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jueves, 29 de junio de 2017

La red sumergida del teléfono móvil (Fernando Vidal)


Bajo la red social virtual que conecta a los usuarios de Smart-phones, hay una red social sumergida que les une con decenas de miles de trabajadores en una larga cadena de explotación y destrucción hasta producir la máquina que tiene en sus manos. Los dispositivos tecnológicos tienen un doble vínculo. Cuando uno tiene un computador, una pantalla o un teléfono móvil a mano es capaz de comunicarse con él con gente de todo el planeta. Pero a la vez la máquina en sí misma también está uniéndonos con toda la cadena  de personas y comunidades que lo han producido. Entreparentesis.org

sábado, 14 de enero de 2017

ANUARIO S.J. 2017 - EL ÁNGEL DE LOS NIÑOS

Niños del orfanato Nyumbani


Su nombre es Ángel D’Agostino pero todos lo llaman D’Ag,
un hombre lleno de energía, cansado de tantos funerales
y aburrido de ver a su alrededor un sentimiento de resignación. Todos parecían convencidos de que no había remedio para aquel destino de muerte.


Una gran peste golpeó África en los años ochenta del siglo pasado. El SIDA exterminó a los adultos. Luego empezó también a llevarse a los pequeños.
En Nairobi, el Padre D’Ag, un jesuita con bello y acogedor rostro, de barba blanca, asiste a aquella mortandad con angustia en el corazón. Su nombre es Ángel D’Agostino pero todos lo llaman D’Ag, un hombre lleno de energía, cansado de tantos funerales y aburrido de ver a su alrededor un sentimiento de resignación.
Todos parecían convencidos de que no había remedio para aquel destino de muerte. “Yo en cambio – aseguraba el Padre D’Ag - creo que podré salvar a muchos pequeños inocentes.”
Corría el año 1992.  En las calles de Nairobi, el Padre D’Agostino buscaba un local, una pequeña estancia como base para hacer brotar un gran sueño. El sueño de cuidar a los niños enfermos y, en el caso de que fuesen incurables, al menos darles un sitio decoroso dónde morir. En el barrio de Westlands encontró un humilde local e hizo de él un refugio para los tres primeros huerfanitos. Los tres habían perdido a sus padres, muertos de SIDA, y también ellos llevaban dentro el virus mortal. Pero ahora ya tienen una casa, mejor “una casa acogedora”, Nyumbani, como se dice en lengua suajili.
El Padre D’Ag necesitaba dinero para ofrecer asistencia. Sabía dónde llamar y cómo tocar el corazón de los bienhechores. Era una persona que no estaba nunca quieta, parecía que siempre estaba despierto pensando cómo ser útil. La gente del lugar lo miraba casi con sorpresa, porque todo lo que hacía, no lo hacía para sacar algún provecho personal, lo hacía por los demás. Los benefactores lo entienden. Y uno de ellos, un banquero, extiende un buen cheque de 700 mil dólares como regalo de Navidad. El Padre D’Ag interpreta esto como una señal de que, si hay buena voluntad, luego “Dios proveerá.”
Y el Señor provee hasta el punto de llegar otra buena noticia, la donación de un terreno de 4 hectáreas. Pero el Padre D’Ag tal vez no se imaginaba que hacer bien comportaba correr riesgos y tener vocación para la lucha. De repente pareció que todo se derrumbaba. Como él mismo contaba, “fuimos víctimas de una estafa bien orquestada.” El terreno se perdió, adueñándose de él los más aprovechados. Pero en la dificultad el jesuita demostró de qué pasta estaba hecho. Ingente por su fuerza de ánimo y por su inteligencia, movilizó sus conocimientos por medio mundo y su activismo fue premiado. Afluyeron los fondos necesarios para volver a empezar y, en un par de años, fue posible dejar el modesto local de Westlands e inaugurar una sede más confortable en el barrio de Karen. Mes a mes va creciendo el número de los niños acogidos; de los 3 iniciales se pasa a 40, después a 57, para luego dar el salto a 73.  Cuando se llega a los 106, el Padre D’Ag dice que es el momento de dar otro paso importante. Nyumbani tiene que dotarse de un laboratorio diagnóstico.
P. D'Agostino con niños del orfanato
El jesuita vuela a Washington y apela una vez más al buen corazón de sus amigos. Consigue lo que quiere y logra montar un laboratorio de análisis con los más modernos instrumentos tecnológicos.
Los Estados Unidos eran el país de origen del Padre D’Ag. Había nacido en la capital de Rhode Island, Providence, el 26 enero de 1926, siendo hijo de los emigrantes italianos Luis y Julia De Agostino. De niño padeció de asma. No pudo practicar actividades deportivas y empleó su tiempo concentrándose en el estudio. Obtuvo dos licenciaturas, en Química y en Filosofía.
Siguió estudiando. Se inscribió a la facultad de Medicina y consiguió una doble especialización, en Cirugía y en Urología. Así, cuando llegó el momento de cumplir el servicio militar, fue destinado naturalmente, con el grado de capitán, al centro médico de una base de aviación en Washington. Pero no tenía espíritu militar. En cambio sentía crecer la llamada religiosa. Decidió realizar los cursos nocturnos de latín que los jesuitas tenían en la universidad de Georgetown. Su mente estaba ávida por saber. Estudió Teología, y se especializó en ciencias psiquiátricas. Hasta que el 11 de junio de 1966, con treinta años, fue ordenado sacerdote por el cardenal Lawrence Shehan. Había entrado en la Compañía de Jesús el 14 de agosto de 1955.
Durante algunos años se dedicó a la enseñanza. Fundó un centro de Religión y Psiquiatría en Washington. Luego, su vida sufre un cambio radical.