Traducir

Buscar este blog

sábado, 21 de febrero de 2026

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo A)


Primera Lectura: Gen 2, 7-9;  3, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: Rom 5, 12-19
Evangelio: Mt 4, 1-11


La Cuaresma no empieza con una idea piadosa. Empieza con una decisión.
Y si la tomamos en serio, nos desinstala.

El relato del Génesis nos recuerda que somos polvo. Pero no polvo cualquiera: polvo al que Dios ha dado aliento. Vida recibida. No fabricada.

Por eso la conversión no es mejorar un poco el carácter. Es volver a colocarnos en la verdad de lo que somos.

El desierto: lugar de decisiones reales

El Evangelio según san Mateo nos sitúa a Jesús en el desierto. No como evasión, sino como lugar de elección.

Allí Jesús decide qué tipo de Mesías será. Y las tentaciones no son simples faltas morales. Son tres proyectos de vida:

         Pan fácil: resolverlo todo desde el poder inmediato.

         Espectáculo religioso: impresionar para convencer.

         Pacto con el poder: asegurar influencia a cambio de fidelidad rebajada.

Jesús rechaza las tres. Y esa decisión no queda en el aire. Determina cómo tratará a los pobres. Cómo afrontará el conflicto. Cómo se situará ante la autoridad religiosa y política. Cómo asumirá la cruz.

La conversión, entonces, no es un sentimiento. Es una orientación de la vida que afecta: Al uso del dinero. A la manera de ejercer autoridad. A la forma de hablar del otro. A las prioridades reales de nuestra agenda. Al modo de vivir en familia, en comunidad, en la Iglesia.

Si no toca eso, quizá no es conversión. Es emoción pasajera.

Adán y Cristo: dos maneras de estar en el mundo

San Pablo, en la Carta a los Romanos, contrapone a Adán y a Cristo.
Adán toma todo para sí. Cristo se entrega del todo. Uno se apropia. El otro confía.

Cada día elegimos a quién nos parecemos más. Y no en abstracto, sino en cosas pequeñas y muy concretas: en cómo respondemos a una crítica, en cómo manejamos un conflicto, en si defendemos la verdad cuando nos complica la vida.

La conversión, hermanos, no es intimismo. Es un cambio de lógica.

miércoles, 18 de febrero de 2026

MIÉRCOLES DE CENIZA


Primera Lectura: Joel 2, 12-18
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: 2 Cor 5, 20 – 6,2
Evangelio: Mt. 6, 1-6.16-18


Ceniza

Venimos de los carnavales. Días de ruido, de disfraces, de cierta ligereza. Y casi sin transición, la Iglesia nos coloca hoy un gesto sobrio, incómodo incluso: la ceniza. No hay tiempo para maquillajes espirituales. Comienza la Cuaresma.

Tomar en serio este tiempo no significa ponerse tristes ni adoptar una cara de vinagre. Significa algo más exigente: tomar la vida en las manos y mirarla con el Señor, desde su mirada limpia, tierna y verdadera.

La imposición de la ceniza es un gesto fuerte. Nos dice, sin rodeos, quiénes somos: polvo, fragilidad, límite. Todo lo que tanto nos preocupa —éxitos, resultados, reconocimientos— acaba siendo ceniza. No para despreciar la vida, sino para recolocar lo esencial.

Porque lo esencial está en otro lugar. No en lo que se ve, no en lo que se exhibe, sino en la interioridad, en la paz del corazón, en la verdad de lo que somos cuando nadie nos mira. Ahí se juega lo decisivo de nuestra vida.

La ceniza pone orden. En nosotros, al menos. Y quién sabe si también en la sociedad. A veces uno piensa —con una sonrisa— cuánto cambiarían nuestras discusiones políticas o vecinales si antes de empezar nos recordáramos mutuamente que todos somos polvo. Quizá bajaríamos el tono. Quizá escucharíamos más.

La Cuaresma es esto: cuarenta días de oportunidad, de desierto, de entrenamiento interior. Un tiempo para dejar aflorar el alma en medio del ruido cotidiano y preguntarnos con honestidad en qué estamos invirtiendo de verdad nuestra vida.

Interioridad

El Evangelio de hoy es directo, casi incómodo. Jesús no se enfrenta a pecadores públicos y notorios, sino a personas religiosas. Y señala una tentación muy concreta: vivir la fe de cara a la galería.

sábado, 14 de febrero de 2026

DOMINGO 6º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Eclo 15, 16-21
Salmo Responsorial: Sal 118
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 6-10
Evangelio: Mt 5, 17-37

 


“Ni una sola coma…”

Si no dejamos que la página de las bienaventuranzas nos ilumine, dé sabor a nuestra vida y nos convierta en una ciudad puesta en lo alto del monte, visible…
¿para qué sirve entonces llamarnos cristianos?

Hoy Jesús continúa su gran discurso. Y lo hace aclarando algo esencial.
Él no es un anarquista que venga a abolir las normas. Pero tampoco es un bonachón que diga que todo da igual, como si el amor fuera solo seguir el propio deseo y Dios tuviera que adaptarse a nuestros apetitos.

Jesús no viene a tirar la Ley por la ventana. Viene a llevarla a su origen, a su verdad más honda. A colocarla en el corazón.

Porque el gran riesgo de toda fe —también de la nuestra— es acomodarse, bajar el listón, vivir por inercia. La fe vivida por costumbre puede parecer correcta, incluso respetable… pero no genera discípulos. Genera tradición sin vida.

En un mundo que avanza deprisa, la fe corre el peligro de parecer atada al pasado, refugiada en una nostalgia tranquilizadora. Y Jesús no llama a eso. Llama a dar fruto.

La palabra Torá solemos traducirla como “ley”. Pero su raíz hebrea describe el vuelo de una flecha. La Ley no es un peso que aplasta, sino una dirección. Una indicación dada por Dios para que el ser humano alcance la vida.

Por eso Jesús dice algo tan radical: no se puede cambiar ni una coma.
No porque Dios sea puntilloso, sino porque tocar una coma es desviar la flecha.
Y desviar la flecha es perder el camino.

A partir de ahí, Jesús se atreve a algo inaudito. Repite una y otra vez: “pero yo os digo”. Y con esas palabras se coloca en una autoridad que nadie se había atribuido jamás. Relee la Ley y la devuelve a su verdad.