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domingo, 28 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)


Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19


Hay aspectos de la Iglesia que a veces nos cuestan comprender. Quienes la amamos sabemos bien que no todo en ella resulta fácil. Pero también hay días como el de hoy, en los que redescubrimos con alegría la belleza de pertenecer a este pueblo que Dios sigue construyendo.

Celebramos a Pedro y Pablo. Dos hombres inmensos en la historia de la Iglesia. Pero, antes que eso, dos hombres profundamente humanos. Y quizá ahí está la primera buena noticia: Dios no eligió héroes acabados. Eligió personas de carne y hueso, muy distintas entre sí, y las transformó.

Pedro: La Roca Frágil

Pedro era un pescador de Cafarnaúm. Hombre sencillo, impulsivo, generoso, de reacciones rápidas. Pablo, en cambio, era un intelectual brillante, formado, apasionado defensor de la Ley, hasta que el encuentro con Cristo cambió radicalmente su vida.

No podían ser más diferentes. Humanamente, era difícil imaginar que caminaran juntos. Y, sin embargo, Cristo hizo de ellos las dos grandes columnas de la Iglesia.

Pedro nos enseña que Dios no llama a los perfectos.

Jesús lo escogió precisamente a él para sostener la fe de sus hermanos. Y Pedro estaba muy lejos de ser un hombre impecable. Prometió fidelidad hasta la muerte... y terminó negando a Jesús por miedo.

A veces pensamos que nuestra fe es sólida mientras todo va bien. Pero la autenticidad de nuestra fe suele aparecer cuando llega la prueba. También Pedro tuvo que descubrirlo. Su fracaso le rompió la imagen que tenía de sí mismo. Y, precisamente entonces, comenzó a apoyarse de verdad en el Señor y no en sus propias fuerzas.

sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42

Hace una semana escuchábamos a Jesús invitándonos a vivir sin miedo. Dios cuida de los gorriones y cuida también de nosotros. Por eso el discípulo no puede esconder su fe ni vivir un cristianismo de puertas adentro. Estamos llamados a seguir a Cristo con confianza y a dar testimonio de Él con nuestra vida.

Pero hoy el Evangelio nos coloca ante unas palabras que, a primera vista, resultan difíciles. Jesús afirma que quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a Él, no es digno de Él. Y nos preguntamos: ¿cómo puede decir esto quien nos ha revelado un Dios tan cercano, tan humano y tan lleno de amor y ternura?

La clasificación del amor

Para entender estas palabras hay que recordar algo fundamental: cuando Jesús habla de Dios no lo hace desde el deber, sino desde el amor.

Muchas personas han vivido la religión como una obligación, como una colección de normas o como una serie de ritos repetidos mecánicamente. Pero el Dios de Jesús es otra cosa. Jesús nos habla de un Dios que quiere entrar en el corazón humano y llenar nuestra vida de sentido y de alegría.

Por eso sitúa a Dios en el lenguaje del amor. Nos dice que la fe no consiste simplemente en cumplir, sino en enamorarse. Descubrir a Dios es descubrir una presencia capaz de iluminar la existencia entera.

Jesús no nos pide que amemos menos a las personas que forman parte de nuestra vida. Nos pide que aprendamos a amarlas mejor. Porque cuando Dios ocupa el centro, el amor deja de ser posesión para convertirse en entrega; deja de buscarse a sí mismo para buscar el bien del otro.

martes, 23 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA



Primera Lectura: Is 49, 1-6
Salmo responsorial: Salmo 138
Segunda Lectura: Hch 13, 22-26
Evangelio: Lc 1, 57-66.80

Se nota ya el aire de vacaciones. Termina el curso escolar. En el hemisferio norte acabamos de pasar el solsticio de verano: hemos alcanzado el punto máximo de luz, y a partir de ahora los días empezarán a acortarse y las noches a alargarse, hasta llegar al solsticio de invierno, cuando celebraremos el nacimiento de Jesús, el Sol que no se apaga.

