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sábado, 25 de julio de 2026

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: 1 Re 3, 5. 7-12
Salmo Responsorial: Salmo 118
Segunda Lectura: Rom 8, 28-30
Evangelio: Mt 13, 44-52
  

Las tres parábolas que acabamos de escuchar parecen muy sencillas. Hablan de un tesoro escondido, de una perla de gran valor y de una red que recoge toda clase de peces. Pero, en realidad, todas nos hacen la misma pregunta: ¿qué es lo que de verdad merece nuestra vida?

Porque todos buscamos un tesoro. Nadie vive sin él. Todos entregamos nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestras ilusiones a aquello que creemos que nos hará felices.

El problema no es buscar. El problema es buscarlo donde no está.

Vivimos rodeados de voces que nos prometen la felicidad. Unas veces nos dicen que llegará cuando tengamos más dinero; otras, cuando alcancemos el éxito, el reconocimiento o una imagen social perfecta. Cambian las modas, pero el mensaje es siempre el mismo: "todavía te falta algo". Y así podemos pasarnos la vida persiguiendo espejismos.

Jesús, en cambio, nos sorprende con una afirmación desarmante. El Reino de Dios es como un tesoro escondido. Quien lo encuentra descubre algo tan valioso que todo lo demás pasa a un segundo plano. No vende cuanto tiene porque sea un héroe del sacrificio, sino porque ha encontrado algo infinitamente mejor.

Ese fue el caso de Mateo, el evangelista. Cuando Jesús pasó junto a su mesa de recaudador de impuestos, parecía que ya lo tenía todo: dinero, seguridad, influencia. Sin embargo, bastó una mirada y una invitación para que comprendiera que aquello que consideraba una fortuna era, en realidad, demasiado poco para humano corazón. Descubrió el verdadero tesoro y toda su vida cambió de dirección.

Algo parecido encontramos en la primera lectura. Salomón acaba de comenzar su reinado. Es joven y tiene por delante una tarea inmensa. Dios le ofrece pedir lo que quiera. Podría haber elegido riqueza, poder o una larga vida. Sin embargo, pide un corazón sabio para gobernar a su pueblo.

Es una petición admirable porque ha comprendido que la mayor riqueza no consiste en poseer muchas cosas, sino en saber distinguir lo importante de lo secundario. La sabiduría es la capacidad de reconocer dónde está el verdadero tesoro.

viernes, 24 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Hoy celebramos la fiesta del apóstol Santiago el Mayor, al que en España consideramos nuestro patrono desde muy antiguo. Por eso, vale la pena que nos centremos en lo que nos cuenta la Palabra de Dios.

Hay una frase del Evangelio proclamado que debería seguir resonando en la Iglesia con la fuerza de un terremoto: «No será así entre vosotros.»

Jesús no está hablando del Imperio romano ni de los poderosos de su tiempo. Está hablando de sus discípulos. Está hablando de nosotros.

Porque el problema no es solo que haya personas que quieran dominar. El problema es que todos llevamos dentro la tentación del poder. Nos gusta ser reconocidos, ocupar un lugar importante, que cuenten con nosotros, que nuestra opinión pese más que la de los demás. Hoy quizá no soñamos con tronos, como Santiago y Juan, pero sí con ser visibles, tener influencia, dejar huella, controlar las decisiones. Incluso el servicio puede convertirse en una forma elegante de buscar protagonismo.

sábado, 18 de julio de 2026

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Todos hemos sentido alguna vez la misma pregunta: si el Evangelio lleva dos mil años anunciado, ¿por qué el mundo sigue estando tan lleno de violencia, injusticia y mentira? ¿Ha servido realmente de algo tanta semilla sembrada?

Jesús no esquiva esa pregunta. Al contrario, responde con una parábola desconcertante. El campo es bueno, la semilla es buena, pero también crece la cizaña. Y ambas conviven.

Lo primero que nos recuerda el Señor es algo que fácilmente olvidamos: Dios no ha creado un mundo malo. El libro de la Sabiduría lo afirma con serenidad. La creación lleva la huella de un Dios justo y bueno. A pesar de todo lo que vemos cada día, el bien es más profundo que el mal. El hombre está hecho para amar, aunque esto tantas veces se desfigure. La belleza, la bondad y la verdad siguen brotando silenciosamente en medio de tanta oscuridad.

Quizá el problema es que el mal hace mucho ruido y el bien casi siempre trabaja en silencio.

Vivimos en una cultura fascinada por el conflicto. Las malas noticias ocupan las portadas; el insulto viaja más deprisa que la reconciliación; las redes sociales nos empujan continuamente a elegir bando, a clasificar a las personas entre buenos y malos, a cancelar al que piensa distinto. Nos acostumbramos a mirar el mundo desde la sospecha. Y casi sin darnos cuenta acabamos creyendo que eliminar al adversario resolverá los problemas.

 Cizaña

La parábola proclamada dice exactamente lo contrario.

Cuando los criados proponen arrancar inmediatamente la cizaña, el dueño del campo responde: «No. Esperad.»

No porque el mal le resulte indiferente. Tampoco porque todo dé igual. Sino porque conoce mejor que nosotros el corazón humano. Sabe que quien pretende extirpar el mal con demasiada seguridad acaba, muchas veces, destruyendo también el trigo.

La historia está llena de ejemplos. También los cristianos hemos caído alguna vez en esa tentación. Convencidos de poseer toda la verdad, hemos confundido la defensa del Evangelio con la condena de las personas. Hemos querido construir el Reino separando cuanto antes a los puros de los impuros. Pero Jesús nunca hizo eso.

Porque la frontera entre el bien y el mal no pasa primero entre unos y otros. Pasa por el corazón de cada persona.

Ahí está la gran enseñanza de esta parábola.