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sábado, 23 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el gran regalo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo. El Espíritu defensor, consolador, vivificador. El Espíritu que sostiene la fe cuando se debilita y ensancha el corazón cuando se encierra.

Porque, la verdad, los discípulos solos no podían. Y nosotros tampoco.

Jesús les había confiado una misión inmensa: anunciar el Evangelio, hacer visible el Reino de Dios, continuar su obra en medio del mundo. Pero aquellos hombres seguían teniendo miedo, dudas, heridas. Habían visto al Resucitado, sí… pero todavía estaban encerrados por miedo.

Y quizá eso también nos pasa a nosotros. Creemos, pero muchas veces vivimos encerrados. Encerrados en el cansancio, en la prudencia excesiva, en una fe demasiado tímida. Encerrados también en una cultura que habla mucho de bienestar, de éxito, de rendimiento… pero que cada vez sabe menos de esperanza, de silencio, de interioridad, de Dios.

Por eso necesitamos el Espíritu.

Pentecostés

La fiesta judía de Pentecostés —la fiesta de las Primicias— celebraba los primeros frutos de la cosecha y también el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. Israel estaba orgulloso de aquella Ley recibida de Dios. Y con razón. Era el signo de la alianza.

Lucas sitúa precisamente ahí la venida del Espíritu para decirnos algo importante: la nueva Ley ya no estará escrita sólo en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas.

Jesús no viene a multiplicar normas. Bastantes cargas tenía ya la gente.
Jesús va a lo esencial.

Un solo mandamiento: amar.

Y eso suena hermoso… hasta que llega la vida concreta. Porque amar cuando uno está herido, cansado, decepcionado o resentido no es tan sencillo.
Hermanos, amar de verdad cuesta.

Por eso el cristianismo no consiste simplemente en “portarse bien”. Eso sería demasiado pobre. El Evangelio es dejarse transformar por dentro.

El Espíritu no añade peso; cambia el corazón.

sábado, 16 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A) - Domingo 7º de Pascua


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

           

         La verdad es que la Ascensión es una fiesta extraña. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor que Jesús se quedara? Tal vez hubiéramos podido oírle de viva voz. Tal vez hubiéramos podido conocer así el pensamiento de Dios, en vez de barruntarlo a través de personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.

Y sin embargo, no fue así. Como sucede tantas veces en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre. Hay que tener el valor de reflexionar y atreverse a comprender.

En los evangelios, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da su Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Bienvenidos, pues, a la lógica de Dios, que no es la nuestra.

Como Elías

La narración de los Hechos tiene de fondo la ascensión de Elías: aquel gran profeta arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, que desaparece entre las nubes. Y su discípulo Eliseo, al verlo desaparecer, tiene la certeza de haber recibido al menos una parte de su espíritu profético.

Lucas describe la Ascensión usando el mismo esquema: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres vestidos de blanco, igual que los ángeles testigos de la Resurrección.

Pero lo central no es el prodigio en sí. Lo central es lo que ese prodigio significa: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de Elías, los apóstoles reciben el mandato del anuncio del Evangelio por parte del Resucitado. No es un adiós. Es la entrega de una misión.

Y son los ángeles quienes dan la clave de todo: no miréis al cielo, mirad a la tierra. Mirad lo concreto del anuncio.

Dudaron

Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre una montaña. La montaña, en toda la Biblia, es el lugar de la experiencia de Dios. Pero la Galilea de entonces no era un lugar sagrado ni respetable. Era la tierra del mestizaje, del confín, la primera en caer bajo el invasor asirio, que sobrevivió entre componendas bien lejos del rigor que pedían los fariseos de Jerusalén. Llamar galileo a alguien era un insulto.

Y sin embargo, Galilea es también el lugar donde todo comienza. El lugar del primer encuentro, del enamoramiento. Jesús elige ese lugar, no Jerusalén. El lugar de los que han vivido la frontera y la fragilidad.

