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lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Cristiano sentado en el sofá?

Voces Esejota

Este canal de Youtube nace de la intuición de algunos jesuitas de España y está dedicado a quienes se hagan preguntas y no tengan las cosas siempre claras; a quienes quieran escuchar otra manera de pensar y de vivir; a quienes estén cansados de escuchar siempre los mismos mensajes y necesiten tener horizontes más abiertos, más universales y sobre todo, a quienes intentan seguir el mensaje de Jesús y sientan que están en tierra de nadie.

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¿Cristiano sentado en el sofá? 

viernes, 3 de julio de 2015

Qué quiere decir hoy ser castos (Enzo Bianchi)


(Enzo Bianchi es un ensayista laico,
fundador del Monasterio de Bose en Italia)


“A vosotros jóvenes digo: sed castos... ¡haced el esfuerzo de vivir castamente el amor!” Estas palabras del papa Francisco a los jóvenes, pronunciadas el domingo pasado, han suscitado reacciones de todo tipo pero todas ellas reveladoras del dato que la “castidad” es una palabra a menudo incomprendida, más bien desconocida y burlada, sobre todo porque se  confunde con la abstinencia, o la continencia sexual, o con el celibato. La etimología nos sugiere que es casto (castus) el que rechaza el incesto (in-castus). El incesto ocurre cada vez que no se vive la distancia y no se respeta la alteridad, que no es sólo diferencia. No es casto quien busca la fusión, el apego, la posesión: señal de esa búsqueda es la agresividad que, en estos casos, fácilmente se enciende y se manifiesta. Estoy cada vez más convencido de que la sexualidad está en el espacio del regalo, porque pide dar y recibir, y siempre se coloca en la relación entre dos sujetos.

La sexualidad no se reduce a la genitalidad, y la capacidad de regalo y acogida es más amplia que la ejercitada en la genitalidad: compromete, en efecto, la  persona entera y sus relaciones.

Por eso la sexualidad es cosa buena y bella, pero su empleo puede ser inteligente o estúpido, amante o violento, ligada al amor o a la pulsión. La sexualidad nos empuja a la relación con el otro, pero depende de nosotros buscar, en esta relación, el encuentro o la posesión, la sinfonía o la prepotencia, el cambio o el narcisismo.

Podríamos decir que la castidad es el arte de no tratar nunca al otro como un objeto, porque en este caso se le “consume” y se le destruye. Arte difícil y fatigoso, que solicita tiempo: no se nace casto sino al contrario – digámoslo con claridad - se nace incestuoso, y el ejercicio de separación y distinción nos conduce hacia una subjetividad verdadera y autónoma. La castidad otorga a las relaciones humanas una transparencia que permite a las personas reconocerse en el respeto de su ser más íntimo.

Piensa en el encuentro sexual de los cuerpos en su desnudez y en la intimidad que deriva. Cuando los cuerpos se encuentran y se entrelazan en la desnudez, se enciende un conocimiento recíproco que no es comparable al que  pueden tener los amigos más íntimos, uno del otro. Compartir el cuerpo y la respiración crea una unión que es “conocimiento único”, es - osaría decir, citando a Juan Pablo II – “liturgia de los cuerpos”, es un conocimiento penetrativo de una profundidad única.

Cuando se toca un cuerpo, no se toca cualquier cosa sino una persona, que no es un objeto de placer, que no puede ser consumida, sino que es la posibilidad de una comunión auténtica. Sin esta comunión no es posible la castidad, sino sólo la obediencia a la pulsión, al capricho, a la posesión. Rainer Maria Rilke escribió: “No hay nada más arduo que quererse: es un trabajo, un trabajo diario... El amor es difícil y no está al alcance de todos.”


El acto sexual, realizado en los tiempos y en los modos que los amantes saben discernir como bellos, buenos y “justos”, es conocimiento, y no se tiene que tener miedo de afirmar que precisamente el sumo placer del acto sexual incendia tal conocimiento. Pero no es fácil distinguir este sumo placer del encuentro de los cuerpos, de los corazones, de las inteligencias, de la pulsión. Sí, la pulsión sola, con su prepotencia, puede crear el infierno, sin embargo élla nos habita, y, si no existiera, no seríamos naturalmente capaces de darnos y de acogernos.

viernes, 10 de enero de 2014

200 AÑOS DE LA RESTAURACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

1814-2014

El 7 de agosto de 2014 se cumplirán 200 años de la Restauración de la Compañía de Jesús. La historia es la siguiente:

Durante la segunda mitad del siglo XVIII los jesuitas de varios países europeos son acosados en su vida y trabajo, hasta el punto de ser expulsados de sus tierras. Entre otros sitios, de Portugal en 1759, de Francia en 1764 y de España en 1767. De nuestro país y sus colonias son en total unos 5.000.
¿Motivos? Aunque no se aducen causas formales, en España el rey Carlos III justifica esta medida para tener paz en sus territorios. Se les critica y acusa de obedecer a una autoridad extranjera -Roma-.

