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sábado, 23 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el gran regalo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo. El Espíritu defensor, consolador, vivificador. El Espíritu que sostiene la fe cuando se debilita y ensancha el corazón cuando se encierra.

Porque, la verdad, los discípulos solos no podían. Y nosotros tampoco.

Jesús les había confiado una misión inmensa: anunciar el Evangelio, hacer visible el Reino de Dios, continuar su obra en medio del mundo. Pero aquellos hombres seguían teniendo miedo, dudas, heridas. Habían visto al Resucitado, sí… pero todavía estaban encerrados por miedo.

Y quizá eso también nos pasa a nosotros. Creemos, pero muchas veces vivimos encerrados. Encerrados en el cansancio, en la prudencia excesiva, en una fe demasiado tímida. Encerrados también en una cultura que habla mucho de bienestar, de éxito, de rendimiento… pero que cada vez sabe menos de esperanza, de silencio, de interioridad, de Dios.

Por eso necesitamos el Espíritu.

Pentecostés

La fiesta judía de Pentecostés —la fiesta de las Primicias— celebraba los primeros frutos de la cosecha y también el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. Israel estaba orgulloso de aquella Ley recibida de Dios. Y con razón. Era el signo de la alianza.

Lucas sitúa precisamente ahí la venida del Espíritu para decirnos algo importante: la nueva Ley ya no estará escrita sólo en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas.

Jesús no viene a multiplicar normas. Bastantes cargas tenía ya la gente.
Jesús va a lo esencial.

Un solo mandamiento: amar.

Y eso suena hermoso… hasta que llega la vida concreta. Porque amar cuando uno está herido, cansado, decepcionado o resentido no es tan sencillo.
Hermanos, amar de verdad cuesta.

Por eso el cristianismo no consiste simplemente en “portarse bien”. Eso sería demasiado pobre. El Evangelio es dejarse transformar por dentro.

El Espíritu no añade peso; cambia el corazón.

sábado, 16 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A) - Domingo 7º de Pascua


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

           

         La verdad es que la Ascensión es una fiesta extraña. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor que Jesús se quedara? Tal vez hubiéramos podido oírle de viva voz. Tal vez hubiéramos podido conocer así el pensamiento de Dios, en vez de barruntarlo a través de personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.

Y sin embargo, no fue así. Como sucede tantas veces en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre. Hay que tener el valor de reflexionar y atreverse a comprender.

En los evangelios, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da su Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Bienvenidos, pues, a la lógica de Dios, que no es la nuestra.

Como Elías

La narración de los Hechos tiene de fondo la ascensión de Elías: aquel gran profeta arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, que desaparece entre las nubes. Y su discípulo Eliseo, al verlo desaparecer, tiene la certeza de haber recibido al menos una parte de su espíritu profético.

Lucas describe la Ascensión usando el mismo esquema: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres vestidos de blanco, igual que los ángeles testigos de la Resurrección.

Pero lo central no es el prodigio en sí. Lo central es lo que ese prodigio significa: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de Elías, los apóstoles reciben el mandato del anuncio del Evangelio por parte del Resucitado. No es un adiós. Es la entrega de una misión.

Y son los ángeles quienes dan la clave de todo: no miréis al cielo, mirad a la tierra. Mirad lo concreto del anuncio.

Dudaron

Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre una montaña. La montaña, en toda la Biblia, es el lugar de la experiencia de Dios. Pero la Galilea de entonces no era un lugar sagrado ni respetable. Era la tierra del mestizaje, del confín, la primera en caer bajo el invasor asirio, que sobrevivió entre componendas bien lejos del rigor que pedían los fariseos de Jerusalén. Llamar galileo a alguien era un insulto.

Y sin embargo, Galilea es también el lugar donde todo comienza. El lugar del primer encuentro, del enamoramiento. Jesús elige ese lugar, no Jerusalén. El lugar de los que han vivido la frontera y la fragilidad.