Y allí, en esa montaña, Mateo dice algo que casi siempre se pasa por alto: los discípulos lo vieron y lo adoraron, pero algunos dudaron.

sábado, 9 de mayo de 2026

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles. Eso ya lo sabe cualquiera. No hace falta que lo diga yo. Lo que sí vale la pena nombrar es que ese malestar no nos es ajeno a los creyentes.

A mí me pesa mucho el clima de contraposición que lo envuelve todo: si eres de aquí o de allá, si crees o no crees, si estás dentro o fuera. Hay muchos que no encajan en ningún bando, que viven en tierra de nadie y se preguntan: ¿yo aquí qué hago?

Y eso, sin contar lo que nos llega de dentro de la propia Iglesia. Comportamientos que duelen, escándalos que no deberían existir. Y sin embargo, aquí estamos. Meditando un evangelio de resurrección. De confianza. De alegría.

No es escapismo. Es que hay algo que el mundo no ve y los discípulos sí.

Socorro

Jesús lo dice con calma en este evangelio: "Os daré otro Paráclito, para que esté con vosotros siempre."

La palabra necesita un momento. Paráclito significa defensor, el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor. El que viene cuando no puedes solo. El que está a tu lado cuando el juicio parece perdido.

Jesús dice que lo envía para que los discípulos no se queden huérfanos. Y esa palabra, huérfanos, importa. No es solo quedarse sin padres: es quedarse sin referencia, sin raíz, sin casa. Y ese es exactamente el riesgo que sentimos en tiempos como estos. Que el ruido nos sature hasta no saber ya qué es verdad.

El Espíritu no viene a resolvernos los problemas. Viene a ayudarnos a leer lo que pasa. A la luz de la fe. Tanto la historia grande como la nuestra propia, que a veces es más oscura que la del telediario.

Con esa luz, las cosas no se vuelven más fáciles, pero sí más legibles. Hay un horizonte donde antes solo había niebla.

Felipe

La primera lectura nos habla de Felipe. Tuvo que huir de Jerusalén cuando estalló la persecución. No fue una salida triunfal. Fue una huida.

sábado, 2 de mayo de 2026

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12


“No tengáis miedo”, dice Jesús.

Y no lo dice de cualquier manera. Usa una palabra que evoca ese miedo que te entra cuando estás en medio de una tormenta, sin control, con la sensación de que el barco no responde.

Y, la verdad, no nos cuesta mucho entenderlo.

Hay momentos en la vida —y también ahora en nuestro mundo— en que todo parece un poco así: tensión, incertidumbre, fragilidad. Lo económico, lo social, la pérdida de referencias… incluso la Iglesia, que a veces da la impresión de haberse quedado sin voz o sin peso en la sociedad.

Como si algo se estuviera acabando.

Ahí, justo ahí, es donde Jesús insiste: No tengáis miedo. Confiad. Porque hay un lugar preparado para vosotros en la casa del Padre.

No es una evasión. No es una promesa para desentendernos del presente. Es una forma de situarnos en medio de lo que vivimos sin quedar atrapados.

Estas palabras, además, no son cualquier cosa. Son como el testamento de Jesús en la última cena. Lo que quiere dejar claro antes de irse.

Y entonces aparece la pregunta.

 ¿Cómo?

Tomás lo dice sin rodeos: “Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?

Es una buena pregunta. Muy honesta. Porque, en el fondo, también nosotros estamos un poco ahí.

Y Jesús responde con algo que no es una teoría, ni un sistema: es un camino.

De hecho, al principio, a los cristianos se les llamaba eso: los del camino.

Y quizá aquí hay una primera sacudida. Porque hoy muchas veces entendemos la fe más como un lugar que como un camino. Como algo cerrado, estable, protegido… casi un refugio seguro. A veces incluso un bunker.

Un conjunto de ideas, de normas, de seguridades.

Pero Jesús no va por ahí.

Seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza… no encaja bien con una fe cómoda, fija, ya resuelta de una vez para siempre.

