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sábado, 24 de octubre de 2026

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.

Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

Hay personas que ven la religión como un conjunto interminable de normas, prohibiciones y obligaciones. Como si ser cristiano consistiera, sobre todo, en saber qué está permitido y qué está prohibido, qué se puede hacer y qué no.

Algo parecido sucedía en tiempos de Jesús. A los diez mandamientos se habían añadido numerosas normas y prescripciones que hacían muy difícil conocer y cumplir todas las exigencias de la Ley. Y, en medio de aquella maraña de 613 preceptos, surgía una pregunta decisiva: ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué es lo que Dios espera de nosotros?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Jesús responde sin rodeos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade inmediatamente: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Dos mandamientos, pero una sola manera de vivir la fe: amar a Dios y amar a los demás. Todo lo demás tiene que encontrar aquí su sentido.

Amar a Dios con toda la vida

Jesús comienza recordando la oración que todo judío piadoso conocía: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Y, desde esa fe, proclama que estamos llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Amar a Dios con todo el corazón significa poner en ese amor lo mejor de nosotros mismos. No se trata de esperar a tener un carácter perfecto, de sentir siempre entusiasmo religioso o de convertirnos en personas sin defectos. Se trata de amar desde lo que somos, con nuestras posibilidades y limitaciones, procurando que nuestra vida sea cada vez más coherente con el Evangelio.

Amar a Dios con toda el alma significa no vivir una fe fragmentada, reservada para determinados momentos. No podemos dejar a Dios en un rincón y acordarnos de él solamente cuando tenemos problemas o necesitamos su ayuda. Dios tiene que ver con nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

Y amar a Dios con toda la mente significa también pensar nuestra fe, profundizar en ella y buscar razones para creer. La fe cristiana no es solamente una emoción o un sentimiento: es una manera de comprender la vida y de comprometerse con ella.

Pero hay algo todavía más fundamental: antes de que nosotros podamos amar a Dios, necesitamos descubrir que él nos ama. Nuestro amor no nace de una obligación, sino de una experiencia recibida. Solo quien se sabe querido puede aprender a amar de verdad.

Por eso, el primer paso no consiste en preguntarnos cuánto amamos a Dios, sino si nos dejamos alcanzar por su amor y si permitimos que transforme nuestra vida.

sábado, 17 de octubre de 2026

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 45, 1.4-6
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda Lectura: 1Tes 1, 1-5
Evangelio: Mt 22, 15-21


¿A quién pertenece nuestra vida?

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pocas frases de Jesús se han citado tanto y quizá pocas se han manipulado tanto para justificar intereses muy alejados del Evangelio.

Se ha utilizado para defender la autonomía del poder político, para reivindicar el lugar de la Iglesia en la sociedad e incluso para justificar los intereses de quienes ejercen el poder.

Pero ¿qué quiso decir Jesús? ¿Está repartiendo el mundo entre dos autoridades, cada una con sus competencias? ¿O está planteando una cuestión mucho más radical?

El Evangelio de hoy nos invita a escuchar sus palabras sin domesticarlas y sin utilizarlas para tranquilizar nuestra conciencia.

Una pregunta envenenada

Los fariseos y los herodianos se acercan a Jesús con una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».

Pero no buscan la verdad. Quieren tenderle una trampa. Si Jesús rechaza pagar el impuesto, podrá ser denunciado ante las autoridades romanas. Si lo acepta, perderá credibilidad ante un pueblo que sufre la dominación extranjera y la carga de los tributos.

Lo significativo es que sus adversarios, a pesar de sus diferencias, se ponen de acuerdo para desacreditarlo. Cuando hay intereses que defender y alguien que incomoda, las diferencias pueden quedar en segundo plano.

También hoy ocurre. Personas y grupos que discrepan profundamente se alían cuando está en juego conservar sus privilegios o silenciar una voz incómoda.

Jesús no se deja encerrar en esa alternativa. No es servidor del poder ni demagogo que busca ganarse al pueblo a cualquier precio. Es un hombre libre porque su fidelidad está puesta en Dios.

No entregar al César lo que es de Dios

Jesús pide una moneda y pregunta de quién es la imagen que lleva. «Del César», le responden. Entonces pronuncia aquellas palabras: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

La primera parte parece sencilla: hay obligaciones ciudadanas que debemos cumplir. Pero Jesús añade algo decisivo: hay que dar a Dios lo que le pertenece.

Para Israel, Dios es el Señor de toda la creación. ¿Qué queda, entonces, fuera de Dios? ¿Qué puede reclamar el César que no esté ya bajo la soberanía de Dios?

La moneda lleva la imagen del emperador. Pero cada persona posee una dignidad que ningún gobernante ni sistema económico puede otorgarle o arrebatársela a su antojo. Todos somos criaturas de Dios, llamados a vivir en libertad y fraternidad.

Por eso, las palabras de Jesús no justifican que la religión se desentienda de la sociedad, ni que los poderes políticos puedan actuar sin límites. Tampoco autorizan a la Iglesia a apropiarse del poder temporal. Nos llaman a ser ciudadanos responsables, a cumplir nuestros deberes y a trabajar por el bien común. Pero también nos recuerdan que ninguna autoridad humana es absoluta y que ninguna obediencia puede exigirnos traicionar nuestra conciencia o colaborar con la injusticia.

Aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

sábado, 10 de octubre de 2026

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

                  Hay una frase del Papa Benedicto XVI que, escuchada en su momento, sorprendió mucho. Decía que “los agnósticos que buscan sinceramente a Dios, las personas que sufren por sus pecados y desean tener un corazón limpio, pueden estar más cerca del Reino de Dios que los creyentes rutinarios, aquellos que ven en la Iglesia solamente el boato, las costumbres y las apariencias, sin que su corazón sea tocado por la fe.”

Es una afirmación fuerte. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a tomarla en serio.

Jesús habla de un banquete de bodas. Y no es una imagen casual. Para la gente de su tiempo, una boda era la gran fiesta, el momento extraordinario en medio de una vida muchas veces dura y llena de necesidades. Ser invitado a un banquete de bodas significaba participar en una alegría que no se podía comparar con nada.

Y Jesús nos dice: así es el Reino de Dios.

Dios no nos invita a una obligación aburrida, ni a cumplir una serie de prácticas para ganarnos el cielo. Dios nos invita a una fiesta. Nos invita a compartir su vida, su alegría, su amor.

Y aquí comienza la pregunta incómoda: ¿a qué hemos reducido nosotros nuestra fe?

Porque podemos convertir el cristianismo en una costumbre. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones, cumplir con determinadas obligaciones y, sin embargo, vivir interiormente lejos del Evangelio.

Podemos saber muchas cosas de Dios y no haber experimentado nunca que Dios nos ama. Podemos defender la Iglesia y no parecernos demasiado a Jesucristo. Podemos hablar mucho de moral y tener muy poco corazón.

Y entonces ocurre algo terrible: el Evangelio pierde su frescura y se convierte en una ideología religiosa. La fe deja de ser una buena noticia y se transforma en una carga.