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sábado, 24 de enero de 2026

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 8,23b - 9,3
Salmo responsorial: Salmo 26
Segunda lectura: 1 Cor 1,10 -13.17
Evangelio: Mt 4,12-23

Los comienzos de la predicación de Jesús están marcados por un hecho doloroso: la detención de Juan Bautista. Algo se cierra. Y, a la vez, algo nuevo empieza.

Jesús vuelve a Galilea, pero ya no regresa a Nazaret. Se instala en Cafarnaúm, una ciudad de frontera, con presencia romana, comercio, mezcla cultural y religiosa. No es un detalle geográfico sin más. Es una decisión teológica. Jesús empieza desde ahí.

A veces los acontecimientos negativos, los fracasos o los cortes bruscos de la vida, no son solo pérdidas. Abren caminos que nunca habríamos elegido. En la historia de la Iglesia y en nuestra propia historia personal ocurre una y otra vez. Dios escribe recto con renglones torcidos. No es una frase piadosa. Es una experiencia real.

Galilea de los gentiles

Mateo lo subraya citando a Isaías: Zabulón y Neftalí, Galilea de los gentiles. Territorios despreciados, marcados por el mestizaje, por una fe considerada impura, poco fiable. Desde Jerusalén se los miraba por encima del hombro. Nada bueno podía salir de allí.

Pues bien, exactamente desde ahí empieza Jesús a anunciar el Reino.

Dios suele actuar así. Prefiere los márgenes al centro, las fronteras a los espacios seguros. No se instala donde todo está claro y ordenado, sino donde la vida es confusa, mezclada, frágil. Donde las personas viven con preguntas abiertas, con fe a medias, con deseos que no siempre saben formular.

Y, si somos sinceros, ahí estamos también nosotros muchas veces. Un poco galileos. Creyentes, sí, pero más en el deseo que en la coherencia. Hijos de nuestro tiempo, con fe mezclada, con dudas, con búsquedas reales. No desde la perfección, sino desde la necesidad.

A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su primera palabra:
«Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca».

Conviene escuchar bien esto. No dice: “Convertíos para que el Reino venga”. Dice lo contrario: el Reino ya está cerca. Dios ya ha dado el primer paso. Se ha acercado. Se ha arriesgado.

Convertirse no es empezar por la culpa ni por el reproche moral. Es darse cuenta de dónde está cada uno. Reorientar la mirada. Calentar el corazón. Descubrir que Dios está ya ahí, actuando, esperando a ser acogido.

«Estoy cerca de ti —parece decirnos—. ¿No te das cuenta?»

Darse cuenta implica soltar cosas. Enredos, preocupaciones, seguridades. No porque sean malas, sino porque nos ocupan todo el espacio. Pedro y Andrés dejan las redes cuando descubren que hay algo más grande llamándolos.

El Reino es eso: la experiencia viva de que Dios es el centro, de que su presencia da sentido, ensancha la vida y devuelve la esperanza. Y la Iglesia ─comunidad de llamados y de discípulos del Señor─ pertenece a ese Reino, pero no lo agota. El Reino siempre va más allá de nuestras estructuras, grupos o estilos.

Por eso estamos llamados a decir —a los Zabulón y Neftalí de hoy, y también a nosotros mismos— que Dios está cerca. No por mérito nuestro. Por pura iniciativa suya. A nosotros solo nos toca abrir el corazón para acogerlo.

Esto es un descanso. Para quienes sirven en la pastoral con cansancio.
Para quienes se implican en la acción social, donde el dolor pesa.
Para quienes sienten que no llegan, que no pueden más.

No tenemos que salvar el mundo. El mundo ya está salvado. Lo que ocurre es que el mundo no lo sabe. Y por eso vive a menudo en la desesperación.

Nuestra tarea es más humilde y más exigente a la vez: vivir como salvados. Ser anuncio. Hacer visible el Reino con una vida atravesada por la fe, incluso —o precisamente— en medio de las sombras.

El Evangelio termina con una imagen clara: pescadores de hombres. Pescadores de humanidad. Sacar a la luz lo mejor que Dios ha sembrado en cada persona.

Y hoy, además, en el contexto del octavario por la unidad de los cristianos, Pablo nos pone delante una conversión concreta: la unidad. «Os ruego, hermanos, que no andéis divididos». El anuncio del Evangelio a nuestra sociedad multicultural y plurirreligiosa —nuestra Galilea de los gentiles— tiene necesidad de este signo de unidad, hoy más que nunca. Hemos de revisarnos. La llamada a la conversión y al seguimiento de Jesús solo es creíble desde el testimonio de la unidad. Un cristianismo dividido no es creíble. No anuncia el Reino. Cada comunidad, cada espiritualidad, cada movimiento es solo un instrumento. El Reino siempre es mayor.

Dejemos, pues, las redes que nos atan: prejuicios, miedos, bandos, y desconfianzas mutuas. Todavía queda mucho bueno por hacer. Y Dios sigue empezando siempre desde Galilea. Que el Señor nos ayude.


 



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