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sábado, 6 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de este domingo tan especial, el Día del Corpus Christi, he experimentado un fuerte contraste en el corazón: una mezcla de profunda alegría y, al mismo tiempo, de una sincera pena.

Alegría por la fe tan viva que mantengo en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Me conmueve profundamente, al mirar atrás en mi vida, descubrir la belleza desconcertante de aquel gesto tan humilde de la Última Cena. ¡Qué desconcertante es la generosidad de nuestro Dios y qué bendita la ingenuidad de Jesús de Nazaret al querer quedarse con nosotros de esta manera! Siento alegría por el amor que tantas veces me ha llenado el alma al celebrar y participar en la misa. Es la gracia de haber experimentado la presencia de Cristo de forma tangible y evidente en momentos de oración intensa y de escucha de su Palabra.

Pero también siento una pena profunda y obstinada. Me duele ver que, a menudo, cuando comparto esta fe con otros hermanos cristianos, percibo incomprensión o desinterés. Me da pena el clima tan poco fraterno de algunas comunidades que parecen cansadas, apagadas y cerradas en sí mismas. Y me entristece que la Eucaristía, que es la cumbre y el manantial de nuestra vida de fe, sea para muchos el único y débil lazo con la Iglesia; una cumbre sin base, reducida al cumplimiento frío de un precepto.

He celebrado miles de misas en mi vida. Millares de veces he hecho presente sobre el altar la inmensidad de Dios, sabiendo que soy indigno y que a veces he estado distraído. Y, sin embargo, todavía me asombro.

 Hacer memoria

"Recuerda", nos ha dicho Moisés en la primera lectura, "haz memoria de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer".

Hacer memoria es vital. Significa recordar de dónde nos sacó Dios, la esclavitud que dejamos atrás y los desiertos que es necesario atravesar para despojarnos de todo lo que nos impide creer y amar con autenticidad. Moisés le pide al pueblo que recuerde el hambre que pasó y el pan que recibió: el maná, un alimento misterioso que no se parecía en nada a los lujos de Egipto y que la gente aceptaba como un regalo directo del cielo.

Todos los seres humanos necesitamos alimentarnos, no solo de comida, sino de afecto, de sentido, de luz y de paz. Hoy en día, muchas personas sufren una terrible inanición espiritual y se van apagando por dentro. Nos falta el alimento que nos sostiene en el camino de la vida y nos ayuda a comprender nuestro propio misterio. Es Dios mismo quien se hace Pan para guiarnos hacia la eternidad. Un Pan capaz de mantenernos unidos.

Cada domingo nos reunimos respondiendo al mandato del Señor: "Haced esto en memoria mía". Lo hacemos para dar sentido a la semana, para orientar nuestra vida hacia el bien y mirar nuestra realidad desde el Evangelio. La Eucaristía es, ante todo, un memorial; una terapia contra el olvido que nos sacude por dentro y nos devuelve el abrazo y la sonrisa de Dios.

 Reunirse

En la segunda lectura, san Pablo habla a la comunidad de Corinto. Era una comunidad muy viva, pero llena de tensiones y divisiones. Personas de distintos orígenes y clases sociales chocaban entre sí, buscando con dificultad razones para construir la comunión.

Es exactamente lo que nos pasa hoy. A veces parece que la Iglesia refleja las divisiones del mundo, con rivalidades internas, tensiones políticas y bandos entre conservadores y progresistas. Basta mirar las redes sociales para ver cómo se eleva el tono del insulto entre cristianos, se reparten carnés de ortodoxia y se ataca a pastores o ritos con una virulencia farisea.

Ante esto, san Pablo tiene una intuición maravillosa: si estamos divididos, comamos del mismo pan fragmentado para que nos una. El pan partido y repartido nos devuelve a lo esencial de la fe. Somos cristianos porque Cristo nos ha elegido. La Iglesia no es un club de gente perfecta, sino la comunidad de los diferentes, de los pecadores que son reunidos en la unidad. La Eucaristía es el catalizador de esta comunión.

Esto es una realidad asombrosa. Nada ni nadie lograría reunir cada domingo en nuestro país a millones de personas de distintas edades, culturas e ideas políticas si no fuera porque todos, de algún modo, estamos seducidos por Jesús. Pero este gesto de partir el pan debe notarse afuera, en el mundo. Si no transforma nuestra vida en fraternidad, el rito se queda vacío. El mundo tiene sed de unidad y esperanza, y los cristianos no podemos ser una llama vacilante por culpa de nuestras divisiones.

 Intimidad

Al hacer memoria y vivir en unidad, entramos en una profunda intimidad con Dios. El pan que recibimos es la presencia del Señor que nos transforma en Él, uniendo nuestra pobreza a su inmensa grandeza.

En el año 304, en Abitene, cuarenta y nueve cristianos fueron martirizados por desobedecer al emperador Diocleciano, que les prohibía reunirse el domingo. Al ser interrogados, uno de ellos pronunció una frase memorable: "Sin el domingo no podemos vivir". Prefirieron la muerte antes que dejar de celebrar la Eucaristía.

¡Qué lejos estamos a veces de ese fuego interior! Nos quejamos de la falta de atractivo de los ritos, de la música, de la longitud de las homilías o de las formas externas. Pero no nos engañemos: lo que verdaderamente falta en nuestras iglesias es la certeza profunda de que el Señor está vivo y presente en el altar. A veces, simplemente, nos falta fe. Si creyéramos de verdad que Dios sale a nuestro encuentro en cada misa, nada nos impediría venir a recibirlo.

 Convertirse

Por eso, queridos hermanos, pidamos hoy al Señor nuestra propia conversión. Que cada uno de nosotros se abra al misterio y que cada sacerdote sea una transparencia limpia de Dios.

Oremos para no acostumbraros a la Eucaristía, para no convertirla en un objeto o en una rutina. Que sea el motor de nuestra semana y el impulso que nos configure con Cristo. Desde la parroquia más humilde hasta la catedral más majestuosa, la Eucaristía sigue siendo el regalo más grande para nuestra vida interior.

No apaguemos el Espíritu. Dejemos que la gracia de este Corpus Christi nos toque el corazón y nos transforme por completo. Así sea.

 

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