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sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.

“Esperábamos que él sería…” Pero ya no. Ya no esperamos nada.

Y cuando la esperanza se queda en pasado, lo que viene después es muy peligroso: el cinismo, el escepticismo, esa forma de vivir en la que uno ya no se fía de nada… para no volver a sufrir.

Es curioso y un poco inquietante, a la vez: mientras ellos dicen eso, Jesús está caminando con ellos. La esperanza no ha muerto… pero ellos la dan por acabada.

Y entonces Jesús no hace lo que quizá esperaríamos. No empieza consolando. No dice: “pobrecitos, cuánto habéis sufrido”. Les sacude.
“¡Necios y torpes para creer!”

Es una palabra dura. Sí. Pero a veces la suavidad constante no cura. A veces adormece.

Jesús rompe ese círculo cerrado en el que están metidos. Les obliga a mirar más allá de su versión de los hechos.

Porque ellos tienen una interpretación… pero es parcial. Es estrecha.
Ven la cruz… pero no ven lo que Dios está haciendo a través de la cruz.

Y entonces Él hace algo decisivo: les explica las Escrituras. Les enseña a releer su historia.

Esto es clave. No cambia los hechos. No borra el dolor. No niega la cruz.
Pero les da un marco más grande.

Y poco a poco… algo empieza a moverse dentro.

No es un milagro espectacular. No hay una aparición luminosa. Hay algo más humilde… pero más profundo: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

El corazón vuelve a encenderse.

Ese es el primer signo de la resurrección en la vida de una persona:
no que desaparezcan los problemas… sino que el corazón deja de estar apagado.

Que vuelve una nueva luz. Una nueva energía. Una cierta capacidad de mirar hacia adelante.

Y entonces le invitan: “Quédate con nosotros”.

Porque empieza a anochecer. Y aquí hay algo muy humano: cuando uno empieza a intuir que ahí hay vida… no quiere perdérsela.

Y en la mesa, en el gesto sencillo de partir el pan, lo reconocen.

Y en ese momento todo encaja. Todo lo vivido cobra sentido. Todo lo que parecía fracaso… se abre a una comprensión nueva.

Y entonces ocurre algo significativo: se levantan… y vuelven a Jerusalén.

Es decir, vuelven al lugar del que habían huido. Pero ya no son los mismos.

El problema no era Jerusalén. El problema era su mirada.

Quizá el Evangelio de hoy no nos pide grandes cosas. Más bien nos pone delante algunas pregunta incómoda: ¿soy capaz de dejar que el Señor me cuestione… incluso cuando ello me incomoda?

Porque, la verdad, puede que hoy también esté caminando a nuestro lado.
Sin hacer ruido. Sin imponerse.  Y puede que tampoco lo estemos reconociendo.

No porque no esté… sino porque estamos demasiado ocupados en otra cosa.

Por eso, quizá la oración más honesta hoy es muy sencilla. Casi pobre:

“Señor, quédate con nosotros. Aunque no sepamos reconocerte bien. Aunque estemos un poco cerrados. Aunque nos cueste salir de nuestras tristezas.

Quédate, Señor… y vuelve a encender nuestro corazón.”

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