Todos hemos sentido alguna vez la
misma pregunta: si el Evangelio lleva dos mil años anunciado, ¿por qué el mundo
sigue estando tan lleno de violencia, injusticia y mentira? ¿Ha servido
realmente de algo tanta semilla sembrada?
Jesús no esquiva esa pregunta. Al
contrario, responde con una parábola desconcertante. El campo es bueno, la
semilla es buena, pero también crece la cizaña. Y ambas conviven.
Lo primero que nos recuerda el
Señor es algo que fácilmente olvidamos: Dios no ha creado un mundo malo. El
libro de la Sabiduría lo afirma con serenidad. La creación lleva la huella de
un Dios justo y bueno. A pesar de todo lo que vemos cada día, el bien es más
profundo que el mal. El hombre está hecho para amar, aunque esto tantas veces
se desfigure. La belleza, la bondad y la verdad siguen brotando silenciosamente
en medio de tanta oscuridad.
Quizá el problema es que el mal
hace mucho ruido y el bien casi siempre trabaja en silencio.
Vivimos en una cultura fascinada
por el conflicto. Las malas noticias ocupan las portadas; el insulto viaja más
deprisa que la reconciliación; las redes sociales nos empujan continuamente a
elegir bando, a clasificar a las personas entre buenos y malos, a cancelar al
que piensa distinto. Nos acostumbramos a mirar el mundo desde la sospecha. Y
casi sin darnos cuenta acabamos creyendo que eliminar al adversario resolverá
los problemas.
La parábola proclamada dice
exactamente lo contrario.
Cuando los criados proponen
arrancar inmediatamente la cizaña, el dueño del campo responde: «No. Esperad.»
No porque el mal le resulte
indiferente. Tampoco porque todo dé igual. Sino porque conoce mejor que
nosotros el corazón humano. Sabe que quien pretende extirpar el mal con
demasiada seguridad acaba, muchas veces, destruyendo también el trigo.
La historia está llena de
ejemplos. También los cristianos hemos caído alguna vez en esa tentación.
Convencidos de poseer toda la verdad, hemos confundido la defensa del Evangelio
con la condena de las personas. Hemos querido construir el Reino separando
cuanto antes a los puros de los impuros. Pero Jesús nunca hizo eso.
Porque la frontera entre el bien y
el mal no pasa primero entre unos y otros. Pasa por el corazón de cada persona.
Ahí está la gran enseñanza de esta parábola.
Paciencia
Dentro de mí hay trigo y hay
cizaña. Hay generosidad y egoísmo. Confianza y miedo. Fidelidad e incoherencia.
Y Dios no deja de trabajar pacientemente en ese terreno mezclado que soy yo.
Eso cambia completamente nuestra
manera de mirar a los demás. El discípulo deja de ejercer de juez para
convertirse en compañero de camino. Aprende a corregir sin humillar, a
denunciar el mal sin condenar a la persona, a esperar procesos en lugar de exigir
perfecciones inmediatas.
La paciencia de Dios no es
resignación. Es esperanza. Es la certeza de que la gracia sigue actuando allí
donde nosotros solo vemos fracaso.
También la Iglesia necesita
aprender esta paciencia. Nuestras comunidades no son un jardín perfecto. Son un
campo donde convivimos personas muy distintas, con nuestras heridas, nuestras
contradicciones y nuestras pobrezas. Si Dios tiene paciencia con nosotros,
¿quiénes somos nosotros para negar esa paciencia a los demás?
San Pablo añade hoy un motivo más
para la esperanza: cuando nosotros ya no sabemos ni cómo orar, el Espíritu
sigue orando dentro de nosotros. Es decir, Dios continúa trabajando incluso
cuando nosotros tenemos la impresión de que todo está estancado.
Por eso el Evangelio termina
siendo profundamente consolador.
No nos pide cerrar los ojos ante
el mal. Nos pide no desesperar por su presencia. Nos invita a colaborar con
Dios sembrando más trigo, no dedicando la vida a contar la cizaña.
Quizá esa sea la conversión que
hoy necesitamos. Menos obsesión por señalar la oscuridad y más decisión para
encender pequeñas luces. Menos condenas precipitadas y más misericordia. Menos
impaciencia por cambiar a los otros y más humildad para dejar que Dios siga
transformando nuestro propio corazón.
Porque el Reino ya está creciendo.
Lo hace silenciosamente, como el trigo. Sin estridencias. Sin propaganda. Pero
con una fuerza que ninguna cizaña podrá detener.

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