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sábado, 4 de julio de 2026

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30

Después de las grandes solemnidades de la Pascua, Pentecostés, la Trinidad y el Corpus, volvemos al llamado tiempo ordinario. Pero el Evangelio nunca es ordinario. Hoy Mateo nos regala una de las páginas más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Jesús nos dirige unas palabras que parecen escritas para nuestro tiempo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.»

Lo primero que sorprende es que Jesús no se dirige a los fuertes, a los triunfadores ni a quienes creen tener la vida resuelta. Se dirige a los cansados.

Y quizá esa sea la palabra que mejor describe a muchas personas hoy. Vivimos más cómodamente que otras generaciones, disponemos de recursos impensables hace unas décadas, pero, al mismo tiempo, nunca habíamos vivido tan acelerados, tan exigidos y, en el fondo, tan cansados.

No es sólo el cansancio del trabajo. Es el cansancio de tener que demostrar continuamente que valemos. Hay que producir, competir, consumir, estar siempre disponibles, cuidar la imagen, estar a la moda, acumular experiencias, obtener resultados. Parece que una persona sólo merece reconocimiento si consigue destacar.

Sin darnos cuenta, esa lógica termina invadiéndolo todo. También nuestras relaciones, nuestra vida familiar e incluso nuestra vida espiritual. Corremos el riesgo de medirnos siempre por lo que hacemos y nunca por lo que somos.

Es la gran mentira de nuestra cultura: hacernos creer que el valor de una persona depende de su rendimiento.

Frente a esa manera de entender la vida, Jesús proclama algo profundamente revolucionario.

domingo, 28 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)


Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19


Hay aspectos de la Iglesia que a veces nos cuestan comprender. Quienes la amamos sabemos bien que no todo en ella resulta fácil. Pero también hay días como el de hoy, en los que redescubrimos con alegría la belleza de pertenecer a este pueblo que Dios sigue construyendo.

Celebramos a Pedro y Pablo. Dos hombres inmensos en la historia de la Iglesia. Pero, antes que eso, dos hombres profundamente humanos. Y quizá ahí está la primera buena noticia: Dios no eligió héroes acabados. Eligió personas de carne y hueso, muy distintas entre sí, y las transformó.

Pedro: La Roca Frágil

Pedro era un pescador de Cafarnaúm. Hombre sencillo, impulsivo, generoso, de reacciones rápidas. Pablo, en cambio, era un intelectual brillante, formado, apasionado defensor de la Ley, hasta que el encuentro con Cristo cambió radicalmente su vida.

No podían ser más diferentes. Humanamente, era difícil imaginar que caminaran juntos. Y, sin embargo, Cristo hizo de ellos las dos grandes columnas de la Iglesia.

Pedro nos enseña que Dios no llama a los perfectos.

Jesús lo escogió precisamente a él para sostener la fe de sus hermanos. Y Pedro estaba muy lejos de ser un hombre impecable. Prometió fidelidad hasta la muerte... y terminó negando a Jesús por miedo.

A veces pensamos que nuestra fe es sólida mientras todo va bien. Pero la autenticidad de nuestra fe suele aparecer cuando llega la prueba. También Pedro tuvo que descubrirlo. Su fracaso le rompió la imagen que tenía de sí mismo. Y, precisamente entonces, comenzó a apoyarse de verdad en el Señor y no en sus propias fuerzas.

sábado, 27 de junio de 2026

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42

Hace una semana escuchábamos a Jesús invitándonos a vivir sin miedo. Dios cuida de los gorriones y cuida también de nosotros. Por eso el discípulo no puede esconder su fe ni vivir un cristianismo de puertas adentro. Estamos llamados a seguir a Cristo con confianza y a dar testimonio de Él con nuestra vida.

Pero hoy el Evangelio nos coloca ante unas palabras que, a primera vista, resultan difíciles. Jesús afirma que quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a Él, no es digno de Él. Y nos preguntamos: ¿cómo puede decir esto quien nos ha revelado un Dios tan cercano, tan humano y tan lleno de amor y ternura?

La clasificación del amor

Para entender estas palabras hay que recordar algo fundamental: cuando Jesús habla de Dios no lo hace desde el deber, sino desde el amor.

Muchas personas han vivido la religión como una obligación, como una colección de normas o como una serie de ritos repetidos mecánicamente. Pero el Dios de Jesús es otra cosa. Jesús nos habla de un Dios que quiere entrar en el corazón humano y llenar nuestra vida de sentido y de alegría.

Por eso sitúa a Dios en el lenguaje del amor. Nos dice que la fe no consiste simplemente en cumplir, sino en enamorarse. Descubrir a Dios es descubrir una presencia capaz de iluminar la existencia entera.

Jesús no nos pide que amemos menos a las personas que forman parte de nuestra vida. Nos pide que aprendamos a amarlas mejor. Porque cuando Dios ocupa el centro, el amor deja de ser posesión para convertirse en entrega; deja de buscarse a sí mismo para buscar el bien del otro.

martes, 23 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA



Primera Lectura: Is 49, 1-6
Salmo responsorial: Salmo 138
Segunda Lectura: Hch 13, 22-26
Evangelio: Lc 1, 57-66.80

Se nota ya el aire de vacaciones. Termina el curso escolar. En el hemisferio norte acabamos de pasar el solsticio de verano: hemos alcanzado el punto máximo de luz, y a partir de ahora los días empezarán a acortarse y las noches a alargarse, hasta llegar al solsticio de invierno, cuando celebraremos el nacimiento de Jesús, el Sol que no se apaga.

Precisamente en este día, cuando la luz comienza a menguar, la Iglesia celebra el nacimiento de san Juan Bautista. No es casual: él mismo dijo “es necesario que yo disminuya para que él crezca”. Su figura ha nutrido durante siglos el arte, la espiritualidad y la cultura popular: miles de retablos lo muestran vestido con piel de camello, señalando a Cristo con el dedo y sosteniendo una cruz sencilla.

Juan es el único santo del que la Iglesia celebra tanto su nacimiento (hoy), como su martirio (el 29 de agosto). Y Jesús mismo lo llamó “el mayor entre los nacidos de mujer” (Mt 11,11).

Profetas

En medio de tantas crisis —en la Iglesia, en la sociedad, en el mundo—, nos hace bien redescubrir el valor de la profecía. Los profetas no predicen el futuro: no son adivinos, sino amigos de Dios, ungidos por el Espíritu. Son personas que interpretan el presente a la luz de la fe. Que sacuden la conciencia del pueblo. Que denuncian la injusticia, a veces con gestos radicales. Que pagan con su vida la coherencia de su testimonio.

La tradición profética es inseparable de la historia de Israel. Los profetas vivieron seducidos por Dios, haciendo de su vida una catequesis viviente. Supieron leer los signos de cada tiempo y descubrieron en ellos la acción salvadora de Dios.

Siendo compañeros de viaje y amigos de Dios, los profetas vienen invitando a la gente, desde hace tiempo, a mirar hacia el pleno cumplimiento de la promesa hecha por Dios a Israel, y que se realiza en Jesús de Nazaret.

Juan es su nombre

Entre todos los profetas, Juan Bautista es un gigante. Un asceta del desierto, un predicador duro, un mártir fiel. Preparó al pueblo para la venida del Señor. Y sin embargo, fue el primero en quedar desconcertado por la ternura inesperada del Mesías.

sábado, 20 de junio de 2026

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


Jesús habla hoy a gente que tiene miedo. No a héroes. A gente como nosotros.

"No temáis." Lo repite tres veces en este pasaje. Y eso ya dice algo. Cuando alguien repite tres veces lo mismo, es porque sabe que no vas a obedecer a la primera.

 Lo que Jeremías sabía

Jeremías lo sabía desde antes. Escuchamos hoy que sus propios amigos le tienden trampas. Que espían sus pasos. Que quieren denunciarlo.

Y él, en medio de eso, no calla. No se esconde. Dice: "El Señor está conmigo como un guerrero poderoso."

No dice que no tiene miedo. Dice que confía en Dios a pesar del miedo. Eso es distinto.

 Dios y los gorriones

Jesús pone un ejemplo que parece menor: los gorriones. "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Pues ninguno cae en tierra sin que lo sepa vuestro Padre."

Un gorrión vale medio cuartillo. Es el animal más barato del mercado. Y aun así, cuenta para Dios.

Luego viene la frase que cambia de escala: "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados." Es una exageración deliberada. Nadie cuenta cabellos. Nadie. Pero Dios, sí.

