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sábado, 16 de mayo de 2026

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A) - Domingo 7º de Pascua


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

           

         La verdad es que la Ascensión es una fiesta extraña. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor que Jesús se quedara? Tal vez hubiéramos podido oírle de viva voz. Tal vez hubiéramos podido conocer así el pensamiento de Dios, en vez de barruntarlo a través de personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.

Y sin embargo, no fue así. Como sucede tantas veces en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre. Hay que tener el valor de reflexionar y atreverse a comprender.

En los evangelios, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da su Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Bienvenidos, pues, a la lógica de Dios, que no es la nuestra.

Como Elías

La narración de los Hechos tiene de fondo la ascensión de Elías: aquel gran profeta arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, que desaparece entre las nubes. Y su discípulo Eliseo, al verlo desaparecer, tiene la certeza de haber recibido al menos una parte de su espíritu profético.

Lucas describe la Ascensión usando el mismo esquema: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres vestidos de blanco, igual que los ángeles testigos de la Resurrección.

Pero lo central no es el prodigio en sí. Lo central es lo que ese prodigio significa: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de Elías, los apóstoles reciben el mandato del anuncio del Evangelio por parte del Resucitado. No es un adiós. Es la entrega de una misión.

Y son los ángeles quienes dan la clave de todo: no miréis al cielo, mirad a la tierra. Mirad lo concreto del anuncio.

Dudaron

Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre una montaña. La montaña, en toda la Biblia, es el lugar de la experiencia de Dios. Pero la Galilea de entonces no era un lugar sagrado ni respetable. Era la tierra del mestizaje, del confín, la primera en caer bajo el invasor asirio, que sobrevivió entre componendas bien lejos del rigor que pedían los fariseos de Jerusalén. Llamar galileo a alguien era un insulto.

Y sin embargo, Galilea es también el lugar donde todo comienza. El lugar del primer encuentro, del enamoramiento. Jesús elige ese lugar, no Jerusalén. El lugar de los que han vivido la frontera y la fragilidad.

Y allí, en esa montaña, Mateo dice algo que casi siempre se pasa por alto: los discípulos lo vieron y lo adoraron, pero algunos dudaron.

Algunos dudaron. En la escena del adiós, con el Resucitado delante, algunos dudaron. No tenemos por qué asombrarnos de eso, porque la duda es una actitud fundamental del creyente. Decía Unamuno: «Fe soberbia, impía, la que no duda, la que encadena a Dios a nuestra idea.» La duda no es lo opuesto de la fe. Es parte del camino.

Y es precisamente ahí, en esa duda, en esa perplejidad, donde Jesús da el mandato. No espera a que todos estén convencidos. Los envía desde ahí, desde la situación en que se encuentran.

Cielo y tierra

No quedarse pasmado mirando al cielo significa partir de la realidad concreta: de la pobreza de mi parroquia, del malestar de vivir en un mundo enfrentado y violento, de la sensación de estar al final de una época que se derrumba bajo el peso de la verborrea y la corrupción. En esas situaciones concretas, y no en otras idealizadas, estamos llamados a hacer presente la esperanza. Aquí, en esta Iglesia frágil, en un mundo roto al que Dios ama.

La Ascensión señala el principio del tiempo de la Iglesia. Ahí es nada. El principio de una Iglesia hecha de personas que dudan y no entienden, que llevan con fatiga el peso del anuncio del Reino. Personas como nosotros.

 El admirable intercambio

Pero hay algo más, y es quizá el corazón de esta fiesta. Con la Ascensión, la humanidad entra definitivamente en Dios. Nuestra naturaleza, la naturaleza humana, está ahora en Dios para siempre. Es lo que la tradición llama el admirable intercambio: Dios aprende a ser hombre, y el hombre aprende a comportarse como Dios.

Si resucitamos con Cristo en la Resurrección, también ascendemos con él. Ascender no significa mirar hacia arriba. Significa vivir sabiendo que nuestra vida cotidiana es un ya pero «todavía no del todo»: desde ahora mismo vivimos la presencia de Dios, pero esperamos que esa presencia crezca todavía más.

La mirada de alguien que vive así percibe el despliegue de Dios dentro de las experiencias de los hombres y las mujeres de su tiempo. No solo a través de categorías religiosas. También en lo político, en lo social, en lo cotidiano. En cada tentativa humana por construir algo más justo y más digno.

Hermanos, Dios está presente para siempre. El problema no es que él no esté. El problema es que aprendamos a verle. Por eso necesitamos el regalo del Espíritu que el Señor nos promete, y que celebraremos la semana próxima.

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