Traducir

Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta fiestas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fiestas. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de noviembre de 2026

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


Primera Lectura: Is. 25,6-10
Salmo Responsorial: Salmo22
Segunda Lectura: 1Tes 4,12-17
Evangelio: Lc  24, 13-35

En el año 998, el abad Odilón de Cluny estableció que todos los monasterios bajo su jurisdiHace más de mil años, el abad Odilón de Cluny estableció que el 2 de noviembre se conmemorara a los fieles difuntos en su abadía. Más tarde, la Iglesia adoptó esta celebración justo después de la fiesta de Todos los Santos, recordándonos que la muerte no es el final, sino un paso hacia la plenitud. La alegría de los santos nos ayuda a entender que la muerte no es una derrota, sino un encuentro con Dios, que nos espera con amor.

¿Cómo enfrentarnos a la muerte?

El 2 de noviembre, muchos recordamos imágenes de cementerios llenos de flores, familias reunidas en silencio y un ambiente de recogimiento. Sin embargo, esta tradición se desvanece en una sociedad que prefiere ignorar la muerte, aunque muchas veces siga siendo la causante de ella. Para los jóvenes, los rituales fúnebres pueden parecer lejanos o incluso innecesarios. Pero cuando la muerte toca nuestra puerta —cuando perdemos a un padre, una madre, un esposo o un hijo—, nos damos cuenta de que no podemos evitarla.

Hoy, tendemos a esconder la muerte. La evitamos en las conversaciones, la disfrazamos con tradiciones como Halloween o la consumimos como un espectáculo en las noticias. Pero cuando llega a nuestra vida, nos deja sin palabras. ¿Cómo reaccionar ante el dolor de perder a alguien a quien queremos? ¿Cómo llenar el vacío que deja? Pues con: La esperanza cristiana.

Quienes han perdido a un ser querido saben que la muerte no puede ignorarse. La forma en que enfrentemos este misterio dará sentido a nuestra vida. Los cristianos no vemos la muerte como un final, sino como un paso hacia la vida eterna. Confiamos en Cristo resucitado y acompañamos a nuestros difuntos con oraciones, sabiendo que están en las manos de Dios.

sábado, 31 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Hoy celebramos una fiesta extraordinaria: la de Todos los Santos. Celebramos a quienes han alcanzado la plenitud de la vida en Dios, pero también celebramos nuestra propia vocación y nuestro destino. Porque todos estamos llamados a ser santos.

¡Qué hermoso es llegar a ser santo! No por tener una imagen en una hornacina ni porque alguien encienda una vela ante ella, sino porque la santidad significa realizar el sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Significa llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.

Dios cree en nosotros más de lo que nosotros mismos creemos. Ve en cada persona una belleza y una plenitud que a veces ni siquiera nos atrevemos a imaginar. Y nos ofrece su gracia para hacerlas realidad.

Santo es quien descubre esa llamada y, sobre todo, quien se deja hacer por Dios, quien permite que su amor transforme su vida.

La santidad no es una conquista reservada a unos pocos ni el resultado de nuestras propias fuerzas. Como nos recordaba el papa Francisco, es, ante todo, un don: Jesús nos toma consigo, nos reviste de su vida y nos hace semejantes a él.

Por eso, no necesitamos hacer cosas extraordinarias para ser santos. Santa Teresa de Lisieux nos enseñó que podemos encontrar la santidad en las cosas ordinarias, vividas con un amor extraordinario.

Ser santo puede significar cuidar con paciencia a una persona enferma, escuchar a quien se siente solo, perdonar cuando nos cuesta renunciar al resentimiento, trabajar con honradez, defender a quien sufre una injusticia o acoger a quien llega de fuera. La santidad se juega muchas veces ahí: en los gestos cotidianos que nadie aplaude y en el amor que no busca recompensa.

Los santos no son personas perfectas que nunca se equivocaron. Son hombres y mujeres que, como nosotros, conocieron sus debilidades y tuvieron que convertirse. Pero se fiaron de Dios y encontraron la fuerza para volver a empezar.

