Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.
Un regalo, en realidad.
Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.
La noticia que todo lo cambia
Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.
Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.
El sepulcro estaba vacío.
Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.
Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.
Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.
Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.
Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.
Heridas
Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.
Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.
Y Tomás responde con frialdad: no creo.


