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sábado, 21 de diciembre de 2024

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo C)


Primera Lectura: Miq 5, 1-4
Salmo Responsorial: Salmo 79
Segunda Lectura Heb 10, 5-10
Evangelio: Lc 1, 39-45


Quedan pocos días para celebrar lo más inaudito de Dios.

Nos encontramos a las puertas de un misterio inefable, a pocos días de celebrar lo más extraordinario que Dios ha dispuesto para la humanidad. No estamos ante una mera conmemoración ritual o una representación teatral del nacimiento de Jesús. No, porque el Señor ya ha nacido, ha muerto, ha resucitado y vive glorioso a la diestra del Padre. Y nosotros, en este tiempo que Dios misericordiosamente nos concede, en esta vida que a veces nos parece mezquina o incompleta, tenemos una misión sagrada: dejar nacer a Dios en nuestros corazones.

Cada Navidad no es un simple aniversario, sino un acontecimiento estrepitoso, extraordinario y único. Hoy estamos llamados a renacer, a permitir que la gracia divina transforme nuestra existencia.

Contemplemos nuestro mundo, tan herido, convulso y violento. Un mundo sacudido por crisis económicas que ahogan el espíritu, por un declive moral que parece consumirnos, un mundo donde el miedo al futuro nos hace más pequeños y vulnerables. Precisamente en medio de esta oscuridad, estamos llamados a renacer, a dejar que Dios nazca en nuestros corazones. No como cuando éramos jóvenes e ingenuos, no como hace un año o tres, sino ahora mismo, en las circunstancias concretas de nuestra vida presente.

Elevemos nuestra mirada más allá de lo inmediato, más arriba de nuestras mezquindades. Miremos al otro y dentro de nosotros mismos. Dios viene. Se hace pequeño, elige nacer entre la miseria, entre el estiércol, en el aire acre de un humilde establo.

María

Fijémonos en María, aquella joven que nos enseña el misterio de la fe. Siente crecer en su regazo algo indescriptible, con aquella intuición poética que Dios regala a las mujeres, sus más perfectas criaturas. El Verbo de Dios crece dentro de ella, y con la Palabra haciéndose carne crecen también sus dudas y sus titubeos.

María busca consuelo en su prima Isabel: ttal vez ella sabrá darle una respuesta definitiva a sus inquietudes, quizás ella sabrá decirle que sí, que todo lo que le pasa es verdad. Y así sucede.

Isabel, con la sabiduría de quien ha experimentado ya lo milagroso, la recibe. Se seca las manos en el mandil y se acerca sonriendo a su pequeña prima María, que ya se ha hecho mujer. "¿Cómo has hecho para creer tanto?", le dice. Sólo una adolescente puede tener el coraje de la fe radical. Sólo quien se atreve puede hacer realidad los milagros.

Recordémoslo en este momento oscuro de la historia, en este inhumano y catastrófico año. Precisamente cuando todo parece perdido, cuando la desesperanza amenaza con consumirnos, estamos llamados a redescubrir una fe que hace bailar, que celebra aún en medio de la adversidad.

Danzas

Isabel lo confirma: todo lo anunciado es verdad. No es una alucinación, no es un espejismo pasajero. Lo incontenible se hace presente. Y María, sacudida por lo extraordinario, comienza a danzar con su divertida prima, bendiciendo a Dios que la salva a ella y nos salva a todos nosotros. En sus palabras advertimos la tensión y el estupor ante lo inaudito que va tomando forma en su vientre.

Es verdad. Dios ha elegido venir y hacerse presente. El Dios de Israel está aquí, en el vientre de aquella pequeña Hija de Sión.

No son ya las promesas cansinas de un viejo rabino de Nazaret recitando a Isaías. Es la realidad misma. El Mesías está aquí. Y la historia, la vida, el universo entero parecen danzar con estas mujeres, celebrando la "locura" de un Dios que se hace pequeño.

 Aquí está Dios

Aquí está Dios, ésta sí que es una buena noticia. Dios es accesible. Es radicalmente diferente de nuestros miedos y fantasmas. Viene a decirnos que podemos ser felices aun siendo pobres, que podemos realizar nuestra vida aun en las condiciones más áridas, que podemos estar más satisfechos que un rey si escuchamos su Palabra.

Dios viene para llenar y satisfacer tu corazón: ésta es la buena noticia.

¡Dios mío! Si nos dijeran: tienes una vida exitosa, un trabajo que te realiza y que te proporciona carretadas de dinero, una casa de ensueño, un marido o una mujer espléndida, hijos educados y sensibles, el salón de casa con el árbol y el nacimiento, las luces y el clima de fiesta justo, por eso eres tan feliz ¿qué tendría de extraordinario? ¿Qué otra buena noticia cabría? ¿Es que Dios viene a dar alegría a los que ya son felices?

Pero es justamente lo contrario. Eso es lo inaudito. La felicidad está en otro sitio. La felicidad es la salvación de un Dios que nos quiere tanto hasta el punto de entregarse como un recién nacido. Es una felicidad accesible también al pobre, más aún, quizás sobre todo y más al pobre porque está más dispuesto y es más capaz de acoger lo que le es dado.

Diferente

La buena noticia es que Dios es accesible, es sencillo, es diferente y nada sofisticado. Es diferente de nuestros miedos y de los fantasmas que nos persiguen. Completamente diferente.

Y, ahora, María e Isabel lo saben, lo cantan, lo dicen y lo cuentan.

Cuentan la obra de Dios, impresa en la historia de la humanidad, la localizan en los pliegues de la fidelidad del pueblo de Israel. Su alegría se expande porque ahora ven claro, luminoso y evidente, el pensamiento de Dios que se dibuja en su pequeña historia.

La alegría, hermanos, es la dimensión esencial de la Navidad. La alegría de sentirnos amados y salvados por Dios. ¡Estamos en el corazón mismo del deseo de Dios!

Ánimo, pues, amigos, porque ésta es la buena noticia que nos está llegado a las puertas de la Navidad. Dejemos que Dios nazca en nosotros.


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