El miedo llamó a la puerta de nuestra vida. La fe fue a
abrir… y no había nadie. La verdad es que comenzamos el año con el corazón
cargado.
Inquietos. A la defensiva. Con la sensación de que el mundo se nos vuelve menos
habitable, más duro, más frágil.
Hay guerras que no son tan lejanas. Hay violencias que ya no nos sorprenden. Y hay un cansancio interior que no se arregla con buenos propósitos.
En este clima, celebrar la Epifanía no es un adorno piadoso.
Es una provocación.
Porque hoy el Evangelio nos habla de personas que, en medio de la oscuridad, se atrevieron a ponerse en camino. No porque lo tuvieran claro, sino porque el deseo de verdad era más fuerte que el miedo.
Hoy celebramos la fiesta del deseo que no se rinde. Del deseo profundo de plenitud que habita el corazón humano y que, a veces, nos inquieta más de lo que nos consuela. Ese deseo es el que mueve a los Magos. No la seguridad. No la certeza, sino el deseo.
Magos
Los Magos no eran reyes ni magos de cuento. Eran buscadores. Personas de otra cultura, de otra fe, atentos a los signos, capaces de leer el cielo y de dejarse interpelar por él. Vieron una estrella… y se movieron.
Eso ya los distingue de Herodes y de los sabios de Jerusalén. Unos saben mucho, pero no se mueven. Otros saben poco, pero caminan.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: Jesús es reconocido por quienes lo buscan, e ignorado por quienes creen tenerlo todo claro.
Para reconocer a Dios hay que moverse. La fe no es solo “saber”, es desplazarse, cambiar de lugar interior, aceptar que Dios no coincide con la idea que nos hemos hecho de Él.
La Navidad ya nos había desconcertado bastante: un Dios pequeño, vulnerable, confiado a una mujer joven y a un hombre justo; nacido fuera de lugar, acogido por pobres. La Epifanía remata el escándalo: son los extranjeros quienes lo reconocen como Rey, como Dios y como Hombre.
Cuando los Magos llegan a Belén, no encuentran poder ni gloria. Encuentran un niño. Y ante ese niño se arrodillan. No porque lo entiendan todo, no porque hayan llegado ya al final de su búsqueda.
Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro: reconocen su realeza. El incienso: confiesan que en él está Dios. La mirra… la mirra incomoda. Es el ungüento de la muerte. Como si intuyeran que este niño va a vivir hasta el fondo la fragilidad humana, el rechazo, la entrega total.
Dios es así. Tan distinto de nuestras expectativas que a veces provoca ternura… y otras veces rechazo. Como en Herodes. Un Dios así descoloca, no se deja controlar. Y por eso estorba.
El Evangelio nos deja hoy una pregunta directa, sin rodeos: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros? ¿Qué dios ocupa de verdad el centro de nuestra vida? ¿El Niño de Belén… o nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestras certezas?
El cuarto rey
Cuenta una antigua leyenda que hubo un cuarto rey —Artabán— que también vio la estrella y se puso en camino. Llevaba como regalo algo sencillo y difícil a la vez: la paz.
Pero nunca llegó a Belén.
En el camino fue deteniéndose. Primero ante un niño enfermo. Después junto a una familia sin techo. Más adelante, frente a la violencia y la injusticia. Cada vez pensó: no puedo pasar de largo. Y cada vez llegó tarde.
La estrella siguió brillando. El niño nació. Y el cuarto rey no estuvo allí.
La leyenda dice que Jesús quedó esperando ese regalo. Y que desde entonces la paz es el don que Dios más desea recibir de nosotros.
Tal vez este cuarto rey nos incomoda porque se parece demasiado a nuestra vida. Siempre a medio camino. Siempre llegando tarde a Dios… porque alguien nos necesitó antes.
Quizá la Epifanía no consista solo en llegar a Belén, sino en cómo caminamos hacia allí. En ante quién nos detenemos. En a quién no dejamos solo.
Puede ser que algunos no tengamos oro, ni incienso, ni
mirra.
Pero podemos llevar paz. Y hoy, la verdad, en nuestro mundo enfrentado, eso no
es poco.
Hermanos, estamos llegando al final del tiempo de Navidad. Hemos contemplado a un Dios que no se impone, que se deja buscar y que se deja perder por el camino.
Volvamos ahora a la vida cotidiana. A nuestras casas, a nuestro trabajo, a este mundo herido. No con respuestas claras. Pero con una certeza humilde: Dios sigue saliendo a nuestro encuentro… también cuando nos detenemos para cuidar, para escuchar, para pacificar a quienes nos rodean.
Quizá, sin saberlo, también nosotros estemos siguiendo la
estrella.
Aunque no siempre lleguemos a Belén.

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