendo que todo nos pertenece.

Los viñadores de la parábola reciben a los enviados del propietario y los rechazan con palos y piedras. Finalmente llega el hijo... Y lo matan.

sábado, 26 de septiembre de 2026

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32

                            

El domingo pasado quedamos descolocados ante la parábola de los trabajadores de la viña y aquella manera de actuar del dueño que, a primera vista, nos parecía injusta.

También hoy la Palabra de Dios vuelve a descolocarnos. Ezequiel nos invita a abandonar nuestra manera habitual de juzgar y a entrar en la lógica de Dios. Y Jesús, en el Evangelio, nos presenta dos hijos: uno que dice «sí» a su padre, pero no va; y otro que dice «no», pero después se arrepiente y va.

La pregunta es sencilla, pero incómoda: ¿qué quiere Dios de nosotros: nuestras palabras o nuestra vida?

Caretas

En estos días de septiembre, en muchos lugares se celebra la vendimia. Recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban lentamente hacia la bodega.

La imagen de la viña aparece muchas veces en la Biblia para hablar de la relación de Dios con su pueblo. Que el Señor nos llame a trabajar en su viña significa que quiere contar con nosotros, que desea una relación viva y cercana con cada uno.

El primer hijo de la parábola responde inmediatamente: «Sí, padre». Y, sin embargo, no va. Es una respuesta correcta, pero vacía. Una palabra sin vida. Una apariencia de obediencia que no llega al corazón.

Y aquí aparece una palabra que resulta incómoda: hipocresía.

También nuestra fe puede convertirse fácilmente en eso: exterioridad, costumbre, rituales, prácticas religiosas, palabras correctas… pero sin verdadera conversión del corazón.

Podemos incluso estar muy cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener nuestro corazón lejos de Él.

Dios no necesita nuestras apariencias. Dios busca la verdad de nuestra vida.

Pecadores

Por eso resulta sorprendente el segundo hijo. Su primera respuesta es un «no»: «No quiero». Desde luego, no es una respuesta ejemplar. Pero después recapacita y va.