Por eso, saquemos a los santos de las hornacinas en las que a veces los hemos encerrado. Hagámoslos nuestros amigos, maestros y compañeros de camino. Pidamos a Pedro, apóstol, su fe; a Francisco de Asís su alegría; a Teresa de Lisieux su sencillez; a Ignacio de Loyola su capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas, y a Javier su ardor misionero.

Pero no olvidemos algo esencial: los santos no quieren que nos quedemos admirándolos. Quieren ayudarnos a seguir a Jesús como ellos lo siguieron.

Las Bienaventuranzas nos muestran el camino de esa santidad.

Jesús llama felices a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.

viernes, 14 de agosto de 2026

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (15 de agosto)


Primera Lectura: Ap 11,19; 12,1-6.10
Salmo Responsorial: Salmo 44
Segunda Lectura: 1 Cor 15, 20-27
Evangelio: Lc 1, 39-56

Para nosotros, cristianos, hoy es la fiesta de la Virgen de Agosto: la solemnidad de la Asunción de María. Ella es la primera de los creyentes que ha llegado a la meta, la primera que participa plenamente de la resurrección de Cristo. En realidad, esta también es nuestra fiesta. Porque la Iglesia, al contemplar hoy a María glorificada, nos recuerda cuál es el destino al que todos estamos llamados. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Dios.

Desde muy antiguo, la comunidad cristiana confesó esta fe. Creemos que María de Nazaret, la Madre de Jesús, la primera discípula, la mujer que permaneció fiel al pie de la cruz y oró con la Iglesia naciente en Pentecostés, fue asumida por Dios a la plenitud de la vida.

Y ahí se detiene nuestra palabra. No sabemos cómo sucedió. No necesitamos describir lo que pertenece al misterio de Dios. Nos basta proclamar que quien llevó en su seno al Autor de la vida participa ya plenamente de la vida definitiva que Cristo ha inaugurado para todos.

Sin embargo, esta fiesta puede provocar cierta incomodidad. Y no por el misterio de la Asunción, sino por la imagen de María que, a veces, hemos transmitido.

Era una muchacha sencilla de un pequeño pueblo de Galilea. Una mujer creyente, trabajadora, discreta. A lo largo de los siglos, la hemos rodeado de tanto esplendor que, sin querer, hemos corrido el riesgo de alejarla de nuestra vida. Como si perteneciera más al cielo que a la tierra, más a los altares que a los caminos de la existencia.

Y eso sería una injusticia con María.

Porque Dios nos la regala precisamente como hermana en la fe. Como la primera discípula. Como una mujer que aprendió a confiar sin dejar de recorrer el duro camino de la fe.

El Evangelio de hoy nos ofrece una escena entrañable: la Visitación.

Apenas recibe el anuncio del ángel, María se pone en camino hacia la casa de Isabel.

Podemos imaginar aquel camino hacia la montaña lleno de preguntas. También María tuvo que recorrer el camino de la fe. Quizá el anuncio recibido se mezclaba ahora con el vértigo, con la incertidumbre, con esa pregunta que todos conocemos cuando Dios nos descoloca: «¿Será verdad? ¿Podré fiarme de esta palabra?».

jueves, 30 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (31 de julio)


Primera Lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 33
Segunda Lectura: 1 Cor 10,31 – 11,1
Evangelio: Lc 14, 25-33


Hoy nos reúne la santidad de Ignacio de Loyola. No venimos a recordar a un personaje famoso por su poder o riqueza, sino a alguien cuya vida se volvió transparencia de Dios. Un hombre que supo abrirse a Dios en todo, eligiéndolo una y otra vez con decisión (Gaudete et Exultate, 15).

Porque al final, lo que no nace de esa entrega a Dios, se desvanece.