Ser cristiano, al contrario, es estar en marcha. Con todo lo que eso tiene de inseguridad… y también de vida.

sábado, 25 de abril de 2026

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Eso lo decimos fácil… pero a ellos no les salió tan fácil.

Lo han visto, sí. Lo han abrazado. Han llorado, han reído… pero siguen desconcertados. Como si no terminaran de encajar lo que ha pasado.
Y es que creer —de verdad— lleva tiempo.

Ahí están: Pedro y Juan corriendo sin entender del todo. María Magdalena agarrada a su dolor. Tomás peleándose con la duda. Los de Emaús huyendo, decepcionados. Nadie llega a la fe en línea recta.

Y quizá eso nos tranquiliza un poco. Porque a nosotros nos pasa lo mismo.
Convertirse al Resucitado no es cosa de un momento. Es un camino largo. A ratos confuso. Y pide aguantar… no rendirse enseguida.

Pero hay algo decisivo: el Señor sale al encuentro. Siempre.

No espera a que estemos bien. Nos alcanza como estamos. Porque nos quiere. Y porque sabe hacia dónde llevarnos, aunque nosotros no lo tengamos nada claro.

 ¿Para quién soy importante?

Si uno se para un poco… la pregunta aparece sola: ¿para quién soy yo de verdad importante?

No importante “porque sirvo para algo”, no porque produzco o rindo… sino importante sin más.

Todos necesitamos eso. Alguien que nos quiera de verdad. Con lo que somos. Incluso con lo que no nos gusta de nosotros mismos.

El problema es que el mundo va en otra dirección.
Todo se mide. Todo se compara. Todo se aprovecha.

Y al final, casi sin darnos cuenta, acabamos creyendo que valemos lo que producimos, lo que mostramos, lo que conseguimos. Y si no llegamos… nos sentimos fuera.

Por eso tanta prisa. Tanta apariencia. Tanto ruido. Y también tanta frustración.

A veces incluso caminos oscuros… como dice el Evangelio: ladrones y bandidos. Formas de vida que prometen mucho y terminan vaciándolo todo.

En medio de eso, la Iglesia dice algo que suena casi ingenuo:
que cada persona es preciosa para Dios.

Pero claro… o eso es verdad, o todo lo demás se tambalea.

 El buen Pastor

Hoy Jesús usa una imagen muy sencilla: pastor.

Pero no uno cualquiera. No alguien que gestiona… sino alguien que conoce. Que llama por el nombre. Que reconoce. Que no confunde a unas ovejas con otras.

Y eso lo cambia todo.

sábado, 18 de abril de 2026

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El relato de Emaús es uno de los más hermosos del Evangelio… y, al mismo tiempo, uno de los más incómodos. Porque no habla de gente mala. Habla de gente decepcionada. Como nosotros.

Aquellos dos discípulos se van de Jerusalén. Se alejan del lugar donde todo había sucedido. Se vuelven a casa. Y se vuelven… derrotados.

Van hablando por el camino. Pero no es una conversación que ayude. No es un diálogo que abra futuro. Es más bien una especie de círculo cerrado: repiten lo mismo, se confirman en lo mismo, se hunden un poco más en lo mismo.

Y esto… si uno es sincero, lo ha vivido. Conversaciones que no levantan. Personas que, cuando estás mal, en lugar de ayudarte a salir… entran contigo en el pozo y lo hacen más profundo.

Hay una especie de competición silenciosa: a ver quién está peor.
Como si hubiera un premio al más desgraciado.

Y en ese clima… Jesús se acerca. Camina con ellos. Pero ellos no lo reconocen.

Y aquí hay algo que conviene no suavizar: no lo reconocen no porque Jesús sea irreconocible… sino porque ellos están encerrados en sí mismos.

Están tan metidos en su dolor, tan centrados en su decepción, que no levantan la mirada. No hay espacio interior para que entre en ellos algo nuevo. Ni siquiera Dios.

Jesús pregunta: “¿De qué habláis por el camino?”

Y la reacción es casi agresiva. Les molesta. Como si dijeran: “¿pero no ves cómo estamos? ¿Hace falta preguntar?”

