Hoy la Iglesia celebra en una única fiesta la
santidad que Dios derrama sobre las personas que confían en él. ¡Una fiesta
extraordinaria, que hace crecer en nosotros el deseo de imitar a los santos en
su amistad con Dios!
¡Qué
bonito convertirse en santo! Ciertamente no por las imágenes y los devotos que
encienden cirios a sus pies.... Sino porque llegar a ser santo significa
realizar el proyecto que Dios tiene sobre nosotros, significa convertirse en la
obra maestra que él ha pensado para nosotros. Dios cree en nosotros y nos
ofrece todos los elementos para convertirnos en santos, como él es Santo. Sólo
Dios es Santo, pero desea compartir esta santidad con nosotros. ¡La santidad,
como diría santa Teresa de Lisieux, no consiste en hacer cosas extraordinarias,
sino en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias!
Hoy es la fiesta de nuestro destino, de nuestra
llamada. La Iglesia en camino, hecha de santos y pecadores, nos invita a fijarnos
en la verdad profunda de cada persona: tras cada mirada, dentro de cada uno de
nosotros, se esconde un santo en potencia. Cada uno de nosotros nace para realizar
el sueño de Dios y nuestro puesto es insustituible en este mundo.
El santo es el que ha descubierto este destino y
lo ha realizado; mejor aún: se ha dejado hacer, ha dejado que Dios tome posesión
de su vida.
El santo
La santidad que celebramos es la de Dios y,
acercándonos a él, primero somos
seducidos y después contagiados. La Biblia a menudo habla de Dios y de su
santidad, de su amor perfecto, de equilibrio, de luz, de paz. Él es el Santo,
el totalmente otro, pero la Escritura nos revela que Dios desea fuertemente
compartir la santidad con su pueblo.
Dios ya nos ve santos, ve en nosotros la
plenitud que ni siquiera nos atrevemos a imaginar, conformándonos con nuestras
mediocridades.
No hay más que una tristeza: la de no ser
santos. ¡Qué gran verdad!
El santo es todo lo que de más bello y noble
existe en la naturaleza humana; en cada uno de nosotros existe la nostalgia de la
santidad, de lo que somos llamados a ser: escuchemos esa llamada, esa nostalgia.
Saquemos a los santos de las hornacinas de la devoción en las que los hemos
desterrado y convirtámoslos en nuestros amigos y consejeros, en nuestros
hermanos y maestros, repongámoslos en la cotidianidad de nuestra vida,
escuchémoslos cuando nos sugieran el recorrido que nos lleva hacia la plenitud
de la felicidad. Los que han vivido a Dios en su totalidad desean vivamente que
también nosotros experimentemos la inmensa alegría que ellos han vivido.