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sábado, 31 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Hoy celebramos una fiesta extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.

¡Qué hermoso es llegar a ser santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.

Dios cree en nosotros más de lo que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para hacerlas realidad.

Santo es quien descubre esa llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor transforme su vida.

La santidad no es una conquista reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos reviste de su vida y nos hace semejantes a él.

Por eso, no necesitamos hacer cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor extraordinario.

Ser santo puede significar cuidar con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor que no busca recompensa.

Los santos no son personas perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros, conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y encontraron la fuerza para volver a empezar.

Por eso, saquemos a los santos de las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor misionero.

Pero no olvidemos algo esencial: los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir a Jesús como ellos lo siguieron.

Las Bienaventuranzas nos muestran el camino de esa santidad.

Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.

sábado, 24 de octubre de 2026

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.

Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

Hay personas que ven la religión como un conjunto interminable de normas, prohibiciones y obligaciones. Como si ser cristiano consistiera, sobre todo, en saber qué está permitido y qué está prohibido, qué se puede hacer y qué no.

Algo parecido sucedía en tiempos de Jesús. A los diez mandamientos se habían añadido numerosas normas y prescripciones que hacían muy difícil conocer y cumplir todas las exigencias de la Ley. Y, en medio de aquella maraña de 613 preceptos, surgía una pregunta decisiva: ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es lo que Dios espera de nosotros?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Jesús responde sin rodeos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Dos mandamientos, pero una sola manera de vivir la fe: amar a Dios y amar a los demás. Todo lo demás tiene que encontrar aquí su sentido.

Amar a Dios con toda la vida

Jesús comienza recordando la oración que todo judío piadoso conocía: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Y, desde esa fe, proclama que estamos llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Amar a Dios con todo el corazón significa poner en ese amor lo mejor de nosotros mismos. No se trata de esperar a tener un carácter perfecto, de sentir siempre entusiasmo religioso o de convertirnos en personas sin defectos. Se trata de amar desde lo que somos, con nuestras posibilidades y limitaciones, procurando que nuestra vida sea cada vez más coherente con el Evangelio.

Amar a Dios con toda el alma significa no vivir una fe fragmentada, reservada para determinados momentos. No podemos dejar a Dios en un rincón y acordarnos de él solamente cuando tenemos problemas o necesitamos su ayuda. Dios tiene que ver con nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

Y amar a Dios con toda la mente significa también pensar nuestra fe, profundizar en ella y buscar razones para creer. La fe cristiana no es solamente una emoción o un sentimiento: es una manera de comprender la vida y de comprometerse con ella.

Pero hay algo todavía más fundamental: antes de que nosotros podamos amar a Dios, necesitamos descubrir que él nos ama. Nuestro amor no nace de una obligación, sino de una experiencia recibida. Solo quien se sabe querido puede aprender a amar de verdad.

Por eso, el primer paso no consiste en preguntarnos cuánto amamos a Dios, sino si nos dejamos alcanzar por su amor y si permitimos que transforme nuestra vida.

sábado, 17 de octubre de 2026

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 45, 1.4-6
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda Lectura: 1Tes 1, 1-5
Evangelio: Mt 22, 15-21


¿A quién pertenece nuestra vida?

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pocas frases de Jesús se han citado tanto y quizá pocas se han manipulado tanto para justificar intereses muy alejados del Evangelio.

Se ha utilizado para defender la autonomía del poder político, para reivindicar el lugar de la Iglesia en la sociedad e incluso para justificar los intereses de quienes ejercen el poder.

Pero ¿qué quiso decir Jesús? ¿Está repartiendo el mundo entre dos autoridades, cada una con sus competencias? ¿O está planteando una cuestión mucho más radical?

El Evangelio de hoy nos invita a escuchar sus palabras sin domesticarlas y sin utilizarlas para tranquilizar nuestra conciencia.

Una pregunta envenenada

Los fariseos y los herodianos se acercan a Jesús con una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».

Pero no buscan la verdad. Quieren tenderle una trampa. Si Jesús rechaza pagar el impuesto, podrá ser denunciado ante las autoridades romanas. Si lo acepta, perderá credibilidad ante un pueblo que sufre la dominación extranjera y la carga de los tributos.

Lo significativo es que sus adversarios, a pesar de sus diferencias, se ponen de acuerdo para desacreditarlo. Cuando hay intereses que defender y alguien que incomoda, las diferencias pueden quedar en segundo plano.

También hoy ocurre. Personas y grupos que discrepan profundamente se alían cuando está en juego conservar sus privilegios o silenciar una voz incómoda.

Jesús no se deja encerrar en esa alternativa. No es servidor del poder ni demagogo que busca ganarse al pueblo a cualquier precio. Es un hombre libre porque su fidelidad está puesta en Dios.

No entregar al César lo que es de Dios

Jesús pide una moneda y pregunta de quién es la imagen que lleva. «Del César», le responden. Entonces pronuncia aquellas palabras: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

La primera parte parece sencilla: hay obligaciones ciudadanas que debemos cumplir. Pero Jesús añade algo decisivo: hay que dar a Dios lo que le pertenece.

Para Israel, Dios es el Señor de toda la creación. ¿Qué queda, entonces, fuera de Dios? ¿Qué puede reclamar el César que no esté ya bajo la soberanía de Dios?

La moneda lleva la imagen del emperador. Pero cada persona posee una dignidad que ningún gobernante ni sistema económico puede otorgarle o arrebatársela a su antojo. Todos somos criaturas de Dios, llamados a vivir en libertad y fraternidad.

Por eso, las palabras de Jesús no justifican que la religión se desentienda de la sociedad, ni que los poderes políticos puedan actuar sin límites. Tampoco autorizan a la Iglesia a apropiarse del poder temporal. Nos llaman a ser ciudadanos responsables, a cumplir nuestros deberes y a trabajar por el bien común. Pero también nos recuerdan que ninguna autoridad humana es absoluta y que ninguna obediencia puede exigirnos traicionar nuestra conciencia o colaborar con la injusticia.

Aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.