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viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Hay palabras del Evangelio que nos resultan especialmente incómodas. Una de ellas es la que escuchamos hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas».

Porque nosotros sabemos hacer muchas cosas con los errores de los demás: comentarlos, criticarlos, juzgarlos, contarlos a otros… Lo que nos cuesta mucho más es hacer lo que Jesús pide: acercarnos al hermano y hablar con él desde el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos cuando alguien que tenemos cerca se equivoca, nos hace daño o está tomando un camino que le hace mal?

La primera lectura utiliza una imagen muy fuerte. Dios dice al profeta Ezequiel: «Te he puesto de atalaya». El profeta tiene que advertir al que está en peligro. No puede mirar hacia otro lado.

Y aquí aparece algo importante: amar no significa dejar que cada uno haga lo que quiera sin que nadie se preocupe por él.

Vivimos en una cultura que identifica con frecuencia la libertad con la ausencia de límites y el respeto con no intervenir nunca en la vida de los demás. «Es su problema», decimos. «Que haga lo que quiera». Y es verdad que nadie tiene derecho a controlar la conciencia del otro. Pero el Evangelio nos recuerda que la indiferencia tampoco es amor.

Si veo que una persona a la que quiero está destruyéndose, ¿puedo decir simplemente: «No es asunto mío»?

La Biblia nos invita también a comprender de otra manera el pecado. No es simplemente hacer algo que está prohibido. El pecado es aquello que hace daño, destruye, deshumaniza; es utilizar mal la libertad que Dios nos ha dado, dañando nuestra propia vida o la vida de los demás.

El egoísmo, la avaricia, la mentira, la calumnia, la violencia verbal, la explotación, el desprecio, la indiferencia ante quien sufre… pueden presentarse como simples opciones personales. Pero no son inocentes. Porque van construyendo un mundo en el que terminamos haciéndonos daño unos a otros.

Por eso Dios pone al profeta como atalaya: no para condenar, sino para advertir del peligro.

Y junto a esta responsabilidad aparece hoy otra palabra decisiva: el perdón.