¿Qué nos dice esto? Que no hay nada en tu vida, por pequeño o por vergonzoso que parezca, que esté fuera del cuidado de Dios. Nada.

 Megáfonos en los tejados

"Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en plena luz; lo que oís al oído, proclamadlo desde los tejados."

sábado, 13 de junio de 2026

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Andaban como ovejas sin pastor

Primera Lectura: Ex 19, 2-6a
Salmo Responsorial:  Sal 99
Segunda Lectura: Rom 5, 6-11
Evangelio: Mt 9, 36 - 10, 8

 

La conversión nace de la misericordia. Así le ocurrió a Mateo. No cambió porque fuera mejor que los demás, sino porque se sintió mirado, acogido y llamado por Jesús. La fe comienza muchas veces ahí: cuando descubrimos que Dios nos ama antes de que hayamos arreglado nuestra vida.

Los contemporáneos de Jesús quedaron desconcertados. Aquel maestro parecía sentirse más cómodo entre pecadores que entre los satisfechos de sí mismos. Entraba en las casas de los publicanos, compartía mesa con ellos y les devolvía una dignidad que muchos les negaban. Así es el rostro de Dios que revela Jesús: no el de quien selecciona a los mejores, sino el de quien sale al encuentro de los heridos.

En alas de águila

La primera lectura nos recuerda un momento decisivo de la historia de Israel. Dios dice a su pueblo: «Os llevé sobre alas de águila». Antes de pedir nada, Dios recuerda lo que ha hecho por ellos. Antes de la ley está la gracia. Antes de la respuesta humana está siempre la iniciativa de Dios.

También nosotros podríamos recorrer nuestra propia historia y descubrir momentos en los que el Señor nos sostuvo, nos levantó o nos condujo cuando apenas éramos conscientes de ello.

San Pablo lo expresa con una claridad desarmante: «Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros». Éste es el escándalo del Evangelio. Vivimos en una cultura donde casi todo hay que ganarlo, demostrarlo o merecerlo. El valor de las personas suele medirse por el éxito, la productividad o la imagen que proyectan. Sin embargo, Dios no funciona así. Dios no nos ama porque seamos valiosos; somos valiosos porque Dios nos ama.

La salvación no es un premio para los perfectos. Es un regalo para quienes se dejan encontrar.

La compasión de Jesús

El Evangelio nos presenta a Jesús contemplando a la multitud. Y lo que siente no es irritación, ni desprecio, ni juicio. Siente compasión.

Jesús ve personas cansadas, desorientadas, heridas, «como ovejas sin pastor». Podríamos decir que sigue viendo lo mismo hoy.

sábado, 6 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de este domingo tan especial, el Día del Corpus Christi, he experimentado un fuerte contraste en el corazón: una mezcla de profunda alegría y, al mismo tiempo, de una sincera pena.

Alegría por la fe tan viva que mantengo en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Me conmueve profundamente, al mirar atrás en mi vida, descubrir la belleza desconcertante de aquel gesto tan humilde de la Última Cena. ¡Qué desconcertante es la generosidad de nuestro Dios y qué bendita la ingenuidad de Jesús de Nazaret al querer quedarse con nosotros de esta manera! Siento alegría por el amor que tantas veces me ha llenado el alma al celebrar y participar en la misa. Es la gracia de haber experimentado la presencia de Cristo de forma tangible y evidente en momentos de oración intensa y de escucha de su Palabra.

Pero también siento una pena profunda y obstinada. Me duele ver que, a menudo, cuando comparto esta fe con otros hermanos cristianos, percibo incomprensión o desinterés. Me da pena el clima tan poco fraterno de algunas comunidades que parecen cansadas, apagadas y cerradas en sí mismas. Y me entristece que la Eucaristía, que es la cumbre y el manantial de nuestra vida de fe, sea para muchos el único y débil lazo con la Iglesia; una cumbre sin base, reducida al cumplimiento frío de un precepto.

He celebrado miles de misas en mi vida. Millares de veces he hecho presente sobre el altar la inmensidad de Dios, sabiendo que soy indigno y que a veces he estado distraído. Y, sin embargo, todavía me asombro.

 Hacer memoria

"Recuerda", nos ha dicho Moisés en la primera lectura, "haz memoria de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer".

