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miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS (1 de enero)


Primera Lectura: Num 6, 22-27
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio: Lc 2, 16 -21


La Navidad es un misterio que puede colmar nuestras más hondas aspiraciones o quedarse en una mera celebración pasajera que nos deja un sabor amargo. Todo depende de nuestra disposición ante este don supremo. El Señor, en su infinita misericordia, nos ofrece una oportunidad excepcional con el regalo más preciado: su propio Hijo. ¿Cómo respondemos nosotros ante tal muestra de amor? En el Evangelio de hoy, encontramos tres respuestas distintas a esta manifestación divina.

Primero están los pastores, que acogen con sencillez el mensaje angélico y reconocen en el Niño a su Salvador. Ellos aprecian el don de Dios, como nosotros, reunidos hoy para celebrar la Eucaristía en esta mañana de Año Nuevo. Sabemos que el Salvador ha llegado y que tenemos que ponernos a su servicio. Sin embargo, ¡cuán frágil es nuestra fe! Pronto nos dejamos vencer por la impaciencia ante un conductor que va despacio o nos irritamos con la joven madre que va con prisa del trabajo a casa.

El segundo grupo lo forman aquellos que, al igual que los pastores, comparten lo que han presenciado. Se maravillan, sí, pero su asombro es superficial. El Evangelio nos habla de muchos que se admiraban de los milagros del Señor, mas no todos perseveraron en su seguimiento. Su fe es como la de quienes celebran las festividades sin profundidad. Reconocen el regalo del tiempo que Dios nos concede para celebrar los acontecimientos, pero se olvidan del objetivo, que es conocer, amar y servir a Dios, como Ignacio de Loyola nos recuerda en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales.

En el tercer grupo encontramos solo a una persona: María, la Madre de Dios, que comprende plenamente el misterio que se desarrolla ante sus ojos. Ella "guardaba todas estas cosas en su corazón". Es el modelo perfecto del cristiano que no solo escucha la Palabra, sino que la medita para vivirla. A través de la Encarnación que María hizo posible, Dios, haciéndose hombre, santifica cada fragmento de nuestra existencia: desde un trapo para fregar el suelo hasta la mano grasienta de un mecánico, o el esfuerzo repetitivo de un obrero en la fábrica.

La maternidad divina de María nos revela que ya no hay tiempos ni espacios sagrados separados de lo profano. Solo existe un lugar y un tiempo santo, que es la vida de cada uno, en la que Dios elige habitar. Para percibir esta transformación necesitamos, como la bella María, el silencio y la oración. Ella contemplaba cada acontecimiento: el bullicio del nacimiento, la sorprendente visita de los pastores, las exigencias cotidianas de cuidar a un bebé que, siendo Dios mismo, hay que amamantar y cambiarle los pañales como a cualquier recién nacido del mundo.

PAZ

Hoy también conmemoramos la Jornada Mundial de la Paz. ¡Cuánta necesidad tenemos de ella en nuestro mundo actual! Si acogemos a Jesús en nuestros corazones, como lo hizo María, nos encaminamos hacia la paz verdadera. No olvidemos que "la paz esté con vosotros" fueron las primeras palabras que nuestro Señor dirigió a sus discípulos reunidos en el cenáculo la tarde de la Resurrección. Jesús es, según la cita del profeta Isaías, "el Príncipe de la paz". Y no solo él, sino todos los profetas han contemplado con gozo la era mesiánica como tiempo de abundancia y paz. Los ángeles en Belén proclamaron "paz a los hombres que ama el Señor". El mismo Jesús envió a sus apóstoles como mensajeros de paz, cumpliendo la profecía de Isaías: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz!". Y después de resucitar, Cristo legó a sus apóstoles este don precioso: "La paz os dejo, mi paz os doy". Verdaderamente, el Evangelio de nuestro Señor es un mensaje de paz.

Pidamos con el Papa León XIV una paz desarmada para un mundo herido en esta Jornada Mundial del Paz.

Justicia y Solidaridad

Pero no nos engañemos, amados hermanos: esta paz no es un irenismo hueco que aguarda el final de los tiempos para que se cumpla. Es una paz que exige nuestro compromiso aquí y ahora, una paz que debemos construir todas las personas bienamadas por Dios. La paz que Cristo nos trae no es gratis, tiene un precio: la justicia y la solidaridad.

En un mundo globalizado, este compromiso se concreta en realidades muy precisas: la marginación de tantos hermanos nuestros; la pobreza material, moral y espiritual; las barreras culturales que impiden un uso justo de los recursos; las políticas contra la natalidad que frenan el desarrollo de los pueblos; las enfermedades que siguen causando sufrimiento; el dolor de los niños, los más vulnerables; la carrera armamentística que roba a los pobres lo necesario para vivir; el hambre agravada por la crisis alimentaria; un comercio internacional que divide y siembra conflictos, como los que hoy desgarran Ucrania, Israel, Palestina y tantos otros lugares olvidados. Hasta 17 zonas de la Tierra citó el Papa en su saludo de Navidad. Son innumerables las situaciones de injusticia que claman al cielo, y ante ellas no podemos permanecer indiferentes si queremos construir una paz verdadera.

Queridos hermanos, al comenzar este Año Nuevo, elevemos nuestra súplica al Señor. Con las palabras de la Sagrada Escritura, pido para todos nosotros que Dios nos bendiga y nos proteja, haga brillar su rostro sobre nosotros y nos sea propicio. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda la paz. Amén.

 

 


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