Hoy, de nuevo, la viña. No es
extraño. Estamos en tiempo de vendimias, cuando se recoge el fruto de tantos
meses de trabajo y se descubre, finalmente, si la cosecha ha respondido a las
esperanzas del viñador.
Y precisamente la viña es la
imagen que hoy nos ofrece la Palabra de Dios.
Isaías canta la historia de un
propietario que ama apasionadamente su viña: la prepara, la limpia, la protege,
hace todo lo necesario para que dé fruto. Pero, cuando llega el momento de la
cosecha, encuentra solamente uvas agrias.
Jesús retoma esa imagen en una
parábola todavía más dramática.
La viña representa el mundo que
Dios ha puesto en nuestras manos. Representa también nuestra vida, la Iglesia,
la humanidad entera.
Dios es el dueño, pero nosotros
somos los trabajadores a quienes ha confiado su viña.
Y aquí aparece una primera
cuestión importante: todo lo que somos y tenemos es un don que hemos
recibido.
La vida no nos pertenece
absolutamente. Tampoco el mundo. No somos propietarios de la creación, de los
demás, ni siquiera de nuestra propia existencia. Somos administradores del don
recibido. Se nos ha confiado una viña para cuidarla y hacerla fructificar.
El problema comienza cuando el
administrador olvida que es administrador y empieza a comportarse como
propietario. Entonces aparecen la codicia, el egoísmo, la violencia, la
autosuficiencia. Queremos poseerlo todo y terminamos creyendo que todo nos
pertenece.
Los viñadores de la parábola reciben a los enviados del propietario y los rechazan con palos y piedras. Finalmente llega el hijo... Y lo matan.