 Dios nos encuentra en nuestros límites

¿Y dónde encontró Dios a Ignacio? En el límite, en la debilidad. Conocemos la historia: una bala de cañón lo dejó malherido en Pamplona. Vuelve a su casa, sin poder caminar, sin futuro como caballero. Y es en esa cama, en esa soledad y postración, donde empieza su camino interior.

Allí, mientras lee sobre Cristo y los santos, algo se enciende dentro. Descubre que hay otra forma de vivir. Que la gloria del mundo no llena. Que Dios sí.

Y así como Pablo fue derribado camino a Damasco, e Ignacio quedó postrado en Loyola, también nosotros podríamos preguntarnos: ¿cuáles son hoy nuestros límites? ¿Qué heridas, qué miedos, qué situaciones nos paralizan? Porque ahí, precisamente ahí, suele salir Dios a nuestro encuentro.

 “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo...?”

Esa pregunta de Jesús (Mc 8,36) es la que Ignacio lanza años después a Francisco Javier en París. Y con ella lo impulsa a entregar su vida. Porque el Evangelio no es teoría: es una propuesta concreta.

Jesús, en el Evangelio de hoy (Lc 14, 25-33), es claro: seguirlo cuesta. No es algo superficial. Nos pide todo, pero no por capricho sino porque quiere darnos una alegría que nadie más puede darnos.

viernes, 24 de julio de 2026

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Hoy celebramos la fiesta del apóstol Santiago el Mayor, al que en España consideramos nuestro patrono desde muy antiguo. Por eso, vale la pena que nos centremos en lo que nos cuenta la Palabra de Dios.

Hay una frase del Evangelio proclamado que debería seguir resonando en la Iglesia con la fuerza de un terremoto: «No será así entre vosotros.»

Jesús no está hablando del Imperio romano ni de los poderosos de su tiempo. Está hablando de sus discípulos. Está hablando de nosotros.

Porque el problema no es solo que haya personas que quieran dominar. El problema es que todos llevamos dentro la tentación del poder. Nos gusta ser reconocidos, ocupar un lugar importante, que cuenten con nosotros, que nuestra opinión pese más que la de los demás. Hoy quizá no soñamos con tronos, como Santiago y Juan, pero sí con ser visibles, tener influencia, dejar huella, controlar las decisiones. Incluso el servicio puede convertirse en una forma elegante de buscar protagonismo.

domingo, 28 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)


Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19


Hay aspectos de la Iglesia que a veces nos cuestan comprender. Quienes la amamos sabemos bien que no todo en ella resulta fácil. Pero también hay días como el de hoy, en los que redescubrimos con alegría la belleza de pertenecer a este pueblo que Dios sigue construyendo.

Celebramos a Pedro y Pablo. Dos hombres inmensos en la historia de la Iglesia. Pero, antes que eso, dos hombres profundamente humanos. Y quizá ahí está la primera buena noticia: Dios no eligió héroes acabados. Eligió personas de carne y hueso, muy distintas entre sí, y las transformó.

Pedro: La Roca Frágil

Pedro era un pescador de Cafarnaúm. Hombre sencillo, impulsivo, generoso, de reacciones rápidas. Pablo, en cambio, era un intelectual brillante, formado, apasionado defensor de la Ley, hasta que el encuentro con Cristo cambió radicalmente su vida.

No podían ser más diferentes. Humanamente, era difícil imaginar que caminaran juntos. Y, sin embargo, Cristo hizo de ellos las dos grandes columnas de la Iglesia.

Pedro nos enseña que Dios no llama a los perfectos.

Jesús lo escogió precisamente a él para sostener la fe de sus hermanos. Y Pedro estaba muy lejos de ser un hombre impecable. Prometió fidelidad hasta la muerte... y terminó negando a Jesús por miedo.

