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sábado, 14 de marzo de 2026

DOMINGO 4º DE CUARESMA (Ciclo A)


Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Ef 5,8-14
Evangelio Jn 9, 1-41


El domingo pasado contemplábamos a la samaritana junto al pozo: una mujer con una sed infinita de amor y de sentido, que había intentado saciarla de mil maneras sin conseguirlo. Hasta que encontró a Jesús. Entonces todo cambió. Ella, que vivía escondiéndose por miedo al juicio ajeno, se convirtió en testigo y en fuente para quienes antes evitaba. Pasa de pecadora a discípula.

Hoy el evangelio nos propone otra historia igual de asombrosa: la del ciego de nacimiento.

 Dios nos ve

Es Jesús quien, yendo de camino, ve al ciego. El hombre no grita, no llama, quizás ni siquiera sabe quién es ese Nazareno que pasa por delante. Su vida entera ha sido un mundo de sombras. Nunca ha visto la luz. ¿Cómo podría desearla?

Y sin embargo, Dios lo ve. Ve su dolor, su soledad, su vergüenza. Una vergüenza que lleva sin haberla merecido, porque la mentalidad de la época interpretaba su ceguera como castigo divino por los pecados de sus padres.

Ciertamente, un Dios que castiga así resulta aterrador. Por desgracia, muchas personas siguen pensando así hoy, y se alejan de Él precisamente cuando más lo necesitan.

Pero Jesús toma un poco de barro, lo pone sobre los ojos del ciego, y el hombre ve. Y después se va, sin esperar aplausos. Lo que quiere demostrar es sencillo y revolucionario: Dios no castiga, Dios sana. Dios no condena, Dios busca.

 El camino de la iluminación

Tras la curación se desata un debate feroz. Pero el verdadero protagonista es uno solo: ese hombre que ha recuperado primero la vista, luego el honor y finalmente la fe.

sábado, 7 de marzo de 2026

DOMINGO 3º DE CUARESMA (Ciclo A)

Primera Lectura: Ex 17,3-7
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda Lectura: Rom 5, 1-2. 5-8
Evangelio: Jn 4, 5-42

 
 

La sed no admite teorías. Cuando uno tiene sed, todo el cuerpo lo sabe. Todo se concentra en esa necesidad.

El pueblo de Israel lo experimentó en el desierto. No hay agua y comienzan las murmuraciones. “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”

La sed física termina convirtiéndose en una pregunta espiritual.

También nosotros estamos sedientos. No solo de agua ─ un bien que será cada vez más escaso y motivo de conflictos ─ sino sedientos de algo más hondo: de sentido, de amor verdadero, de paz interior, de esperanza que no defraude.

Y esa sed, cuando no se reconoce, nos desordena la vida.

Bochorno

Jesús llega a Sicar, cansado, al mediodía. Se sienta junto al pozo. Y tiene sed. Es impresionante: Dios tiene sed.

Sed de agua, sí. Pero sobre todo sed de fe. Es la sed de esa mujer que viene a una hora en que nadie viene, para no cruzarse con miradas que la juzgan.

Hay en la escena un cansancio muy humano. Y en esa situación, Jesús se expone. Cruza fronteras religiosas, culturales, morales. Se arriesga a la incomprensión. Todo por iniciar un diálogo.

Porque Dios no salva desde lejos. Se sienta en el brocal de nuestro pozo.

Reacia y con aristas

La mujer reacciona con desconfianza ante este acercamiento. Y es lógico.

Los judíos y los samaritanos se despreciaban. Un hombre no hablaba en público con una mujer. Y esta mujer, además, llevaba una historia afectiva fragmentada. Había buscado amor muchas veces y no había encontrado descanso.

Jesús no empieza corrigiéndola. Empieza pidiendo: “Dame de beber”.

Dios mendiga. Dios provoca un diálogo desde la necesidad. Y poco a poco la conduce hacia otra sed. Aquí está el centro del encuentro.

sábado, 28 de febrero de 2026

DOMINGO 2º DE CUARESMA (Ciclo A)

Primera Lectura: Gen 12,1-4a
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda Lectura: 2 Tim 1,8b-10
Evangelio: Mt 17, 1-9

Apenas hemos comenzado la Cuaresma. Hemos entrado en el desierto, hemos mirado nuestras tentaciones, nuestras fragilidades… y hoy la liturgia nos lleva a un monte alto.

No es una contradicción. Es la pedagogía de Dios.

Primero el desierto, sí. Pero no para quedarnos en la aridez. El desierto es para purificar la mirada. Porque la meta no es la mortificación. La meta es la belleza de la Pascua.

 

Hoy se nos invita a subir al Tabor.

La primera lectura nos habla de Abrahán. “Sal de tu tierra”.
Salir es siempre doloroso. Salir significa romper con seguridades, con costumbres, con una forma de mirar el mundo. Dios no le explica demasiado. Solo le promete una bendición.

Abrahán camina atraído por una promesa. No por una obligación. No por miedo. Por una palabra que le abre horizontes. Eso es la fe: dejar una tierra para ir hacia una belleza que todavía no vemos del todo.

Y en el evangelio, en el monte, Pedro, Santiago y Juan ven algo que no esperaban. Jesús se transfigura. Su rostro brilla. Sus vestidos resplandecen.

Por un instante contemplan quién es Él de verdad.

No es un espectáculo. Es una revelación. Es como si el Padre dijera: “Esto es lo que hay en el fondo. Esta es la verdad última”.

Y añade: “Escuchadlo”. Escuchar a Jesús. Ahí está el centro.

Fealdad

Vivimos en una cultura saturada de imágenes y de ruido. Consumimos sin descanso estímulos, opiniones, mensajes. Lo vemos todo. Lo comentamos todo. Pero escuchamos poco. Muy poco.

Y cuando se pierde la escucha, se empobrece la mirada. Y cuando se empobrece la mirada, aparece el feísmo. No hablo solo de estética. Hablo de algo más profundo.