Al preparar la homilía de este
domingo tan especial, el Día del Corpus Christi, he experimentado un fuerte
contraste en el corazón: una mezcla de profunda alegría y, al mismo tiempo, de
una sincera pena.
Alegría por la fe tan viva que
mantengo en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Me
conmueve profundamente, al mirar atrás en mi vida, descubrir la belleza
desconcertante de aquel gesto tan humilde de la Última Cena. ¡Qué desconcertante
es la generosidad de nuestro Dios y qué bendita la ingenuidad de Jesús de
Nazaret al querer quedarse con nosotros de esta manera! Siento alegría por el
amor que tantas veces me ha llenado el alma al celebrar y participar en la
misa. Es la gracia de haber experimentado la presencia de Cristo de forma
tangible y evidente en momentos de oración intensa y de escucha de su Palabra.
Pero también siento una pena
profunda y obstinada. Me duele ver que, a menudo, cuando comparto esta fe con
otros hermanos cristianos, percibo incomprensión o desinterés. Me da pena el
clima tan poco fraterno de algunas comunidades que parecen cansadas, apagadas y
cerradas en sí mismas. Y me entristece que la Eucaristía, que es la cumbre y el
manantial de nuestra vida de fe, sea para muchos el único y débil lazo con la
Iglesia; una cumbre sin base, reducida al cumplimiento frío de un precepto.
He celebrado miles de misas en mi
vida. Millares de veces he hecho presente sobre el altar la inmensidad de Dios,
sabiendo que soy indigno y que a veces he estado distraído. Y, sin embargo,
todavía me asombro.
Hacer memoria
"Recuerda", nos ha dicho
Moisés en la primera lectura, "haz memoria de todo el camino que el Señor
tu Dios te ha hecho recorrer".
Hacer memoria es vital. Significa
recordar de dónde nos sacó Dios, la esclavitud que dejamos atrás y los
desiertos que es necesario atravesar para despojarnos de todo lo que nos impide
creer y amar con autenticidad. Moisés le pide al pueblo que recuerde el hambre
que pasó y el pan que recibió: el maná, un alimento misterioso que no se
parecía en nada a los lujos de Egipto y que la gente aceptaba como un regalo
directo del cielo.
Todos los seres humanos necesitamos alimentarnos, no solo de comida, sino de afecto, de sentido, de luz y de paz. Hoy en día, muchas personas sufren una terrible inanición espiritual y se van apagando por dentro. Nos falta el alimento que nos sostiene en el camino de la vida y nos ayuda a comprender nuestro propio misterio. Es Dios mismo quien se hace Pan para guiarnos hacia la eternidad. Un Pan capaz de mantenernos unidos.