A veces pensamos que nuestra fe es sólida mientras todo va bien. Pero la autenticidad de nuestra fe suele aparecer cuando llega la prueba. También Pedro tuvo que descubrirlo. Su fracaso le rompió la imagen que tenía de sí mismo. Y, precisamente entonces, comenzó a apoyarse de verdad en el Señor y no en sus propias fuerzas.

martes, 23 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA



Primera Lectura: Is 49, 1-6
Salmo responsorial: Salmo 138
Segunda Lectura: Hch 13, 22-26
Evangelio: Lc 1, 57-66.80

Se nota ya el aire de vacaciones. Termina el curso escolar. En el hemisferio norte acabamos de pasar el solsticio de verano: hemos alcanzado el punto máximo de luz, y a partir de ahora los días empezarán a acortarse y las noches a alargarse, hasta llegar al solsticio de invierno, cuando celebraremos el nacimiento de Jesús, el Sol que no se apaga.

Precisamente en este día, cuando la luz comienza a menguar, la Iglesia celebra el nacimiento de san Juan Bautista. No es casual: él mismo dijo “es necesario que yo disminuya para que él crezca”. Su figura ha nutrido durante siglos el arte, la espiritualidad y la cultura popular: miles de retablos lo muestran vestido con piel de camello, señalando a Cristo con el dedo y sosteniendo una cruz sencilla.

Juan es el único santo del que la Iglesia celebra tanto su nacimiento (hoy), como su martirio (el 29 de agosto). Y Jesús mismo lo llamó “el mayor entre los nacidos de mujer” (Mt 11,11).

Profetas

En medio de tantas crisis —en la Iglesia, en la sociedad, en el mundo—, nos hace bien redescubrir el valor de la profecía. Los profetas no predicen el futuro: no son adivinos, sino amigos de Dios, ungidos por el Espíritu. Son personas que interpretan el presente a la luz de la fe. Que sacuden la conciencia del pueblo. Que denuncian la injusticia, a veces con gestos radicales. Que pagan con su vida la coherencia de su testimonio.

La tradición profética es inseparable de la historia de Israel. Los profetas vivieron seducidos por Dios, haciendo de su vida una catequesis viviente. Supieron leer los signos de cada tiempo y descubrieron en ellos la acción salvadora de Dios.

Siendo compañeros de viaje y amigos de Dios, los profetas vienen invitando a la gente, desde hace tiempo, a mirar hacia el pleno cumplimiento de la promesa hecha por Dios a Israel, y que se realiza en Jesús de Nazaret.

Juan es su nombre

Entre todos los profetas, Juan Bautista es un gigante. Un asceta del desierto, un predicador duro, un mártir fiel. Preparó al pueblo para la venida del Señor. Y sin embargo, fue el primero en quedar desconcertado por la ternura inesperada del Mesías.

sábado, 6 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de este domingo tan especial, el Día del Corpus Christi, he experimentado un fuerte contraste en el corazón: una mezcla de profunda alegría y, al mismo tiempo, de una sincera pena.

Alegría por la fe tan viva que mantengo en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Me conmueve profundamente, al mirar atrás en mi vida, descubrir la belleza desconcertante de aquel gesto tan humilde de la Última Cena. ¡Qué desconcertante es la generosidad de nuestro Dios y qué bendita la ingenuidad de Jesús de Nazaret al querer quedarse con nosotros de esta manera! Siento alegría por el amor que tantas veces me ha llenado el alma al celebrar y participar en la misa. Es la gracia de haber experimentado la presencia de Cristo de forma tangible y evidente en momentos de oración intensa y de escucha de su Palabra.

Pero también siento una pena profunda y obstinada. Me duele ver que, a menudo, cuando comparto esta fe con otros hermanos cristianos, percibo incomprensión o desinterés. Me da pena el clima tan poco fraterno de algunas comunidades que parecen cansadas, apagadas y cerradas en sí mismas. Y me entristece que la Eucaristía, que es la cumbre y el manantial de nuestra vida de fe, sea para muchos el único y débil lazo con la Iglesia; una cumbre sin base, reducida al cumplimiento frío de un precepto.