Hacer memoria es vital. Significa recordar de dónde nos sacó Dios, la esclavitud que dejamos atrás y los desiertos que es necesario atravesar para despojarnos de todo lo que nos impide creer y amar con autenticidad. Moisés le pide al pueblo que recuerde el hambre que pasó y el pan que recibió: el maná, un alimento misterioso que no se parecía en nada a los lujos de Egipto y que la gente aceptaba como un regalo directo del cielo.

Todos los seres humanos necesitamos alimentarnos, no solo de comida, sino de afecto, de sentido, de luz y de paz. Hoy en día, muchas personas sufren una terrible inanición espiritual y se van apagando por dentro. Nos falta el alimento que nos sostiene en el camino de la vida y nos ayuda a comprender nuestro propio misterio. Es Dios mismo quien se hace Pan para guiarnos hacia la eternidad. Un Pan capaz de mantenernos unidos.

sábado, 30 de mayo de 2026

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev

Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18


A menudo llevamos dentro una imagen equivocada de Dios.

No siempre lo decimos, pero aparece enseguida cuando la vida se complica: pensamos en un Dios lejano, exigente, imprevisible. Un Dios que calla mientras el mundo sufre. Y entonces nacen preguntas muy humanas: ¿por qué tanto dolor?, ¿por qué tanta injusticia?, ¿dónde está Dios?

La verdad es que muchas personas no rechazan al verdadero Dios. Rechazan una caricatura de Dios. Y quizá nosotros mismos, a veces, seguimos creyendo más en un dios severo y controlador que en el Dios que Jesús anuncia.

Por eso esta fiesta de la Trinidad es importante. No celebra una teoría complicada sobre Dios. Celebra una revelación: cómo es realmente Dios.

Y lo primero que descubrimos en la Biblia es algo sorprendente. Cuando Dios se presenta a Moisés no lo hace mostrando poder, sino misericordia. Se define como compasivo, paciente, rico en amor y fidelidad.

Eso ya rompe muchos de nuestros esquemas.

Porque nosotros solemos admirar la fuerza, el éxito, la eficacia. Dios, en cambio, pone en el centro la ternura y la fidelidad.

Y quizá necesitamos escuchar esto hoy más que nunca.

Vivimos en una sociedad cansada. Muy conectada, pero muy sola. Una sociedad donde cuesta confiar y donde muchas personas viven permanentemente defendiéndose. Hay miedo a no valer, a no dar la talla, a quedarse atrás.

Y poco a poco trasladamos esa lógica también a Dios. Pensamos que Dios nos quiere cuando respondemos, cuando somos buenos, cuando hacemos las cosas bien.

Pero el Evangelio de hoy dice exactamente lo contrario: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo”.

No dice: “Tanto premió Dios al mundo”. Dice: “Tanto amó”.

Dios, ante todo, ama. Ama gratuitamente. Ama incluso este mundo frágil y contradictorio que tantas veces nosotros despreciamos o condenamos.

Y eso cambia completamente la fe cristiana.

Porque Jesús no vino a aumentar el miedo religioso. Vino a enseñarnos el rostro verdadero de Dios.

sábado, 23 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el gran regalo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo. El Espíritu defensor, consolador, vivificador. El Espíritu que sostiene la fe cuando se debilita y ensancha el corazón cuando se encierra.

Porque, la verdad, los discípulos solos no podían. Y nosotros tampoco.

Jesús les había confiado una misión inmensa: anunciar el Evangelio, hacer visible el Reino de Dios, continuar su obra en medio del mundo. Pero aquellos hombres seguían teniendo miedo, dudas, heridas. Habían visto al Resucitado, sí… pero todavía estaban encerrados por miedo.

Y quizá eso también nos pasa a nosotros. Creemos, pero muchas veces vivimos encerrados. Encerrados en el cansancio, en la prudencia excesiva, en una fe demasiado tímida. Encerrados también en una cultura que habla mucho de bienestar, de éxito, de rendimiento… pero que cada vez sabe menos de esperanza, de silencio, de interioridad, de Dios.

Por eso necesitamos el Espíritu.

