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sábado, 30 de mayo de 2026

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev

Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18


A menudo llevamos dentro una imagen equivocada de Dios.

No siempre lo decimos, pero aparece enseguida cuando la vida se complica: pensamos en un Dios lejano, exigente, imprevisible. Un Dios que calla mientras el mundo sufre. Y entonces nacen preguntas muy humanas: ¿por qué tanto dolor?, ¿por qué tanta injusticia?, ¿dónde está Dios?

La verdad es que muchas personas no rechazan al verdadero Dios. Rechazan una caricatura de Dios. Y quizá nosotros mismos, a veces, seguimos creyendo más en un dios severo y controlador que en el Dios que Jesús anuncia.

Por eso esta fiesta de la Trinidad es importante. No celebra una teoría complicada sobre Dios. Celebra una revelación: cómo es realmente Dios.

Y lo primero que descubrimos en la Biblia es algo sorprendente. Cuando Dios se presenta a Moisés no lo hace mostrando poder, sino misericordia. Se define como compasivo, paciente, rico en amor y fidelidad.

Eso ya rompe muchos de nuestros esquemas.

Porque nosotros solemos admirar la fuerza, el éxito, la eficacia. Dios, en cambio, pone en el centro la ternura y la fidelidad.

Y quizá necesitamos escuchar esto hoy más que nunca.

Vivimos en una sociedad cansada. Muy conectada, pero muy sola. Una sociedad donde cuesta confiar y donde muchas personas viven permanentemente defendiéndose. Hay miedo a no valer, a no dar la talla, a quedarse atrás.

Y poco a poco trasladamos esa lógica también a Dios. Pensamos que Dios nos quiere cuando respondemos, cuando somos buenos, cuando hacemos las cosas bien.

Pero el Evangelio de hoy dice exactamente lo contrario: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”.

No dice: “Tanto premió Dios al mundo”. Dice: “Tanto amó”.

Dios, ante todo, ama. Ama gratuitamente. Ama incluso este mundo frágil y contradictorio que tantas veces nosotros despreciamos o condenamos.

Y eso cambia completamente la fe cristiana.

Porque Jesús no vino a aumentar el miedo religioso. Vino a enseñarnos el rostro verdadero de Dios.

sábado, 23 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el gran regalo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo. El Espíritu defensor, consolador, vivificador. El Espíritu que sostiene la fe cuando se debilita y ensancha el corazón cuando se encierra.

Porque, la verdad, los discípulos solos no podían. Y nosotros tampoco.

Jesús les había confiado una misión inmensa: anunciar el Evangelio, hacer visible el Reino de Dios, continuar su obra en medio del mundo. Pero aquellos hombres seguían teniendo miedo, dudas, heridas. Habían visto al Resucitado, sí… pero todavía estaban encerrados por miedo.

Y quizá eso también nos pasa a nosotros. Creemos, pero muchas veces vivimos encerrados. Encerrados en el cansancio, en la prudencia excesiva, en una fe demasiado tímida. Encerrados también en una cultura que habla mucho de bienestar, de éxito, de rendimiento… pero que cada vez sabe menos de esperanza, de silencio, de interioridad, de Dios.

Por eso necesitamos el Espíritu.

Pentecostés

La fiesta judía de Pentecostés —la fiesta de las Primicias— celebraba los primeros frutos de la cosecha y también el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. Israel estaba orgulloso de aquella Ley recibida de Dios. Y con razón. Era el signo de la alianza.

Lucas sitúa precisamente ahí la venida del Espíritu para decirnos algo importante: la nueva Ley ya no estará escrita sólo en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas.

Jesús no viene a multiplicar normas. Bastantes cargas tenía ya la gente.
Jesús va a lo esencial.

Un solo mandamiento: amar.

Y eso suena hermoso… hasta que llega la vida concreta. Porque amar cuando uno está herido, cansado, decepcionado o resentido no es tan sencillo.
Hermanos, amar de verdad cuesta.

Por eso el cristianismo no consiste simplemente en “portarse bien”. Eso sería demasiado pobre. El Evangelio es dejarse transformar por dentro.

El Espíritu no añade peso; cambia el corazón.

sábado, 16 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A) - Domingo 7º de Pascua


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

           

         La verdad es que la Ascensión es una fiesta extraña. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor que Jesús se quedara? Tal vez hubiéramos podido oírle de viva voz. Tal vez hubiéramos podido conocer así el pensamiento de Dios, en vez de barruntarlo a través de personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.

Y sin embargo, no fue así. Como sucede tantas veces en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre. Hay que tener el valor de reflexionar y atreverse a comprender.

En los evangelios, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da su Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Bienvenidos, pues, a la lógica de Dios, que no es la nuestra.

Como Elías

La narración de los Hechos tiene de fondo la ascensión de Elías: aquel gran profeta arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, que desaparece entre las nubes. Y su discípulo Eliseo, al verlo desaparecer, tiene la certeza de haber recibido al menos una parte de su espíritu profético.

Lucas describe la Ascensión usando el mismo esquema: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres vestidos de blanco, igual que los ángeles testigos de la Resurrección.

Pero lo central no es el prodigio en sí. Lo central es lo que ese prodigio significa: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de Elías, los apóstoles reciben el mandato del anuncio del Evangelio por parte del Resucitado. No es un adiós. Es la entrega de una misión.

Y son los ángeles quienes dan la clave de todo: no miréis al cielo, mirad a la tierra. Mirad lo concreto del anuncio.

Dudaron

Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre una montaña. La montaña, en toda la Biblia, es el lugar de la experiencia de Dios. Pero la Galilea de entonces no era un lugar sagrado ni respetable. Era la tierra del mestizaje, del confín, la primera en caer bajo el invasor asirio, que sobrevivió entre componendas bien lejos del rigor que pedían los fariseos de Jerusalén. Llamar galileo a alguien era un insulto.

Y sin embargo, Galilea es también el lugar donde todo comienza. El lugar del primer encuentro, del enamoramiento. Jesús elige ese lugar, no Jerusalén. El lugar de los que han vivido la frontera y la fragilidad.

Y allí, en esa montaña, Mateo dice algo que casi siempre se pasa por alto: los discípulos lo vieron y lo adoraron, pero algunos dudaron.