Y allí, en esa montaña, Mateo dice algo que casi siempre se pasa por alto: los discípulos lo vieron y lo adoraron, pero algunos dudaron.

sábado, 9 de mayo de 2026

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles. Eso ya lo sabe cualquiera. No hace falta que lo diga yo. Lo que sí vale la pena nombrar es que ese malestar no nos es ajeno a los creyentes.

A mí me pesa mucho el clima de contraposición que lo envuelve todo: si eres de aquí o de allá, si crees o no crees, si estás dentro o fuera. Hay muchos que no encajan en ningún bando, que viven en tierra de nadie y se preguntan: ¿yo aquí qué hago?

Y eso, sin contar lo que nos llega de dentro de la propia Iglesia. Comportamientos que duelen, escándalos que no deberían existir. Y sin embargo, aquí estamos. Meditando un evangelio de resurrección. De confianza. De alegría.

No es escapismo. Es que hay algo que el mundo no ve y los discípulos sí.

Socorro

Jesús lo dice con calma en este evangelio: "Os daré otro Paráclito, para que esté con vosotros siempre."

La palabra necesita un momento. Paráclito significa defensor, el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor. El que viene cuando no puedes solo. El que está a tu lado cuando el juicio parece perdido.

Jesús dice que lo envía para que los discípulos no se queden huérfanos. Y esa palabra, huérfanos, importa. No es solo quedarse sin padres: es quedarse sin referencia, sin raíz, sin casa. Y ese es exactamente el riesgo que sentimos en tiempos como estos. Que el ruido nos sature hasta no saber ya qué es verdad.

El Espíritu no viene a resolvernos los problemas. Viene a ayudarnos a leer lo que pasa. A la luz de la fe. Tanto la historia grande como la nuestra propia, que a veces es más oscura que la del telediario.

Con esa luz, las cosas no se vuelven más fáciles, pero sí más legibles. Hay un horizonte donde antes solo había niebla.

Felipe

La primera lectura nos habla de Felipe. Tuvo que huir de Jerusalén cuando estalló la persecución. No fue una salida triunfal. Fue una huida.

sábado, 2 de mayo de 2026

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12


“No tengáis miedo”, dice Jesús.

Y no lo dice de cualquier manera. Usa una palabra que evoca ese miedo que te entra cuando estás en medio de una tormenta, sin control, con la sensación de que el barco no responde.

Y, la verdad, no nos cuesta mucho entenderlo.

Hay momentos en la vida —y también ahora en nuestro mundo— en que todo parece un poco así: tensión, incertidumbre, fragilidad. Lo económico, lo social, la pérdida de referencias… incluso la Iglesia, que a veces da la impresión de haberse quedado sin voz o sin peso en la sociedad.

Como si algo se estuviera acabando.

Ahí, justo ahí, es donde Jesús insiste: No tengáis miedo. Confiad. Porque hay un lugar preparado para vosotros en la casa del Padre.

No es una evasión. No es una promesa para desentendernos del presente. Es una forma de situarnos en medio de lo que vivimos sin quedar atrapados.

Estas palabras, además, no son cualquier cosa. Son como el testamento de Jesús en la última cena. Lo que quiere dejar claro antes de irse.

Y entonces aparece la pregunta.

 ¿Cómo?

Tomás lo dice sin rodeos: “Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?”

Es una buena pregunta. Muy honesta. Porque, en el fondo, también nosotros estamos un poco ahí.

Y Jesús responde con algo que no es una teoría, ni un sistema: es un camino.

De hecho, al principio, a los cristianos se les llamaba eso: los del camino.

Y quizá aquí hay una primera sacudida. Porque hoy muchas veces entendemos la fe más como un lugar que como un camino. Como algo cerrado, estable, protegido… casi un refugio seguro. A veces incluso un bunker.

Un conjunto de ideas, de normas, de seguridades.

Pero Jesús no va por ahí.

Seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza… no encaja bien con una fe cómoda, fija, ya resuelta de una vez para siempre.

Ser cristiano, al contrario, es estar en marcha. Con todo lo que eso tiene de inseguridad… y también de vida.

sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Eso lo decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.

Lo han visto, sí. Lo han abrazado. Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.

Ahí están: Pedro y Juan corriendo sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea recta.