He celebrado miles de misas en mi vida. Millares de veces he hecho presente sobre el altar la inmensidad de Dios, sabiendo que soy indigno y que a veces he estado distraído. Y, sin embargo, todavía me asombro.

 Hacer memoria

"Recuerda", nos ha dicho Moisés en la primera lectura, "haz memoria de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer".

Hacer memoria es vital. Significa recordar de dónde nos sacó Dios, la esclavitud que dejamos atrás y los desiertos que es necesario atravesar para despojarnos de todo lo que nos impide creer y amar con autenticidad. Moisés le pide al pueblo que recuerde el hambre que pasó y el pan que recibió: el maná, un alimento misterioso que no se parecía en nada a los lujos de Egipto y que la gente aceptaba como un regalo directo del cielo.

Todos los seres humanos necesitamos alimentarnos, no solo de comida, sino de afecto, de sentido, de luz y de paz. Hoy en día, muchas personas sufren una terrible inanición espiritual y se van apagando por dentro. Nos falta el alimento que nos sostiene en el camino de la vida y nos ayuda a comprender nuestro propio misterio. Es Dios mismo quien se hace Pan para guiarnos hacia la eternidad. Un Pan capaz de mantenernos unidos.

martes, 24 de marzo de 2026

Solemnidad de la Anuncicación del Señor (25 de marzo)

 

Primera Lectura: Is 7, 10-14; 8, 10b
Salmo Responsorial: Salmo 39
Segunda Lectura: Heb 10, 4-10
Evangelio: Lc 1, 26-38 


A nueve meses de la Navidad, la liturgia abre hoy como un paréntesis luminoso en medio de la Cuaresma. Y no es un paréntesis decorativo. Es como si se nos permitiera asomarnos al origen de todo lo que estamos a punto de celebrar.

Porque el que va a ser entregado en la cruz… es el mismo que hoy comienza su camino en el seno de María. El que muere como grano de trigo… es el que ahora acepta nacer. El Dios incomprendido… decide, por fin, explicarse desde dentro.

Hoy volvemos a ese diálogo tan sencillo y tan desconcertante: el encuentro entre el ángel Gabriel y María.

Y, si uno lo piensa despacio, todo ocurre en un lugar absolutamente irrelevante. Nazaret. Un rincón perdido. Sin prestigio, sin historia, sin importancia.

Y la protagonista… una adolescente. Sin poder, sin influencia, sin reconocimiento. Ahí sucede lo decisivo.

Esto, la verdad, descoloca. Porque nosotros seguimos pensando que lo importante pasa en los grandes escenarios, en lo visible, en lo que cuenta.

Pero Dios… no. Dios no piensa así.

Dios, cansado de ser malinterpretado, decide venir a contarse a sí mismo. Y lo hace de una manera que rompe todos nuestros esquemas. Porque el ser humano, cuando imagina a Dios, tiende a deformarlo como un Dios lejano, exigente, al que hay que calmar, convencer o incluso temer.

miércoles, 18 de marzo de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ - 19 de marzo




Primera Lectura: 2 Sam 7, 4-5a.12-14a.16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 4, 13.16-18.22
Evangelio: Mt 1, 16.18-21

 Joven José

Siempre se ha dicho que José ya era un hombre mayor cuando se casó con María. Pero si nos fijamos en cómo funcionaban las cosas en la sociedad judía de la época, lo más probable es que fuera bastante joven. En aquellos tiempos, los matrimonios solían darse entre chicos y chicas de poca edad. Entonces, ¿de dónde viene esa imagen de un José anciano? Pues parece que se construyó con el tiempo, tal vez para justificar por qué desaparece tan pronto de la escena en los relatos evangélicos. 

De hecho, cuando Jesús comienza su vida pública, José ya no aparece por ninguna parte. Lo lógico es pensar que murió antes, claro, pero eso no significa que haya tenido que ser un anciano. La esperanza de vida en aquel tiempo era corta, y mucha gente apenas llegaba a vivir hasta los 30 años. Así que no es nada descabellado imaginar que José fuera un joven veinteañero cuando se encontró con el desconcertante embarazo de María. 

