Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Vivimos tiempos difíciles. Eso ya
lo sabe cualquiera. No hace falta que lo diga yo. Lo que sí vale la pena
nombrar es que ese malestar no nos es ajeno a los creyentes.
A mí me pesa mucho el clima de
contraposición que lo envuelve todo: si eres de aquí o de allá, si crees o no
crees, si estás dentro o fuera. Hay muchos que no encajan en ningún bando, que
viven en tierra de nadie y se preguntan: ¿yo aquí qué hago?
Y eso, sin contar lo que nos llega
de dentro de la propia Iglesia. Comportamientos que duelen, escándalos que no
deberían existir. Y sin embargo, aquí estamos. Meditando un evangelio de
resurrección. De confianza. De alegría.
No es escapismo. Es que hay algo
que el mundo no ve y los discípulos sí.
Socorro
Jesús lo dice con calma en este
evangelio: "Os daré otro Paráclito, para que esté con vosotros
siempre."
La palabra necesita un momento.
Paráclito significa defensor, el socorrista, el ayudante, el mediador, el
valedor. El que viene cuando no puedes solo. El que está a tu lado cuando el
juicio parece perdido.
Jesús dice que lo envía para que
los discípulos no se queden huérfanos. Y esa palabra, huérfanos, importa. No es
solo quedarse sin padres: es quedarse sin referencia, sin raíz, sin casa. Y ese
es exactamente el riesgo que sentimos en tiempos como estos. Que el ruido nos
sature hasta no saber ya qué es verdad.
El Espíritu no viene a resolvernos
los problemas. Viene a ayudarnos a leer lo que pasa. A la luz de la fe. Tanto
la historia grande como la nuestra propia, que a veces es más oscura que la del
telediario.
Con esa luz, las cosas no se
vuelven más fáciles, pero sí más legibles. Hay un horizonte donde antes solo
había niebla.
Felipe
La primera lectura nos habla de Felipe. Tuvo que huir de Jerusalén cuando estalló la persecución. No fue una salida triunfal. Fue una huida.

