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sábado, 18 de julio de 2026

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Todos hemos sentido alguna vez la misma pregunta: si el Evangelio lleva dos mil años anunciado, ¿por qué el mundo sigue estando tan lleno de violencia, injusticia y mentira? ¿Ha servido realmente de algo tanta semilla sembrada?

Jesús no esquiva esa pregunta. Al contrario, responde con una parábola desconcertante. El campo es bueno, la semilla es buena, pero también crece la cizaña. Y ambas conviven.

Lo primero que nos recuerda el Señor es algo que fácilmente olvidamos: Dios no ha creado un mundo malo. El libro de la Sabiduría lo afirma con serenidad. La creación lleva la huella de un Dios justo y bueno. A pesar de todo lo que vemos cada día, el bien es más profundo que el mal. El hombre está hecho para amar, aunque esto tantas veces se desfigure. La belleza, la bondad y la verdad siguen brotando silenciosamente en medio de tanta oscuridad.

Quizá el problema es que el mal hace mucho ruido y el bien casi siempre trabaja en silencio.

Vivimos en una cultura fascinada por el conflicto. Las malas noticias ocupan las portadas; el insulto viaja más deprisa que la reconciliación; las redes sociales nos empujan continuamente a elegir bando, a clasificar a las personas entre buenos y malos, a cancelar al que piensa distinto. Nos acostumbramos a mirar el mundo desde la sospecha. Y casi sin darnos cuenta acabamos creyendo que eliminar al adversario resolverá los problemas.

 Cizaña

La parábola proclamada dice exactamente lo contrario.

Cuando los criados proponen arrancar inmediatamente la cizaña, el dueño del campo responde: «No. Esperad.»

No porque el mal le resulte indiferente. Tampoco porque todo dé igual. Sino porque conoce mejor que nosotros el corazón humano. Sabe que quien pretende extirpar el mal con demasiada seguridad acaba, muchas veces, destruyendo también el trigo.

La historia está llena de ejemplos. También los cristianos hemos caído alguna vez en esa tentación. Convencidos de poseer toda la verdad, hemos confundido la defensa del Evangelio con la condena de las personas. Hemos querido construir el Reino separando cuanto antes a los puros de los impuros. Pero Jesús nunca hizo eso.

Porque la frontera entre el bien y el mal no pasa primero entre unos y otros. Pasa por el corazón de cada persona.

Ahí está la gran enseñanza de esta parábola.

 Paciencia

Dentro de mí hay trigo y hay cizaña. Hay generosidad y egoísmo. Confianza y miedo. Fidelidad e incoherencia. Y Dios no deja de trabajar pacientemente en ese terreno mezclado que soy yo.

Eso cambia completamente nuestra manera de mirar a los demás. El discípulo deja de ejercer de juez para convertirse en compañero de camino. Aprende a corregir sin humillar, a denunciar el mal sin condenar a la persona, a esperar procesos en lugar de exigir perfecciones inmediatas.

La paciencia de Dios no es resignación. Es esperanza. Es la certeza de que la gracia sigue actuando allí donde nosotros solo vemos fracaso.

También la Iglesia necesita aprender esta paciencia. Nuestras comunidades no son un jardín perfecto. Son un campo donde convivimos personas muy distintas, con nuestras heridas, nuestras contradicciones y nuestras pobrezas. Si Dios tiene paciencia con nosotros, ¿quiénes somos nosotros para negar esa paciencia a los demás?

San Pablo añade hoy un motivo más para la esperanza: cuando nosotros ya no sabemos ni cómo orar, el Espíritu sigue orando dentro de nosotros. Es decir, Dios continúa trabajando incluso cuando nosotros tenemos la impresión de que todo está estancado.

Por eso el Evangelio termina siendo profundamente consolador.

No nos pide cerrar los ojos ante el mal. Nos pide no desesperar por su presencia. Nos invita a colaborar con Dios sembrando más trigo, no dedicando la vida a contar la cizaña.

Quizá esa sea la conversión que hoy necesitamos. Menos obsesión por señalar la oscuridad y más decisión para encender pequeñas luces. Menos condenas precipitadas y más misericordia. Menos impaciencia por cambiar a los otros y más humildad para dejar que Dios siga transformando nuestro propio corazón.

Porque el Reino ya está creciendo. Lo hace silenciosamente, como el trigo. Sin estridencias. Sin propaganda. Pero con una fuerza que ninguna cizaña podrá detener.

 

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