Y quizá eso nos tranquiliza un poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.

Pero hay algo decisivo: el Señor sale al encuentro. Siempre.

No espera a que estemos bien. Nos alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos, aunque nosotros no lo tengamos nada claro.

 ¿Para quién soy importante?

Si uno se para un poco… la pregunta aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?

No importante “porque sirvo para algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.

Todos necesitamos eso. Alguien que nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que el mundo va en otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.

Y al final, casi sin darnos cuenta, acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.

Por eso tanta prisa. Tanta apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.

A veces incluso caminos oscuros… como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho y terminan vaciándolo todo.

En medio de eso, la Iglesia dice algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.

Pero claro… o eso es verdad, o todo lo demás se tambalea.

 El buen Pastor

Hoy Jesús usa una imagen muy sencilla: pastor.

Pero no uno cualquiera. No alguien que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que no confunde a unas ovejas con otras.

Y eso lo cambia todo.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.

sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

 

Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.

Un regalo, en realidad.

Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.

La noticia que todo lo cambia

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.

Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.

El sepulcro estaba vacío.

Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.

Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.

Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.

Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.

Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.

Heridas

Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.

Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.

Y Tomás responde con frialdad: no creo.

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.

Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.

Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.

Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.

Pero al amanecer… María viene corriendo.

Y ahí empieza todo.

Sepulcros

El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.

Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.

Y sin embargo… ahí.  Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.

Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.

Y ahí… ocurre lo imposible.

¡Jesús ha resucitado!

Superar el dolor

Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo A)


Pregón Pacual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
(Gn 1,1-31; 2,1-2. Ex 14,15 - 15,1. Is 55, 1-11. Ez 36, 16-28)
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

 
    

Seguimos buscando al crucificado. Y, si somos sinceros, muchas veces lo buscamos donde no está.

Pensamos —quizá sin decirlo— que Dios quiere quedarse quieto, conservado, bien guardado. Como si la fe fuera embalsamar lo que un día nos conmovió.

Una fe de sepulcro: ordenada, respetuosa… y sin vida.

Eso hacen también las mujeres. Van al sepulcro con amor, sí… pero también con resignación. Quieren cuidar un cadáver. Quieren devolver dignidad a lo que ya consideran perdido.

Y, sin embargo, están completamente equivocadas.

El Señor no está ahí. Ha resucitado.

Huir del sepulcro

Tienen que salir de allí. No quedarse velando la muerte, sino ponerse en camino hacia la vida.

Porque Jesús no ha vuelto simplemente a respirar. No ha sido reanimado.

Ha resucitado.

Y eso —la verdad— no lo entendemos del todo. Nunca ha pasado algo así.

Lázaro volvió… pero volvió para morir otra vez. Jesús no.

Está vivo para siempre.

Y eso lo cambia todo, aunque a veces no lo notemos. Cambia la mirada, cambia el sentido, cambia incluso el dolor.

Porque ya no seguimos a un recuerdo. Seguimos a un Viviente.

sábado, 7 de junio de 2025

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 2, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor 12, 3-7.12-13
Secuencia: “Ven Espíritu divino”
Evangelio: Jn 20, 19-23


No somos capaces... pero Él sí

No somos capaces. Ningún cristiano con los pies en la tierra puede pensar que, por sus propias fuerzas, es capaz de anunciar el Reino de Dios con claridad, coherencia y pasión. Nos falta transparencia. Nos falta valentía. Nos falta verdad.

Y lo vemos cada día, incluso dentro de la Iglesia, donde tantas veces lo más fácil es buscar culpables fuera. Pero Pedro lo tiene claro: el enemigo está dentro. El pecado que habita en nosotros es el verdadero adversario que combatir.

¿Cómo pudo confiar Dios el Reino a esta Iglesia concreta —con sus miserias, sus límites, sus contradicciones— sin que pareciera una broma o una locura?

El Señor, tantas veces, parece ausente. Lo experimentamos mil veces.
Y sin embargo, sabemos que tiene que haber una salida.

Reunidos

Así estaban los Doce, encerrados en el cenáculo. Jesús se había ido. De verdad. Y ellos no sabían qué hacer.

