Hoy nos reúne
la santidad de Ignacio de Loyola. No venimos a recordar a un personaje famoso
por su poder o riqueza, sino a alguien cuya vida se volvió transparencia de
Dios. Un hombre que supo abrirse a Dios en todo, eligiéndolo una y otra vez con
decisión (Gaudete et Exultate, 15).
Porque al
final, lo que no nace de esa entrega a Dios, se desvanece.
Dios nos encuentra en nuestros límites
¿Y dónde
encontró Dios a Ignacio? En el límite, en la debilidad. Conocemos la historia:
una bala de cañón lo dejó malherido en Pamplona. Vuelve a su casa, sin poder
caminar, sin futuro como caballero. Y es en esa cama, en esa soledad y
postración, donde empieza su camino interior.
Allí, mientras
lee sobre Cristo y los santos, algo se enciende dentro. Descubre que hay otra
forma de vivir. Que la gloria del mundo no llena. Que Dios sí.
Y así como
Pablo fue derribado camino a Damasco, e Ignacio quedó postrado en Loyola,
también nosotros podríamos preguntarnos: ¿cuáles son hoy nuestros límites? ¿Qué
heridas, qué miedos, qué situaciones nos paralizan? Porque ahí, precisamente
ahí, suele salir Dios a nuestro encuentro.
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo...?”
Esa pregunta
de Jesús (Mc 8,36) es la que Ignacio lanza años después a Francisco Javier en
París. Y con ella lo impulsa a entregar su vida. Porque el Evangelio no es
teoría: es una propuesta concreta.
Jesús, en el Evangelio de hoy (Lc 14, 25-33), es claro: seguirlo cuesta. No es algo superficial. Nos pide todo, pero no por capricho sino porque quiere darnos una alegría que nadie más puede darnos.

