Hay palabras del Evangelio que nos resultan especialmente
incómodas. Una de ellas es la que escuchamos hoy: «Si tu hermano peca, ve y
corrígelo a solas».
Porque nosotros sabemos hacer muchas cosas con los errores
de los demás: comentarlos, criticarlos, juzgarlos, contarlos a otros… Lo que
nos cuesta mucho más es hacer lo que Jesús pide: acercarnos al hermano y
hablar con él desde el amor.
La Palabra de Dios de hoy nos plantea una pregunta
fundamental: ¿qué hacemos cuando alguien que tenemos cerca se equivoca, nos
hace daño o está tomando un camino que le hace mal?
La primera lectura utiliza una imagen muy fuerte. Dios dice
al profeta Ezequiel: «Te he puesto de atalaya». El profeta tiene que
advertir al que está en peligro. No puede mirar hacia otro lado.
Y aquí aparece algo importante: amar no significa dejar
que cada uno haga lo que quiera sin que nadie se preocupe por él.
Vivimos en una cultura que identifica con frecuencia la
libertad con la ausencia de límites y el respeto con no intervenir nunca en la
vida de los demás. «Es su problema», decimos. «Que haga lo que quiera». Y es
verdad que nadie tiene derecho a controlar la conciencia del otro. Pero el
Evangelio nos recuerda que la indiferencia tampoco es amor.
Si veo que una persona a la que quiero está destruyéndose,
¿puedo decir simplemente: «No es asunto mío»?
La Biblia nos invita también a comprender de otra manera el
pecado. No es simplemente hacer algo que está prohibido. El pecado es aquello
que hace daño, destruye, deshumaniza; es utilizar mal la libertad que
Dios nos ha dado, dañando nuestra propia vida o la vida de los demás.
El egoísmo, la avaricia, la mentira, la calumnia, la
violencia verbal, la explotación, el desprecio, la indiferencia ante quien
sufre… pueden presentarse como simples opciones personales. Pero no son
inocentes. Porque van construyendo un mundo en el que terminamos haciéndonos
daño unos a otros.
Por eso Dios pone al profeta como atalaya: no para condenar,
sino para advertir del peligro.
Y junto a esta responsabilidad aparece hoy otra palabra decisiva: el perdón.