Pentecostés

La fiesta judía de Pentecostés —la fiesta de las Primicias— celebraba los primeros frutos de la cosecha y también el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. Israel estaba orgulloso de aquella Ley recibida de Dios. Y con razón. Era el signo de la alianza.

Lucas sitúa precisamente ahí la venida del Espíritu para decirnos algo importante: la nueva Ley ya no estará escrita sólo en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas.

Jesús no viene a multiplicar normas. Bastantes cargas tenía ya la gente.
Jesús va a lo esencial.

Un solo mandamiento: amar.

Y eso suena hermoso… hasta que llega la vida concreta. Porque amar cuando uno está herido, cansado, decepcionado o resentido no es tan sencillo.
Hermanos, amar de verdad cuesta.

Por eso el cristianismo no consiste simplemente en “portarse bien”. Eso sería demasiado pobre. El Evangelio es dejarse transformar por dentro.

El Espíritu no añade peso; cambia el corazón.

sábado, 16 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A) - Domingo 7º de Pascua


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

           

         La verdad es que la Ascensión es una fiesta extraña. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor que Jesús se quedara? Tal vez hubiéramos podido oírle de viva voz. Tal vez hubiéramos podido conocer así el pensamiento de Dios, en vez de barruntarlo a través de personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.

Y sin embargo, no fue así. Como sucede tantas veces en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre. Hay que tener el valor de reflexionar y atreverse a comprender.

En los evangelios, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da su Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Bienvenidos, pues, a la lógica de Dios, que no es la nuestra.

Como Elías

La narración de los Hechos tiene de fondo la ascensión de Elías: aquel gran profeta arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, que desaparece entre las nubes. Y su discípulo Eliseo, al verlo desaparecer, tiene la certeza de haber recibido al menos una parte de su espíritu profético.

Lucas describe la Ascensión usando el mismo esquema: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres vestidos de blanco, igual que los ángeles testigos de la Resurrección.

Pero lo central no es el prodigio en sí. Lo central es lo que ese prodigio significa: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de Elías, los apóstoles reciben el mandato del anuncio del Evangelio por parte del Resucitado. No es un adiós. Es la entrega de una misión.

Y son los ángeles quienes dan la clave de todo: no miréis al cielo, mirad a la tierra. Mirad lo concreto del anuncio.

Dudaron

Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre una montaña. La montaña, en toda la Biblia, es el lugar de la experiencia de Dios. Pero la Galilea de entonces no era un lugar sagrado ni respetable. Era la tierra del mestizaje, del confín, la primera en caer bajo el invasor asirio, que sobrevivió entre componendas bien lejos del rigor que pedían los fariseos de Jerusalén. Llamar galileo a alguien era un insulto.

Y sin embargo, Galilea es también el lugar donde todo comienza. El lugar del primer encuentro, del enamoramiento. Jesús elige ese lugar, no Jerusalén. El lugar de los que han vivido la frontera y la fragilidad.

Y allí, en esa montaña, Mateo dice algo que casi siempre se pasa por alto: los discípulos lo vieron y lo adoraron, pero algunos dudaron.

sábado, 9 de mayo de 2026

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles. Eso ya lo sabe cualquiera. No hace falta que lo diga yo. Lo que sí vale la pena nombrar es que ese malestar no nos es ajeno a los creyentes.

A mí me pesa mucho el clima de contraposición que lo envuelve todo: si eres de aquí o de allá, si crees o no crees, si estás dentro o fuera. Hay muchos que no encajan en ningún bando, que viven en tierra de nadie y se preguntan: ¿yo aquí qué hago?

Y eso, sin contar lo que nos llega de dentro de la propia Iglesia. Comportamientos que duelen, escándalos que no deberían existir. Y sin embargo, aquí estamos. Meditando un evangelio de resurrección. De confianza. De alegría.

No es escapismo. Es que hay algo que el mundo no ve y los discípulos sí.

Socorro

Jesús lo dice con calma en este evangelio: "Os daré otro Paráclito, para que esté con vosotros siempre."

La palabra necesita un momento. Paráclito significa defensor, el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor. El que viene cuando no puedes solo. El que está a tu lado cuando el juicio parece perdido.

Jesús dice que lo envía para que los discípulos no se queden huérfanos. Y esa palabra, huérfanos, importa. No es solo quedarse sin padres: es quedarse sin referencia, sin raíz, sin casa. Y ese es exactamente el riesgo que sentimos en tiempos como estos. Que el ruido nos sature hasta no saber ya qué es verdad.

