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viernes, 24 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Hoy celebramos la fiesta del apóstol Santiago el Mayor, al que en España consideramos nuestro patrono desde muy antiguo. Por eso, vale la pena que nos centremos en lo que nos cuenta la Palabra de Dios.

Hay una frase del Evangelio proclamado que debería seguir resonando en la Iglesia con la fuerza de un terremoto: «No será así entre vosotros.»

Jesús no está hablando del Imperio romano ni de los poderosos de su tiempo. Está hablando de sus discípulos. Está hablando de nosotros.

Porque el problema no es solo que haya personas que quieran dominar. El problema es que todos llevamos dentro la tentación del poder. Nos gusta ser reconocidos, ocupar un lugar importante, que cuenten con nosotros, que nuestra opinión pese más que la de los demás. Hoy quizá no soñamos con tronos, como Santiago y Juan, pero sí con ser visibles, tener influencia, dejar huella, controlar las decisiones. Incluso el servicio puede convertirse en una forma elegante de buscar protagonismo.

sábado, 18 de julio de 2026

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Todos hemos sentido alguna vez la misma pregunta: si el Evangelio lleva dos mil años anunciado, ¿por qué el mundo sigue estando tan lleno de violencia, injusticia y mentira? ¿Ha servido realmente de algo tanta semilla sembrada?

Jesús no esquiva esa pregunta. Al contrario, responde con una parábola desconcertante. El campo es bueno, la semilla es buena, pero también crece la cizaña. Y ambas conviven.

Lo primero que nos recuerda el Señor es algo que fácilmente olvidamos: Dios no ha creado un mundo malo. El libro de la Sabiduría lo afirma con serenidad. La creación lleva la huella de un Dios justo y bueno. A pesar de todo lo que vemos cada día, el bien es más profundo que el mal. El hombre está hecho para amar, aunque esto tantas veces se desfigure. La belleza, la bondad y la verdad siguen brotando silenciosamente en medio de tanta oscuridad.

Quizá el problema es que el mal hace mucho ruido y el bien casi siempre trabaja en silencio.

Vivimos en una cultura fascinada por el conflicto. Las malas noticias ocupan las portadas; el insulto viaja más deprisa que la reconciliación; las redes sociales nos empujan continuamente a elegir bando, a clasificar a las personas entre buenos y malos, a cancelar al que piensa distinto. Nos acostumbramos a mirar el mundo desde la sospecha. Y casi sin darnos cuenta acabamos creyendo que eliminar al adversario resolverá los problemas.

 Cizaña

La parábola proclamada dice exactamente lo contrario.

Cuando los criados proponen arrancar inmediatamente la cizaña, el dueño del campo responde: «No. Esperad.»

No porque el mal le resulte indiferente. Tampoco porque todo dé igual. Sino porque conoce mejor que nosotros el corazón humano. Sabe que quien pretende extirpar el mal con demasiada seguridad acaba, muchas veces, destruyendo también el trigo.

La historia está llena de ejemplos. También los cristianos hemos caído alguna vez en esa tentación. Convencidos de poseer toda la verdad, hemos confundido la defensa del Evangelio con la condena de las personas. Hemos querido construir el Reino separando cuanto antes a los puros de los impuros. Pero Jesús nunca hizo eso.

Porque la frontera entre el bien y el mal no pasa primero entre unos y otros. Pasa por el corazón de cada persona.

Ahí está la gran enseñanza de esta parábola.

sábado, 11 de julio de 2026

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

Vivimos rodeados de palabras. Nunca la humanidad había producido tantas. Noticias, tertulias, mensajes, vídeos, opiniones, publicidad... Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, miles de palabras pasan por nuestra cabeza. Muchas entretienen, algunas indignan, otras tranquilizan por un momento. Pero pocas, muy pocas, cambian realmente la vida.

Y, sin embargo, en medio de ese inmenso ruido sigue resonando una Palabra distinta: la Palabra de Dios.

No grita para imponerse. No compite por captar nuestra atención. No busca hacerse viral. Simplemente espera encontrar un corazón dispuesto a escuchar.

Eso es lo que nos recuerdan hoy las lecturas.

Una Palabra eficaz

El profeta Isaías habla a un pueblo derrotado, cansado de esperar. Todo parecía indicar que las promesas de Dios habían fracasado. Pero el profeta responde con una imagen preciosa: igual que la lluvia no cae inútilmente sobre la tierra, tampoco la Palabra de Dios vuelve a Él sin antes haber dado fruto.

Los tiempos de Dios no son los nuestros. Nosotros buscamos resultados inmediatos; Dios trabaja con la paciencia de quien sabe hacer crecer la vida desde dentro.

Quizá todos hemos experimentado alguna vez que una frase del Evangelio, escuchada casi sin prestar atención, vuelve meses o años después en el momento preciso. Entonces comprendemos que aquella semilla nunca estuvo perdida. Había permanecido silenciosamente en nuestro interior, esperando su hora.

La Palabra de Dios tiene esa fuerza.

Pero el Evangelio añade una pregunta incómoda. Si la semilla es buena, ¿por qué da tan poco fruto?

 El sembrador

Jesús no culpa al sembrador. Tampoco a la semilla. Nos invita a mirar el terreno.

Y aquí la parábola deja de hablar de agricultura para hablar de nosotros.