A veces pasa eso. El dolor, cuando se vuelve crónico, se vuelve también susceptible. Casi exigimos que los demás lo reconozcan, que lo validen, que lo respeten… sin cuestionarlo nunca.

Y entonces aparece esa frase que es, probablemente, una de las más tristes de todo el Evangelio: “Nosotros esperábamos…”

Es una frase acabada. Cerrada. La esperanza… en pasado.

sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

 

Hemos llegado al final de la octava de Pascua. Ocho días celebrando la Resurrección. Y hoy la liturgia nos pone delante a Tomás: el que dudó, el que exigió, el que al final se rindió.

Un regalo, en realidad.

Porque Tomás es uno de los nuestros. Porque su historia no habla de la Iglesia ideal, sino de la Iglesia real. De nosotros mismos.

La noticia que todo lo cambia

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche. No habían dormido. Todo había ocurrido demasiado deprisa, demasiado dramáticamente. Se levantaron antes que los demás para hacer lo que el sábado les había impedido: cuidar el cuerpo de su Maestro, lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado su rostro.

Pero cuando llegaron, no encontraron a nadie.

El sepulcro estaba vacío.

Y corrieron a decírselo a los Doce. Jesús está vivo. Ha resucitado.

Esta es la noticia que hemos estado repitiendo estos ocho días. La que hemos cantado en la noche pascual. La que sostenemos con todo lo que somos. Si no creemos esto, nuestra fe es una representación vacía.

Creemos que Jesús está vivo. Que es accesible. Que se le puede encontrar. No como un recuerdo borroso, sino como una presencia misteriosa y real.

Y, sin embargo, cuánto desearíamos verlo. Tocarlo. Como deseaban las primeras comunidades cuando fueron muriendo quienes lo habían conocido en persona.

Es en ese momento cuando Juan, el evangelista, decide contarnos la historia de Tomás.

Heridas

Jesús se aparece a los suyos en la tarde de Pascua. Tomás no estaba.

Cuando vuelve, sus compañeros le dan la noticia. Confusos, radiantes, atropellados de entusiasmo.

Y Tomás responde con frialdad: no creo.

sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañado en Getsemaní… dormidos, vencidos por el sueño, sin darnos cuenta de que allí se estaba librando el combate decisivo entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos después, de lejos, como Pedro… descolocados, asustados, viendo cómo la violencia caía sobre un hombre bueno.

Lo hemos visto en la cruz… desfigurado, roto… y aun así, perdonando.

Y luego… el encierro. El cuarto de arriba. El miedo. El silencio.

Como tantas veces en nuestra vida: cuando todo parece acabado. Cuando uno piensa: “esto ha sido demasiado bueno para ser verdad”.

Pero al amanecer… María viene corriendo.

Y ahí empieza todo.

Sepulcros

El Santo Sepulcro… Es un lugar extraño. Nada “espiritual”, en el sentido que nosotros esperaríamos.

Piedras, desorden, historia rota… tensiones, divisiones e intereses. Incluso hoy, quien va allí, muchas veces sale desconcertado.

Y sin embargo… ahí.  Ahí es donde Dios ha hecho lo decisivo.

Es curioso. Dios no elige lugares perfectos. Elige lugares reales. Frágiles. Incluso un poco decepcionantes.

Y ahí… ocurre lo imposible.

¡Jesús ha resucitado!

Superar el dolor

Pero el Evangelio, curiosamente, no empieza con fe. Empieza con confusión.

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo A)


Pregón Pacual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
(Gn 1,1-31; 2,1-2Ex 14,15 - 15,1Is 55, 1-11Ez 36, 16-28)
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

 
    

Seguimos buscando al crucificado. Y, si somos sinceros, muchas veces lo buscamos donde no está.

Pensamos —quizá sin decirlo— que Dios quiere quedarse quieto, conservado, bien guardado. Como si la fe fuera embalsamar lo que un día nos conmovió.

Una fe de sepulcro: ordenada, respetuosa… y sin vida.

Eso hacen también las mujeres. Van al sepulcro con amor, sí… pero también con resignación. Quieren cuidar un cadáver. Quieren devolver dignidad a lo que ya consideran perdido.

Y, sin embargo, están completamente equivocadas.

El Señor no está ahí. Ha resucitado.

Huir del sepulcro

Tienen que salir de allí. No quedarse velando la muerte, sino ponerse en camino hacia la vida.

Porque Jesús no ha vuelto simplemente a respirar. No ha sido reanimado.

Ha resucitado.

Y eso —la verdad— no lo entendemos del todo. Nunca ha pasado algo así.

Lázaro volvió… pero volvió para morir otra vez. Jesús no.

Está vivo para siempre.

Y eso lo cambia todo, aunque a veces no lo notemos. Cambia la mirada, cambia el sentido, cambia incluso el dolor.

Porque ya no seguimos a un recuerdo. Seguimos a un Viviente.

viernes, 3 de abril de 2026

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 52, 13 - 53,12
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9
Pasión de N.S.J.C.: Jn 18,1 - 19,42

La Palabra que acabamos de proclamar habla por sí misma. Poco se puede añadir.

Ante nosotros está el Hijo del Hombre humillado. El choque entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y la vida.

Todo está ahí. El sentido de la historia… y también el de nuestra propia vida.

Casi dan ganas de callar. De dejar que hable el Misterio.

Y, sin embargo, hay algo que no podemos evitar: poner rostro a esta Pasión. Los rostros de los crucificados de la historia. Ahí sigue muriendo hoy el Siervo de Yahveh.

No se trata de hacer un análisis del mundo, ni de lanzar un discurso contra el mal. Se trata de mirar al Crucificado… y reconocerlo.

Reconocer que en tantos descartados, humillados, heridos, es el mismo Cristo quien sufre. Ellos son hoy su rostro.

Vivimos en un mundo atravesado por una verdadera cultura de muerte: una cultura que trivializa la vida humana cuando es frágil o indefensa; que recurre con facilidad a la violencia, al terrorismo o a la guerra para resolver los conflictos. Un mundo donde millones de personas quedan atrapadas en la pobreza, en el olvido, en la desesperanza.

Eso también es cruz. Eso también es Viernes Santo.

jueves, 2 de abril de 2026

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15


Hermanos, esta tarde comenzamos el Triduo Pascual, los días más sagrados del año. Y lo hacemos entrando en una escena muy concreta: una mesa, unos amigos, una noche.

Jesús se sienta con los suyos… y, antes de entregarse en la cruz, se entrega de otro modo: en el pan partido y en el vino compartido.

Es la noche de la Eucaristía. Y es también la noche del servicio.

 

El último acto

El evangelio nos da la clave desde el principio: “Los amó hasta el extremo”.

Jesús sabe lo que va a pasar. Y no da un gran discurso. Hace algo mucho más desconcertante: se levanta, se ciñe una toalla… y se arrodilla. Lava los pies.

Un gesto que lo dice todo. Porque hay momentos en los que las palabras ya no alcanzan.

Y después viene el pan, el vino, el “haced esto en memoria mía”.
No es un símbolo bonito. Es su vida entregada, anticipada, hecha sacramento.

Jesús elige quedarse de un modo pequeño, frágil, incluso escandaloso.
Tan escandaloso que Blas Pascal,  siglos después, dirá: si Dios se ha hecho hombre, ¿por qué no podría hacerse pan?

Y, sin embargo, lo más desconcertante quizá sea otra cosa: que sigue entregándose… incluso cuando no le entendemos.

 

Se acabó

Jesús sabe que el tiempo se le termina.

Ha hablado, ha curado, ha buscado a todos. Pero hay algo que no puede forzar: nuestra libertad.

sábado, 28 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 50, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda Lectura: Fil 2, 6-11

        Jesús sube montado en un pollino por la ladera que lleva a Jerusalén. Una ciudad en tensión. Una ciudad que espera.