Precisamente en este día, cuando la luz comienza a menguar, la Iglesia celebra el nacimiento de san Juan Bautista. No es casual: él mismo dijo “es necesario que yo disminuya para que él crezca”. Su figura ha nutrido durante siglos el arte, la espiritualidad y la cultura popular: miles de retablos lo muestran vestido con piel de camello, señalando a Cristo con el dedo y sosteniendo una cruz sencilla.

Juan es el único santo del que la Iglesia celebra tanto su nacimiento (hoy), como su martirio (el 29 de agosto). Y Jesús mismo lo llamó “el mayor entre los nacidos de mujer” (Mt 11,11).

Profetas

En medio de tantas crisis —en la Iglesia, en la sociedad, en el mundo—, nos hace bien redescubrir el valor de la profecía. Los profetas no predicen el futuro: no son adivinos, sino amigos de Dios, ungidos por el Espíritu. Son personas que interpretan el presente a la luz de la fe. Que sacuden la conciencia del pueblo. Que denuncian la injusticia, a veces con gestos radicales. Que pagan con su vida la coherencia de su testimonio.

La tradición profética es inseparable de la historia de Israel. Los profetas vivieron seducidos por Dios, haciendo de su vida una catequesis viviente. Supieron leer los signos de cada tiempo y descubrieron en ellos la acción salvadora de Dios.

Siendo compañeros de viaje y amigos de Dios, los profetas vienen invitando a la gente, desde hace tiempo, a mirar hacia el pleno cumplimiento de la promesa hecha por Dios a Israel, y que se realiza en Jesús de Nazaret.

Juan es su nombre

Entre todos los profetas, Juan Bautista es un gigante. Un asceta del desierto, un predicador duro, un mártir fiel. Preparó al pueblo para la venida del Señor. Y sin embargo, fue el primero en quedar desconcertado por la ternura inesperada del Mesías.

sábado, 20 de junio de 2026

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


Jesús habla hoy a gente que tiene miedo. No a héroes. A gente como nosotros.

"No temáis." Lo repite tres veces en este pasaje. Y eso ya dice algo. Cuando alguien repite tres veces lo mismo, es porque sabe que no vas a obedecer a la primera.

 Lo que Jeremías sabía

Jeremías lo sabía desde antes. Escuchamos hoy que sus propios amigos le tienden trampas. Que espían sus pasos. Que quieren denunciarlo.

Y él, en medio de eso, no calla. No se esconde. Dice: "El Señor está conmigo como un guerrero poderoso."

No dice que no tiene miedo. Dice que confía en Dios a pesar del miedo. Eso es distinto.

 Dios y los gorriones

Jesús pone un ejemplo que parece menor: los gorriones. "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Pues ninguno cae en tierra sin que lo sepa vuestro Padre."

Un gorrión vale medio cuartillo. Es el animal más barato del mercado. Y aun así, cuenta para Dios.

Luego viene la frase que cambia de escala: "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." Es una exageración deliberada. Nadie cuenta cabellos. Nadie. Pero Dios, sí.

¿Qué nos dice esto? Que no hay nada en tu vida, por pequeño o por vergonzoso que parezca, que esté fuera del cuidado de Dios. Nada.

 Megáfonos en los tejados

"Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en plena luz; lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados."

sábado, 13 de junio de 2026

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Andaban como ovejas sin pastor

Primera Lectura: Ex 19, 2-6a
Salmo Responsorial:  Sal 99
Segunda Lectura: Rom 5, 6-11
Evangelio: Mt 9, 36 - 10, 8

 

La conversión nace de la misericordia. Así le ocurrió a Mateo. No cambió porque fuera mejor que los demás, sino porque se sintió mirado, acogido y llamado por Jesús. La fe comienza muchas veces ahí: cuando descubrimos que Dios nos ama antes de que hayamos arreglado nuestra vida.

Los contemporáneos de Jesús quedaron desconcertados. Aquel maestro parecía sentirse más cómodo entre pecadores que entre los satisfechos de sí mismos. Entraba en las casas de los publicanos, compartía mesa con ellos y les devolvía una dignidad que muchos les negaban. Así es el rostro de Dios que revela Jesús: no el de quien selecciona a los mejores, sino el de quien sale al encuentro de los heridos.

