Traducir

Buscar este blog

sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42

Hace una semana escuchábamos a Jesús invitándonos a vivir sin miedo. Dios cuida de los gorriones y cuida también de nosotros. Por eso el discípulo no puede esconder su fe ni vivir un cristianismo de puertas adentro. Estamos llamados a seguir a Cristo con confianza y a dar testimonio de Él con nuestra vida.

Pero hoy el Evangelio nos coloca ante unas palabras que, a primera vista, resultan difíciles. Jesús afirma que quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a Él, no es digno de Él. Y nos preguntamos: ¿cómo puede decir esto quien nos ha revelado un Dios tan cercano, tan humano y tan lleno de amor y ternura?

La clasificación del amor

Para entender estas palabras hay que recordar algo fundamental: cuando Jesús habla de Dios no lo hace desde el deber, sino desde el amor.

Muchas personas han vivido la religión como una obligación, como una colección de normas o como una serie de ritos repetidos mecánicamente. Pero el Dios de Jesús es otra cosa. Jesús nos habla de un Dios que quiere entrar en el corazón humano y llenar nuestra vida de sentido y de alegría.

Por eso sitúa a Dios en el lenguaje del amor. Nos dice que la fe no consiste simplemente en cumplir, sino en enamorarse. Descubrir a Dios es descubrir una presencia capaz de iluminar la existencia entera.

Jesús no nos pide que amemos menos a las personas que forman parte de nuestra vida. Nos pide que aprendamos a amarlas mejor. Porque cuando Dios ocupa el centro, el amor deja de ser posesión para convertirse en entrega; deja de buscarse a sí mismo para buscar el bien del otro.

El amor auténtico hace crecer. Respeta. Libera. No aprisiona.

Y si las experiencias humanas más hermosas: el amor de unos padres, la amistad sincera, el cariño entre esposos son capaces de llenar de alegría el corazón, cuánto más podrá hacerlo el encuentro con el Señor, fuente de todo amor.

La cruz y el aprendizaje del amor

Pero amar no es fácil.

Todos conocemos nuestras contradicciones. Queremos amar más y mejor, pero nos encontramos con nuestros límites, nuestros egoísmos, nuestras heridas. Aprender a salir de nosotros mismos y a pensar en los demás es una tarea que dura toda la vida.

Por eso Jesús habla de la cruz.

Y conviene entender bien qué significa. La cruz no es algo que Dios envía para hacernos sufrir. Dios no disfruta viendo sufrir a sus hijos. Las cruces nacen de la fragilidad de la condición humana, de la enfermedad, de las decepciones, de los conflictos, de las pérdidas que la vida inevitablemente trae consigo.

Lo que Jesús nos enseña es otra cosa: que esas cruces pueden convertirse en un camino de crecimiento. Él mismo cargó con una cruz que no buscó ni mereció, y la transformó en lugar de amor y salvación.

Por eso seguir a Cristo no significa buscar el sufrimiento. Significa descubrir que hay algo tan valioso que merece la pena entregarle la vida. Significa confiarla a Aquel que puede transformarla y darle plenitud.

Perder la vida por el Evangelio no es desperdiciarla. Es ponerla en las mejores manos.

A la caza de profetas

El Evangelio termina hablando de la acogida.

Jesús dice que quien recibe a un profeta recibe una paga de profeta. Y quizá nosotros pensamos ya en personajes extraordinarios. Pero los profetas suelen ser mucho más discretos.

A veces tienen el rostro de una madre que sigue cuidando a su familia sin hacer ruido. O el de una persona que trabaja honestamente cada día. O el de alguien que atraviesa dificultades sin perder la esperanza.

Son hombres y mujeres que quizá no saben mucha teología, pero han aprendido lo esencial: vivir con verdad, amar con generosidad y buscar sentido a su paso por el mundo.

Hay muchos profetas a nuestro alrededor y no nos damos cuenta.

Por eso hemos de pedir al Espíritu la capacidad de mirar más allá de las apariencias. Aprender a leer los corazones más que las etiquetas. Fijarnos menos en el prestigio y más en la autenticidad. Descubrir la grandeza escondida en tantas vidas sencillas.

Y cuando encontremos a esas personas, ofrecerles el pequeño vaso de agua fresca del que habla Jesús: una palabra amable, una sonrisa, una escucha sincera, un gesto de cercanía.

Porque muchas veces Dios se hace presente precisamente ahí: detrás de unos ojos cansados, de una vida entregada, de una bondad silenciosa que sostiene el mundo sin hacer ruido.

Que el Señor nos conceda amarlo por encima de todo, para poder amar mejor a todos. Y que sepamos reconocerlo en los profetas humildes que Él sigue poniendo cada día en nuestro camino. Amén.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario