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sábado, 31 de enero de 2026

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12

Bienaventurados nosotros

El Mahatma Gandhi decía que el Sermón del Monte es una de las páginas más luminosas de la literatura universal. Y no le faltaba razón. En pocas líneas, Jesús traza lo que podríamos llamar la Carta Constitucional del Reino de Dios.

Mateo nos lo presenta como un nuevo Moisés que, desde la montaña, entrega no unas tablas de piedra, sino una manera nueva de vivir. Y comienza, de forma provocadora, con las Bienaventuranzas. Un texto muy conocido, muy repetido… y, la verdad, poco comprendido.

Porque son ocho afirmaciones que nos descolocan. Ocho frases que, si las tomáramos en serio, pondrían patas arriba muchas de nuestras seguridades. Tal vez por eso las domesticamos a nuestro gusto. O las ignoramos.

Pero antes de llegar al monte, la liturgia nos ha hecho escuchar a Sofonías. Y eso no es casual.

El resto humilde

El profeta anuncia algo desconcertante: Dios no va a apoyarse en los poderosos, ni en los autosuficientes, ni en los que se creen fuertes. Dice: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Esto no es un elogio de la miseria. Es una afirmación teológica muy seria.
Para Sofonías, el futuro de Dios pasa por un resto pequeño, sin arrogancia, sin engaño, sin falsa seguridad. Personas que no tienen donde apoyarse salvo en el Señor.

Ahí ya están, en germen, las bienaventuranzas. Antes de que Jesús las proclame, Dios ya ha elegido el camino de los pequeños.

¿Bienaventurados los desgraciados?

Jesús se atreve a decir dónde está la felicidad, el sentido de la vida, la realización verdadera. Y lo hace de un modo desconcertante.

Habla de pobreza, de llanto, de mansedumbre, de persecución. Y uno se pregunta: ¿Está Jesús exaltando el sufrimiento? ¿Está diciendo que la vida cristiana es triste y resignada? ¿Vuelve el tópico de una religión que glorifica el dolor?

No. En absoluto.

Jesús no idealiza el dolor. Revela dónde actúa Dios. Y coincide plenamente con Sofonías: Dios actúa en los que no se apoyan en sí mismos, en los que no se blindan contra la fragilidad, en los que no hacen de la fuerza su dios.

Un Dios que sostiene

Y aquí entra el salmo. El Salmo 145 no describe lo que nosotros tenemos que hacer, sino lo que Dios hace: sostiene a los que caen, endereza a los que se doblan, protege al forastero, sostiene al huérfano y a la viuda, ama a los justos.

Este es el punto clave. Las bienaventuranzas no son una lista de virtudes heroicas. Son posibles porque Dios es así. Porque el Dios de Jesús se pone de parte del débil, no del fuerte; del caído, no del vencedor; del pobre, no del satisfecho.

Lo que Jesús propone es una revolución interior. No bendice la desgracia. Describe cómo ha de ser el corazón del discípulo. Nos dice quién es verdaderamente bienaventurado.

Las bienaventuranzas, desde dentro

─ Bienaventurados los pobres de espíritu. No los miserables, sino los que reconocen su límite, los que no se bastan a sí mismos, los que viven con un corazón sencillo y esencial. En ellos, aunque no lo sepan, Dios ya reina.

Bienaventurados los que lloran. No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque no es la última palabra. Bienaventurado quien, incluso en medio del dolor, no pierde de vista al Dios que acompaña, que consuela, que no abandona. Ninguna lágrima es inútil ante Dios.

─ Bienaventurados los mansos. Los que no se dejan arrastrar por la violencia, los que creen todavía en la posibilidad de redención. La historia de Dios no avanza por la fuerza, sino por la mansedumbre compasiva de Jesús.

─ Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Los que no se resignan, los que se comprometen, los que no viven de apaños ni de trampas. Los que asumen el peso de sus decisiones, incluso cuando cuesta.

─ Bienaventurados los misericordiosos. Los que miran la miseria con el corazón de Dios. Los que no hacen de la justicia un ídolo frío, sino que saben unir verdad y compasión. Esos encontrarán misericordia también para sí mismos.

─ Bienaventurados los limpios de corazón. Los transparentes, los no ambiguos, sin doblez, los que no viven subrayando los defectos ajenos para tapar los propios. Sólo quien tiene una mirada limpia puede reconocer a Dios.

─ Bienaventurados los que trabajan por la paz. No los que solo hablan de ella, sino los que la construyen. Los que no convierten su nación, su cultura o su religión en un absoluto. Los que están pacificados por dentro.

─ Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia. Los que no renuncian a su fe por miedo, los que asumen las consecuencias de sus opciones y sus actos. Así trataron también a los profetas.

Aquí estamos

Todo encaja. Sofonías anuncia un pueblo humilde. El salmo describe un Dios fiel y cercano. Jesús muestra el rostro concreto de ese pueblo y de ese Dios.

Y hoy, en medio de un mundo de arrogancia, de violencia, de insultos y de superficialidad moral, siguen existiendo discípulos que las intentan vivir, a veces en silencio, a veces a contracorriente.

Ahora, si queremos, nos toca a nosotros. No todas a la vez. Un trozo de bienaventuranza cada día. No como héroes espirituales, sino como personas frágiles, a veces pobres, a veces llorando, a veces cansadas.

Pero sostenidas por un Dios que reina para siempre, que no falla, y que sigue apostando —contra toda lógica— por los pequeños.

Porque, al final, solo hay dos opciones: o Jesús estaba equivocado,
o tenía razón.

Y si tenía razón —la verdad, yo creo que la tenía— entonces merece la pena arriesgarse y seguirlo. Que él nos dé su fuerza para ello.


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