        La gente lo reconoce. Corren los niños, agitan ramas, alguien grita:
«¡Hosanna!», que significa: «¡sálvanos ya!».

        Es una escena casi contradictoria. Porque entra como rey… pero no impone. Entra como salvador… pero desarmado. Entra en la ciudad… que matará a los profetas. Y, aun así, entra.

 Habituados

        Quizá el problema es que nosotros ya conocemos demasiado bien esta historia. Sabemos cómo empieza… y cómo termina. Sabemos lo que viene después: la traición, el juicio, la cruz.

        Y, sin darnos cuenta, nos volvemos espectadores tranquilos. Como quien ve una película ya conocida. Nos hemos acostumbrado.

 

*                 Nos hemos acostumbrado a oír que Dios nos salva… sin sentir que lo necesitamos.

*                Nos hemos acostumbrado a hablar del pecado… mirando más el de los otros que el propio.

*                 Nos hemos acostumbrado incluso a la cruz… y eso es peligroso.

        Porque cuando todo suena familiar… deja ya de tocarnos.

        Y, sin embargo, lo que hoy comienza no tiene nada de rutinario. Es, en cierto modo, el momento más arriesgado de toda la historia.

martes, 24 de marzo de 2026

Solemnidad de la Anuncicación del Señor (25 de marzo)

 

Primera Lectura: Is 7, 10-14; 8, 10b
Salmo Responsorial: Salmo 39
Segunda Lectura: Heb 10, 4-10
Evangelio: Lc 1, 26-38 


A nueve meses de la Navidad, la liturgia abre hoy como un paréntesis luminoso en medio de la Cuaresma. Y no es un paréntesis decorativo. Es como si se nos permitiera asomarnos al origen de todo lo que estamos a punto de celebrar.

Porque el que va a ser entregado en la cruz… es el mismo que hoy comienza su camino en el seno de María. El que muere como grano de trigo… es el que ahora acepta nacer. El Dios incomprendido… decide, por fin, explicarse desde dentro.

Hoy volvemos a ese diálogo tan sencillo y tan desconcertante: el encuentro entre el ángel Gabriel y María.

Y, si uno lo piensa despacio, todo ocurre en un lugar absolutamente irrelevante. Nazaret. Un rincón perdido. Sin prestigio, sin historia, sin importancia.

Y la protagonista… una adolescente. Sin poder, sin influencia, sin reconocimiento. Ahí sucede lo decisivo.

Esto, la verdad, descoloca. Porque nosotros seguimos pensando que lo importante pasa en los grandes escenarios, en lo visible, en lo que cuenta.

Pero Dios… no. Dios no piensa así.

Dios, cansado de ser malinterpretado, decide venir a contarse a sí mismo. Y lo hace de una manera que rompe todos nuestros esquemas. Porque el ser humano, cuando imagina a Dios, tiende a deformarlo como un Dios lejano, exigente, al que hay que calmar, convencer o incluso temer.

sábado, 21 de marzo de 2026

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Ez 37, 12-14
Salmo Responsorial: Salmo 129
Segunda Lectura: Rom 8, 8-11



Es espléndido nuestro Dios. Lo hemos ido descubriendo domingo tras domingo: un Dios que sacia, que ilumina, que devuelve vida.

Y la Cuaresma… la verdad… no es otra cosa que volver a eso esencial. Quitar ruido. Quitar prisa. Dejar que lo que llevamos dentro —a veces tan enterrado— vuelva a respirar. Convertirnos, sí, pero en algo muy concreto: volver a la vida.

Y hoy el Evangelio nos coloca ante una escena que no se puede esquivar. No es una idea. Es una historia. Una casa. Un duelo. Una muerte.

Betania

Todo sucede en Betania. Un lugar pequeño, casi insignificante. Pero para Jesús era otra cosa: era casa, amistad y descanso.

Y esto es importante… porque aquí no estamos ante un milagro más. Estamos ante algo que toca a Jesús por dentro. No es un desconocido. Es Lázaro. Su amigo.

