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sábado, 10 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hech 10, 34-38
Evangelio: Mt 3, 13-17


Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de Navidad.
Y lo cerramos de una manera muy significativa: no con un gesto espectacular, sino con una palabra que lo dice todo.

Bien-amados sin méritos

Mientras Jesús sale del Jordán, se oye una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». No es una frase piadosa. Es la revelación más profunda de quién es Jesús… y también de quiénes somos nosotros.

Jesús no comienza su misión haciendo milagros, ni predicando, ni organizando nada. Comienza escuchando que es Hijo, y que es amado. Antes de hacer nada. Antes de demostrar nada.

Y aquí conviene detenerse un momento. Porque nosotros solemos pensar justo al revés.

Estamos educados en la lógica del mérito. Nos quieren si cumplimos. Nos valoran si respondemos. Nos reconocen si damos la talla.

Desde pequeños aprendemos que hay que ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos profesionales, buenos religiosos, buenos curas, buenos creyentes… Y poco a poco se nos va metiendo dentro la idea —casi sin darnos cuenta— de que también Dios nos querrá así: si nos portamos bien, si no fallamos demasiado, si hacemos lo que toca.

Por eso, cuando alguien nos critica o nos corrige, algo se rompe por dentro.
Nos defendemos, nos justificamos… o al contrario, nos hundimos y pensamos: “quizá no valgo tanto”.

Y entonces aparece una fe cansada. Una fe que mendiga aprobación.
Una fe que vive pendiente de la imagen, del juicio ajeno, incluso del propio juicio.

Pues bien, el Bautismo de Jesús rompe esta lógica desde la raíz.

Dios no dice: “Este es mi Hijo porque se lo ha ganado”. Dice:
“Este es mi Hijo amado” y basta.

Dios no ama porque seamos buenos. Es su amor el que nos hace buenos.

Jesús vive desde ahí. Por eso no actúa con dureza ni con miedo.
Por eso no condena, no aplasta, no excluye. Por eso pasa haciendo el bien, curando, levantando, devolviendo la dignidad.

Como recuerda el libro de los Hechos: “Dios lo ungió con el Espíritu Santo y pasó haciendo el bien”.

Ese Espíritu que desciende sobre Jesús no es una fuerza mágica.
Es el aliento de Dios que crea, sostiene y renueva la vida. Es la energía del amor que busca siempre lo mejor para el otro.

El bautismo, signo del buen amor

Y ese mismo Espíritu —esto es importante recordarlo— es el que se nos dio a nosotros el día de nuestro Bautismo.

Quizá no lo recordamos. Quizá fue hace muchos años. Pero aquel día se sembró en nuestro corazón algo muy frágil y muy grande a la vez: la certeza de que somos hijos, la posibilidad de vivir desde dentro, no desde la apariencia.

El Bautismo no es un rito mágico que nos protege automáticamente. Es una semilla. Y como toda semilla, hay que cuidarla.

Por eso todo lo que nos lleva al interior —el silencio, la oración, el arte, la música, la naturaleza— nos acerca a Dios. Y todo lo que nos dispersa —el ruido constante, la superficialidad, la obsesión por la imagen— nos aleja de Él.

Por el Bautismo formamos parte de la Iglesia. No de la Iglesia idealizada ni de la caricatura que a veces nos hacemos, sino de la Iglesia real: la que camina, canta, se equivoca, espera y vuelve a empezar.

Y por el Bautismo ya no tenemos que llegar a ser algo grande. Ya lo somos.
No podremos ser nunca más que hijos de Dios… y eso ya nos ha sido regalado.

Hoy no celebramos algo que tengamos que conquistar. Celebramos algo que está escondido en nosotros y que necesita ser redescubierto.

Quizá esta semana podríamos preguntarnos, con sencillez:

        ¿Desde qué “espíritu” estoy viviendo?

        ¿Desde la exigencia o desde la confianza?

        ¿Desde el miedo a no dar la talla o desde la certeza de ser amado?

Si el Espíritu de Jesús vive en nosotros, nuestra vida —como la suya— no pasará condenando, sino curando, acompañando, levantando a quienes están cansados, oprimidos o sin esperanza. Perdonando.

Que así sea.

 

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