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sábado, 26 de septiembre de 2026

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32

                            

El domingo pasado quedamos descolocados ante la parábola de los trabajadores de la viña y aquella manera de actuar del dueño que, a primera vista, nos parecía injusta.

También hoy la Palabra de Dios vuelve a descolocarnos. Ezequiel nos invita a abandonar nuestra manera habitual de juzgar y a entrar en la lógica de Dios. Y Jesús, en el Evangelio, nos presenta dos hijos: uno que dice «sí» a su padre, pero no va; y otro que dice «no», pero después se arrepiente y va.

La pregunta es sencilla, pero incómoda: ¿qué quiere Dios de nosotros: nuestras palabras o nuestra vida?

Caretas

En estos días de septiembre, en muchos lugares se celebra la vendimia. Recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban lentamente hacia la bodega.

La imagen de la viña aparece muchas veces en la Biblia para hablar de la relación de Dios con su pueblo. Que el Señor nos llame a trabajar en su viña significa que quiere contar con nosotros, que desea una relación viva y cercana con cada uno.

El primer hijo de la parábola responde inmediatamente: «Sí, padre». Y, sin embargo, no va. Es una respuesta correcta, pero vacía. Una palabra sin vida. Una apariencia de obediencia que no llega al corazón.

Y aquí aparece una palabra que resulta incómoda: hipocresía.

También nuestra fe puede convertirse fácilmente en eso: exterioridad, costumbre, rituales, prácticas religiosas, palabras correctas… pero sin verdadera conversión del corazón.

Podemos incluso estar muy cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener nuestro corazón lejos de Él.

Dios no necesita nuestras apariencias. Dios busca la verdad de nuestra vida.

Pecadores

Por eso resulta sorprendente el segundo hijo. Su primera respuesta es un «no»: «No quiero». Desde luego, no es una respuesta ejemplar. Pero después recapacita y va.

sábado, 19 de septiembre de 2026

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

La lógica desconcertante de la gracia

La parábola de hoy nos incomoda porque pone en cuestión algo que tenemos muy arraigado: nuestra manera de entender la justicia.

Un propietario sale a contratar trabajadores para su viña. A unos los llama de madrugada; a otros, más tarde; y a otros, cuando apenas queda una hora de trabajo. Al terminar la jornada, comienza a pagar por los últimos y da a todos un denario, el salario necesario para vivir.

Los que habían trabajado desde primera hora protestan: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado como a nosotros».

Podemos comprender su indignación. Han trabajado más y esperan recibir más.

Pero hay algo significativo en su protesta. Cuando reciben el denario que habían pactado, no dicen: «Danos más a nosotros». Lo que exigen es que a los otros se les dé menos.

Y aquí Jesús toca una fibra muy profunda de nuestro corazón. Porque también nosotros podemos caer en esa lógica: no nos basta con recibir lo que necesitamos; necesitamos compararnos con los otros. Queremos saber quién merece más, quién merece menos, quién ha hecho méritos y quién no.

Y Jesús responde: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

sábado, 12 de septiembre de 2026

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 27,30 - 28,9
Salmo Responsorial: Salmo102
Segunda Lectura: Rom 14,7-9
Evangelio: Mt 18, 21-35

Perdonar es una debilidad, dice el mundo violento que nos rodea.

Nos han enseñado que hay que ser fuertes, defenderse, no dejarse pisar, devolver cada golpe. Y cuando alguien nos hace daño, parece casi una ingenuidad decir: «Hay que perdonar».

Pero tomemos las cosas en serio: el perdón es algo muy serio.

Lo sabe quien ha sido herido. Lo sabe también quien ha hecho el daño. Lo sabemos todos cuando alguna vez hemos tenido que decir: «Perdóname», o cuando hemos tenido que decidir si abrimos o no la puerta a quien nos ha herido.

El domingo pasado escuchábamos a Jesús hablarnos de la corrección y de la reconciliación dentro de la comunidad. Hoy Pedro va todavía más lejos y plantea una pregunta que también nosotros podemos hacernos:

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Pedro cree que está siendo generoso. Siete veces es mucho.

Pero Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir: no lleves la cuenta.

Y aquí comienza la verdadera dificultad del Evangelio. Porque perdonar una vez puede ser posible. Dos veces, también. Pero ¿siempre? ¿Incluso cuando el otro reincide? ¿Incluso cuando no reconoce el daño que ha hecho? ¿Incluso cuando no cambia?

La respuesta de Jesús parece una locura si la miramos solamente desde nuestra lógica. Por eso nos cuenta la parábola.

Un hombre tiene con su señor una deuda gigantesca, sencillamente impagable. (6.000 millones de euros, según los valores de hoy). Y, sin embargo, cuando se encuentra ante él, el señor no solamente le concede tiempo: le perdona toda la deuda. Todo.

Después, ese mismo hombre sale y encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor (unos 6.000 €). Y, en lugar de hacer con él lo que han hecho con él, lo agarra y le exige que pague.

Ahí está la contradicción que Jesús quiere poner delante de nuestros ojos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Hay palabras del Evangelio que nos resultan especialmente incómodas. Una de ellas es la que escuchamos hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas».

Porque nosotros sabemos hacer muchas cosas con los errores de los demás: comentarlos, criticarlos, juzgarlos, contarlos a otros… Lo que nos cuesta mucho más es hacer lo que Jesús pide: acercarnos al hermano y hablar con él desde el amor.

La Palabra de Dios de hoy nos plantea una pregunta fundamental: ¿qué hacemos cuando alguien que tenemos cerca se equivoca, nos hace daño o está tomando un camino que le hace mal?

La primera lectura utiliza una imagen muy fuerte. Dios dice al profeta Ezequiel: «Te he puesto de atalaya». El profeta tiene que advertir al que está en peligro. No puede mirar hacia otro lado.

Y aquí aparece algo importante: amar no significa dejar que cada uno haga lo que quiera sin que nadie se preocupe por él.

Vivimos en una cultura que identifica con frecuencia la libertad con la ausencia de límites y el respeto con no intervenir nunca en la vida de los demás. «Es su problema», decimos. «Que haga lo que quiera». Y es verdad que nadie tiene derecho a controlar la conciencia del otro. Pero el Evangelio nos recuerda que la indiferencia tampoco es amor.

Si veo que una persona a la que quiero está destruyéndose, ¿puedo decir simplemente: «No es asunto mío»?

La Biblia nos invita también a comprender de otra manera el pecado. No es simplemente hacer algo que está prohibido. El pecado es aquello que hace daño, destruye, deshumaniza; es utilizar mal la libertad que Dios nos ha dado, dañando nuestra propia vida o la vida de los demás.

El egoísmo, la avaricia, la mentira, la calumnia, la violencia verbal, la explotación, el desprecio, la indiferencia ante quien sufre… pueden presentarse como simples opciones personales. Pero no son inocentes. Porque van construyendo un mundo en el que terminamos haciéndonos daño unos a otros.

Por eso Dios pone al profeta como atalaya: no para condenar, sino para advertir del peligro.

Y junto a esta responsabilidad aparece hoy otra palabra decisiva: el perdón.