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viernes, 3 de julio de 2015

Qué quiere decir hoy ser castos (Enzo Bianchi)


(Enzo Bianchi es un ensayista laico,
fundador del Monasterio de Bose en Italia)


“A vosotros jóvenes digo: sed castos... ¡haced el esfuerzo de vivir castamente el amor!” Estas palabras del papa Francisco a los jóvenes, pronunciadas el domingo pasado, han suscitado reacciones de todo tipo pero todas ellas reveladoras del dato que la “castidad” es una palabra a menudo incomprendida, más bien desconocida y burlada, sobre todo porque se  confunde con la abstinencia, o la continencia sexual, o con el celibato. La etimología nos sugiere que es casto (castus) el que rechaza el incesto (in-castus). El incesto ocurre cada vez que no se vive la distancia y no se respeta la alteridad, que no es sólo diferencia. No es casto quien busca la fusión, el apego, la posesión: señal de esa búsqueda es la agresividad que, en estos casos, fácilmente se enciende y se manifiesta. Estoy cada vez más convencido de que la sexualidad está en el espacio del regalo, porque pide dar y recibir, y siempre se coloca en la relación entre dos sujetos.

La sexualidad no se reduce a la genitalidad, y la capacidad de regalo y acogida es más amplia que la ejercitada en la genitalidad: compromete, en efecto, la  persona entera y sus relaciones.

Por eso la sexualidad es cosa buena y bella, pero su empleo puede ser inteligente o estúpido, amante o violento, ligada al amor o a la pulsión. La sexualidad nos empuja a la relación con el otro, pero depende de nosotros buscar, en esta relación, el encuentro o la posesión, la sinfonía o la prepotencia, el cambio o el narcisismo.

Podríamos decir que la castidad es el arte de no tratar nunca al otro como un objeto, porque en este caso se le “consume” y se le destruye. Arte difícil y fatigoso, que solicita tiempo: no se nace casto sino al contrario – digámoslo con claridad - se nace incestuoso, y el ejercicio de separación y distinción nos conduce hacia una subjetividad verdadera y autónoma. La castidad otorga a las relaciones humanas una transparencia que permite a las personas reconocerse en el respeto de su ser más íntimo.

Piensa en el encuentro sexual de los cuerpos en su desnudez y en la intimidad que deriva. Cuando los cuerpos se encuentran y se entrelazan en la desnudez, se enciende un conocimiento recíproco que no es comparable al que  pueden tener los amigos más íntimos, uno del otro. Compartir el cuerpo y la respiración crea una unión que es “conocimiento único”, es - osaría decir, citando a Juan Pablo II – “liturgia de los cuerpos”, es un conocimiento penetrativo de una profundidad única.

Cuando se toca un cuerpo, no se toca cualquier cosa sino una persona, que no es un objeto de placer, que no puede ser consumida, sino que es la posibilidad de una comunión auténtica. Sin esta comunión no es posible la castidad, sino sólo la obediencia a la pulsión, al capricho, a la posesión. Rainer Maria Rilke escribió: “No hay nada más arduo que quererse: es un trabajo, un trabajo diario... El amor es difícil y no está al alcance de todos.”


El acto sexual, realizado en los tiempos y en los modos que los amantes saben discernir como bellos, buenos y “justos”, es conocimiento, y no se tiene que tener miedo de afirmar que precisamente el sumo placer del acto sexual incendia tal conocimiento. Pero no es fácil distinguir este sumo placer del encuentro de los cuerpos, de los corazones, de las inteligencias, de la pulsión. Sí, la pulsión sola, con su prepotencia, puede crear el infierno, sin embargo élla nos habita, y, si no existiera, no seríamos naturalmente capaces de darnos y de acogernos.

viernes, 31 de agosto de 2012

DE DIOSES Y DE HOMBRES


Cuando un A-Dios se vislumbra…

(Christian de Chergé, abad del Monasterio de Tibhirine, Argelia. 1995)

Si me sucediera un día -y ese día podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia, yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país.

Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida no podría permanecer  ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?

Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato. Mi vida no tiene más valor que otra vida.  Tampoco tiene menos. En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.

He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente. Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.

Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la “gracia del martirio” debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam. Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.

Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo. Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.

Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: “¡qué diga ahora lo que piensa de esto!” Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este GOZO, contra y a pesar de todo. En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este “A-DIOS” en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido rencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.

¡AMEN! INSHALLAH!