Hoy celebramos la fiesta del apóstol Santiago el
Mayor, al que en España consideramos nuestro patrono desde muy antiguo. Por
eso, vale la pena que nos centremos en lo que nos cuenta la Palabra de Dios.
Hay una frase del Evangelio proclamado que debería seguir
resonando en la Iglesia con la fuerza de un terremoto: «No será así entre
vosotros.»
Jesús no está hablando del Imperio romano ni de los
poderosos de su tiempo. Está hablando de sus discípulos. Está hablando de
nosotros.
Porque el problema no es solo que haya personas que quieran dominar. El problema es que todos llevamos dentro la tentación del poder. Nos gusta ser reconocidos, ocupar un lugar importante, que cuenten con nosotros, que nuestra opinión pese más que la de los demás. Hoy quizá no soñamos con tronos, como Santiago y Juan, pero sí con ser visibles, tener influencia, dejar huella, controlar las decisiones. Incluso el servicio puede convertirse en una forma elegante de buscar protagonismo.
Eso ocurre en la política, en la empresa, en la universidad.
Y también ocurre en la Iglesia. A veces confundimos autoridad con poder;
responsabilidad con control; liderazgo con protagonismo. Nos cuesta delegar,
escuchar de verdad, aceptar que otros hagan las cosas de otra manera. Con
frecuencia defendemos nuestras posiciones diciendo que es «por el bien de
todos», cuando quizá también estamos defendiendo nuestro propio espacio.
Frente a esa lógica, Jesús es tajante: «No será así entre
vosotros.»
No dice que la autoridad sea mala. Dice algo mucho más
profundo: que, entre los suyos, la autoridad solo tiene sentido cuando se
convierte en servicio. En el Evangelio, la grandeza no consiste en estar por
encima de los demás, sino en ponerse por debajo para sostenerlos. La autoridad
cristiana no se mide por el número de personas que obedecen, sino por la
capacidad de entregar la vida.
Eso fue precisamente lo que Santiago tuvo que aprender.
Resulta casi paradójico que el apóstol cuya madre pide los
primeros puestos sea el mismo que terminará dando la vida por Cristo. El hombre
que soñaba con la gloria acabó encontrando una gloria completamente distinta:
la de permanecer fiel hasta el martirio.
No cambió de la noche a la mañana. Caminó con Jesús, se
equivocó, discutió con los demás, aprendió lentamente. Como nosotros. Pero dejó
que el Evangelio cambiara su manera de entender la vida.
La primera lectura nos muestra ya a una Iglesia que ha
comprendido esa lección. Los apóstoles responden a las amenazas con una frase
que atraviesa los siglos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.»
Y Santiago sellará esa fidelidad con su sangre.
También san Pablo nos recuerda hoy que llevamos un tesoro en
vasijas de barro. No somos héroes. Somos frágiles. La fuerza no nace de
nosotros, sino de Dios. Quizá esa sea una de las grandes tentaciones de la
Iglesia de todos los tiempos: olvidar que el protagonista es el Evangelio y
pensar que todo depende de nuestras estrategias, de nuestras estructuras o de
quienes ocupan determinados cargos.
Por eso la fiesta de Santiago no nos invita a mirar con
nostalgia el pasado, sino a examinarnos por dentro.
¿Qué tipo de Iglesia queremos construir?
¿Una Iglesia preocupada por conservar poder e influencia? ¿O
una Iglesia que encuentre su autoridad en la credibilidad de una vida entregada
de todos sus miembros?
El mundo de hoy no necesita cristianos que pretendan
imponerse. Tampoco necesita una Iglesia que busque privilegios. Necesita
comunidades donde se vea que otra forma de vivir es posible; donde el que
preside sirve, el que sabe escucha, el que tiene más acompaña al más débil y
donde nadie necesita ocupar los primeros puestos para sentirse valioso.
En este contexto adquiere un significado especial el Camino
de Santiago que atraviesa nuestras tierras. Millones de personas lo recorren
cada año. Algunos lo hacen por fe; otros, buscando silencio, sentido o
esperanza. Pero hay un detalle que merece la pena recordar: un camino sólo
existe porque alguien lo recorrió antes.
Santiago dejó de buscar un lugar para sí y se convirtió en
camino para otros. Ese es el mayor homenaje que podemos hacerle. No admirarlo
desde lejos, sino seguir sus huellas.
Cada Eucaristía vuelve a colocarnos ante la misma decisión
que escuchamos en el Evangelio. Podemos seguir compitiendo por ocupar nuestro
sitio, o podemos pedir al Señor la gracia de descubrir cuál es el lugar desde
el que mejor podemos servir.
Porque esa sigue siendo la revolución de Jesús. En un mundo
donde casi todos aspiran a subir un peldaño más, Él nos invita a bajar para
levantar a los demás.
Y mientras esa palabra siga resonando en medio de la
Iglesia, seguirá siendo una llamada permanente a la conversión:
«No será así entre vosotros.»

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