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domingo, 21 de abril de 2019

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


En Jerusalén amanece muy pronto. El sol se está levantando e inunda de luz la piedra que reviste las casas de la ciudad vieja. Un enjambre de personas inicia su jornada laboral después del descanso festivo a la mitad de la semana. Rostros somnolientos pero enérgicos para encontrarse con el nuevo día.
Cientos de vidas, de historias, de personas, de dolor, de esperanzas. Una mezcolanza de razas y religiones, de orígenes y de credos.
No, no es difícil imaginar cómo fueron las cosas aquella mañana de abril en Jerusalén.

El fin
La historia de Jesús de Nazaret había terminado brutalmente en medio de la indiferencia de la gente.
La idea del Sanedrín era buena: detener al Maestro de noche, fuera de la ciudad, y traerlo ante el Consejo, reunido a toda prisa, para comunicarle la sentencia del proceso que ya había tenido lugar durante las semanas anteriores, como prescribía la Ley.
El decidido Anás estaba en lo cierto: la gente estaba demasiado cogida por la fiesta de la Pascua para darse cuenta de lo que iba a ocurrir. Sólo el odiado Pilato, que llegó a una desbordante ciudad de más de cien mil peregrinos, para supervisar la seguridad entre tanta afluencia de gente, se atrevió a mandar todo al cuerno jugando al gato y al ratón con los sumos sacerdotes. Porque sólo un romano era quien podía condenar a muerte un blasfemo. Roma se reservaba el ius gladii, la pena de muerte, y el impostor debería ser crucificado para que todo el mundo supiese que era un maldito. Sus discípulos no opondrían resistencia y la historia se olvidaría en unos pocos días.
Todo parece acabado aquella mañana. La gente está empezando a llevar y traer las mercancías y a situarse en las calles de la ciudad, comentando el éxito de la fiesta y de la venta de algunos productos a los peregrinos que se preparaban para volver a casa. Pocos hablaban sobre lo que pasó.
Nadie se dio cuenta de que aquellos dos hombres que parecían tener mucha prisa, corriendo en dirección al barrio esenio, en la colina de Sión, al oeste de la ciudad.

No está aquí
Todo comenzó de nuevo a partir de aquella carrera.
Una tumba vacía, el último dramático regalo dado a Jesús por el discípulo José de Arimatea, hombre rico y poderoso, que no pudo salvar de la muerte a su Maestro, permanecía allí, testigo vacío del silencio de la resurrección.

sábado, 20 de abril de 2019

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo C)


Pregón Pascual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

Estamos celebrando la noche más larga. Después de aquella en el que fuimos testigos, conmovidos e impotentes, de la lucha interior de Jesús y su terrible decisión de entregarse por la salvación de la humanidad, estamos a punto de celebrar a la madre de todas las vigilias, la noche en que la muerte fracasó en su pretensión de frenar el poder de Dios.

Este sábado, en el que la Iglesia espera poder correr hasta la tumba al amanecer y anunciar “no está aquí, ¡ha resucitado!”, se ha ido consumiendo en el silencio de una temblorosa expectativa de alegría. Frente a la tumba vacía, la comunidad de los discípulos piensa en las palabras y en los gestos del Maestro, las palabras y los gestos que ahora se interpretan correctamente.

No solo eso: la mirada se expande más allá del horizonte y replantea toda la historia entre Dios e Israel, reuniendo en los eventos narrados por las Escrituras un crescendo que se remonta a la venida de Cristo y a su muerte y resurrección.

¡Tenemos algo por qué regocijarnos, hermanos en la fe! ¡Hoy el Señor Jesús se levanta de la muerte manifestando a todos lo que realmente es! Dejemos que sea el torrente abrumador y desbordante de la proclamación de la Pascua el que rompa los diques de desconfianza y de dolor que a veces caracterizan nuestra pequeña vida.

Huir del Sepulcro
Seguimos buscando al crucificado. Pensamos que, de verdad, Dios quiere estar embalsamado. Nos creemos, y acabamos por conseguirlo, adecuar nuestra vida y nuestra pastoral a la trágica lógica del embalsamamiento.

Como si Dios quisiera ser venerado como una momia; o custodiado en un mausoleo.

Piadosa y devota es la fe de las mujeres que, el día siguiente del sábado, van a completar lo que no han logrado hacer durante aquel trágico viernes.

Buscan a su Maestro, que ha sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscan con desesperación y con resignación.

Quieren devolverle una apariencia de dignidad a aquel hombre que han querido y seguido. Que las ha querido e instruido.