Y sin embargo… cuando enferma, Jesús no está. Y cuando le avisan, no se apresura. Llega tarde. Esto nos desconcierta. Porque se parece demasiado a lo que vivimos nosotros.

Cuando la enfermedad entra en casa. Cuando la muerte aparece. Cuando algo se rompe… y Dios no parece llegar a tiempo.

Ahí, muchas veces, algo se tambalea por dentro: la fe, la confianza… incluso la imagen que teníamos de Dios.

Marta y María

Marta sale al encuentro. María también. Las dos dicen lo mismo:
“Señor, si hubieras estado aquí…” No es un reproche agresivo.

Es algo más hondo. Es dolor que confía. No entienden… pero no rompen la relación.

Y esto, creo, es muy real. La fe no es entenderlo todo. Es seguir saliendo al encuentro, incluso cuando no encaja nada.

Lloran. Y con ellas, todo el pueblo. Y entonces ocurre algo que a veces pasamos demasiado rápido.

miércoles, 18 de marzo de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ - 19 de marzo




Primera Lectura: 2 Sam 7, 4-5a.12-14a.16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 4, 13.16-18.22
Evangelio: Mt 1, 16.18-21

 Joven José

Siempre se ha dicho que José ya era un hombre mayor cuando se casó con María. Pero si nos fijamos en cómo funcionaban las cosas en la sociedad judía de la época, lo más probable es que fuera bastante joven. En aquellos tiempos, los matrimonios solían darse entre chicos y chicas de poca edad. Entonces, ¿de dónde viene esa imagen de un José anciano? Pues parece que se construyó con el tiempo, tal vez para justificar por qué desaparece tan pronto de la escena en los relatos evangélicos. 

De hecho, cuando Jesús comienza su vida pública, José ya no aparece por ninguna parte. Lo lógico es pensar que murió antes, claro, pero eso no significa que haya tenido que ser un anciano. La esperanza de vida en aquel tiempo era corta, y mucha gente apenas llegaba a vivir hasta los 30 años. Así que no es nada descabellado imaginar que José fuera un joven veinteañero cuando se encontró con el desconcertante embarazo de María. 

 Amor y justicia

Si nos metemos en su piel, la historia cambia de matices. José no es ese hombre serio y canoso que solemos ver en los belenes. Es un joven lleno de ternura, enfrentado a un dilema monumental. Ama a María, pero la noticia del embarazo lo golpea de lleno. ¿Qué habrá pensado esa primera noche? ¿Habrá dudado de todo? La ley le decía que denunciara a María, lo que significaba una condena segura para ella. Pero él no puede hacer eso. Así que idea un plan: fingirá que simplemente ha cambiado de opinión y la dejará en secreto. Así le salvará la vida y el honor. 

Mateo nos dice que José era un hombre "justo". Pero no en el sentido de alguien que sigue las normas al pie de la letra, sino en el de alguien que sabe ver más allá, que no se deja llevar por las apariencias y que, aunque herido, es capaz de actuar con misericordia. José es un hombre de fe, de los que confían cuando todo parece un sinsentido. Y entonces llega el sueño. Un sueño que lo cambia todo. Un ángel le dice que no tenga miedo, que confíe en lo impensable.

Y José, sin grandes discursos, sin dudar demasiado, se levanta y actúa. 

 Padre en la sombra

Grande José. Sin hacer ruido, sin llamar la atención, con pocas palabras pero con un corazón enorme. No busca protagonismo, pero Dios lo elige guardián de lo más valioso. Su historia sigue hablándonos hoy. Nos enseña lo que significa confiar cuando todo se tambalea. Nos muestra la grandeza de la fe sencilla, esa que no necesita explicaciones, sino simplemente decir “sí”, como María. 

José, esposo fiel y protector de María, custodio de Jesús, danos un poco de tu fe para abrazar el plan de Dios, aunque no lo entendamos del todo. Porque a veces, lo más grande ocurre cuando simplemente confiamos. 

Guíanos en el camino de la vida. Concédenos misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. Amén.