Hoy celebramos una fiesta
extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la
plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y
nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.
¡Qué hermoso es llegar a ser
santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una
vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios
tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes
estamos llamados a ser.
Dios cree en nosotros más de lo
que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que
a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para
hacerlas realidad.
Santo es quien descubre esa
llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor
transforme su vida.
La santidad no es una conquista
reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos
recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos
reviste de su vida y nos hace semejantes a él.
Por eso, no necesitamos hacer
cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que
podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor
extraordinario.
Ser santo puede significar cuidar
con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar
cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a
quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se
juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor
que no busca recompensa.
Los santos no son personas
perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros,
conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y
encontraron la fuerza para volver a empezar.
Por eso, saquemos a los santos de
las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros
amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a
Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de
Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor
misionero.
Pero no olvidemos algo esencial:
los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir
a Jesús como ellos lo siguieron.
Las Bienaventuranzas nos
muestran el camino de esa santidad.
Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.