Anunciar el Reino, sí. ¿Pero cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué decir?
Afuera todavía reinaba un aire malo para los discípulos del Nazareno. ¿Qué sentido tenía salir, arriesgarse otra vez a la detención y al rechazo?

Pedro y los demás no se hacían ilusiones. Ya sabían de lo que eran capaces... o mejor dicho, de lo que no eran. Un mes atrás, todos habían huido. Ninguno dio la talla en Jerusalén. ¿Cómo esperar ahora algo distinto?

Discutían. Dudaban. Se ilusionaban por momentos, pero pronto la impotencia los vencía. No eran capaces. Ni solos. Ni entonces ni ahora.

Y de pronto, se empieza a levantar el viento. Es extraño, porque eso casi nunca sucede en primavera, en Jerusalén.

Vigilia de Pentecostés

 


Primera Lectura: Ez 36, 26-29
Salmo Responsorial: Salmo 106
Segunda Lectura: Rom 8, 22-27
Evangelio: Jn 7, 37-39

 Cada vez que la Iglesia nos convoca a una vigilia antes de una gran fiesta, es señal inequívoca de la trascendencia de lo que estamos por celebrar. Así sucede hoy con la solemnidad de Pentecostés.

 Misterio Pascual

Pentecostés es el culmen, el broche de oro del Misterio Pascual. Las tres grandes celebraciones de la Pascua —la Resurrección, la Ascensión y este Pentecostés— nos narran un único y glorioso misterio: Jesucristo, nuestro Señor, que muere y resucita, deja su presencia terrena para, desde el seno amoroso del Padre, enviarnos a su Espíritu Santo. La experiencia de este misterio es una sola, inabarcable en su profundidad, aunque la narración de los Apóstoles y la celebración litúrgica se vayan desplegando a lo largo de estos cincuenta días pascuales.

Hace apenas unos días celebramos la Ascensión del Señor. Una fiesta consecuente con la Encarnación, en la que proclamamos que Jesús es verdadero hombre. Como tal, su presencia física y terrena entre nosotros no podía prolongarse indefinidamente, y por eso, en la Ascensión, Él se retira de nuestra vista.

Pero la Encarnación también nos revela que Jesús es verdadero Dios, y como tal, nos dejó una promesa que resuena en nuestros corazones: “no os dejaré huérfanos”, “yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Así debía ser, porque Jesús de Nazaret —verdadero Dios y verdadero hombre— es el Señor para todas las personas, de todos los tiempos y lugares.

En su aparente ausencia, Jesús, el Señor, encomienda a sus discípulos una misión de una magnitud inmensa: la de ser sus continuadores, la de ser su presencia física en el mundo para toda la humanidad. Su mandato es claro: “Id y predicad el Evangelio a toda criatura.”

Y para que puedan cumplir con este mandato sublime, les envía su Espíritu: el Espíritu que será su presencia viva, el Espíritu que actuará a través de los Apóstoles de la misma manera que Jesús actuaba cuando estaba físicamente entre ellos.

sábado, 31 de mayo de 2025

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo C) - Domingo 7º de Pascua



Primera Lectura: Hch 1, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1, 17-23
Evangelio: Lc 24, 46-53


¿Un cambio a peor?

Jesús se va… y, a cambio, nos deja la Iglesia. ¡Vaya cambio! A primera vista, parece que hemos salido perdiendo, ¿no? ¿No compartimos, al menos un poco, la decepción de los apóstoles? Ellos están perplejos y entristecidos. El Maestro parte justo cuando, por fin, empezaban a comprender el gran plan de Dios. Justo ahora que iban dejando atrás el dolor y comenzaban a saborear la alegría. Todo parecía encajar, como en el desenlace luminoso de una película: el Reino había comenzado, y Jesús reinaría para siempre con sus fieles.

Y, sin embargo, es ahora cuando el Señor se va. Vuelve al Padre… y nosotros, aquí, con el corazón encogido.

Este camino de esperanza y conversión hacia la alegría, que hemos recorrido durante la Pascua, sufre un alto repentino, casi un golpe seco.
Seamos sinceros: nos cuesta aceptar que el Resucitado haya regresado al Padre. ¿Qué hay que celebrar?

