Es espléndido nuestro Dios. Lo hemos ido descubriendo domingo tras domingo: un Dios que sacia, que ilumina, que devuelve vida.
Y la Cuaresma… la verdad… no es otra cosa que volver a eso esencial. Quitar ruido. Quitar prisa. Dejar que lo que llevamos dentro —a veces tan enterrado— vuelva a respirar. Convertirnos, sí, pero en algo muy concreto: volver a la vida.
Y hoy el Evangelio nos coloca ante una escena que no se puede esquivar. No es una idea. Es una historia. Una casa. Un duelo. Una muerte.
Betania
Todo sucede en Betania. Un lugar pequeño, casi insignificante. Pero para Jesús era otra cosa: era casa, amistad y descanso.
Y esto es importante… porque aquí no estamos ante un milagro más. Estamos ante algo que toca a Jesús por dentro. No es un desconocido. Es Lázaro. Su amigo.
Y sin embargo… cuando enferma, Jesús no está. Y cuando le avisan, no se apresura. Llega tarde. Esto nos desconcierta. Porque se parece demasiado a lo que vivimos nosotros.
Cuando la enfermedad entra en casa. Cuando la muerte aparece. Cuando algo se rompe… y Dios no parece llegar a tiempo.
Ahí, muchas veces, algo se tambalea por dentro: la fe, la confianza… incluso la imagen que teníamos de Dios.
Marta y María
Marta sale al encuentro. María
también. Las dos dicen lo mismo:
“Señor, si hubieras estado aquí…” No es un reproche agresivo.
Es algo más hondo. Es dolor que confía. No entienden… pero no rompen la relación.
Y esto, creo, es muy real. La fe no es entenderlo todo. Es seguir saliendo al encuentro, incluso cuando no encaja nada.
Lloran. Y con ellas, todo el pueblo. Y entonces ocurre algo que a veces pasamos demasiado rápido.


