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martes, 24 de diciembre de 2024

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (C)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Contemplación

En esta santa Navidad, permitidme compartir una contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Señor.

Ved conmigo a ese Niño en Belén, que llora y gime, hipa y grita como cualquier cachorro humano recién nacido. Sus diminutas manos cerradas, su rostro arrugado buscando el calor maternal. Como todos los bebés, entreabre sus ojitos para luego volver al sueño.

Contemplad a María, nuestra Madre, en su dulce inexperiencia, mojando su dedo meñique en leche de cabra para alimentar a su pequeño. El frío del desierto se cuela en Belén mientras ella, con amor maternal, arropa al Niño desnudo. Y ahí está su esposo José, sentado sobre la paja, agotado también por el viaje y las emociones vividas.

Como nos enseña San Ignacio en la Contemplación del Nacimiento de sus Ejercicios Espirituales, os invito a contemplar las personas: a nuestra Señora, a José y al niño Jesús, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia…

En estos tiempos difíciles que vivimos, cuando el mundo parece sumido en crisis y temores, me sitúo sin molestar en un rincón del establo, en silencio orante. Y pienso en las dificultades que afrontaron María y José, aquella joven pareja. Y sin embargo, ahí mismo está Dios.

¡Qué misterio tan grande, hermanos! Veinte siglos después seguimos maravillándonos: Dios está aquí, en un pesebre. ¡Qué diferente de la espantosa imagen que nos habíamos forjado! Dios es así: un niño indefenso, divinamente frágil, vulnerable por elección propia. Un recién nacido que despierta ternura infinita, que dan ganas de cogerlo en brazos y acariciarlo.

Aquí está Dios… y también el hombre…

Contemplad a María, que dio su "sí" al Arcángel Gabriel. Ahí está ella, sosteniendo en sus brazos el misterio del universo. Su corazón de discípula oscila entre el gozo de la maternidad y el asombro de tener a Dios mismo colgado del cuello. María, primera entre los "locos de Dios", primera creyente, bendita entre todas las mujeres que comparten con el Creador el don de dar vida.

Ved a José, cansado pero fiel. Su "sí" fue más turbulento, más costoso. Ha renunciado a sus sueños para abrazar los sueños de Dios. Ya no tiene planes propios: ahora su misión es proteger y cuidar a Jesús y María, tan llenos del Misterio divino. José nos enseña que la vida no se mide por los logros conseguidos, sino por la fidelidad a los designios del Señor.

En las colinas, alrededor de Belén, los pastores, aquellos marginados de la sociedad, considerados impuros y pecadores, sin dignidad y sin futuro, son los primeros en recibir la Buena Nueva. En sus corazones dolidos por una vida sin esperanza, irrumpe el ángel con el mensaje de salvación. Y la señal que se les da es un pesebre - algo cotidiano y familiar para ellos, como lo es un barco para los pescadores -. Porque, hermanos, Dios no se complica, no se esconde, sino que se revela a través de las señales más sencillas y comprensibles.

Y los magos de Oriente, esos sabios inquietos que discuten: unos sostienen que la señal en el cielo indica el nacimiento de un rey, otros dicen que, en cambio, se prevé una catástrofe, otros aún dicen que no significa nada. Y bromean y ríen, mientras que los sirvientes traen la carne asada al fuego. Se irán a dormir pronto, que mañana tienen que seguir viaje hacia Judea.

Representan a todos los buscadores sinceros, a aquellos que, aun en medio de su abundancia material e intelectual, mantienen viva la sed de la verdad.

Mientras tanto, en Jerusalén, los sumos sacerdotes siguen con sus planes y rituales, tan ocupados que no tienen tiempo para un Mesías que podría alterar sus agendas. ¿Para qué queremos un Mesías ahora?  Y Herodes, consumido por el poder y el miedo, echa a la concubina de su cama, e intenta coger el sueño.  Se asoma a la terraza y trama ya su venganza sangrienta. Sabe que la gente no lo quiere, pero paciencia: si no es recordado por su gloria, al menos será recordado por su odio cruel.

Nosotros

Hermanos, si Dios elige nacer es porque aún confía en nosotros. En este día santo, elevemos nuestra oración por todos: por los que sufren sin haber escuchado aún que Dios nace precisamente para ellos; por las víctimas de las guerras, conocidas y olvidadas. Oremos por nuestra España tan pendenciera y enfrentada, tan cansada y decepcionada, que ya no tiene esperanza, y cree ser de verdad tan mediocre como parece, y le pedimos a Dios un regalo: que nos recuerde a todos quiénes somos, de dónde venimos y hacia quién vamos.

Mirando al Niño Jesús, quizás nos preguntemos en qué lío nos hemos metido, siguiendo a un Dios que, en lugar de resolvernos la vida, nos la complica maravillosamente. Pero es precisamente así como lo amamos: imprevisible, cercano, desconcertante.

Permitidme concluir con unas palabras sorprendentes de uno de los más feroces ateos del siglo pasado, maestro de la duda y de la náusea, Jean Paul Sartre que, aunque alejado de la fe, captó algo del misterio de esta noche cuando escribió sobre María contemplando a Jesús:

“Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí, él tiene mis ojos y esta forma de su boca es la forma de la mía. Se me parece. Él es Dios, y se parece a mí”. Y ninguna mujer ha tenido la suerte de tener a su Dios para ella sola. Un Dios pequeño, que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios cálido que sonríe y que respira, un Dios que se puede tocar y que vive. Y es en esos momentos cuando yo pintaría a María, si fuera un pintor, y buscaría mostrar la expresión de tierna audacia, y la timidez con la que extiende su dedo para tocar la pequeña y dulce piel de este niño-Dios, cuyo peso cálido y sus sonrisas siente sobre las rodillas.

Queridos hermanos, esta es la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, para que contempláramos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre.

Que la paz y la alegría llenen vuestros corazones. Feliz Navidad a todos los que buscan al Señor.



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