En alas de águila

La primera lectura nos recuerda un momento decisivo de la historia de Israel. Dios dice a su pueblo: «Os llevé sobre alas de águila». Antes de pedir nada, Dios recuerda lo que ha hecho por ellos. Antes de la ley está la gracia. Antes de la respuesta humana está siempre la iniciativa de Dios.

También nosotros podríamos recorrer nuestra propia historia y descubrir momentos en los que el Señor nos sostuvo, nos levantó o nos condujo cuando apenas éramos conscientes de ello.

San Pablo lo expresa con una claridad desarmante: «Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros». Éste es el escándalo del Evangelio. Vivimos en una cultura donde casi todo hay que ganarlo, demostrarlo o merecerlo. El valor de las personas suele medirse por el éxito, la productividad o la imagen que proyectan. Sin embargo, Dios no funciona así. Dios no nos ama porque seamos valiosos; somos valiosos porque Dios nos ama.

La salvación no es un premio para los perfectos. Es un regalo para quienes se dejan encontrar.

La compasión de Jesús

El Evangelio nos presenta a Jesús contemplando a la multitud. Y lo que siente no es irritación, ni desprecio, ni juicio. Siente compasión.

Jesús ve personas cansadas, desorientadas, heridas, «como ovejas sin pastor». Podríamos decir que sigue viendo lo mismo hoy.

sábado, 6 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de este domingo tan especial, el Día del Corpus Christi, he experimentado un fuerte contraste en el corazón: una mezcla de profunda alegría y, al mismo tiempo, de una sincera pena.

Alegría por la fe tan viva que mantengo en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Me conmueve profundamente, al mirar atrás en mi vida, descubrir la belleza desconcertante de aquel gesto tan humilde de la Última Cena. ¡Qué desconcertante es la generosidad de nuestro Dios y qué bendita la ingenuidad de Jesús de Nazaret al querer quedarse con nosotros de esta manera! Siento alegría por el amor que tantas veces me ha llenado el alma al celebrar y participar en la misa. Es la gracia de haber experimentado la presencia de Cristo de forma tangible y evidente en momentos de oración intensa y de escucha de su Palabra.

Pero también siento una pena profunda y obstinada. Me duele ver que, a menudo, cuando comparto esta fe con otros hermanos cristianos, percibo incomprensión o desinterés. Me da pena el clima tan poco fraterno de algunas comunidades que parecen cansadas, apagadas y cerradas en sí mismas. Y me entristece que la Eucaristía, que es la cumbre y el manantial de nuestra vida de fe, sea para muchos el único y débil lazo con la Iglesia; una cumbre sin base, reducida al cumplimiento frío de un precepto.

He celebrado miles de misas en mi vida. Millares de veces he hecho presente sobre el altar la inmensidad de Dios, sabiendo que soy indigno y que a veces he estado distraído. Y, sin embargo, todavía me asombro.

 Hacer memoria

"Recuerda", nos ha dicho Moisés en la primera lectura, "haz memoria de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer".

Hacer memoria es vital. Significa recordar de dónde nos sacó Dios, la esclavitud que dejamos atrás y los desiertos que es necesario atravesar para despojarnos de todo lo que nos impide creer y amar con autenticidad. Moisés le pide al pueblo que recuerde el hambre que pasó y el pan que recibió: el maná, un alimento misterioso que no se parecía en nada a los lujos de Egipto y que la gente aceptaba como un regalo directo del cielo.

Todos los seres humanos necesitamos alimentarnos, no solo de comida, sino de afecto, de sentido, de luz y de paz. Hoy en día, muchas personas sufren una terrible inanición espiritual y se van apagando por dentro. Nos falta el alimento que nos sostiene en el camino de la vida y nos ayuda a comprender nuestro propio misterio. Es Dios mismo quien se hace Pan para guiarnos hacia la eternidad. Un Pan capaz de mantenernos unidos.