Quedan pocos días
para celebrar lo más inaudito de Dios.
Nos
encontramos a las puertas de un misterio inefable, a pocos días de celebrar lo
más extraordinario que Dios ha dispuesto para la humanidad. No estamos ante una
mera conmemoración ritual o una representación teatral del nacimiento de Jesús.
No, porque el Señor ya ha nacido, ha muerto, ha resucitado y vive glorioso a la
diestra del Padre. Y nosotros, en este tiempo que Dios misericordiosamente nos
concede, en esta vida que a veces nos parece mezquina o incompleta, tenemos una
misión sagrada: dejar nacer a Dios en nuestros corazones.
Cada Navidad no
es un simple aniversario, sino un acontecimiento estrepitoso, extraordinario y
único. Hoy estamos llamados a renacer, a permitir que la gracia divina
transforme nuestra existencia.
Contemplemos
nuestro mundo, tan herido, convulso y violento. Un mundo sacudido por crisis
económicas que ahogan el espíritu, por un declive moral que parece consumirnos,
un mundo donde el miedo al futuro nos hace más pequeños y vulnerables.
Precisamente en medio de esta oscuridad, estamos llamados a renacer, a dejar
que Dios nazca en nuestros corazones. No como cuando éramos jóvenes e ingenuos,
no como hace un año o tres, sino ahora mismo, en las circunstancias concretas
de nuestra vida presente.
Elevemos
nuestra mirada más allá de lo inmediato, más arriba de nuestras mezquindades.
Miremos al otro y dentro de nosotros mismos. Dios viene. Se hace pequeño, elige
nacer entre la miseria, entre el estiércol, en el aire acre de un humilde
establo.
María
Fijémonos en
María, aquella joven que nos enseña el misterio de la fe. Siente crecer en su
regazo algo indescriptible, con aquella intuición poética que Dios regala a las
mujeres, sus más perfectas criaturas. El Verbo de Dios crece dentro de ella, y
con la Palabra haciéndose carne crecen también sus dudas y sus titubeos.
María busca
consuelo en su prima Isabel: ttal vez ella sabrá darle una respuesta definitiva
a sus inquietudes, quizás ella sabrá decirle que sí, que todo lo que le pasa es
verdad. Y así sucede.
Isabel, con
la sabiduría de quien ha experimentado ya lo milagroso, la recibe. Se seca las
manos en el mandil y se acerca sonriendo a su pequeña prima María, que ya se ha
hecho mujer. "¿Cómo has hecho para creer tanto?", le dice. Sólo una
adolescente puede tener el coraje de la fe radical. Sólo quien se atreve puede
hacer realidad los milagros.
Recordémoslo
en este momento oscuro de la historia, en este inhumano y catastrófico año. Precisamente
cuando todo parece perdido, cuando la desesperanza amenaza con consumirnos,
estamos llamados a redescubrir una fe que hace bailar, que celebra aún en medio
de la adversidad.
Danzas
Isabel lo
confirma: todo lo anunciado es verdad. No es una alucinación, no es un
espejismo pasajero. Lo incontenible se hace presente. Y María, sacudida por lo
extraordinario, comienza a danzar con su divertida prima, bendiciendo a Dios
que la salva a ella y nos salva a todos nosotros. En sus palabras advertimos la
tensión y el estupor ante lo inaudito que va tomando forma en su vientre.
Es verdad. Dios ha elegido venir y hacerse presente. El Dios de Israel está aquí, en el vientre de aquella pequeña Hija de Sión.
No son ya las
promesas cansinas de un viejo rabino de Nazaret recitando a Isaías. Es la
realidad misma. El Mesías está aquí. Y la historia, la vida, el universo entero
parecen danzar con estas mujeres, celebrando la "locura" de un Dios
que se hace pequeño.
Aquí está Dios
Aquí está
Dios, ésta sí que es una buena noticia. Dios es accesible. Es radicalmente diferente
de nuestros miedos y fantasmas. Viene a decirnos que podemos ser felices aun
siendo pobres, que podemos realizar nuestra vida aun en las condiciones más
áridas, que podemos estar más satisfechos que un rey si escuchamos su Palabra.
Dios viene
para llenar y satisfacer tu corazón: ésta es la buena noticia.
¡Dios mío! Si
nos dijeran: tienes una vida exitosa, un trabajo que te realiza y que te
proporciona carretadas de dinero, una casa de ensueño, un marido o una mujer espléndida,
hijos educados y sensibles, el salón de casa con el árbol y el nacimiento, las
luces y el clima de fiesta justo, por eso eres tan feliz ¿qué tendría de
extraordinario? ¿Qué otra buena noticia cabría? ¿Es que Dios viene a dar
alegría a los que ya son felices?
Pero es
justamente lo contrario. Eso es lo inaudito. La felicidad está en otro sitio.
La felicidad es la salvación de un Dios que nos quiere tanto hasta el punto de entregarse
como un recién nacido. Es una felicidad accesible también al pobre, más aún, quizás
sobre todo y más al pobre porque está más dispuesto y es más capaz de acoger lo
que le es dado.
Diferente
La buena
noticia es que Dios es accesible, es sencillo, es diferente y nada sofisticado.
Es diferente de nuestros miedos y de los fantasmas que nos persiguen. Completamente
diferente.
Y, ahora, María
e Isabel lo saben, lo cantan, lo dicen y lo cuentan.
Cuentan la obra de Dios, impresa en la historia de la humanidad, la localizan en los pliegues de la fidelidad del pueblo de Israel. Su alegría se expande porque ahora ven claro, luminoso y evidente, el pensamiento de Dios que se dibuja en su pequeña historia.
La alegría, hermanos, es la dimensión esencial de la Navidad. La alegría de sentirnos amados y salvados por Dios. ¡Estamos en el corazón mismo del deseo de Dios!
Ánimo, pues, amigos, porque ésta es la buena noticia que nos está llegado a las puertas de la Navidad. Dejemos que Dios nazca en nosotros.

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