O de defender ciertas doctrinas morales y pastorales que afectan al comportamiento de los ciudadanos y a la política, de instigar al pueblo contra los reyes, de oponerse al Tratado de Límites, de fundar estados independientes en América -como las Reducciones del Paraguay-, de enriquecerse con el comercio de las Indias o de ostentar demasiado poder y prepotencia gracias a sus colegios y otros medios de influencia social y política. Pero, aun así, ellos no llegan a prever las consecuencias de estas amenazas que estaban en el ambiente antes de ser desterrados.

El caso es que, al ser suprimidos en España, y expulsados de ella, pierden todos sus bienes.

Cada uno pasa a recibir una mínima pensión del Estado. Desde varios puertos de España y de América, embarcan hacia el Mediterráneo en las que serán durante un año y medio sus "residencias flotantes"..., porque, con frecuencia, a sus naves se les impedía tomar tierra, dados los conflictos políticos entre los países e incluso con el mismo papado y los Estados Pontificios. No todos los jesuitas sobreviven a la travesía. Uno de los más activos será considerado santo más tarde por la Iglesia: José Pignatelli (Zaragoza, 1737 - Roma, 1811). Fue un gran consuelo y ayuda para los demás, asumiendo muchas responsabilidades y decisiones del viaje, exilio, supervivencia y preparación de la restauración definitiva. Apoyó en lo que pudo el estudio, la formación y la dedicación a la investigación y a la cultura de sus compañeros.

Más duro todavía para la Compañía de Jesús fue ser suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV, cediendo a las presiones de las potencias católicas y de algunos obispos. Hasta ese año, en el mundo había unos 23,000 jesuitas, dirigiendo unos 700 colegios. Pero la Compañía no desapareció del todo. En una parte de la Europa oriental, paradójicamente, dos gobernantes no católicos, Federico II de Prusia y la zarina Catalina II de Rusia, se negaron a prescindir de la formación que los jesuitas impartían en sus tierras. Pudieron seguir trabajando durante varios años con total libertad. Incluso otros jesuitas llegan hasta allá desde lugares donde habían sido suprimidos. En 1800 eran 214.

Pasarán más de 40 años hasta que el papa Pío VII restaure la Compañía el 7 de agosto de 1814. Entonces quedaban 150 jesuitas en Roma y unos 600 en el resto del mundo. Este acontecimiento supone su vuelta, reaparición, resurgimiento, renacimiento, resurrección... En 1820 ya serán unos 1.300 jesuitas en todo el mundo (de ellos, unos 480 estudiantes), y 400 en España.

En nuestro país, muchas ciudades reclaman su vuelta, deseosas de que contribuyan, por ejemplo, a mejorar la enseñanza. Lo harán definitivamente 120 jesuitas a partir del 29 de mayo de 1815 con el rey Fernando VII, quien critica entonces las "calumnias, ridiculeces y chismes para desacreditar a la Compañía de Jesús, disolverla y perseguir a sus inocentes individuos".

HOY, 200 AÑOS DESPUÉS los jesuitas deseamos “aprender de las luces y sombras de nuestro pasado con el fin de percibir con mayor claridad y entregarnos con más generosidad a lo que el Señor pide de nosotros en el momento presente” (Adolfo Nicolás, Superior General de la Compañía de Jesús). En todo el mundo este resurgimiento se recuerda con el lema Ite inflamate omnia, que apunta a llevar la luz de Cristo a todos los sitios y personas. 

