Hemos leído muchas veces noticias
que anuncian, con absoluta seguridad y supuestas pruebas bíblicas, que el fin
del mundo llegará tal día de tal mes. Algunos incluso ponen fecha y hora a la
última venida del Señor. Recuerdo que una vidente anunció que el mundo
terminaría el 21 de diciembre de 2012. Y aquí seguimos.
Puede parecer una anécdota, pero
revela algo curioso: siempre hay alguien empeñado en saber cuándo llegará el
final, aunque Jesús haya dicho repetidamente que nadie conoce el día ni la
hora.
Pero quizá la pregunta importante
no sea cuándo terminará el mundo, sino cómo estamos viviendo mientras esperamos
al Señor.
En estas últimas semanas del año
litúrgico, la Palabra de Dios nos invita precisamente a mirar más allá de lo
inmediato. La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de nuestros difuntos nos
han ayudado a descubrir que no estamos hechos para vivir simplemente al día,
sino para vivir con esperanza. También la experiencia de nuestra fragilidad nos
recuerda que no podemos poner nuestra confianza definitiva en nada que no sea
Dios.
Hoy Jesús nos habla de una boda y
de diez muchachas que esperan la llegada del novio. Cinco son prudentes y cinco
necias. Todas tienen lámparas; todas esperan; todas se quedan dormidas porque
el novio tarda en llegar. Pero no todas están preparadas cuando llega.
Una
fe adormecida
Hay algo desconcertante en esta
parábola. Las muchachas prudentes parecen bastante egoístas: no quieren
compartir su aceite. El novio llega tardísimo, en plena noche. Y, para colmo,
también las prudentes se quedan dormidas. ¿En qué consiste entonces su prudencia?
La clave no está en que unas sean
perfectas y otras no, ni en que unas permanezcan despiertas y otras se duerman.
Todas se duermen. La diferencia está en que unas han previsto que la espera
puede ser larga y han preparado lo necesario para mantener encendida su
lámpara.
Mateo dirige esta parábola a una comunidad cristiana que estaba esperando la llegada inmediata del Señor. Pero el tiempo pasaba y algunos comenzaban a desanimarse. Otros habían dejado incluso de trabajar, convencidos de que el final estaba a la vuelta de la esquina. Pablo tuvo que recordarles que la esperanza cristiana no significa abandonar las responsabilidades de cada día.