 Amor y justicia

Si nos metemos en su piel, la historia cambia de matices. José no es ese hombre serio y canoso que solemos ver en los belenes. Es un joven lleno de ternura, enfrentado a un dilema monumental. Ama a María, pero la noticia del embarazo lo golpea de lleno. ¿Qué habrá pensado esa primera noche? ¿Habrá dudado de todo? La ley le decía que denunciara a María, lo que significaba una condena segura para ella. Pero él no puede hacer eso. Así que idea un plan: fingirá que simplemente ha cambiado de opinión y la dejará en secreto. Así le salvará la vida y el honor. 

Mateo nos dice que José era un hombre "justo". Pero no en el sentido de alguien que sigue las normas al pie de la letra, sino en el de alguien que sabe ver más allá, que no se deja llevar por las apariencias y que, aunque herido, es capaz de actuar con misericordia. José es un hombre de fe, de los que confían cuando todo parece un sinsentido. Y entonces llega el sueño. Un sueño que lo cambia todo. Un ángel le dice que no tenga miedo, que confíe en lo impensable.

Y José, sin grandes discursos, sin dudar demasiado, se levanta y actúa. 

 Padre en la sombra

Grande José. Sin hacer ruido, sin llamar la atención, con pocas palabras pero con un corazón enorme. No busca protagonismo, pero Dios lo elige guardián de lo más valioso. Su historia sigue hablándonos hoy. Nos enseña lo que significa confiar cuando todo se tambalea. Nos muestra la grandeza de la fe sencilla, esa que no necesita explicaciones, sino simplemente decir “sí”, como María. 

José, esposo fiel y protector de María, custodio de Jesús, danos un poco de tu fe para abrazar el plan de Dios, aunque no lo entendamos del todo. Porque a veces, lo más grande ocurre cuando simplemente confiamos. 

Guíanos en el camino de la vida. Concédenos misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. Amén.

domingo, 1 de febrero de 2026

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR - 2 de febrero


 Primera Lectura: Mal 3,1-4
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Heb 2,14-18
Evangelio: Lc 2,22-40

La liturgia de hoy puede parecernos, a primera vista, una celebración más propia del tiempo de Navidad, con sus relatos de la infancia de Jesús. Sin embargo, el centro de esta fiesta no es tanto el Niño como la revelación de quién es realmente. Como proclamaremos en el Prefacio y hemos escuchado en el Evangelio, Jesús es reconocido por el Espíritu como gloria de Israel y luz de las naciones. Es el Mesías esperado, pero llega de un modo que desconcierta.

El profeta Malaquías anuncia hoy algo inquietante: “De pronto entrará en su Templo el Señor a quien vosotros buscáis”. Y añade imágenes fuertes: vendrá como fuego de fundidor, como lejía que purifica. No entra para tranquilizar conciencias ni para confirmar una religiosidad autosuficiente, sino para purificar el culto, para separar lo auténtico de lo aparente. El problema no es la ausencia de Dios, sino un modo de relacionarse con Él que ha perdido la verdad del corazón.

Ese Señor que Malaquías anuncia es el Niño que María y José presentan en el Templo. Entra silenciosamente, sin signos de poder. Pero su presencia juzga, revela y transforma.

Y aquí aparece la gran paradoja. Cuando el Mesías entra en su casa, no son los sumos sacerdotes ni las autoridades religiosas quienes lo reconocen. De hecho, serán ellos quienes, años más tarde, lo entreguen para ser crucificado. El Señor no encuentra acogida en una religión cerrada sobre sí misma, que ha olvidado el clamor de los pobres y el sufrimiento de la vida real.

Tampoco lo reciben los doctores de la Ley aferrados a tradiciones que no sanan ni liberan. Jesús no es acogido por doctrinas que oprimen en nombre de Dios. La salvación no pasa por sistemas que se protegen a sí mismos.