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sábado, 7 de noviembre de 2026

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sab 6, 12-16
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda Lectura: 1 Tes 4, 13-17
Evangelio: Mt 25, 1-13

Hemos leído muchas veces noticias que anuncian, con absoluta seguridad y supuestas pruebas bíblicas, que el fin del mundo llegará tal día de tal mes. Algunos incluso ponen fecha y hora a la última venida del Señor. Recuerdo que una vidente anunció que el mundo terminaría el 21 de diciembre de 2012. Y aquí seguimos.

Puede parecer una anécdota, pero revela algo curioso: siempre hay alguien empeñado en saber cuándo llegará el final, aunque Jesús haya dicho repetidamente que nadie conoce el día ni la hora.

Pero quizá la pregunta importante no sea cuándo terminará el mundo, sino cómo estamos viviendo mientras esperamos al Señor.

En estas últimas semanas del año litúrgico, la Palabra de Dios nos invita precisamente a mirar más allá de lo inmediato. La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de nuestros difuntos nos han ayudado a descubrir que no estamos hechos para vivir simplemente al día, sino para vivir con esperanza. También la experiencia de nuestra fragilidad nos recuerda que no podemos poner nuestra confianza definitiva en nada que no sea Dios.

Hoy Jesús nos habla de una boda y de diez muchachas que esperan la llegada del novio. Cinco son prudentes y cinco necias. Todas tienen lámparas; todas esperan; todas se quedan dormidas porque el novio tarda en llegar. Pero no todas están preparadas cuando llega.

Una fe adormecida

Hay algo desconcertante en esta parábola. Las muchachas prudentes parecen bastante egoístas: no quieren compartir su aceite. El novio llega tardísimo, en plena noche. Y, para colmo, también las prudentes se quedan dormidas. ¿En qué consiste entonces su prudencia?

La clave no está en que unas sean perfectas y otras no, ni en que unas permanezcan despiertas y otras se duerman. Todas se duermen. La diferencia está en que unas han previsto que la espera puede ser larga y han preparado lo necesario para mantener encendida su lámpara.

Mateo dirige esta parábola a una comunidad cristiana que estaba esperando la llegada inmediata del Señor. Pero el tiempo pasaba y algunos comenzaban a desanimarse. Otros habían dejado incluso de trabajar, convencidos de que el final estaba a la vuelta de la esquina. Pablo tuvo que recordarles que la esperanza cristiana no significa abandonar las responsabilidades de cada día.

domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


Primera Lectura: Is. 25,6-10
Salmo Responsorial: Salmo22
Segunda Lectura: 1Tes 4,12-17
Evangelio: Lc  24, 13-35

En el año 998, el abad Odilón de Cluny estableció que todos los monasterios bajo su jurisdiHace más de mil años, el abad Odilón de Cluny estableció que el 2 de noviembre se conmemorara a los fieles difuntos en su abadía. Más tarde, la Iglesia adoptó esta celebración justo después de la fiesta de Todos los Santos, recordándonos que la muerte no es el final, sino un paso hacia la plenitud. La alegría de los santos nos ayuda a entender que la muerte no es una derrota, sino un encuentro con Dios, que nos espera con amor.

¿Cómo enfrentarnos a la muerte?

El 2 de noviembre, muchos recordamos imágenes de cementerios llenos de flores, familias reunidas en silencio y un ambiente de recogimiento. Sin embargo, esta tradición se desvanece en una sociedad que prefiere ignorar la muerte, aunque muchas veces siga siendo la causante de ella. Para los jóvenes, los rituales fúnebres pueden parecer lejanos o incluso innecesarios. Pero cuando la muerte toca nuestra puerta —cuando perdemos a un padre, una madre, un esposo o un hijo—, nos damos cuenta de que no podemos evitarla.

Hoy, tendemos a esconder la muerte. La evitamos en las conversaciones, la disfrazamos con tradiciones como Halloween o la consumimos como un espectáculo en las noticias. Pero cuando llega a nuestra vida, nos deja sin palabras. ¿Cómo reaccionar ante el dolor de perder a alguien a quien queremos? ¿Cómo llenar el vacío que deja? Pues con: La esperanza cristiana.

Quienes han perdido a un ser querido saben que la muerte no puede ignorarse. La forma en que enfrentemos este misterio dará sentido a nuestra vida. Los cristianos no vemos la muerte como un final, sino como un paso hacia la vida eterna. Confiamos en Cristo resucitado y acompañamos a nuestros difuntos con oraciones, sabiendo que están en las manos de Dios.

sábado, 31 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Hoy celebramos una fiesta extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.

¡Qué hermoso es llegar a ser santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.

Dios cree en nosotros más de lo que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para hacerlas realidad.

Santo es quien descubre esa llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor transforme su vida.

La santidad no es una conquista reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos reviste de su vida y nos hace semejantes a él.

Por eso, no necesitamos hacer cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor extraordinario.

Ser santo puede significar cuidar con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor que no busca recompensa.

Los santos no son personas perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros, conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y encontraron la fuerza para volver a empezar.

Por eso, saquemos a los santos de las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor misionero.

Pero no olvidemos algo esencial: los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir a Jesús como ellos lo siguieron.

Las Bienaventuranzas nos muestran el camino de esa santidad.

Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.