Ilusas. El Señor está ya en otro lugar. Ha resucitado.

viernes, 19 de abril de 2019

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 52, 13 - 53,12
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9
Pasión de N.S.J.C.: Jn 18,1 - 19,42

La Palabra proclamada en el día de hoy ya resulta lo suficientemente elocuente, sin que un comentario pueda añadir gran cosa, pues lo que tenemos delante para nuestra contemplación es el Hijo del Hombre escarnecido ante el mundo, es el drama entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y de la vida.
Cada uno puede comprender, sin muchas palabras, que todo el ser humano, toda la vida, y el sentido de la historia y del mundo, están puestos en juego aquí, ante Cristo muerto en cruz. Casi dan ganas de desaparecer y dejar el puesto al Misterio del Amor y misericordia así manifestado. Pero no me resisto a poner rostros concretos a la Pasión de Cristo que acabamos de proclamar: el rostro de los crucificados de la Historia, en quien hoy sigue muriendo el Siervo el Justo, llevado al matadero.
No se trata de una narración sociológica, ni de un manifiesto revolucionario ante la opresión producida, de modo aterrador, por los poderosos y las fuerzas del mal. Se trata de contemplar al Crucificado reconociendo que en tantos hermanos nuestros descartados, sufrientes y maltratados de tantas formas, es el Hijo de Dios el que sufre, padece y muere. Ellos son los rostros de la pasión de Cristo. 

jueves, 18 de abril de 2019

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15


Comenzamos el Triduo Pascual; los tres días más largos del año, las últimas horas de Jesús de Nazaret. Esta mañana, en todas las Catedrales del mundo, los sacerdotes se reunieron con su Obispo para consagrar los óleos del consuelo y, finalmente, esta tarde en todas las parroquias, desde las grandes ciudades a las apartadas comunidades rurales, recordamos aquella entrañable noche, aquella cena llena de emoción en la que el Señor inventaba el pan para el camino; el momento en que cada sacerdote se siente llamado a repetir aquel gesto; el momento en que, pidiendo a los apóstoles que repitieran aquella acción, el Señor Jesús instituyó el sacerdocio...

El último acto
El último acto de Jesús comienza aquí, con esta Cena que es la presencia del Señor entre nosotros. Él desea ardientemente comer la Pascua con nosotros: su corazón arde como una antorcha, su Presencia es un incendio de amor.

Jesús, al final, cumple todo lo que ha dicho y hecho con un gesto que nadie, ni siquiera los apóstoles, habrían podido imaginar:  el Señor Jesús se entrega y se deja destrozar. Lo suyo no son solamente bonitos discursos y vacías palabras. El gesto de la muerte en cruz es definitivo e inequívoco:  no cabe ser interpretado, sólo puede ser acogido o rechazado.

Jesús está a punto de vivir completamente el amor hasta la paradoja, como la mayor parte de las veces había predicado. En este gesto, nos está diciendo: “Tu corazón está endurecido, no has entendido que te quiero, y el único modo para hacerte entender la alhaja que tú eres para mí, es que mi amor se convierta en sangre derramada, en un regalo absoluto de mi vida por ti”. Juan el evangelista introduce la Pasión en su evangelio diciendo: “Jesús, después, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Jesús elige entregarse a cada uno de nosotros de un modo sencillo, pobre y escandaloso. De un modo que nos llena la cabeza de duda y perplejidad: ¿Cómo es posible?: un poco de pan, un poco de vino y ¿tengo que creer que Jesús está presente ahí...? Pascal nos contestaría: “Si creo que Dios se ha hecho hombre, no tengo ningún problema en creer que pueda hacerse pan y vino.” Jesús, de entrada, acepta el riesgo de la incomprensión y sigue entregándosenos cada día, también hoy.

Jesús acepta no ser comprendido en nuestras eucaristías, a veces descoloridas, con poca fe, apresuradas y muchas veces improvisadas. Vivamos esta celebración con el corazón abierto, dejémonos ser colmados de asombro por este regalo sin medida que nos hace el Señor de sí mismo.
Digámosle con ternura: nosotros celebramos la cena, Señor, y te hacemos presente; ¡gloria y alabanza a ti Señor, nuestro pan y nuestro vino!

Se acabó
Jesús sabe muy bien que el tiempo se le acaba. ¿Habrá hecho todo lo posible para convertir el corazón de las personas, el corazón de su pueblo? ¿Le queda algo por hacer? Jesús, como también nos ocurre a nosotros, experimenta el límite, tantea su fragilidad y sopesa el rechazo humano. ¿Qué podemos hacer con un Dios que dialoga? ¿con un Dios qué nos deja libres para elegir? ¿Qué podemos hacer con un Dios que rechaza las reglas para pedirnos que amemos?, porque el amor no puede encerrarse en el estrecho cauce de un código. ¿Qué podemos hacer con un Dios que nos llama “amigos”, obligándonos con ello a tomar partido por Él?