“No tengáis miedo”, dice Jesús.
Y no lo dice de cualquier manera.
Usa una palabra que evoca ese miedo que te entra cuando estás en medio de una
tormenta, sin control, con la sensación de que el barco no responde.
Y, la verdad, no nos cuesta mucho
entenderlo.
Hay momentos en la vida —y también
ahora en nuestro mundo— en que todo parece un poco así: tensión, incertidumbre,
fragilidad. Lo económico, lo social, la pérdida de referencias… incluso la
Iglesia, que a veces da la impresión de haberse quedado sin voz o sin peso en
la sociedad.
Como si algo se estuviera acabando.
Ahí, justo ahí, es donde Jesús
insiste: No tengáis miedo. Confiad. Porque hay un lugar preparado para vosotros
en la casa del Padre.
No es una evasión. No es una
promesa para desentendernos del presente. Es una forma de situarnos en medio de
lo que vivimos sin quedar atrapados.
Estas palabras, además, no son
cualquier cosa. Son como el testamento de Jesús en la última cena. Lo que
quiere dejar claro antes de irse.
Y entonces aparece la pregunta.
Tomás lo dice sin rodeos: “Señor,
no sabemos a dónde vas… ¿cómo podemos saber el camino?”
Es una buena pregunta. Muy honesta.
Porque, en el fondo, también nosotros estamos un poco ahí.
Y Jesús responde con algo que no es
una teoría, ni un sistema: es un camino.
De hecho, al principio, a los
cristianos se les llamaba eso: los del camino.
Y quizá aquí hay una primera
sacudida. Porque hoy muchas veces entendemos la fe más como un lugar que como
un camino. Como algo cerrado, estable, protegido… casi un refugio seguro. A
veces incluso un bunker.
Un conjunto de ideas, de normas, de
seguridades.
Pero Jesús no va por ahí.
Seguir a alguien que no tiene dónde
reclinar la cabeza… no encaja bien con una fe cómoda, fija, ya resuelta de una
vez para siempre.
Ser cristiano, al contrario, es estar en marcha. Con todo lo que eso tiene de inseguridad… y también de vida.
Ser cristiano —aunque no sea fácil—
es, sencillamente, seguir a Jesús.
Imitarlo. Escucharlo. Dejarse
afectar por su manera de vivir. Buscarlo en la oración, sí. Pero también
reconocerlo en el hermano, sobre todo en el que no cuenta.
Esto cambia bastante las cosas.
Porque entonces la fe deja de ser
un conjunto de ideas bonitas… y pasa a ser una forma concreta de vivir.
En un mundo lleno de voces que
opinan de todo, que compiten por tener razón, que gritan más alto… Jesús no
entra en ese juego.
No compite. No impone. Se ofrece
como camino.
Como una puerta por la que salir de
los muchos encierros… incluso religiosos.
“Yo soy la verdad”, dice Jesús.
Y aquí ya cuesta un poco más. Porque
vivimos en un clima donde hablar de verdad suena sospechoso. Como si todo fuera
relativo, opinable o intercambiable.
Curiosamente, eso sí, se afirma con
total seguridad que no hay ninguna verdad. Es una contradicción, sí, pero nos
hemos acostumbrado a ello.
Frente a eso, Jesús no entra en
discusiones abstractas. No trae una teoría. No propone un sistema. Se presenta
él mismo.
La Iglesia no anuncia una colección
de ideas verdaderas. Anuncia a una persona.
Y eso tiene consecuencias.
Porque entonces creer no es repetir
fórmulas aprendidas… sino implicarse. Buscar de verdad. Formarse. Pensar. Dejarse
cuestionar.
Hoy no basta con una fe heredada o
superficial. Eso ya no se sostiene.
Hace falta un corazón honesto… y
también un poco valiente.
“Yo soy la vida.” Aquí ya no
hablamos de teorías. Aquí hablamos de experiencia.
Porque hay una vida que simplemente
se tiene… la biológica. Y hay otra que se recibe, que se despierta, que se
ensancha. Una vida interior.
Cuando alguien se encuentra de
verdad con Jesús, algo cambia. A veces poco a poco. A veces casi sin darse
cuenta. Pero cambia.
Y no porque desaparezcan los
problemas. Sino porque aparece un sentido, una dirección, una esperanza que
antes no estaba.
Incluso en medio de heridas, de
enfermedad, de cansancio… El discípulo sabe, o al menos intuye, que hay un
proyecto de amor más grande en marcha.
Pero también lo es la respuesta de
Jesús: Camino, Verdad y Vida.
No son tres ideas. Es una sola
realidad. Es Él mismo.
Quizá hoy, en esta Eucaristía, lo
único que se nos pide es algo sencillo… y exigente a la vez: dejar espacio al
Señor.
No controlar tanto. No tenerlo todo
cerrado. No vivir la fe como algo ya sabido. Dejar que el Resucitado actúe.
Y, poco a poco, volver a lo
esencial: escuchar su Palabra, orar, formarnos, vivir los sacramentos, comprometernos
con los demás, trabajar por el Reino.
Sin grandes discursos. Pero en
serio.
Porque ─ esto sí que es nuclear ─ conocer
a Jesús por dentro es lo que nos va llevando, casi sin darnos cuenta, al
corazón del Padre.
“Quien me ha visto a mí, ha visto
al Padre.”

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