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| Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama. |
Hay personas que ven la religión
como un conjunto interminable de normas, prohibiciones y obligaciones. Como si
ser cristiano consistiera, sobre todo, en saber qué está permitido y qué está
prohibido, qué se puede hacer y qué no.
Algo parecido sucedía en tiempos
de Jesús. A los diez mandamientos se habían añadido numerosas normas y
prescripciones que hacían muy difícil conocer y cumplir todas las exigencias de
la Ley. Y, en medio de aquella maraña de 613 preceptos, surgía una pregunta
decisiva: ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es lo que Dios espera de
nosotros?
Un doctor de la Ley se acerca a
Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de
la Ley?».
Jesús responde sin rodeos: «Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».
Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Dos mandamientos, pero una sola
manera de vivir la fe: amar a Dios y amar a los demás. Todo lo demás tiene que
encontrar aquí su sentido.
Amar
a Dios con toda la vida
Jesús comienza recordando la
oración que todo judío piadoso conocía: «Escucha, Israel: el Señor es
nuestro Dios, el Señor es uno». Y, desde esa fe, proclama que estamos
llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con
toda nuestra mente.
Amar a Dios con todo el corazón
significa poner en ese amor lo mejor de nosotros mismos. No se trata de esperar
a tener un carácter perfecto, de sentir siempre entusiasmo religioso o de
convertirnos en personas sin defectos. Se trata de amar desde lo que somos, con
nuestras posibilidades y limitaciones, procurando que nuestra vida sea cada vez
más coherente con el Evangelio.
Amar a Dios con toda el alma
significa no vivir una fe fragmentada, reservada para determinados momentos. No
podemos dejar a Dios en un rincón y acordarnos de él solamente cuando tenemos
problemas o necesitamos su ayuda. Dios tiene que ver con nuestro trabajo,
nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás y
nuestra manera de afrontar el sufrimiento.
Y amar a Dios con toda la mente
significa también pensar nuestra fe, profundizar en ella y buscar razones para
creer. La fe cristiana no es solamente una emoción o un sentimiento: es una
manera de comprender la vida y de comprometerse con ella.
Pero hay algo todavía más
fundamental: antes de que nosotros podamos amar a Dios, necesitamos
descubrir que él nos ama. Nuestro amor no nace de una obligación, sino de
una experiencia recibida. Solo quien se sabe querido puede aprender a amar de
verdad.
Por eso, el primer paso no consiste en preguntarnos cuánto amamos a Dios, sino si nos dejamos alcanzar por su amor y si permitimos que transforme nuestra vida.