El Espíritu no viene a resolvernos los problemas. Viene a ayudarnos a leer lo que pasa. A la luz de la fe. Tanto la historia grande como la nuestra propia, que a veces es más oscura que la del telediario.

Con esa luz, las cosas no se vuelven más fáciles, pero sí más legibles. Hay un horizonte donde antes solo había niebla.

Felipe

La primera lectura nos habla de Felipe. Tuvo que huir de Jerusalén cuando estalló la persecución. No fue una salida triunfal. Fue una huida.

sábado, 2 de mayo de 2026

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12


“No tengáis miedo”, dice Jesús.

Y no lo dice de cualquier manera. Usa una palabra que evoca ese miedo que te entra cuando estás en medio de una tormenta, sin control, con la sensación de que el barco no responde.

Y, la verdad, no nos cuesta mucho entenderlo.

Hay momentos en la vida —y también ahora en nuestro mundo— en que todo parece un poco así: tensión, incertidumbre, fragilidad. Lo económico, lo social, la pérdida de referencias… incluso la Iglesia, que a veces da la impresión de haberse quedado sin voz o sin peso en la sociedad.

Como si algo se estuviera acabando.

Ahí, justo ahí, es donde Jesús insiste: No tengáis miedo. Confiad. Porque hay un lugar preparado para vosotros en la casa del Padre.

No es una evasión. No es una promesa para desentendernos del presente. Es una forma de situarnos en medio de lo que vivimos sin quedar atrapados.

Estas palabras, además, no son cualquier cosa. Son como el testamento de Jesús en la última cena. Lo que quiere dejar claro antes de irse.

Y entonces aparece la pregunta.

 ¿Cómo?

Tomás lo dice sin rodeos: “Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?

Es una buena pregunta. Muy honesta. Porque, en el fondo, también nosotros estamos un poco ahí.

Y Jesús responde con algo que no es una teoría, ni un sistema: es un camino.

De hecho, al principio, a los cristianos se les llamaba eso: los del camino.

Y quizá aquí hay una primera sacudida. Porque hoy muchas veces entendemos la fe más como un lugar que como un camino. Como algo cerrado, estable, protegido… casi un refugio seguro. A veces incluso un bunker.

Un conjunto de ideas, de normas, de seguridades.

Pero Jesús no va por ahí.

Seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza… no encaja bien con una fe cómoda, fija, ya resuelta de una vez para siempre.

Ser cristiano, al contrario, es estar en marcha. Con todo lo que eso tiene de inseguridad… y también de vida.

sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Eso lo decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.

Lo han visto, sí. Lo han abrazado. Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.

Ahí están: Pedro y Juan corriendo sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea recta.

Y quizá eso nos tranquiliza un poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.

Pero hay algo decisivo: el Señor sale al encuentro. Siempre.

No espera a que estemos bien. Nos alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos, aunque nosotros no lo tengamos nada claro.

 ¿Para quién soy importante?

Si uno se para un poco… la pregunta aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?

No importante “porque sirvo para algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.

Todos necesitamos eso. Alguien que nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que el mundo va en otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.

Y al final, casi sin darnos cuenta, acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.

Por eso tanta prisa. Tanta apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.

A veces incluso caminos oscuros… como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho y terminan vaciándolo todo.

En medio de eso, la Iglesia dice algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.

Pero claro… o eso es verdad, o todo lo demás se tambalea.

 El buen Pastor

Hoy Jesús usa una imagen muy sencilla: pastor.

Pero no uno cualquiera. No alguien que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que no confunde a unas ovejas con otras.

Y eso lo cambia todo.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.

sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

 

Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.

Un regalo, en realidad.

Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.

La noticia que todo lo cambia

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.

Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.

El sepulcro estaba vacío.

Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.

Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.

Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.

Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.

Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.

Heridas

Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.

Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.

Y Tomás responde con frialdad: no creo.

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.

Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.

Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.

Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.

Pero al amanecer… María viene corriendo.

Y ahí empieza todo.

Sepulcros

El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.

Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.

Y sin embargo… ahí.  Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.

Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.

Y ahí… ocurre lo imposible.

¡Jesús ha resucitado!

Superar el dolor

Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.