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jueves, 30 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (31 de julio)


Primera Lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 33
Segunda Lectura: 1 Cor 10,31 – 11,1
Evangelio: Lc 14, 25-33


Hoy nos reúne la santidad de Ignacio de Loyola. No venimos a recordar a un personaje famoso por su poder o riqueza, sino a alguien cuya vida se volvió transparencia de Dios. Un hombre que supo abrirse a Dios en todo, eligiéndolo una y otra vez con decisión (Gaudete et Exultate, 15).

Porque al final, lo que no nace de esa entrega a Dios, se desvanece.

 Dios nos encuentra en nuestros límites

¿Y dónde encontró Dios a Ignacio? En el límite, en la debilidad. Conocemos la historia: una bala de cañón lo dejó malherido en Pamplona. Vuelve a su casa, sin poder caminar, sin futuro como caballero. Y es en esa cama, en esa soledad y postración, donde empieza su camino interior.

Allí, mientras lee sobre Cristo y los santos, algo se enciende dentro. Descubre que hay otra forma de vivir. Que la gloria del mundo no llena. Que Dios sí.

Y así como Pablo fue derribado camino a Damasco, e Ignacio quedó postrado en Loyola, también nosotros podríamos preguntarnos: ¿cuáles son hoy nuestros límites? ¿Qué heridas, qué miedos, qué situaciones nos paralizan? Porque ahí, precisamente ahí, suele salir Dios a nuestro encuentro.

 “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo...?”

Esa pregunta de Jesús (Mc 8,36) es la que Ignacio lanza años después a Francisco Javier en París. Y con ella lo impulsa a entregar su vida. Porque el Evangelio no es teoría: es una propuesta concreta.

Jesús, en el Evangelio de hoy (Lc 14, 25-33), es claro: seguirlo cuesta. No es algo superficial. Nos pide todo, pero no por capricho sino porque quiere darnos una alegría que nadie más puede darnos.

sábado, 25 de julio de 2026

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: 1 Re 3, 5. 7-12
Salmo Responsorial: Salmo 118
Segunda Lectura: Rom 8, 28-30
Evangelio: Mt 13, 44-52
  

Las tres parábolas que acabamos de escuchar parecen muy sencillas. Hablan de un tesoro escondido, de una perla de gran valor y de una red que recoge toda clase de peces. Pero, en realidad, todas nos hacen la misma pregunta: ¿qué es lo que de verdad merece nuestra vida?

Porque todos buscamos un tesoro. Nadie vive sin él. Todos entregamos nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestras ilusiones a aquello que creemos que nos hará felices.

El problema no es buscar. El problema es buscarlo donde no está.

Vivimos rodeados de voces que nos prometen la felicidad. Unas veces nos dicen que llegará cuando tengamos más dinero; otras, cuando alcancemos el éxito, el reconocimiento o una imagen social perfecta. Cambian las modas, pero el mensaje es siempre el mismo: "todavía te falta algo". Y así podemos pasarnos la vida persiguiendo espejismos.

Jesús, en cambio, nos sorprende con una afirmación desarmante. El Reino de Dios es como un tesoro escondido. Quien lo encuentra descubre algo tan valioso que todo lo demás pasa a un segundo plano. No vende cuanto tiene porque sea un héroe del sacrificio, sino porque ha encontrado algo infinitamente mejor.

Ese fue el caso de Mateo, el evangelista. Cuando Jesús pasó junto a su mesa de recaudador de impuestos, parecía que ya lo tenía todo: dinero, seguridad, influencia. Sin embargo, bastó una mirada y una invitación para que comprendiera que aquello que consideraba una fortuna era, en realidad, demasiado poco para humano corazón. Descubrió el verdadero tesoro y toda su vida cambió de dirección.

Algo parecido encontramos en la primera lectura. Salomón acaba de comenzar su reinado. Es joven y tiene por delante una tarea inmensa. Dios le ofrece pedir lo que quiera. Podría haber elegido riqueza, poder o una larga vida. Sin embargo, pide un corazón sabio para gobernar a su pueblo.

Es una petición admirable porque ha comprendido que la mayor riqueza no consiste en poseer muchas cosas, sino en saber distinguir lo importante de lo secundario. La sabiduría es la capacidad de reconocer dónde está el verdadero tesoro.

viernes, 24 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Hoy celebramos la fiesta del apóstol Santiago el Mayor, al que en España consideramos nuestro patrono desde muy antiguo. Por eso, vale la pena que nos centremos en lo que nos cuenta la Palabra de Dios.

Hay una frase del Evangelio proclamado que debería seguir resonando en la Iglesia con la fuerza de un terremoto: «No será así entre vosotros.»

Jesús no está hablando del Imperio romano ni de los poderosos de su tiempo. Está hablando de sus discípulos. Está hablando de nosotros.

Porque el problema no es solo que haya personas que quieran dominar. El problema es que todos llevamos dentro la tentación del poder. Nos gusta ser reconocidos, ocupar un lugar importante, que cuenten con nosotros, que nuestra opinión pese más que la de los demás. Hoy quizá no soñamos con tronos, como Santiago y Juan, pero sí con ser visibles, tener influencia, dejar huella, controlar las decisiones. Incluso el servicio puede convertirse en una forma elegante de buscar protagonismo.