Los discípulos se sienten, una vez más, desorientados. Jesús les deja, y les confía —a ellos, con todas sus debilidades— el anuncio del Reino. ¡Qué historia! ¡Cuántas preguntas plantea la Palabra a quien busca a Dios!

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?”
            ¿Por qué lloras, alma mía? ¿Por qué estás triste?”
            “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”

Dios nos cuestiona, nos sacude, nos empuja siempre más allá. Nos llama a crecer, a confiar, a creer.

No debemos buscar en el cielo el rostro de un Dios que ya pisó nuestra tierra. Hay que buscarlo allí donde Él ha querido quedarse para siempre: en los hermanos más pobres, en la comunidad de los que creen en Jesús de Nazaret, el Señor.

 Esta es la gran paradoja del cristianismo. Primero se nos pide creer que el Dios invisible se hizo hombre. Ahora, que ese Dios cercano se entrega a las frágiles manos de una Iglesia pecadora, incoherente, limitada.

Parece un mal cambio: en lugar del rostro glorioso del Resucitado, nos encontramos con el rostro cansado y a veces sombrío de los cristianos.

 ¿Y si sí…?

¿Y si Jesús, en realidad, nos estuviera diciendo algo nuevo? ¿Y si de verdad fuéramos parte activa del proyecto de Dios? ¿Y si, increíblemente, Él hubiese confiado el anuncio del Reino a la Iglesia? A esta Iglesia concreta, que a veces escandaliza y desconcierta. ¿Te lo imaginas?

Nuestro Dios no es un gerente de una multinacional del ámbito sagrado, repartiendo normas o atendiendo urgencias como un número 112 de emergencia. No, nuestro Dios es otra cosa.

sábado, 24 de mayo de 2025

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 15, 1-2.22-29
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Ap 21, 10-14.22-23
Evangelio: Jn 14, 23-29

La Gloria del Señor en Nosotros

¿Cómo podemos darnos cuenta de la gloria del Señor Jesús en nosotros? ¿Cómo reconocerla en los acontecimientos no siempre edificantes de la historia? ¿Cómo verlo en la experiencia de la Iglesia, santa y pecadora a la vez?

Jesús, durante la Última Cena, manifiesta su deseo de salvar tanto a Judas como a Pedro. Es precisamente en esta salvación donde se revela la gloria de Dios, ese anhelo infinito que tiene de colmar el corazón de cada uno de sus hijos. La gloria de Dios es que toda alma se salve y goce de la plenitud de vida que solo Él puede dar.

En este día, el Señor nos señala tres actitudes fundamentales para manifestar la vida del Resucitado en nuestra existencia: permanecer, recordar y pacificar. En este renovado tiempo de la Iglesia, en este dolorido tiempo de crisis económica, humanitaria y política, en este ambiente cargado de agresividad, amargura y desesperanza, necesitamos con urgencia volver a ser verdaderos discípulos y permitir que sea el Evangelio quien ilumine y juzgue los acontecimientos de nuestra vida.

Permanecer

Cristo Jesús nos exhorta a observar su Palabra, a cumplirla, a encarnarla en nuestras decisiones cotidianas. Si reducimos nuestra fe a un mero acontecimiento dominical, o a un refugio ocasional en momentos de tribulación, jamás experimentaremos la inhabitación del Padre y del Hijo en nuestras almas.

El mismo Señor nos lo revela con claridad: vivir la Palabra, frecuentarla, conocerla, orarla y meditarla produce el maravilloso efecto de la morada divina en nosotros.

No se trata de fenómenos extraordinarios, sino de la conciencia creciente de orientar nuestra vida hacia Dios, de percibir Su presencia santificadora en nosotros y en el mundo. Así es como la fe deja de ser un simple ejercicio intelectual o un esfuerzo de la voluntad para convertirse en la dimensión permanente en la que habitamos. “En él vivimos, nos movemos y existimos”, que decía San Pablo.

