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sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

 

Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.

Un regalo, en realidad.

Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.

La noticia que todo lo cambia

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.

Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.

El sepulcro estaba vacío.

Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.

Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.

Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.

Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.

Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.

Heridas

Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.

Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.

Y Tomás responde con frialdad: no creo.

No cree lo que le dicen esos mismos que huyeron como conejos espantados cuando detuvieron a Jesús. Sin pudor, sin vergüenza.

Tomás no cree en una comunidad hecha de personas tan frágiles, tan inconsistentes. Y tiene razones para no creer.

Pero no huye. Se queda.

Resignado y golpeado por el dolor, con el sueño roto, Tomás permanece. Eso es lo que más me impresiona de él: su tenacidad. No se va. No se cree mejor que los demás. Se queda ahí, marcado por un sueño hecho añicos, pero fiel.

Y Jesús vuelve. Esta vez apostando por él.

"Sé que has sufrido mucho, Tomás. También yo. Mira."

El Resucitado le muestra las manos.

Entonces Tomás cede. Se arrodilla. Y es el primero que pronuncia con claridad la fe que será la de todos nosotros: "Señor mío y Dios mío."

 Las heridas del Resucitado

¿Puede el dolor acercarnos a Dios?

Sí. Si descubrimos que Dios lo comparte con nosotros sin reservas. Si vemos que el Resucitado lleva aún las heridas.

Esas heridas no son un detalle decorativo. Son una señal. Son la participación de Dios en el sufrimiento humano.

Al Resucitado solo lo reconocemos por las señales que deja: las vendas, su voz, el pan partido, los peces. Pero también sus heridas son una señal de que nada de lo que vivimos le resulta ajeno.

 Fe

Juan construye su evangelio como un crescendo. Una cadena de títulos que van ascendiendo hacia la verdad plena.

Los primeros discípulos lo llaman rabí. Luego Andrés habla del Mesías. Natanael se atreve con Hijo de Dios. Los samaritanos lo proclaman Salvador del mundo. El ciego curado lo reconoce como Dios. Pilatos le pone el título de Rey de los judíos.

Pero es Tomás —el que dudó, el que exigió ver— quien tiene la última palabra. El que dice lo que nadie había dicho hasta entonces con tanta claridad: "Señor mío y Dios mío." Una expresión que en la Biblia solo se le atribuye a Yahveh.

El que parecía el más incrédulo resulta ser el más creyente.

Porque también él cree sin haber visto. Exactamente como nosotros.

Santo Tomás

Santo Tomás, patrón de todos los que han gastado el corazón ante los obstáculos, de los que creen en Cristo el Señor y han sentido en su propia carne el quebranto de la vida: ayúdales a no dejarse arrastrar por la rabia y el dolor, sino a saber que el Maestro quiere su generosidad, como quiso la tuya.

Santo Tomás, patrón de los escandalizados por la incoherencia de la Iglesia, de los que han sido heridos por el juicio de quienes debían acoger: ayúdales a no quedarse atascados en la fragilidad de los creyentes, sino a fijar la mirada, aunque sea con esfuerzo, en el resplandor del Resucitado.

Santo Tomás, patrón de los tenaces: ayúdanos a no sentirnos superiores cuando vemos que nuestros hermanos en la fe son débiles, sino a permanecer fieles al gran sueño del Señor que es la Iglesia, y a transformarla empezando por nosotros mismos.

Santo Tomás, que viste en las heridas del Señor el reflejo del desgarro que su muerte provocó en tu corazón: ayúdanos a ver que todo dolor, el nuestro propio, es conocido y cargado por Dios.

Santo Tomás, el primero entre los Doce en profesar la divinidad de Cristo: ayúdanos a confesar con franqueza nuestra fe en Jesús, el rostro de Dios.

Que así sea.

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