Hoy celebramos el gran regalo que
Jesús había prometido: el Espíritu Santo. El Espíritu defensor, consolador,
vivificador. El Espíritu que sostiene la fe cuando se debilita y ensancha el
corazón cuando se encierra.
Porque, la verdad, los discípulos
solos no podían. Y nosotros tampoco.
Jesús les había confiado una
misión inmensa: anunciar el Evangelio, hacer visible el Reino de Dios,
continuar su obra en medio del mundo. Pero aquellos hombres seguían teniendo
miedo, dudas, heridas. Habían visto al Resucitado, sí… pero todavía estaban encerrados
por miedo.
Y quizá eso también nos pasa a
nosotros. Creemos, pero muchas veces vivimos encerrados. Encerrados en el
cansancio, en la prudencia excesiva, en una fe demasiado tímida. Encerrados
también en una cultura que habla mucho de bienestar, de éxito, de rendimiento…
pero que cada vez sabe menos de esperanza, de silencio, de interioridad, de
Dios.
Por eso necesitamos el Espíritu.
Pentecostés
La fiesta judía de Pentecostés —la
fiesta de las Primicias— celebraba los primeros frutos de la cosecha y también
el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. Israel estaba orgulloso de
aquella Ley recibida de Dios. Y con razón. Era el signo de la alianza.
Lucas sitúa precisamente ahí la
venida del Espíritu para decirnos algo importante: la nueva Ley ya no estará
escrita sólo en tablas de piedra, sino en el corazón de las personas.
Jesús no viene a multiplicar
normas. Bastantes cargas tenía ya la gente.
Jesús va a lo esencial.
Un solo mandamiento: amar.
Y eso suena hermoso… hasta que
llega la vida concreta. Porque amar cuando uno está herido, cansado,
decepcionado o resentido no es tan sencillo.
Hermanos, amar de verdad cuesta.
Por eso el cristianismo no
consiste simplemente en “portarse bien”. Eso sería demasiado pobre. El
Evangelio es dejarse transformar por dentro.
El Espíritu no añade peso; cambia el corazón.
Truenos, nubes, fuego, viento
San Lucas describe Pentecostés con
imágenes poderosas: viento, fuego y estruendo.
No son adornos poéticos. Expresan
lo que el Espíritu hace en una persona.
El Espíritu es viento. Porque
irrumpe y nos saca de nuestras habitaciones cerradas. De nuestras seguridades
pequeñas. De esa fe domesticada que no molesta a nadie pero que tampoco
transforma nada.
El Espíritu es fuego. Porque
calienta una fe que muchas veces se enfría. Hay personas que siguen
practicando, siguen viniendo a misa, pero por dentro se han ido apagando
lentamente. Sin pasión, sin alegría y sin deseo.
Y eso puede pasarle también a la
Iglesia. Cuando nos preocupamos más de conservar que de anunciar. Más de la
costumbre que del Evangelio. Más de defender espacios que de abrir caminos.
Pentecostés es justamente lo
contrario: una Iglesia que pierde el miedo y vuelve a salir.
El Espíritu también es el “anti-Babel”.
En Babel los hombres acabaron sin entenderse porque cada uno quería imponerse,
ocupar el centro, levantar su propia torre.
¿No seguimos viviendo algo
parecido? Mucho ruido. Mucha opinión. Mucha agresividad. Todos hablan, pocos
escuchan. Las redes nos conectan… pero muchas veces nos enfrentan aún más. Y
terminamos cansados, divididos, incapaces de encontrarnos de verdad.
El Espíritu, en cambio, crea comunión.
No uniformidad. Comunión.
Cada uno escuchaba en su propia
lengua. Es decir: Dios sabe llegar al corazón de cada persona. Y donde el
Espíritu entra de verdad, empiezan a caer las barreras.
Por eso necesitamos invocarlo en
las familias, en las comunidades, en la Iglesia, en una sociedad tan crispada y
tan rápida para condenar.
Y hay algo más muy hermoso en
Pentecostés. Los apóstoles no se convierten en héroes perfectos. Siguen siendo
frágiles. Pero dejan de vivir paralizados.
Eso lo cambia todo.
Espíritu Santo
El Espíritu no elimina mágicamente
nuestros problemas. Pero nos da una fuerza nueva para atravesarlos.
Cuando nos sentimos solos, Él es
Consolador. Cuando la fe vacila, Él es Vivificador. Cuando el peso de la culpa
nos aplasta, Él es Defensor. Cuando olvidamos a Jesús en medio de tantas cosas,
Él nos lo vuelve a recordar.
A veces pensamos que creer depende
sólo de nuestro esfuerzo. Y no.
La fe también es una obra del Espíritu en nosotros.
Quizá alguno recuerde momentos
concretos —un retiro, una oración, una lectura del Evangelio, una celebración—
en que algo se abrió por dentro. Como si el corazón despertara de golpe.
Pentecostés habla de eso.
Del Espíritu empujando lentamente
puertas que llevaban años cerradas.
Hoy la Iglesia celebra
precisamente eso: que Dios no nos ha dejado solos.
Que el cristianismo no es una
moral fría ni un conjunto de ideas bonitas.
Sino que es una vida habitada.
Y quizá la gran pregunta de esta
fiesta sea muy sencilla: ¿Queremos de verdad dejarnos mover por el Espíritu? ¿O
preferimos seguir instalados, tranquilos, controlándolo todo… y sin controlar
nada?
Porque el Espíritu consuela, sí.
Pero también desinstala. Nos lleva más lejos. Nos vuelve más libres. Más
valientes. Más humanos. Más de Cristo.
Eso es lo que hoy celebramos en Pentecostés.

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