A nueve meses de la Navidad, la liturgia abre hoy como un paréntesis luminoso en medio de la Cuaresma. Y no es un paréntesis decorativo. Es como si se nos permitiera asomarnos al origen de todo lo que estamos a punto de celebrar.
Porque el que va a ser entregado en la cruz… es el mismo que hoy comienza su camino en el seno de María. El que muere como grano de trigo… es el que ahora acepta nacer. El Dios incomprendido… decide, por fin, explicarse desde dentro.
Hoy volvemos a ese diálogo tan sencillo y tan desconcertante: el encuentro entre el ángel Gabriel y María.
Y, si uno lo piensa despacio, todo ocurre en un lugar absolutamente irrelevante. Nazaret. Un rincón perdido. Sin prestigio, sin historia, sin importancia.
Y la protagonista… una adolescente. Sin poder, sin influencia, sin reconocimiento. Ahí sucede lo decisivo.
Esto, la verdad, descoloca. Porque nosotros seguimos pensando que lo importante pasa en los grandes escenarios, en lo visible, en lo que cuenta.
Pero Dios… no. Dios no piensa así.
Dios, cansado de ser malinterpretado, decide venir a contarse a sí mismo. Y lo hace de una manera que rompe todos nuestros esquemas. Porque el ser humano, cuando imagina a Dios, tiende a deformarlo como un Dios lejano, exigente, al que hay que calmar, convencer o incluso temer.
Incluso la experiencia religiosa ─ también la de Israel ─ no siempre logró limpiar del todo esa imagen. Siempre quedaba algo de dureza, de ambigüedad, de misterio inquietante… Y entonces Dios da un paso más.
No envía un mensaje. No corrige desde fuera. Se hace hombre.
Se hace voz, gestos, mirada. Se
hace cansancio, afecto, cercanía.
Se hace, en definitiva, vida humana.
Pero para eso necesita una puerta de entrada. Y esa puerta es María.
Y aquí vuelve lo desconcertante: Dios no busca lo que nosotros buscaríamos. No elige poder. No elige prestigio. No elige eficacia.
Elige a María. Una joven de Nazaret. Nada más… y nada menos.
Y ella acepta.
Sin entenderlo todo. Sin garantías. Sin seguridades.
Esto, si somos sinceros, impresiona… pero también incomoda. Porque nos desmonta muchas de nuestras lógicas.
Nosotros vivimos obsesionados con lograr, con destacar, con demostrar que valemos. Y, en el fondo, con miedo a no ser suficientes.
Y Dios, en cambio, empieza la historia decisiva… en lo pequeño, en lo escondido, en lo que nadie ve.
Nazaret no es un accidente. Es una elección. Treinta años de vida oculta. Treinta años sin relevancia pública. Treinta años de normalidad.
Y ahí… Dios está plenamente presente.
Esto tiene mucha más fuerza de la que parece. Porque quizá nosotros también vivimos momentos así: etapas poco brillantes, poco reconocidas, incluso frustrantes. Momentos en los que uno piensa: “esto no cuenta”, “esto no vale”, “esto no es importante”.
Y, sin embargo… puede ser profundamente lugar de Dios.
Por eso hoy, más que admirar a María desde lejos, quizá toca mirarla de otra manera. Como alguien que abre espacio. Como alguien que no lo controla todo, pero se fía. Como alguien que deja a Dios entrar en su vida real, no en una ideal y fantasiosa.
Y eso sí que es difícil. Porque decir “hágase” no es una frase bonita. Es una decisión que te cambia la vida.
Hoy celebramos exactamente eso: que Dios ha decidido estar con nosotros… de verdad. Y que una mujer ha dicho que sí… de verdad.
Y, quizá, la pregunta queda un poco en el aire ─ aunque no la cerremos del todo ─ es:
¿En qué Nazaret de nuestra vida está queriendo Dios hacerse presente?
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a dejarle espacio?
Puede que no tengamos una respuesta clara. Pero bueno… María tampoco la tenía del todo claro. Y aun así dijo que sí… y la Salvación entró en el mundo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario