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sábado, 3 de enero de 2026

DOMINGO 2º DE NAVIDAD (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 24, 1-2.8-12
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: Ef 1,3-6.15-18
Evangelio: Jn 1, 1-18

Durante el tiempo de Navidad, en apenas tres semanas, celebramos fiestas casi a un ritmo vertiginoso. Dos por semana. Para los curas —con vísperas incluidas— hasta cuatro. Es fácil perderse, más aún si se mezclan los desplazamientos y las vacaciones, cuando se pueden hacer.

El segundo domingo de Navidad suele llegar con cierto cansancio. Las pilas están bajas, el colesterol alto y el ánimo, para algunos, un poco saturado. Incluso la liturgia parece acusar ese desgaste. Uno podría preguntarse con sinceridad: ¿queda todavía algo por decir?

Pues sí. Y no poco. Hoy la liturgia apunta más alto, invita a volar a mayor altura.

Venimos a la Eucaristía y nos encontramos con textos de gran densidad: el poema sapiencial del Eclesiástico, el gran himno de la carta a los Efesios y, sobre todo, el prólogo del evangelio de san Juan. Teología en estado puro. Palabras que no buscan provocar emociones fáciles, sino abrir hondura, si sabemos escucharlas con calma.

Juan escribe su prólogo al final de su evangelio, como un resumen meditado de toda su predicación. Y allí aparece una frase que condensa el misterio de la Navidad, lejos de cualquier versión edulcorada:
«La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron».

Es una frase fuerte. Clara. Desconcertante.

La Navidad no es solo motivo de celebración; es también una llamada a la conversión. Porque la humanidad no ha acogido fácilmente la venida de Dios. «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». Son pocos los que se abren a ese acontecimiento: María y José, los pastores, los magos, Simeón y Ana. Poco más.

Por eso, en la tradición cristiana oriental no se oculta el drama. En los iconos de la Natividad, el Niño aparece envuelto como en un sudario, recostado casi en una tumba. Desde el principio, este Niño es signo de contradicción. Belén está unido al Calvario. San Ignacio lo expresa con crudeza en los Ejercicios: contemplar al Señor “nacido en suma pobreza y, al cabo de tantos trabajos de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz”.

Incluso la mirra de los magos ─ un perfume que se usaba para embalsamar los cadáveres ─ apunta ya a la muerte. Menos sentimentalismo y más verdad. Menos dulzura superficial y más compromiso.

Hemos escuchado también en el evangelio una afirmación decisiva: «A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

Podemos hablar mucho de Dios, los teólogos, los pastores, los predicadores. Pero solo Jesús nos ha mostrado su rostro. Solo Él nos ha revelado cómo es Dios, cómo ama, cómo sueña un mundo más humano para todos.

Esta convicción está en el fondo del impulso renovador que ha vivido la Iglesia en los últimos años: volver al Evangelio, sin enredarnos en costumbres o doctrinas que no están directamente unidas a su núcleo. Porque, si no, corremos el riesgo de anunciar no el Evangelio, sino acentos ideológicos o morales que lo oscurecen. Se trata de recuperar la frescura original del Evangelio, lo más bello y lo más necesario, sin encerrar a Jesús en esquemas gastados.

Algunas traducciones del prólogo de Juan subrayan otro matiz:
«La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido».

Aquí no se acentúa tanto el rechazo como la fuerza obstinada de la luz. Dios no se rinde. Dios insiste. Dios no se da por vencido. Y, la verdad, eso conmueve.

A quien vive sumido en la depresión: las tinieblas no vencen.

A quien arrastra la fatiga del compromiso y la soledad: las tinieblas no vencen.

A quienes intentan vivir con lógica evangélica en medio de estructuras injustas, aun a costa de parecer ingenuos: las tinieblas no vencen.

A misioneros, cooperantes y discípulos que llevan la dignidad humana a los márgenes del mundo: las tinieblas no vencen.

Filiación

Y Juan añade algo decisivo: a quienes acogen la luz, Dios les da poder para ser hijos de Dios.

Decíroslo despacio, por dentro: soy hijo de Dios. No necesito ser otra cosa. No necesito títulos ni fama ni reconocimientos. Ya tengo una dignidad que nadie puede quitarme. Y, sin embargo, ¡cuántas veces corro detrás de quimeras buscando aprobación, olvidando quién soy!

La Navidad es esto: tomar conciencia de nuestra filiación, de nuestra dignidad, de que Dios se ha manifestado y eso lo cambia todo.

Se cierra así el círculo. Al principio del Adviento, decíamos que estamos celebrando que Jesús vaya a nacer. Jesús ya ha nacido, ha revelado el rostro del Padre, ha muerto y ha resucitado. Ha salvado el mundo y a cada persona concreta. Pero esto el mundo no lo sabe. Y nosotros estamos llamados a anunciarlo.

Hermanos, Jesús nace hoy en nosotros, si lo acogemos como luz en nuestras tinieblas. Esto es pura teología inscrita en nuestro corazón. Teología de la que cambia la vida.

Por eso, no podemos permitirnos una fe tibia, sin una conversión real al Evangelio. Porque en Jesús, Palabra hecha carne, hay Vida. Y esa vida es la luz de la humanidad. Que así sea.

 


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