El domingo pasado quedamos descolocados ante la parábola de
los trabajadores de la viña y aquella manera de actuar del dueño que, a primera
vista, nos parecía injusta.
También hoy la Palabra de Dios vuelve a descolocarnos.
Ezequiel nos invita a abandonar nuestra manera habitual de juzgar y a entrar en
la lógica de Dios. Y Jesús, en el Evangelio, nos presenta dos hijos: uno que
dice «sí» a su padre, pero no va; y otro que dice «no», pero después se
arrepiente y va.
La pregunta es sencilla, pero incómoda: ¿qué quiere Dios
de nosotros: nuestras palabras o nuestra vida?
Caretas
En estos días de septiembre, en muchos lugares se celebra la
vendimia. Recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en
Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e
invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban lentamente hacia
la bodega.
La imagen de la viña aparece muchas veces en la Biblia para
hablar de la relación de Dios con su pueblo. Que el Señor nos llame a trabajar
en su viña significa que quiere contar con nosotros, que desea una relación
viva y cercana con cada uno.
El primer hijo de la parábola responde inmediatamente: «Sí,
padre». Y, sin embargo, no va. Es una respuesta correcta, pero vacía. Una
palabra sin vida. Una apariencia de obediencia que no llega al corazón.
Y aquí aparece una palabra que resulta incómoda: hipocresía.
También nuestra fe puede convertirse fácilmente en eso:
exterioridad, costumbre, rituales, prácticas religiosas, palabras correctas…
pero sin verdadera conversión del corazón.
Podemos incluso estar muy cerca de las cosas de Dios y, sin
embargo, mantener nuestro corazón lejos de Él.
Dios no necesita nuestras apariencias. Dios busca la
verdad de nuestra vida.
Pecadores
Por eso resulta sorprendente el segundo hijo. Su primera respuesta es un «no»: «No quiero». Desde luego, no es una respuesta ejemplar. Pero después recapacita y va.