Así lo explicaban los jesuitas en 2008 : "Cuentan las crónicas que, cuando San Ignacio envió a San Francisco Javier al Oriente, le dijo:

“Id, inflamad todas las cosas”

Con el nacimiento de la Compañía de Jesús, un fuego nuevo se encendió en un mundo en transformación. Se inició una forma novedosa de vida religiosa, no por industria humana sino como una iniciativa divina. El fuego que entonces se prendió continúa ardiendo hoy en nuestra vida de jesuitas, ‘un fuego que enciende otros fuegos’, como se dice sobre San Alberto Hurtado. Con ese fuego, somos llamados a inflamar todas las cosas con el amor de Dios (cf. Lc 12,49)" (Congregación General 35, decreto 2, n° 25).

En español añadimos: "Contagiad la vida", esto es, comunicad y transmitid la vida recibida para que ella engendre más vida a su alrededor. Así, los más de 1.200 jesuitas en España en 2014 se organizan de nuevo, simplificando sus estructuras, seleccionando sus lugares de presencia, trabajando unidos a otras personas en los terrenos donde esa luz y amor de Dios se desea que llegue. Y que de este modo alcance y permanezca con los hombres y mujeres que más lo necesiten.


martes, 21 de mayo de 2013

Vigilia de Pentecostés 2013 - El Papa Francisco con los movimientos de Iglesia


Pregunta 1 
 
“La verdad cristiana es atractiva y persuasoria porque responde a la necesidad profunda de la existencia humana, anunciando de manera convincente que Cristo es el único Salvador de todo hombre y de todos los hombres". Santo Padre, estas palabras suyas nos han impactado intensamente: ellas expresan de manera directa y radical la experiencia que cada uno de nosotros desea vivir sobre todo en el año de la fe y en esta romería que esta noche nos ha traído aquí. Estamos delante de usted para renovar nuestra fe, para confirmarla, para reforzarla. Sabemos que la fe no puede ser de una vez para siempre. Como dijo Benedicto XVI en la “Porta Fidei”: "la fe no es un presupuesto obvio". Esta afirmación no concierne solamente al mundo, a los otros, a la tradición de la que venimos: esta afirmación concierne ante todo a cada uno de nosotros. Demasiadas veces nos damos cuenta de cómo la fe es un brote de novedad, un principio de cambio pero que luego se convierte en una seria dificultad para comprometer toda la vida: no se convierte en el origen de todo nuestro conocer y actuar. 
 
¿Santidad, como ha podido alcanzar en su vida la certeza de la fe? 
¿Y qué camino nos indica para que cada uno de nosotros pueda vencer la fragilidad de la fe? 


¡Buenas tardes a todos! 
 
Estoy contento de encontraros y que todos nosotros nos encontramos juntos en esta plaza para orar y para esperar el regalo del Espíritu. ¡Yo ya conocía vuestras preguntas y he pensado en ellas, por lo tanto esto no está sin conocimiento! ¡Primero, la verdad! Las tengo aquí, escritas. 
 
La primera - "cómo ha podido alcanzar en su vida la certeza sobre la fe; ¡y qué camino nos indica para que cada uno de nosotros pueda vencer la fragilidad de la fe?" - es una pregunta histórica, porque concierne a mi historia, a la historia de mi vida! 
Yo he tenido la gracia de crecer en una familia en la que la fe se vivió de modo sencillo y concreto; pero ha sido sobre todo mi abuela, la mamá de mi padre, la que marcó mi camino de fe. Fue una mujer que nos explicó, nos habló de Jesús, nos enseñó el Catecismo. Siempre recuerdo que el Viernes Santo nos llevaba por la tarde a la procesión de las velas, y al final de esta procesión venía el "Cristo yacente", y la abuela nos hacía - a nosotros niños - arrodillarnos y nos decía: "¡Mirad, ha muerto, pero mañana resucita". He recibido el primer anuncio cristiano justo de esta mujer, de mi abuela! ¡Y esto es precioso! ¡El primer anuncio en casa, con la familia! Y esto me hace pensar en el amor de muchas madres y muchas abuelas en la transmisión de la fe. Sois vosotras las que transmitís la fe. Esto también ocurrió en los primeros tiempos, porque san Pablo le dijo a Timoteo: "¡Yo recuerdo la fe de tu madre y de tu abuela", (cfr 2Tm 1,5). Todas las madres que están hoy aquí, todas las abuelas, pensad en ello! Transmitir la fe. Porque Dios nos pone al lado de personas que nos ayudan en nuestro camino de fe. ¡Nosotros no encontramos la fe en el concepto abstracto; no! Hay siempre una persona que predica, que nos dice quién es Jesús, que nos transmite la fe, que nos da el primer anuncio. Y así ha sido la primera experiencia de fe que he tenido.