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sábado, 28 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 50, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda Lectura: Fil 2, 6-11

        Jesús sube montado en un pollino por la ladera que lleva a Jerusalén. Una ciudad en tensión. Una ciudad que espera.

        La gente lo reconoce. Corren los niños, agitan ramas, alguien grita:
«¡Hosanna!», que significa: «¡sálvanos ya!».

        Es una escena casi contradictoria. Porque entra como rey… pero no impone. Entra como salvador… pero desarmado. Entra en la ciudad… que matará a los profetas. Y, aun así, entra.

 Habituados

        Quizá el problema es que nosotros ya conocemos demasiado bien esta historia. Sabemos cómo empieza… y cómo termina. Sabemos lo que viene después: la traición, el juicio, la cruz.

        Y, sin darnos cuenta, nos volvemos espectadores tranquilos. Como quien ve una película ya conocida. Nos hemos acostumbrado.

 

*                 Nos hemos acostumbrado a oír que Dios nos salva… sin sentir que lo necesitamos.

*                Nos hemos acostumbrado a hablar del pecado… mirando más el de los otros que el propio.

*                 Nos hemos acostumbrado incluso a la cruz… y eso es peligroso.

        Porque cuando todo suena familiar… deja ya de tocarnos.

        Y, sin embargo, lo que hoy comienza no tiene nada de rutinario. Es, en cierto modo, el momento más arriesgado de toda la historia.

martes, 24 de marzo de 2026

Solemnidad de la Anuncicación del Señor (25 de marzo)

 

Primera Lectura: Is 7, 10-14; 8, 10b
Salmo Responsorial: Salmo 39
Segunda Lectura: Heb 10, 4-10
Evangelio: Lc 1, 26-38 


A nueve meses de la Navidad, la liturgia abre hoy como un paréntesis luminoso en medio de la Cuaresma. Y no es un paréntesis decorativo. Es como si se nos permitiera asomarnos al origen de todo lo que estamos a punto de celebrar.

Porque el que va a ser entregado en la cruz… es el mismo que hoy comienza su camino en el seno de María. El que muere como grano de trigo… es el que ahora acepta nacer. El Dios incomprendido… decide, por fin, explicarse desde dentro.

Hoy volvemos a ese diálogo tan sencillo y tan desconcertante: el encuentro entre el ángel Gabriel y María.

Y, si uno lo piensa despacio, todo ocurre en un lugar absolutamente irrelevante. Nazaret. Un rincón perdido. Sin prestigio, sin historia, sin importancia.

Y la protagonista… una adolescente. Sin poder, sin influencia, sin reconocimiento. Ahí sucede lo decisivo.

Esto, la verdad, descoloca. Porque nosotros seguimos pensando que lo importante pasa en los grandes escenarios, en lo visible, en lo que cuenta.

Pero Dios… no. Dios no piensa así.

Dios, cansado de ser malinterpretado, decide venir a contarse a sí mismo. Y lo hace de una manera que rompe todos nuestros esquemas. Porque el ser humano, cuando imagina a Dios, tiende a deformarlo como un Dios lejano, exigente, al que hay que calmar, convencer o incluso temer.

sábado, 21 de marzo de 2026

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Ez 37, 12-14
Salmo Responsorial: Salmo 129
Segunda Lectura: Rom 8, 8-11



Es espléndido nuestro Dios. Lo hemos ido descubriendo domingo tras domingo: un Dios que sacia, que ilumina, que devuelve vida.

Y la Cuaresma… la verdad… no es otra cosa que volver a eso esencial. Quitar ruido. Quitar prisa. Dejar que lo que llevamos dentro —a veces tan enterrado— vuelva a respirar. Convertirnos, sí, pero en algo muy concreto: volver a la vida.

Y hoy el Evangelio nos coloca ante una escena que no se puede esquivar. No es una idea. Es una historia. Una casa. Un duelo. Una muerte.

Betania

Todo sucede en Betania. Un lugar pequeño, casi insignificante. Pero para Jesús era otra cosa: era casa, amistad y descanso.

Y esto es importante… porque aquí no estamos ante un milagro más. Estamos ante algo que toca a Jesús por dentro. No es un desconocido. Es Lázaro. Su amigo.

Y sin embargo… cuando enferma, Jesús no está. Y cuando le avisan, no se apresura. Llega tarde. Esto nos desconcierta. Porque se parece demasiado a lo que vivimos nosotros.

Cuando la enfermedad entra en casa. Cuando la muerte aparece. Cuando algo se rompe… y Dios no parece llegar a tiempo.

Ahí, muchas veces, algo se tambalea por dentro: la fe, la confianza… incluso la imagen que teníamos de Dios.

Marta y María

Marta sale al encuentro. María también. Las dos dicen lo mismo:
“Señor, si hubieras estado aquí…” No es un reproche agresivo.

Es algo más hondo. Es dolor que confía. No entienden… pero no rompen la relación.

Y esto, creo, es muy real. La fe no es entenderlo todo. Es seguir saliendo al encuentro, incluso cuando no encaja nada.

Lloran. Y con ellas, todo el pueblo. Y entonces ocurre algo que a veces pasamos demasiado rápido.