El Señor ha resucitado. Eso lo
decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.
Lo han visto, sí. Lo han abrazado.
Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de
encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.
Ahí están: Pedro y Juan corriendo
sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose
con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea
recta.
Y quizá eso nos tranquiliza un
poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos
confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.
Pero hay algo decisivo: el Señor
sale al encuentro. Siempre.
No espera a que estemos bien. Nos
alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos,
aunque nosotros no lo tengamos nada claro.
¿Para quién soy importante?
Si uno se para un poco… la pregunta
aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?
No importante “porque sirvo para
algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.
Todos necesitamos eso. Alguien que
nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de
nosotros mismos.
El problema es que el mundo va en
otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.
Y al final, casi sin darnos cuenta,
acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que
conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.
Por eso tanta prisa. Tanta
apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.
A veces incluso caminos oscuros…
como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho
y terminan vaciándolo todo.
En medio de eso, la Iglesia dice
algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.
Pero claro… o eso es verdad, o todo
lo demás se tambalea.
El buen Pastor
Hoy Jesús usa una imagen muy
sencilla: pastor.
Pero no uno cualquiera. No alguien
que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que
no confunde a unas ovejas con otras.
Y eso lo cambia todo.