Vivir es quedarse, permanecer, no huir ni separarse. Vivir es habitar, conocer, entender, frecuentar. A esto estamos llamados para experimentar la gloria que anhelamos. Conozcamos y meditemos la Sagrada Palabra que nos abre las puertas al misterio de Dios.

Recordar

No lo comprendemos todo — faltaría más —, tampoco la Iglesia posee plenamente a Dios, sino que está poseída por Él.

Jesús nos ha revelado y entregado todo; la Revelación está completa, perfecta en Él. No necesitamos falsos profetas ni adivinos que nos dicten nuestro camino. Sin embargo, a menudo parece que no entendemos esta verdad fundamental y que la hemos olvidado.

El Espíritu Santo viene en nuestro auxilio y nos ilumina. Ilumina a la Iglesia en la comprensión de las palabras del Maestro y Señor. Ilumina nuestra conciencia y nos permite entender cuánto tiene que ver la fe con nuestra vida y con nuestras decisiones diarias. Nos lo recuerda cuando lo olvidamos, como ocurrió en un pasado no muy lejano, cuando nosotros, los cristianos, olvidamos la radicalidad del Evangelio respecto a la no violencia, elaborando teorías sobre la "guerra justa", bendiciéndola y justificándola, a veces, de manera desmesurada.

sábado, 17 de mayo de 2025

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 14, 21-27
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Ap 21, 1-5
Evangelio: Jn 13, 31.33-35


Jesús acababa de anunciar a sus discípulos que uno de ellos lo entregaría. El Maestro, naturalmente, se encontraba turbado. Al aproximarse la hora, sentía profundamente el peso del trascendental acto que estaba por realizar. Los apóstoles se miraban perplejos, creyendo que el traidor estaba frente a ellos, cuando en realidad, la traición anidaba en el interior de cada uno, en el interior de cada uno de nosotros.

Juan, el evangelista, reclinándose sobre el pecho de Jesús, le interrogó: "¿Quién es, Señor?".

Jesús, mojando el pan, se lo ofreció a Judas, quien lo comió, volviéndose hosco y distante. En la tradición de Israel, ofrecer pan era la máxima expresión de acogida, pero Judas lo interpretó como una afrenta. Así sucede a veces, cuando un gesto nuestro, cargado de afecto, es percibido dramáticamente por el otro como todo lo contrario. Jesús, con este acto, revelaba a Judas que, a pesar de todo, era el discípulo más amado, deseando estrecharlo contra su pecho para que sintiera la magnitud de su amor.

Judas, impactado, salió del cenáculo en la oscuridad. Las tinieblas lo invadieron. Pero llevaba consigo el pan, la Eucaristía, en su corazón.

Jesús, al contrario, estaba empezando a asomarse a las tinieblas, pero la luz irrumpiría en la más densa oscuridad.

Glorificación

Jesús insistió y enfatizó: "Ahora – dijo – he sido glorificado". En el momento en que Judas se disponía a traicionarlo, con un corazón sombrío y hostil, Dios manifestaría la inmensidad de su amor. En la traición de Judas se revela la dimensión del amor de Jesús.

Judas se perdió, pero ¿acaso no vino el Señor precisamente a salvar a los perdidos? ¿No es la perdición el lugar teológico de la salvación? ¿No somos salvados precisamente porque antes nos habíamos extraviado?

A través de Judas, Jesús pudo demostrar que el amor incondicional de Dios no tiene límites.

Todos nosotros, al tomar conciencia de nuestra propia existencia, nos preguntamos: ¿estoy perdido o salvado? Jesús nos responde: estabas perdido y has sido salvado.

Ni los apóstoles ni nosotros comprendimos esto, al igual que no entendimos el significado del lavatorio de los pies.

Pedro afirmó poco después estar dispuesto a dar la vida por Jesús. Pero el canto de un gallo le recordaría sus limitaciones. Y Jesús le haría ver que era él quien daría la vida por sus discípulos.

Pedro no tenía que morir por el Señor, sino morir con el Señor. Todo lo que un discípulo puede hacer – todo lo que nosotros podemos hacer – es imitar al Maestro, no reemplazarlo.