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viernes, 14 de agosto de 2026

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (15 de agosto)


Primera Lectura: Ap 11,19; 12,1-6.10
Salmo Responsorial: Salmo 44
Segunda Lectura: 1 Cor 15, 20-27
Evangelio: Lc 1, 39-56

Para nosotros, cristianos, hoy es la fiesta de la Virgen de Agosto: la solemnidad de la Asunción de María. Ella es la primera de los creyentes que ha llegado a la meta, la primera que participa plenamente de la resurrección de Cristo. En realidad, esta también es nuestra fiesta. Porque la Iglesia, al contemplar hoy a María glorificada, nos recuerda cuál es el destino al que todos estamos llamados. No caminamos hacia la nada. Caminamos hacia Dios.

Desde muy antiguo, la comunidad cristiana confesó esta fe. Creemos que María de Nazaret, la Madre de Jesús, la primera discípula, la mujer que permaneció fiel al pie de la cruz y oró con la Iglesia naciente en Pentecostés, fue asumida por Dios a la plenitud de la vida.

Y ahí se detiene nuestra palabra. No sabemos cómo sucedió. No necesitamos describir lo que pertenece al misterio de Dios. Nos basta proclamar que quien llevó en su seno al Autor de la vida participa ya plenamente de la vida definitiva que Cristo ha inaugurado para todos.

Sin embargo, esta fiesta puede provocar cierta incomodidad. Y no por el misterio de la Asunción, sino por la imagen de María que, a veces, hemos transmitido.

Era una muchacha sencilla de un pequeño pueblo de Galilea. Una mujer creyente, trabajadora, discreta. A lo largo de los siglos, la hemos rodeado de tanto esplendor que, sin querer, hemos corrido el riesgo de alejarla de nuestra vida. Como si perteneciera más al cielo que a la tierra, más a los altares que a los caminos de la existencia.

Y eso sería una injusticia con María.

Porque Dios nos la regala precisamente como hermana en la fe. Como la primera discípula. Como una mujer que aprendió a confiar sin dejar de recorrer el duro camino de la fe.

El Evangelio de hoy nos ofrece una escena entrañable: la Visitación.

Apenas recibe el anuncio del ángel, María se pone en camino hacia la casa de Isabel.

Podemos imaginar aquel camino hacia la montaña lleno de preguntas. También María tuvo que recorrer el camino de la fe. Quizá el anuncio recibido se mezclaba ahora con el vértigo, con la incertidumbre, con esa pregunta que todos conocemos cuando Dios nos descoloca: «¿Será verdad? ¿Podré fiarme de esta palabra?».

Dos días de camino dan para pensar mucho. Cada paso era también un paso interior. La fe no había resuelto todas las preguntas; simplemente había puesto a María en camino.

Y entonces sucede el encuentro.

María no encuentra las respuestas encerrándose en sí misma, sino en el encuentro con otra creyente. Isabel reconoce la acción de Dios antes incluso de que María diga una palabra. Es ella quien confirma la vocación de María: «¡Dichosa tú, que has creído!».

También nosotros necesitamos, muchas veces, que alguien nos ayude a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida. La fe madura en el encuentro, en la comunidad, en la escucha compartida de la Palabra.

Y entonces brota el Magníficat.

No es solo el canto emocionado de una joven agradecida. Es el gran programa del Reino de Dios. María proclama que Dios mira a los humildes, derriba a los poderosos de sus tronos, enaltece a los pequeños, sacia a los hambrientos y no abandona jamás a su pueblo.

En un mundo fascinado por el poder, el éxito y la riqueza, María anuncia un Dios que sigue mirando la historia desde abajo. Un Dios que apuesta por los descartados, por quienes no cuentan, por los que esperan contra toda esperanza.

Por eso María no es únicamente objeto de nuestra devoción. Es maestra de nuestra fe. Nos enseña a confiar cuando no lo entendemos todo, a caminar cuando el horizonte todavía es incierto y a creer que Dios sigue haciendo grandes cosas en quienes se ponen humildemente en sus manos.

Esta es la fiesta de la Asunción.

No consiste en mirar al cielo para olvidar la tierra. Consiste en mirar a María para descubrir lo que Dios quiere hacer con toda vida humana. Donde el mundo ve fragilidad, Dios ve futuro. Donde nosotros vemos el final, Dios prepara la plenitud.

María ya ha llegado a la casa del Padre. Nosotros seguimos caminando. Pero caminamos hacia la misma meta. Y eso llena de esperanza nuestra vida.

El Señor hizo maravillas en María. También puede hacerlas en nosotros, si, como ella, nos dejamos conducir por su Palabra.

 

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