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sábado, 22 de julio de 2023

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Dios, nuestro Padre, lanza la semilla de la Palabra a manos llenas, con abundancia, con la íntima convicción de lograr hacer brecha siempre en nuestro corazón.

Y así es: si, después de dos mil años, todavía estamos aquí a la escucha de la Palabra, es porque el Señor ha cavado en nuestros corazones, ha fecundado nuestras opciones, ha cambiado nuestra vida.

¿Pero, si la Palabra se ha difundido y ha arraigado en el corazón de millones de personas, por qué tenemos todavía en el corazón esa desagradable sensación de que, a pesar de dos mil años de presencia cristiana, el mundo sigue sumergido en las tinieblas?

¿Qué es lo que ha cambiado, concretamente, en estos dos mil años de historia?

La semilla es lanzada con abundancia, ciertamente, y quien la acoge con honestidad sabe muy bien lo difícil que es hacerla crecer.

Pero, para complicar las cosas, parece ser que no sólo Dios es el que siembra: el maligno siembra también la cizaña tenazmente en nuestro campo.

Cizaña

El mundo está sembrado con buen grano. Merece la pena recordar lo que el libro de la Sabiduría dice que si contemplamos con honestidad la creación podemos concluir que Dios es el artífice de tanta armonía y que, por lo tanto, él es justo y benévolo.

El mundo es bello, el hombre es bueno, aunque sea difícil creerlo en algunos momentos. Pero Jesús afirma con serenidad y con fuerza que así es. Tal vez nos hayamos olvidado de mirar bien, de leer más allá de las apariencias y de captar lo esencial. Lo esencial, que es invisible a los ojos, como dice El Principito.

O, en palabras de Hermann Hesse: No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y esas no permiten a su propio mundo interior manifestarse.

El enemigo siembra la cizaña, a hurtadillas, por la noche dice el evangelio. El bien y el mal crecen juntos y nos damos cuenta de ello a medida que vamos creciendo.

La sabiduría del dueño del campo, en la parábola de hoy, es asombrosa: despide a los sirvientes celosos que quieren que su entorno sea un bonito jardín inglés, empeñados con pasión en arrancar la cizaña y las malas hierbas para que todo luzca bonito.

“Tened paciencia” dice en cambio el dueño, para no correr el riesgo de arrancar el trigo bueno con tanta furia limpiadora.

En la Palabra sembrada, el pasado domingo, el Reino de Dios crecía compartiendo el mismo campo con las tinieblas, la oscuridad, es decir, con la cizaña. Es la experiencia que todos los hijos de la luz tienen antes o después: a pesar de los dos mil años de Evangelio, la mala hierba parece que ahoga el anuncio de la salvación. De palabra y en teoría todo parece funcionar, pero con los hechos tenemos que rendirnos a la evidencia: a pesar de que Cristo ya nos ha salvado, encontramos dificultad en aceptarlo y aprender de él. La salvación es cosa seria y Jesús, el Maestro, sabe que la luz y las tinieblas se enfrentan y que las tinieblas hacen siempre más ruido.

Sólo hay una cosa que es peor que el mal: acostumbrarse a él, darle carta de ciudadanía, como algo cotidiano e ineludible; fingir e ignorarlo, pensando que, en el fondo, entre la luz y las tinieblas es mucho mejor vivir en un bello claroscuro.

O bien hacer el talibán cristiano, suplantando al mismo Dios, siendo más papistas que el Papa, haciéndose justicieros fundamentalistas que quieren hacer limpieza a toda costa, poner orden, arrancar la cizaña a cualquier precio.

Paciencia

También cada uno de nosotros, como los criados de la parábola, quisiéramos claridad, soluciones, inmediatez. Quisiéramos que venciese el bien, quisiéramos creer en un Dios intervencionista que premia a los buenos y castiga a los malos.

Y en cambio no es así. La cizaña y el trigo crecen juntos dentro de cada uno de nosotros. En mí mismo, no en mi jefe que es un antipático, o en aquél descreído que no teme a Dios ni a la gente, ni en ese que va llevando la vida trancas y barrancas. Sino en mí. Y el Señor también nos pide a cada uno de nosotros que tengamos paciencia con nosotros mismos. Que nos juzguemos todos, unos a otros, con misericordia.

La paciencia nos recuerda el dolor (el padecer, que es de donde deriva la palabra) y la espera. Tener paciencia es esperar con dolor, sabiendo que el mal tendrá su fin. Vivimos en la propia piel la contradicción del mal que cohabita con el bien, también en nuestros corazones, y el Señor nos pide que le dejemos a Él hacer su trabajo.

Jesús es insistente en esto. Lo importante es que el Reino sea, en cada uno de nosotros, un grano de mostaza o una porción de levadura. Lo importante es que, en el Parlamento de tu corazón, la mayoría absoluta la tenga el Evangelio.

Paciencia, porque vivimos tiempos oscuros, en los que la razón y la fe tienen que abrirse paso con fatiga entre la indiferencia y la insignificancia ante la vida. Paciencia, amigos, que la guerra ya está vencida, el día avanza, y la verdad – inmensa - cómo un arroyo subterráneo e imparable está alcanzando ya el mar.

Porque el Reino avanza. Es asombroso y conmovedor verlo silencioso en el grano que crece en la mirada de quien ama, en el juego limpio del niño, en el gesto generoso de quien pone gestos de luz en las tinieblas espesas, en las orquídeas salvajes que crecen sólo para cantar la belleza, sin que nadie las vea o vaya a cogerlas en las profundidades de unas selvas desconocidas.

Paciencia, discípulos del Señor, que ha venido a traer fuego y paciencia en nuestras pobres y poco creíbles comunidades cristianas, paciencia cuando descubrimos las fragilidades de nuestros compañeros de camino, paciencia cuando un connatural instinto de superioridad nos hace juzgar, con semblante muy devoto, eso sí…, a los hermanos más débiles y pecadores.

Ten paciencia contigo mismo. Bien sabemos que el deseo de dividir el mundo en buenos (nosotros) y malos (los otros), ha llevado en el pasado a los cristianos a horribles senderos de violencia. Para los cristianos el enemigo no es nunca el otro, sino que está dentro de cada uno de nosotros.

¡Busquemos la cizaña, con serenidad y sin engaño, dentro de nosotros mismos, llamándola por su nombre, y fijémonos también en el trigo bueno sembrado por el Señor en nosotros, que es mucho! La contradicción habita en cada uno de nosotros.

Es peligroso querer arrancar definitivamente la cizaña antes de que el trigo haya llegado a su plena maduración.

Paciencia, si te parece que todavía hay demasiadas tinieblas que arruinan tu vida: tenemos toda la vida por delante para aprender a vivir, para convertirnos. Paciencia, si pensabas que eras el mejor cura, o un voluntario entregado, un marido excelente, una religiosa dedicada, o un profesional intachable: a veces, como nos enseña el apóstol Pedro con su propia vida, una desquiciante experiencia del límite nos abre de par en par el dique de la misericordia. Y nos hace parecidos al sabio dueño del campo de la parábola.

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